Escrituras

De una lengua a otra

Entre los años 2004 y 2010, Nurith Aviv (Tel-Aviv, 1945) consagró una serie de ensayos fílmicos a pensar la lengua. Se trata, en cada uno de estos filmes, de encuentros con hombres y mujeres poetas, filósofos, músicos, actores, cantantes, traductores, investigadores que han vivido entre dos o más lenguas, entre dos mundos. Detrás de la cámara, Aviv registra con sobriedad uno por uno cada testimonio. Como espectadores somos testigos de un pensamiento en acto, que hace pasar un destino que se jugó para cada uno en ese entre-lenguas.

Hemos traducido del hebreo el primero de estos filmes: De una lengua a otra (Bélgica-Francia-Alemania-Israel, 2004). Los otros son: Lengua sagrada, lengua profana; Traducir; Vater Land/Perte.

Nurith Aviv fue galardonada con el premio Édouard Glissant en 2009 y ha colaborado con cineastas como Agnès Varda, Amos Gitaï, René Allio y Jacques Doillon, entre otros. Traducción de Jessica Bekerman.[1]

 

 

 

DE UNA LENGUA A OTRA

Nurith Aviv

 

Cuando me preguntan cuál es mi lengua materna

me es difícil responder,

acaso es la lengua que se hablaba en casa,

la lengua en la que balbuceaba mis primeras palabras,

o quizá la otra lengua,

que se hablaba en la calle, en la escuela,

la lengua en la que aprendí

a leer y a escribir.

Nací al final

de la Segunda Guerra Mundial en Tel-Aviv,

la primera ciudad hebrea.

De sus arenas, esperaban,

se levantaría un Hombre Nuevo,

que habla, piensa y sueña

sólo en hebreo.

Mis padres me llamaron con el nombre

de una flor silvestre, roja

que florece en los días de mi aniversario: Nurith.

Ellos no sabían

que Nur y Nuri

son nombres árabes comunes

que significan “luz” y “mi luz”.

La mayoría de mis amigos tenían nombres de aquí,

en hebreo,

no nombres judíos de allá, del exilio.

Sus padres se empeñaron en

hablar hebreo en casa,

pero era un hebreo con acento de otra tierra

con frecuencia pobre y cojo.

Otros hablaban en polaco,

ruso, árabe, español, idish.

Si hablaban un hebreo fluido, con el acento local,

eran maestros,

o, al menos, eso yo pensaba.

En nuestra casa se hablaba alemán:

en alemán mi padre me leía

cuentos de miedo para niños,

en alemán mi mamá me contaba

que habían asesinado a su madre.

También con el pediatra, con los amigos,

con los vendedores de la calle Ben-Yehuda,

mi mamá hablaba alemán.

En la calle Ben-Yehuda

estaba mi primer kínder

aunque, sin duda, mi madre no sabía

quién era Eliezer Ben-Yehuda,

considerado como el renovador de la lengua hebrea.

 

MEIR WIESELTIER, poeta

 

Nací en Rusia,

en la lengua rusa.

Seis meses después de mi nacimiento

nos marchamos de Moscú hacia Novosibirsk,

a causa de la guerra.

Allí, mi ruso se volvió más profundo

porque mi hermana mayor,

forzada a interrumpir sus estudios,

se aburría

y se pasaba las noches enseñándome

Pushkin y Lérmontov.

A mis cuatro años

ya sabía recitar de memoria

Pushkin y Lérmontov.

Y también montaba espectáculos de Pushkin y Lérmontov.

Si venían invitados,

o cuando algún invitado de mi hermana llegaba,

me subían a una silla

para que recitara Pushkin y Lérmontov,

y así impresionarlos.

Cuando tenía cinco años

nos mudamos a Polonia,

estuvimos ahí algunos meses y luego a Alemania.

En esa época comprendí

que el ruso pertenecía al pasado,

pero yo no tenía

otra lengua.

En Polonia no hice ningún esfuerzo,

aprender una que otra palabra en polaco no me interesaba.

En Alemania estudié alemán,

también fui al colegio, a primer grado.

Pero ya sabía

que nos iríamos de Alemania,

Alemania era un asunto temporal.

Mientras aprendí, pero esa lengua

me parecía sólo una etapa.

A mis ocho años aterrizamos en Haifa.

Ya sabía un poco de hebreo

porque, todavía en Alemania,

me contrataron un maestro particular.

En poco tiempo

me metí de lleno en el hebreo,

pero no fue una decisión mía.

Fue más tarde que tomé una decisión,

mi decisión fue ser escritor.

En relación con la lengua

simplemente hice por instinto

lo que me parecía necesario.

Después de un año y medio, o algo así,

mi hebreo era espontáneo y fuerte,

el ruso ya no estaba ahí.

Comprendía un poco de ruso

pero no quería hablarlo, y no hablé.

Ya no sabía hablar ruso,

mi ruso desapareció.

Más tarde comprendí que no sólo había desaparecido.

Desde el momento en que quise

entrar en el hebreo para escribir, sí,

en el momento en el que tuve esta idea,

de que eso es lo que yo haría, yo escribiría,

supe que debía asesinar la lengua rusa.

Debía liquidarla,

pues ella se interponía en mi camino.

Ella, la lengua materna.

El alemán no tenía importancia,

así que podía recordarlo,

y lo recordaba.

Pero la lengua rusa amenazaba mi posibilidad de escribir.

Por eso, fui muy violento respecto de ella,

en ese proceso, la liquidé

y me quedé con el hebreo.

Más tarde, es decir, bastante más tarde comprendí que aún así,

algo del ruso había quedado, en algún lugar,

lo que quedó es la música de la poesía

de Pushkin y de Lérmontov.

Porque cuando empecé a escribir poesía,

mucho más tarde,

descubrí en mi propia poesía

los mismos ritmos.

No los había estudiado,

simplemente estaban ahí desde antes.

 

 

AGI MISHOL, poeta

 

Soplos de emoción

mis venas flauta,

gotea en mí.

Sus aguas subterráneas

gorgotean en húngaro

Agi Agnès Agitza Aginka.

Se maravillan de mí

en la lengua de Atila.

¿Qué haces tú en este mar de espigas desoladas?

 

Vine de Hungría

a los cuatro años, en 1950.

Mis padres eran sobrevivientes de la Shoa.

Mi madre, estuvo en Auschwitz,

mi padre, en un campo de trabajo.

Siendo pequeña, deambulaba

entre los pioneros

que habían llegado 70 años antes.

Todos agricultores, campesinos.

Mi madre me vestía

con vestidos de organdí,

me ponía en la mano

una sombrilla roja con puntitos blancos

y acicalaba mis rulos

como botellitas a lo Shirley Temple.

Era muy, muy extraño aquí,

tenía la vivencia de una

nueva inmigrante (olá jadashá), [2]

de una extranjera.

En casa se hablaba en húngaro

y sentía vergüenza de invitar niños a nuestra casa

porque eso era vergonzoso.

Para quienes hablaban idish,

su situación era mucho más grave que la mía.

Había una jerarquía:

hablar en idish

esa era la vergüenza mayor.

Después venía el rumano

y el húngaro.

Y lo más extraño era

que justo el alemán,

a pesar de todo lo ocurrido,

permanecía, a los ojos de mis padres y de otras personas,

como la lengua de la cultura.

Me acuerdo que mis padres me enseñaron

a escribir y a leer alemán,

mi papá me enseñó a recitar Goethe:

Wer reitet so spät durch Nacht und Wind?

Es ist der Vater mit seinem Kind.[3]

Así, me encontré hablando

tanto idish como rumano,

también húngaro y alemán,

hablaba todas las lenguas.

Pero, siendo niña, lo más importante para mí

era ser como todos,

quería hablar hebreo como todos los niños.

Recuerdo cómo

durante horas me paraba frente al espejo,

ejercitaba mi acento

para pasar de la “rr” a la “r”

porque me era muy importante

ser como todo el mundo.

Suelo pensar que eso de volverme poeta,

mucho de eso se liga a esa época.

Porque yo no hablaba hebreo

de manera fluida

como todos los niños,

hablar hebreo no era automático.

Me encontraba todo el tiempo

en esa zona entre lenguas,

en el lugar del malestar

de la búsqueda constante;

entré, como vertiéndome, en el hebreo.

Hay algo muy delicado en la lengua húngara.

Para mí, escuchar el húngaro

es como la leche materna.

Recuerdo un día, hace algún tiempo

fui de compras al supermercado.

Entraron dos mujeres,

ancianas, como mi madre.

Y me percaté, en mi vientre,

del sonido de la lengua.

De pronto, iba siguiéndolas,

hablaban de calabacines,

de comida, qué preparar, qué comprar.

Y fui atraída tras ellas como por un imán.

Mi corazón estaba prisionero.

Realmente ir detrás de ellas,

escucharlas, todos esos murmullos en húngaro,

es algo tan,

tan…

Me acuerdo

cuando mi padre murió

y volvía del hospital, en coche,

sentí que el hebreo ya no me guiaba,

sentí que me derrumbaba en húngaro,

y me lamentaba en húngaro,

lloré:

Apuka, apuka, mi történt?

Hay, para mí, un punto en la lengua,

un cierto límite

que siento cuando atravieso una experiencia emotiva

muy, muy fuerte;

en cierto modo me derrumbo dentro del húngaro…

aún.

Dicho esto, no tengo

otra lengua que el hebreo.

Para mí el hebreo no es un territorio,

ni es una tierra, ni una bandera.

Para mí

el hebreo es la patria

y sé con certeza

que no puedo vivir en un ningún país

en el que no se hable hebreo.

Para bien o para mal.

El hebreo es una lengua difícil

de aprender

y también algo en su dicción:

la kheit y la kouf y la reish.

Hay en ella algo de antiguo,

un poco agresivo.

Pero es el hogar.

 

HAIM ULIEL, músico

 

Nací en Sderot,

mis padres vinieron de Marruecos en los años 50.

Mi padre vino de Fez,

y mi madre de una ciudad pequeña, Ksabe.

En casa, entre ellos hablaban en marroquí.

Y, por alguna razón, insistieron en hablar con nosotros sólo

en hebreo.

A veces, llegaba a nuestros oídos una canción en marroquí,

pero todo era bajito, en la radio,

quedo, las ventanas cerradas.

Lo más cómico es que todos aquí,

siendo nativos del norte de África y de Marruecos,

todos se avergonzaban.

Es cómico, es lo opuesto de lo que ocurre

hoy con la inmigración rusa.

Ellos, precisamente, cuidan su identidad y su cultura.

Tienen periódicos en ruso,

hablan en ruso, casi sólo miran canales de TV rusos.

Y nuestros padres, out,

quisieron, de una vez, parecer israelíes.

Parece que ese fue su gran sueño.

Por supuesto, nosotros absorbimos eso,

y aprendimos que es necesario callar.

Con todo, nos avergonzaba hablar,

o ver que éramos marroquíes.

No sabíamos que eso se nota,

que quien me oye hablar

escucha el acento oriental o marroquí.

De hecho, la primera vez que lo supe tenía 17 años,

siempre pensé que todos hablaban como yo.

Recién cuando tuve 17 años,

en una oficina del ejército,

cuando pregunté si podía incorporarme a la banda de música

militar

una secretaria me dijo:

“Pero tú tienes acento marroquí”.

Recién ahí supe que tenía acento,

hasta entonces estaba seguro de que hablaba como los demás.

De hecho, a la edad de 12 o 13 años

empezamos a escuchar música

del exterior: los Beatles, rock & roll.

Y ahí podíamos expresarnos,

es decir, eso ya no era vergonzoso.

La lengua marroquí había sido hasta ahí embarazosa,

hablar marroquí era ridículo:

“Un marroquí con cuchillo, ¿qué onda?”[4]

Había que burlarse, para reír.

queríamos ser parecidos a los demás,

entonces empezamos a cantar en inglés.

De hecho, el asunto del rock & roll

quizá fuera algo anti-establishment,

ahora que lo analizo, muchos años después…

Porque los que llenaban

esos clubes del rock —yo iba a esos clubes

los había de todo tipo,

en Ramala, en la Calle del Soldador…—

eran jóvenes de grupos orientales

que querían  rebelarse,

y ser anti-establishment.

Aún se avergonzaban de cantar en marroquí,

o en el árabe del país de origen,

iraquí, tunecino, tripolitano.

Y como prueba, la música oriental que

en esa misma época estaba en boga

era música griega.

Y ¿por qué griega? Porque el griego no es árabe.

El griego es oriental, pero europeo.

La base de la música israelí,

“la tierra de Israel, bella y buena”,

ha sido la canción popular de los rusos que llegaron aquí.

Tomaron sus melodías y las cantaron en hebreo.

Y el resto, aunque eran bellas y quizá mejores,

eran consideradas menos buenas.

Mi auténtica conexión a esta lengua, el marroquí,

comenzó cuando empecé a tocar en las bodas.

En las bodas había que cantar en inglés,

en francés, en español, en todas las lenguas

y, por supuesto, también en marroquí.

Cuando cantábamos en marroquí

la muchedumbre se ponía de pie, alegre

bailaba, se desataba, “la, la, la” y todos felices.

Nos percatamos de que era lo que les faltaba.

Si hubo un período en que la gente se avergonzaba de esta lengua,

poco a poco eso empezó a desvanecerse.

¡Había que cantar más en marroquí!

Entonces creamos una banda, Sfataim,

que canta, principalmente, en marroquí.

Y en ese momento empecé a escribir en marroquí,

es decir, la lengua,

mi lengua primera, ahora era el marroquí.

Ya no el inglés,

ni ninguna otra lengua, era el marroquí.

Empecé a escribir canciones,

la letra en marroquí.

Antes de esto había intentado cantar en hebreo

sobre lo marroquí,

eso no funciona porque el hebreo no es sexy.

El marroquí sí lo es.

Cuando canto Eli Kh’bibi

suena bien,

en hebreo Eli Kh’abibi

no pasa bien.

 

En la lluvia, la oscuridad y la tormenta.

Tú me cubres de una cobertura espesa.

En el calor del verano,

las penas y los males

Permaneces a mi lado toda la noche [en árabe].

 

En ti la calma, en ti el amor,

día y noche.

Tienes el remedio, tienes la respuesta.

Todo sobre tus hombros, sin descanso [en hebreo].

Mi  madre, mi querida. Yo me acuerdo de ti [en árabe].

 

 

AHARON APPELFELD, escritor

 

Nací en Chernivtsí.

Mi lengua materna es el alemán.

Con los   abuelos, hablábamos en idish. Con las trabajadoras domésticas yo hablaba ruteno.

Cuando nací,

Chernivtsí pertenecía a Rumania

y hablábamos rumano.

Eso continuó hasta los ocho años, aproximadamente,

cuando estalló la Segunda Guerra Mundial,

y ese idilio del habla alemana

fue quebrado de un sólo golpe.

Nos  empujaron al gueto,

luego nos transfirieron a un campo.

Me separaron de mi padre,

a mi madre ya la habían matado,

y me quedé solo.

Decidí huir del campo.

Mi semblante era rubio,

parecía un niño ucraniano.

El  inframundo me adoptó,

entre ellos pasé casi toda la guerra.

En 1946 inmigré a Israel,[5]

tenía trece años y medio,

sin educación, sin padres,

sin una lengua.

Sabía muchas lenguas

pero todas las lenguas juntas

no bastaban para la comunicación.

Como tartamudos,

hablábamos la lengua del cuerpo

y no la lengua de la boca.

Cada uno intentaba expresarse con lo que tenía.

Poco a poco adquirimos el hebreo.

Fue un gran esfuerzo,

entrar en una lengua

que fue cortada de forma tan diferente

a las lenguas que sabía.

Ésta sonaba como órdenes:

¡Id, dormid, organizad!

Sonaba como si surgiera del mar,

como la arena que nos rodeó en Atlit.

No es una lengua que brota de ti,

más bien es como si te metieras grava.

Me empeñé mucho para aprender la lengua hebrea,

como si la excavara en una montaña.

Empecé a escribir, sobre todo,

acerca de mi vida,

mi destino,

mi orfandad,

mis padres fallecidos,

mi ciudad perdida,

todas las pequeñas cosas que me rodearon.

Y mientras lo hacía, en hebreo,

por más que me empeñaba en adoptar

esta lengua, con todos los dialectos que tiene,

cada tanto emergían lenguas, otras lenguas,

que siempre me molestaban en la escritura.

Por eso tenía que reprimirlas,

para que no me molestaran,

para que palabras de otras lenguas no emergieran de pronto,

a veces fragmentos de palabras, a veces una frase.

Para que no emergieran.

Era un problema complejo

porque la mayoría de mis personajes protagónicos son

inmigrantes.

Quiero decir, de hecho, ellos hablan en lengua alemana.

En su vida cotidiana,

la mayoría de mis protagonistas hablan alemán.

Pero conmigo, ellos hablan hebreo.

Todo inmigrante lleva en sí

dos lenguas,

dos  paisajes,

un mundo dual.

En esos años, en 1946,

las décadas del 40 y 50,

el inmigrante no era aceptado.

Era un Estado ideológico,

y la ideología exigía:

“¡Habla hebreo!

Olvida, olvida tu pasado,

olvida tu lengua materna,

olvida tu personalidad”.

Yo y los de mi generación

reprimimos,

todo lo que había en nosotros

lo reprimimos.

Y sobre esa membrana en la superficie de la conciencia

construimos otra vida,

sin vínculos con el pasado.

Pero, poco a poco,

empecé a meterme más en la creación

y supe que nada de lo judío

debía serme ajeno.

Así, estudié idish.

Estudié idish

también para expulsar de mí el alemán.

Es decir, hay motivos psicológicos complejos.

Vengo de una familia asimilada,

y toda familia judía asimilada

tenía cierta aversión de su judeidad.

El idish era el símbolo de la judeidad.

Y como yo quería saber

todo sobre lo judío

estudié idish.

Y tengo un buen dominio

del idish, no a la perfección.

Lo leo,

también puedo escribirlo,

leo literatura,

ensayos, en idish.

Esta lengua me es muy querida,

me es querida porque era la lengua de los abuelos

y porque vi la muerte

a través de esta lengua.

Vi ancianos,

mujeres débiles,

niños al borde de la muerte:

todos hablaban idish.

Con la lengua alemana

siempre tuve

una relación ambivalente.

Es mi lengua materna,

pero es también

la lengua de los asesinos.

Un hombre que abandona su lengua materna

está lisiado de por vida.

La lengua materna,

tú no la hablas, ella fluye.

En la lengua adquirida

debes siempre estar en guardia

—que nada extranjero la penetre—.

Y así no sorprende, por ejemplo,

que hoy el hebreo

es mi lengua materna;

no tengo otra lengua.

Sueño, escribo en ella.

Hasta el día de hoy, tengo miedo

de perder esta lengua.

A veces me despierto,

y esa lengua, el hebreo

que adquirí con tantos esfuerzos,

se disipa, desaparece.

Yo quiero atraparla, y ya no puedo atraparla.

 

 

HAVIVA PEDAYA, investigadora y poeta

 

Mis padres, los dos,

vienen de Irak.

Mi padre

de una familia que fluctuaba entre Samarra y Bagdad.

Él llegó

en los años 50,

con una fuerte reminiscencia

de su Irak natal, su patria.

Su lengua, el árabe,

es realmente maravillosa, fuera de lo común.

Mi madre viene de una familia diferente,

una familia de rabinos y de cabalistas

de Bagdad.

En realidad, ellos habían llegado

en los años 20.

Estoy feliz

por haber tenido la fortuna

de aprender el hebreo con mi abuelo.

Con él conocí un hebreo

que transmite

el mundo del Zohar,

de la mística judía,

sin connotaciones sionistas.

Mis padres hablaban árabe

sólo entre ellos.

Estaba claro que era la lengua

de los “adultos”,

una lengua que ellos reservaban para sí,

para sus necesidades,

una lengua que nunca se nos dirigía a nosotros.

Por eso,

el árabe es una lengua

en la que siempre tartamudeo,

está sumida en mí, como una lengua de escucha,

no es mi lengua hablada.

Como dos lenguas:

es el árabe frente al hebreo,

yo navego entre ellas.

Por eso, yo hablo

de mi hebreidad y de mi arabidad

como de dos esencias

que se unen en un punto de ceguera

—zona de olvido, zona de abandono—.

Pero, de hecho,

si pienso en esto,

también el hebreo

es para mí dos lenguas:

el hebreo que experimenté

a través de mi abuelo,

y el hebreo que está lleno

de sedimentos sionistas.

Porque es posible decir

que toda la corriente sionista

es una reclamación renovada sobre la lengua,

una forma de sobrecargarla de significaciones

relacionadas con el sionismo

como proyecto mesiánico.

Como una especie de secularización,

que no es una verdadera secularización, lograda;

hay en ella siempre un guiño,

contiene aún algo

en parte comprometido con un proyecto religioso.

Y así,

eso crea una sobrecarga

y una mutación en la lengua,

como un estallido dentro de las palabras

que debilita la lengua:

la daña.

Este proceso vale también

para el lenguaje militar.

Si lo meditamos, ocurre con muchas palabras.

Puedo demostrarlo,

por ejemplo, con una palabra —que es para mí muy

significativa—,

con la palabra “purificación”.

La purificación es de lo más importante

en los rituales del Templo,

un ritual religioso

ligado a la limpieza, a la belleza,

a la purificación, a la inmersión en el agua;

tiene como un sentido de integridad.

En lugar de eso, la empleamos

para decir “purificar el terror”, que es terrible.

Son significaciones opuestas a las connotaciones del agua.

Puedo decir que la lengua

va más allá de un conjunto de palabras definidas.

Es música, es sintaxis,

es el alma, el espíritu de las cosas.

Es lo más importante,

vivo, a través de ella, mi ser oriental.

Por eso, lo que generalmente

se concibe como “música oriental”

es para mí, ante todo,

música religiosa,

la música en la que suelo rezar,

desde mi infancia.

La cosa primordial

del amor, del dolor,

de la tristeza, de la nostalgia.

No fue fácil sentir

que lo que para mí era

la cumbre de la belleza, de la finura, de la sutileza,

sonaba distinto para otra oreja,

e inmediatamente era catalogado como

grosero, común,

lleno de pathos, vulgar.

Todo tipo de cosas a través de las cuales

se experimenta el abismo cultural.

Esto es algo que me ocurrió,

un proceso de elaboración

—yo no viví la discriminación y la diferencia

como la vivieron mis padres—.

Para mí, ya es mucho más sutil.

La segunda generación de la inmigración

está en una situación que comienza en un punto de amnesia.

Lo cual para mí es obvio,

pues mi padre, él sabe que reprimió.

Es decir, el recuerda, pero lo reprime

—su esencia, su lengua,

su árabe, su música,

su lengua toda,

la de los gestos emotivos,

que es otra lengua, no aceptada,

ella se abre a la expresión en casa

pero no en público—.

Pero si esto es claro para mí

es porque comencé en el lugar de la amnesia.

Y sólo en ciertos momentos, en momentos extremos

de la lengua primordial,

de la lengua del corazón, como si la llamara,

ella irrumpe de pronto

por una fisura.

Puede borbotear de un eco,

de un canto litúrgico, de un insulto

o de una palabra…

Un momento de dolor, o de amor.

Está aún muy reprimida

en los márgenes de la lengua.

 

 

SALMAN MASALHA, poeta

 

Nací en 1953

en Al-Mighar,

una aldea árabe

en Galilea.

De hecho, soy la segunda generación

de la Nakba.[6]

Escribo en árabe

y escribo en hebreo.

El árabe fue mi lengua materna.

Pero

la lengua materna árabe

no es una lengua escrita.

Porque quien va al colegio

y estudia el árabe escrito

lo aprende como lengua segunda.

El hebreo es una lengua extranjera

y el árabe escrito

también es una lengua extranjera.

En este punto, mi relación con la palabra escrita,

sea en árabe o en hebreo,

es una relación con una especie de extrañeza.

El hebreo,

como lengua del nuevo Estado,

una nueva lengua

que cayó sobre nosotros,

y el árabe escrito, literario,

que era otra lengua.

Un niño habla,

un niño va a la escuela

y aprende una lengua,

de regreso en casa habla

otra lengua con su madre.

Desde este punto de vista,

la escritura en árabe

nunca es la escritura

de la lengua materna,

es escritura en la lengua adquirida.

Al principio, mi relación con el hebreo

tenía la magia de lo nuevo aprendido en el colegio.

En una etapa posterior

se volvió una especie de alienación.

Porque lo descubres de pronto…

Cuando eres niño no comprendes.

Pero luego, cuando creces,

descubres

que, de hecho, el nuevo Estado

te impone su lengua

y te impone una cultura nueva.

Entonces, en ti —como alumno

que comienza a entender

el mundo

en el que estas creciendo—

se produce una alienación a la lengua.

Pero en una etapa posterior

llegas a la conclusión de que,

si bien el hebreo

te fue impuesto,

tú has adquirido esa lengua

y ella se torna tu propietaria

—pero no como lo entenderían

quienes te impusieron esa lengua—.

El hebreo ya no les pertenece

a los judíos.

El hebreo pertenece

a todo aquel que lo habla

y a todo aquel que lo escribe.

El hebreo —aún si los que vinieron

de otros lugares lo renuevan—

pertenece a esta región,

como el árabe,

como otras lenguas semíticas.

Quizás los padres fundadores del sionismo,

o del hebreo,

no tenían el propósito

de que llegue alguien

que está en conflicto con ellos,

que llegue y tome este instrumento

y se apropie de él.

Yo, con el hebreo

no sólo tomo posesión de la lengua,

sino que, a fin de cuentas,

también refuerzo mi posesión sobre el lugar.

 

 

AMAL MURKUS, cantante y actriz

 

“Al-ouf mash’al, Ouf mash’alaani”

Yo no lo puse en la pena

Él me ha puesto en la pena

Vi alguien cerca del estanque

Le he hablado en árabe, él me respondió en turco

Las mujeres hablan, los niños lloran

¿A quién hablar en turco o en alemán?[7]

 

Nací, crecí y estudié

en Kfar Yossef,

en el norte del país.

Quise estudiar

teatro y canto

en Beit Zvi, una escuela

de artes escénica en Ramat Gan.

Todos los estudiantes eran judíos,

yo era la única palestina.

Me sentía minoría de las minorías.

Advertía que en el momento de hacer una improvisación

o un ejercicio de actuación,

me sentía mejor volviendo a mis raíces,

a mis materiales

y a mi lengua, el árabe.

Cuando cantaba en árabe

era mucho más elocuente.

En el monólogo de Lady Anne,

quien se lamenta sobre la tumba de su marido

en Ricardo III, de Shakespeare,

haciendo una lamentación en árabe entré en el personaje.

De pronto, me di cuenta de la importancia de mis raíces

—para crecer

como un árbol en flor

necesito tener raíces profundas—.

Y poco a poco, empecé a preguntarme:

“¿Por qué cantas en árabe?

¡Canta en hebreo!”

Me ofrecieron cantar en hebreo

las canciones de los inmigrantes que llegaron al país,

canciones con ritmos orientales:

En el desierto, Mi campo

canciones todas que hablan de la faena

y el trabajo de la tierra.

Pero, dentro mío,

sabía perfectamente

quiénes trabajaron aquí la tierra,

quiénes sembraron los olivos: mi padre y mi abuelo.

Advertí que cuando cantaba en hebreo

era bien recibida, con simpatía,

y que cuando cantaba en árabe

no era recibida con el mismo afecto.

Eso me generó un conflicto interior.

Ningún problema al cantar en hebreo

si en el escenario también canto en árabe,

pero entonces, no entienden,

me dicen: “¿Tú qué eres?

¿Eres palestina? ¿Israelí?”

Todas esas preguntas ocupan

a los artistas palestinos.

Yo tenía una apertura espontánea,

intuitiva, no pensaba en eso,

para crear desde ahí, con materiales locales,

con músicos israelíes y palestinos.

Es algo instintivo.

Hay disputas políticas, disputas culturales,

hay bagajes, hay estereotipos.

¿Pero por qué no crear y hacer música juntos?

Sólo trae beneficios a los dos pueblos.

Es mejor, además, cuando la otra cultura

se abre a mi cultura; pueden conocerme mejor.

Vi una ventaja en conocer la lengua hebrea,

más aún porque mi pareja, judío,

no sabe casi nada sobre mí

porque no tiene conocimiento de mi lengua.

Y eso me enoja con él,

me enojo con quienes

viven aquí, en el Medio Oriente,

desde hace muchos años,

y no intentan conocer la cultura del otro;

fuera de la comida,

y quizás un poco de música, que es también un estereotipo,

no es la música que yo escucho.

 

 

EL ESCLAVO, obra de teatro de Isaac Bashevis Singer

Puesta en escena: Yevgeny Arye

 

Por cierto, ella es sordomuda.

Quizá no siempre ha sido así. Tal vez los malvados villanos

le cortaron la lengua.

Vamos, muñeca muda,

muéstranos tu lengua.

Así, como lo hago yo

[…]

—El ci… cielo…

¡El cielo!

—Y la… tierra y la…

Y la tierra era

era tohu-bohu…

Tohu-va-bohu, Sarah

Tohu-va-bohu Sarah, oi

Y oscuridad…

Dime, Jacob,

si el pueblo judío es de verdad el pueblo elegido,

entonces, ¿cómo pueden mentir, difamar

e incluso robar?

—Cuántas veces te lo he dicho, Sarah,

que todos recibirán su castigo de las manos del Cielo.

—¿Incluso esas mujeres que me insultan?

Y la oscuridad, sobre… sobre la faz del abismo.

 

EVGENIA DODINA, Actriz

 

Estudié y actué en Moscú,

en el teatro Mayakovski,

ahí conocí al director de teatro, Yevgeny Aryeh.

Él me invitó, a mí y a otros tres actores,

a venir con él a Israel,

quería fundar un teatro.

Y nosotros lo seguimos,

aquí se sumaron otros actores,

y así fundamos

el Teatro Guesher, en diciembre de 1990.

Empezamos a actuar en ruso

y después de un año

pasamos al hebreo.

En ese momento no hablaba hebreo.

Cuando llegué el hebreo era para mí una lengua desconocida.

Me sonaba como papilla,

no era posible separar las palabras, todo suena akjjjjjjj,

comienza y no termina.

Esa era la situación cuando empezamos a estudiar nuestros

textos,

escribíamos en fonética, en alfabeto ruso,

nuestros textos en hebreo.

Todavía hoy, a veces, lo hago…

Y empezamos a actuar,

un poco como loros.

Tuvimos un gran éxito,

desde el estreno,

no sólo por el nivel artístico, que era alto.

Pienso que gran parte de ese éxito

fue el aprecio del público

para con un grupo de actores

que se para en el escenario

y actúa hablando de continuo

sin conocer la lengua.

Hace poco interpreté el papel

de Hanna Rovina para una película.

La primera dama del Teatro Habima, una de sus fundadoras,

en los años 30.

Y entendí que era muy importante, para ella y sus compañeros

—ellos se esforzaban en hablar hebreo,

no sólo sobre el escenario, también en la vida—

cortar con su lengua materna.

Hoy es diferente,

los rusos tratan de preservar su lengua.

Con mi hija insisto

—a veces son batallas—

en hablar ruso.

Y veo

que ella ya traduce en su cabeza

del hebreo al ruso.

Mi vida hoy se divide entre

el hebreo y el ruso.

En el teatro actúo en hebreo.

En la televisión y en el cine

también actúo en hebreo.

En mi casa hablo ruso,

pienso en ruso,

sueño en ruso.

Una vez soñé en hebreo,

mucho me sorprendí al despertar,

pero eso me pasó sólo una vez…

 

 

DANIEL EPSTEIN, rabino y filósofo

 

Mi historia comienza en Suiza,

en el año 1944.

Nací allí, en un campo de refugiados.

Mis padres huyeron de Francia

durante la guerra.

Mi padre era un refugiado de Rusia,

mi madre de Alemania.

Cuando volvimos a Francia

llegamos a una casa

en la que no había nada,

salvo libros.

Había libros en todas las lenguas:

en francés, en alemán,

en hebreo, en idish, en esperanto.

Cuando tenía 11 años

mi papá tomó la decisión

—fue una decisión crucial—

de mandarme a Estrasburgo,

a 300 km de distancia

a estudiar en un colegio judío.

Y me pasó algo, que mi padre

no calculó, y quizá tampoco quiso:

pues yo me acerqué más

a la observancia de los preceptos, de la tradición, del judaísmo.

Hasta el punto de que,

al terminar la prepa, quise entrar en la yeshivá.

Pensé que mi elección iba en cierta dirección,

decidí, después de nuestro casamiento,

emigrar a Israel

y ser profesor.

En efecto, enseñé…

En ese momento pensé

que la lengua francesa,

y también la filosofía,

habían quedado atrás.

Pero hubo un retorno,

más y más insistente,

en mi enseñanza,

porque sentí el anhelo de transmitir

eso que me importaba

en la cultura francesa: la filosofía.

Y descubrí justo en Israel

la filosofía de Levinas.

Anhelaba mucho poder transmitirla a mis alumnos,

pero no encontraba, y aún no encuentro,

las palabras exactas.

Sentí que estaba

en dos mundos,

que no pueden

entenderse entre ellos,

porque dicen cosas diferentes,

de modos diferentes.

Por ejemplo, cuando yo

hablo o enseño en hebreo,

siento cuánto debo

apegarme a las palabras exactas,

a las oraciones cortas.

Es una lengua muy económica

y precisa,

comparada con el francés,

que tiene tantos matices (gvanim).

Incluso en la palabra gavan,

no encuentro el nuance del francés,

con todo el flou que lo rodea.

Es decir, una nube de no claridad,

que la lengua francesa no sólo admite,

sino que impulsa y quiere,

y que el hebreo rechaza.

Sólo este ejemplo: una palabra como tendresse,

Rakut.

No hay en la palabra hebrea rajut, la ternura,

la dulzura,

que siento en francés.

Por otro lado, pienso que el hebreo me salva de la…

de la retórica

que me atrae

cuando hablo en francés.

Hay una ética en la lengua hebrea

que no encuentro en el francés,

y hay una poesía en la lengua francesa que no encuentro en el

hebreo.

Yo no diría que vivo

ora en una lengua,

ora en la otra,

yo correteo entre las dos,

como los latidos del corazón,

agitado y sacudido.

Pienso que mis alumnos también lo sienten,

los obligo

a sentir esa sacudida

que me persigue

incluso en sueños.

Yo sueño en las dos lenguas.

Pero este es, probablemente,

el desafío de mi vida.

Vivir y transmitir

los mensajes,

diría imposibles,

de una lengua a otra,

de un mundo al otro.

 

 

[1] Agradezco la interlocución con Debora Wainstein, quien me ha aclarado dudas y dificultades surgidas en el trabajo de traducción.

[2] Se traduce la expresión Olá jadashá. La palabra hebrea Olá remite a Aliá, que significa ascenso, y designa el acto del judío que inmigra a Israel.

[3] En alemán en el original: ¿Quién cabalga tan tarde en la noche y el viento? Es el padre con su hijo…

[4] Traduzco literal, pues no existe un equivalente en español. Se trata de una expresión que alude a cierto tono exaltado en el habla coloquial marroquí.

[5] Aretz, apelativo.

[6] Término árabe que significa“catástrofe” o“desastre”, utilizado para designar al éxodo palestino de 1948.

[7] Árabe en el original. La traducción se hace del francés.