César Martínez

Entrevista, 1997

Resumen


¿Qué puedes decir de tus inicios en el performance?

Sin saberlo tuve una gran influencia de mi padre, que es un performancero nato: es mecánico en línea blanca. Entre otras cosas, se hacían orquestas espontáneas en su taller, escenificaciones de box, de juegos de futbol, narraciones como si fueran locutores. Luego me vino la inquietud de las artes visuales y empecé a dibujar de manera autodidacta, hasta que conocí a Maris Bustamante y me integré a su No Grupo. Como estudiante de diseño, todas las presentaciones que hacía en clase eran de alguna manera perfórmicas, me valía de objetos, de ciertas acciones que me ayudaban a explicar mi tema. Fue ahí donde entró mi conexión con Maris. Me jaló a su taller y me integró al Pornochou, el multievento deseado, un contraespectáculo de media noche. Yo me encargué de la puesta en escena de este performance que se repetía todos los viernes y sábados en El Cuervo y después en el Teatro de la Capilla. Todo esto me despertó, me abrió muchas posibilidades y encontré un nuevo campo de expresión: uno mismo como obra. Esto fue en 1985. Después tuve una inquietud por hacer mi propio trabajo, comencé a trabajar con fuegos artificiales, los explotartes, donde las obras no estaban resueltas sino que se detonaban con el público, que era el ejecutor. Quien se exponía era ese público, no porque fueran obras peligrosas. Utilizaba el fuego como pincel, como concepto. Mucha gente dice que yo hacía performances con mis obras, pero yo las llamaba más bien obras en proceso que se van desarrollando, incluso tienen tres momentos: planeación (obra sin estallar), desarrollo (momento de la explosión) y realización.


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