Expediente


Abordajes de actualidad

La imagen como danza de Jean-Luc Nancy

Imagen como danza

La imagen danza porque “el lugar le falta”; ella no “permanece” “ahí” sino porque no tiene lugar “propio”: palabras móviles, movilizadoras del filósofo que hacemos nuestras. Resulta sumamente problemático omitir la residualidad inherente a la imagen, así como su constitutiva e insumisa opacidad. La imagen, la imagen misma, resta inaprehensible para cualquier rejilla dogmática, técnica, académica o política. Vérselas con la imagen es ir más allá de cualquier artículo de fe, como también de cualquier cálculo o estabilización. La imagen excede cualquier principio de autoridad y cualquier consumo. Son estos los términos que orientaron el coloquio “Las tres eras de la imagen” —que Jean-Luc Nancy abrió con esta intervención— convocado en 2015 con el Centro de la Imagen por 17, Instituto de Estudios Críticos, cuyas participaciones se reúnen en el libro Los cuerpos de la imagen, que puede ser adquirido aquí.

Tráficos

Hoy no están separados el crimen organizado y los mercados legales, sino que hay un solo mundo marcado por tráficos de todo tipo. El presente esclarecimiento de los tráficos ya anticipaba, en 2009, en la estela de la crisis económica de entonces, el resurgimiento fascista al que hoy asistimos: «El auge de los populismos en el mundo hace temer lo peor: nunca hay que olvidar que después de la crisis bursátil de 1929 vinieron 1933 y el trágico ascenso de un Hitler que atrajo a tanto canalla generado por el ultraliberalismo de aquel entonces».

Drogas, armas, cuerpos desechados

Estupefacientes. Armas. Trabajos de explotación marginal. Migrantes. Órganos robados. Cuerpos de desecho. Paradoja de lo residual: lo abyecto no es extraño al capital o la Modernidad, sino su despliegue. Estado de excepción en el intercambio económico y social. Ausencia de contractualidad y, en última instancia, de reciprocidad. Circulación y transformación de la riqueza al margen de cualquier régimen de control. Proposiciones de Raymundo Mier que sirvieron de faro en los debates del coloquio «Tráficos», convocado por 17, Instituto de Estudios Críticos en 2008. Su lacerante actualidad nos impulsa a circularlas de nuevo.

Nos queda la palabra

«Tenemos que reconciliarnos, que perdonar a muchas personas y que juzgar a otras. Y siento que solo lo podremos hacer si sabemos de verdad qué nos ha ocurrido, quién ha muerto, por qué, quién lo mató, qué quería, quién lo solapó. Porque los auténticos narcotraficantes no están en la prensa, sino que son unos empresarios muy ricos que están blanqueando dinero y haciendo negocio con el dolor de todos nosotros. Hasta que eso se entienda, se haga público y de algún modo se detenga, es imposible acabar con esta guerra. Por eso es que tenemos que dejar escrita nuestra memoria de lo que está ocurriendo». Eso nos dijo Lolita Bosch durante una entrevista. En 2015.

¿Vendedor de mota?

Recordamos a Ricardo Valderrama, asesinado a tiros el martes 2 de junio del 2009 en la entrada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Nos cruzamos con él gracias a unos conocidos. Queríamos comprender mejor los tráficos, esos flujos informales, para– o ilegales, que tanto se han ampliado en los últimos lustros en México y en todas partes. El Valde había salido del reclusorio y quería reinventarse. Necesitaba hablar. Necesitaba ingresos. Conversamos con él durante tres meses. Luego lo invitamos a participar en el encuentro “Tráficos: cultura y subjetividad” (enero, 2008). Su presencia fue muy apreciada. Destilaba simpatía y tenía mucho para compartir. Sus posibilidades laborales resultaron casi inexistentes: le negaron la constancia de cumplimento de su periodo en el reclusorio. Entonces durante algún tiempo vendió tarjetas para celulares en la vía pública. De pronto no pudo más. Volvió entonces a ofrecer mariguana. Aparentemente, otro vendedor lo ultimó para quedarse con su plaza. Nos quedamos helados. Con el ánimo de difundir su historia, hicimos conocer su testimonio a la revista Proceso. La publicación resultante (21 de junio, 2009) llevaba por título «Confesiones de un vendedor de mota». Pero esa versión nos pareció un refrendo de los lugares comunes del “narcomenudismo”. Quisimos entonces circular nuestra propia versión, que da a ver bajo otra luz el trasiego y su supuesto combate. Aquí va, de nuevo. Insistimos.