Escrituras


Experiencia de la inscripción

Estábamos juntos

Por eso, creo yo, desde pequeña, la sociedad ya me tenía aislada. Yo no disfruté de la niñez ni de la juventud. No podía reunirme con otros niños para jugar, así como lo hacen todos. Me pusieron mis papacitos en la escuela. Antes, era de dos jornadas, uno iba de mañana y salía a las 12, algo así. Luego, se entraba a las dos de la tarde, nuevamente. Me fui en la mañana a la escuela, muy contenta, y volví a casa muy contenta, también. En la tarde regresé a la escuela, pero ya no pude entrar. Todos los padres de familia se habían levantado para quejarse con las autoridades, para reclamarles que una niña leprosa no podía estar junto a sus hijos, y que yo no podía estar en la escuela. Entonces, la profesora, quien era mi madrina de bautizo, ya no pudo recibirme porque había una orden de las autoridades de no hacerlo. Regresé a la casa, recuerdo, la cabeza agachada, porque yo quería aprender, yo quería hacer algo, pero la vida no me dejó. La vida me lo negó todo.

Nos decían Lázaros

¿Porque tenemos la lepra, el Hansen, como la llamen; o porque nos han llamado Lázaros, vamos a perder nuestra humanidad? No. Que se compadezcan las autoridades y restablezcan esta casa de salud y que den a conocer la historia del hospital. Ojalá la conociera el mundo entero. Y que conociendo el mundo entero nuestra vida, que tengan mejor suerte los que han de venir. Confiamos en que algún gobierno hará esa obra. Yo estoy seguro de que será una obra que nos ayude a nosotros, los enfermos de Hansen. Eso lo agradeceremos quienes ya nos hayamos ido y quienes vengan.

Divididos en pabellones

¡Qué cosas! Recuerdo que mi esposo me escribía. Él era interno en el departamento de hombres. Yo vivía en el departamento de mujeres. Él me escribía. Y yo no le contestaba, no tan pronto. Él se llamaba Carlos Pereyra. Yo no le contestaba, decía él que por lo bella que estaba lo trataba así. Me seguía escribiendo, y yo me preguntaba: ¿Qué será esto? ¿Será mentira, o, qué será? De pronto recibí una carta que decía: Esto no es mentira, es verdad. Y dije, así debe ser. Entonces, finalmente, me casé, pero no me casé aquí, sino en Quevedo. Me animé al último momento porque aquí la gente había sido muy habladora. Decían cosas de mí. Y yo no era nada de lo que las personas decían. Me dio rabia y sentimiento con esa gente y decidí que claro que podía casarme. Me puedo casar, me dije.

Pasado, presente y futuro de la lepra en América Latina

 Las “lecciones de la historia” respecto a la enfermedad de Hansen nos muestran que esa enfermedad siempre fue un problema que llamó la atención de mucha gente, científica, política y socialmente. Aislar a quien tenía la enfermedad fue, durante siglos, considerada la única solución plausible. Los testimonios en este libro lo corroboran. Cuando eso ya no fue necesario, se creó una especie de no-lugar para la enfermedad, que comienza a ser llenado por personas y organismos sociales activos y pulsantes, movidos por la energía propulsora del estigma transformado en fuerza gracias a un momento social propicio. 

Tiempos de historias que no son mentira

Arthur Frank argumenta que cada persona que ha estado cara a cara con una enfermedad tiene una historia detrás, una historia que necesita ser contada, pero para que esto suceda es necesario construir un espacio con un interlocutor. Las historias detrás de las paredes del Hospital Gonzalo González en Quito, Ecuador y el diálogo establecido con 24 personas que una vez fueron afectadas por la enfermedad y para quienes el hospital permanece como su hogar responden al entendimiento de que el testimonio es un canal poderoso para «reconocer» el valor y la potencia de la voz de las personas con la enfermedad de Hansen para entender los tiempos que vivimos y los que vienen.