Escrituras

Divididos en pabellones

¡Qué cosas! Recuerdo que mi esposo me escribía. Él era interno en el departamento de hombres. Yo vivía en el departamento de mujeres. Él me escribía. Y yo no le contestaba, no tan pronto. Él se llamaba Carlos Pereyra. Yo no le contestaba, decía él que por lo bella que estaba lo trataba así. Me seguía escribiendo, y yo me preguntaba: ¿Qué será esto? ¿Será mentira, o, qué será? De pronto recibí una carta que decía: Esto no es mentira, es verdad. Y dije, así debe ser. Entonces, finalmente, me casé, pero no me casé aquí, sino en Quevedo. Me animé al último momento porque aquí la gente había sido muy habladora. Decían cosas de mí. Y yo no era nada de lo que las personas decían. Me dio rabia y sentimiento con esa gente y decidí que claro que podía casarme. Me puedo casar, me dije.