Escrituras


Experiencia de la inscripción

Un paciente con derechos

 Todos ellos respondieron que sí, que ¿cómo no íbamos a ganar si nos tienen encerrados, privados de nuestra libertad como presos? Eso me ayudó a entender que el Estado debe de responder por la libertad del paciente. Porque nunca nos dijeron: Ustedes son pacientes que están con tratamiento, salgan a estudiar, salgan a trabajar. No hubo esa libertad, sobre todo antes. Los que trabajamos aquí es porque somos muy valientes. No teníamos siquiera permiso para estudiar. Eso me enerva tanto hasta ahora. Es que no querían darnos el espacio para que como pacientes nos diéramos cuenta de lo que estaba pasando, querían que siguiéramos siendo bobitos, ingenuos. Es decir, que no nos preparáramos porque íbamos a darnos cuenta de lo que estaba pasando.

La guerra

 La gente emprendía poco, trabajaba poco. No había mucha iniciativa. Pero pasaba también que, si había dinero—lo que se llamaba «masita» por ejemplo, que cuando yo llegué eran como diez sucres diarios—pues la gente se conformaba con eso. Había muchos padres de familia aquí, tenían que pagar el estudio a los hijos y ese dinero ayudaba para eso. También ayudaba para la alimentación, el vestido, un par de zapatos, etcétera. Luego la masita aumento a 300 sucres al mes. La persona que hacía algún trabajo como el que yo hacía, recibía 600 sucres, más los 300 que se recibía por persona, pues ya eran 900 sucres al mes.

Me tuvieron en el pabellón

No recuerdo el año que me trajeron al hospital. Yo tenía 45 años cuando llegué y ya llevo 20 años viviendo aquí. Claro, mi padre, mi madre, todos mis familiares murieron ya.  Mi nombre es María Magdalena Estrada y tengo 66 años. Nací en 1948 en la Provincia de Bolívar, tuve 7 hijos de los cuales uno murió. Le dio diabetes porque también tuvo lo que llaman ahora la enfermedad de Hansen. Mi hijo tenía 18 años cuando se la detectaron. Lo recuerdo encerrado en un cuarto oscuro. Fue aceptado como paciente de aquí, del Gonzalo González. Se quedó entre tres o cuatro años. Luego se fue, se casó e hizo su propia familia. Vivo sola aquí aunque mis otros hijos aún viven.

Esto era bien feo

Había cosas que no entendía al inicio. Por ejemplo, me di cuenta de que había unos tanques grandes de cal. La gente que entraba, los trabajadores del hospital, metían los pies, los zapatos, en ese polvo, se sacudían, y así caminaban. Claro, lo hacían para no contaminarse, decían ellos que se iban a contaminar. La comida la recibíamos a través de una reja. Las divisiones estaban hechas con malla, de manera que ni la cara les veíamos. Sólo nos pasaban el plato y nada más. Así comíamos, como perros. Sí, como se le da de comer a los perros cuando están bravos o a cualquier animal bravo; pasándonos la comida por debajo.

Nadie sabe cómo le va a afectar

El pasado sí fue triste, tener que dejar a la familia. Esta enfermedad es triste. ¡Ay! Triste. Muy triste. Una enfermedad de por sí ya es triste para una persona. Esta es más aún porque uno tiene que dejar todo para aislarse. Y cuando ya se viene acá ya no existe futuro. Ya no existe nada. Todo lo que yo tenía ya se quedó ahí, donde yo vivía antes. Hasta mi marido se quedó. Uno se hace a la idea de que todo lo que deja atrás, todo, se pierde. Y, pese a eso, yo aún sigo casada. Desde que tengo 20 años. De ahí tuve mi primer hijo. Mi marido ahorita está operado de la vista, entonces está con mi hijo. Porque aquí no puedo ni recibirlo ni atenderlo, entonces está donde mi hijo. Pero él vive allá, en mi ciudad.