Escrituras


Experiencia de la inscripción

Y el futuro así es incierto

Vivo aquí desde hace unos 16 años. Llegué a los 29. Yo trabajaba normalmente y, como toda persona, luchaba, pero lamentablemente las enfermedades impiden que uno se desarrolle como quiere. Fue difícil, será porque no se tenía información clara de la enfermedad y, además de eso, no se conocía sobre este hospital. Yo no conocía acerca de este hospital, pues nunca recibí información. Ya en el transcurso de la enfermedad misma me dieron la información, aunque fue un poco tarde.

Ha dependido de los directores

Cuando llegué había setenta y siete personas. Había tantos pacientes, que daba hasta miedo. Yo nunca, nunca, nunca en mi vida había visto un hospital así. Nunca había visto gente así, y pues casi moría de la tristeza al ver a compañeros sin dedos, sin piernas, sin nariz. Era duro para mí. Yo no había visto eso. Por primera vez en mi vida vi a personas que apenas tenían los hoyos de la nariz. Aunque había cosas que a uno le causaban risa. Por ejemplo, aquí vi por primera vez un televisor a color. Yo sólo había visto los televisores en blanco y negro. Había un compañero que lo tenía. Un día entré en silencio a su casa para ver el fútbol y el dueño me sorprendió y me sacó a escobazos. Esas anécdotas también se vivían aquí. Había cosas simpáticas.

Ya nos quieren correr

Cuando llegué había alrededor de 66 personas, entre hombres y mujeres. El hospital era igual que ahora. Lo único que ha cambiado es la pintura y se han renovado los techos, sobre todo donde dan consulta. Tengo entendido que un empresario construyó el hospital aunque otros dicen que el fundador es el Doctor González. Creo que le llamaron leprocomio porque había bastantes enfermitos de la lepra. Aunque no sé quién lo construyó, tengo entendido que primero le llamaron Verdecruz y luego Hospital Gonzalo González. En aquél entonces el hospital brindaba servicios de curaciones, medicina, los alimentos que siempre nos dan. Cuando llegué, el director era el Dr. Naranjo. Viviendo aquí, había ocasiones que nos trataban bien, pero a veces sí se despreocupaban de la medicina.

No pudimos tener esa vida

Nosotros no hemos buscado la enfermedad, a nosotros nos la puso Dios. Si fuéramos sanos, no estaríamos aquí. Estando sana, sin la enfermedad, tendría las manos bien, la cara bien. Pero tengo la enfermedad y nosotros no tenemos trabajo. A esta edad no se puede conseguir un trabajo. ¿Cómo vamos entonces a sobrevivir afuera? La gente de nuestras familias no tiene ni para ella. Y también ya cada cual tiene su responsabilidad. ¿Cómo van a hacerse cargo de nosotros? Si no tienen ni cómo hacerlo, ni con qué. Antes de caer en esta enfermedad, uno tenía un hogar, una vida hecha. Pero todo se fue, todo lo dejamos. Entonces, este hospital ha sido nuestro hogar, nuestro mundo.

Mi hijo nunca se enteró

Yo no tenía espejo. Trabajaba muchísimo, con las viejitas, ayudándoles en los servicios. Un buen día, por algún motivo, me encontré un espejo y me miré. Mi cara era negrita, negrita. Era el efecto de una de las pastillas que se toma en el tratamiento. Esa pastilla hace a la persona muy negrita pero al mismo tiempo le cura la enfermedad. Después de un tiempo, uno retoma el color. Entonces al mirarme al espejo me dije: Se acabó mi vida, se acabó todo. Todo, todo, todo, todo. Ya no tengo familia, no tengo a nadie. Me preguntaba: ¿Cómo voy a ir a mi tierra así, negra, me van a preguntar qué tengo? Y ahí ¿qué les digo? Entonces, mi esposo—pues, lo es ahora—me dijo: No se preocupe, va a salir del problema. Yo conozco mucho. Uno se blanquea, y no le van a quedar secuelas de la enfermedad. Esa motivación me ayudó a salir adelante.