Escrituras

La metacrítica sobre el purismo de la razón pura

Un gran filósofo ha afirmado que “las ideas universales y abstractas no son otra cosa que ideas particulares, pero relacionadas con una determinada palabra cuyo significado, en su mayor o menor extensión, nos recuerda al mismo tiempo objetos singulares”. Esta afirmación es del eleático, místico y apasionado obispo de Cloyne, G. Berkeley, considerado por Hume[1] como uno de los más grandes y estimables descubrimientos realizados de fondo contemporánea en nuestra sabia república.

Considero fundamental que el nuevo escepticismo deba agradecer infinitamente más al antiguo idealismo que a un motivo casual y aislado para darse a entender; de ahí́ que, sin Berkeley, Hume no hubiera sido tan gran filósofo, tal y como fue explicado con homogéneo agradecimiento por parte de la Crítica. Pero, en lo que se refiere al mismo e importante descubrimiento, en sentido estricto, está situado sin especial profundidad en el mero uso puro de la lengua en la común percepción y observación del sensus comunis, abierta y claramente.

La posibilidad del conocimiento humano de objetos de la experiencia, sin y antes de toda experiencia, es uno de los más escondidos secretos, cuyos problemas, por no hablar de su solución, todavía no ha llegado al fino corazón del filósofo, y por ello persiste la posibilidad de una perspectiva sensible anterior a la sensibilidad de un objeto. En torno a esta doble IM-POSIBILIDAD, y su poderosa diferencia entre juicio analítico y sintético, se funda la materia y la forma de una doctrina trascendental de los elementos y del método; pues, a pesar de la diferencia singular de la razón como de un objeto, o de una fuente de conocimiento, o también de una forma de conocimiento, hay todavía una diferencia más general, más precisa y más pura, a tenor de la cual la razón es el fundamento de todos los objetos, fuentes y formas de conocimiento. Consecuentemente, no hay necesidad de un concepto empírico o estético, tampoco de un concepto lógico o discursivo, sino que únicamente existe en condiciones subjetivas, bajo las cuales TODO, ALGO y NADA han sido pensados como objetos, fuentes o formas de conocimiento, y dado a la intuición inmediata como un infinito máximo o mínimo, y que en cualquier caso puede ser también aceptado.

La primera purificación de la filosofía residía en el intento, en parte mal comprendido y en parte fracasado, de hacer a la razón independiente de toda leyenda, tradición y fe. La segunda es aún más trascendente y concluye, en nada menos, que en una independencia de la experiencia y de su inducción cotidiana, buscada —¡pues, después de más de dos mil años de razón aún no se sabe qué es!— más allá de la experiencia, no se desespera ni una sola vez en el progresivo devenir de sus antepasados, sino que promete también, a pesar de tanto impedimento, a los impacientes contemporáneos, y en breve tiempo, la universal piedra filosofal, infalible y necesaria del catolicismo y del despotismo, a la que rápidamente la religión someterá su santidad y la legislación de su majestad, especialmente en los últimos suspiros de un crítico siglo, donde el empirismo de una y otra parte, acompañado de ceguera, aparece de la noche a la mañana más sospechoso y ridículo.

El tercer purismo, ciertamente empírico y mucho más profundo, concierne al lenguaje, el único, primero y último instrumento y criterio de la razón, sin otra garantía que la tradición y el uso. Pero a uno le sucede también con este cuasi ídolo como a aquel viejo con el ideal de la razón. Cuanto más reflexionamos más profunda e interiormente, se silencia y se pierde el aire para hablar. ¡Ay de los tiranos si Dios se preocupara de ellos! ¿Para qué preguntan ellos por Dios? ¡Cuidado con los sofistas! ¡Sus cuentos no tienen el suficiente peso y por ello deben ser rechazados!

¡Receptividad del lenguaje y espontaneidad de los conceptos! De esta doble fuente de la ambivalencia surge la razón pura con todos los elementos de su obstinación, dubitabilidad y artificiosidad, producida por un análisis tan caprichoso como una síntesis de las tres viejas masas de nuevos fenómenos y meteoros del horizonte en continuo movimiento, crea signos y milagros con el creador, y la varita mágica mercurial destruida de su boca o de la pluma partida entre los tres dedos, que se utilizan para escribir de su puño y letra. Ya al nombre de la metafísica pertenece esta maldad genética, y por esta putrefacta ambigüedad no puede ser superada ni mucho menos idolatrizada regresando al lugar de su nacimiento, situado en la síntesis casual de un prólogo griego. Pero suponiendo que en la tópica trascendental importase todavía menos la diferencia entre empiria detrás y sobre que en un apriori y a posteriori, en un hysteron-proteron: así se extiende la mancha del nombre desde la frente hasta las entrañas de toda la ciencia, y su terminología se comporta con todos los demás lenguajes, del arte, de la caza, de la montaña y de la escuela, como el mercurio hacia los otros metales.

Ciertamente, a partir de bastantes juicios analíticos se debería deducir un odio gnóstico contra la materia o también un amor místico hacia la forma. Sin embargo, la síntesis del predicado con el sujeto sólo se afirma y se presenta en un concepto central con el viejo y frío prejuicio que la matemática tiene delante y detrás de sí. Efectivamente, su certeza apodíctica es, ante todo, una señal quiriológica de las percepciones sensuales simples; desde aquí se deduce la simplicidad, su syntesis y la posibilidad de la misma a través de construcciones aparentes o fórmulas simbólicas y ecuaciones que excluyen todo malentendido a través de su sensualidad.

Mientras tanto, la geometría determina y figura hasta la idealidad de sus conceptos, de puntos sin parte, de líneas y superficies según dimensiones fraccionadas idealmente por signos e imágenes empíricas; abusa la metafísica de todos los símbolos de palabras y figuras retóricas de nuestro conocimiento empírico hasta tales jeroglíficos y tipos de relaciones ideales, y elabora a través de esta sabia estupidez la entereza del lenguaje en un algo sin sentido, vulgar, inseguro e indeterminado = x, que nada como una absurda borrachera, un juego mágico de sombras, como dice el sabio Helvetius, lo más alto, el talismán y el rosario de una superstición trascendental en entia rationis, sus vasos vacíos, y su lema permanece reducido. Finalmente, se entiende que, si la matemática puede atribuirse una preferencia de nobleza a causa de su fiabilidad general y necesaria, también la misma razón humana tiene que ponerse detrás del infalible y desengañado instinto de los insectos.

Todavía queda una cuestión fundamental: ¿Cómo sería posible la facultad del pensar? ¿La facultad del pensar a derecha y a izquierda, delante y sin, con y más allá de la experiencia? Así, no se requiere ninguna deducción para probar la prioridad genealógica y heráldica del lenguaje respecto a las siete santas funciones de las proposiciones lógicas y de los silogismos. No sólo la entera facultad del pensar reposa sobre el lenguaje, de acuerdo con las desconocidas predicciones y de los milagros calumniosos del sabio Samuel Heinicke: el lenguaje es también el punto central de la mala interpretación de la razón consigo misma, en parte por la frecuente coincidencia del más grande y pequeño concepto, de la vacuidad y de la plenitud en las proposiciones ideales; en parte por las indefinidas figuras tanto habladas como silogísticas y otras similares.

Sonidos y letras son como formas puras a priori, en las cuales nada de lo que pertenece a las sensaciones o a los conceptos de un objeto se encuentran y, por supuesto, tampoco aparecen los verdaderos elementos estéticos de toda la razón y el conocimiento humano. El lenguaje más antiguo fue la música y, al lado, el ritmo palpable del pulso y de la respiración nasal, imagen hecha cuerpo originario de toda medida del tiempo y su relación numérica. La más antigua escritura fue pintura y dibujo; se ocupó por ello muy pronto de la economía del espacio, de su limitación y determinación de las figuras. Por eso se han convertido los conceptos de tiempo y espacio en tan generales y necesarios por la influencia exagerada y constante de los dos nobles sentidos del rostro y del oído en toda la esfera del entendimiento, como son la luz y el aire para el ojo, para el oído y para la voz; de ahí que, como parece ser, el espacio y el tiempo no eran ni idea innata ni mucho menos matrices de todos los conocimientos.

Mas sensibilidad y entendimiento surgen de una misma raíz como dos troncos del conocimiento; de este modo, a través de aquellos objetos son dados y pensados, por eso, y a tal efecto ésta es una separación forzada, impropia y obstinada de aquella que la naturaleza ha unido. ¿No se marchitarán y perecerán los dos troncos por efecto de una dicotomía y división de la raíz común? ¿No debería ser más conveniente como símbolo de nuestro conocimiento un único tronco, con dos raíces, una arriba, en el aire y otra abajo, en la tierra? La primera se ofrece a nuestra sensibilidad; la última, por el contrario, invisible, debe ser pensada por medio del conocimiento, con la prioridad de lo pensado y la posterioridad de lo dado o tomado, como también concuerda con la favorecida inversión de la razón pura con sus teorías.

Hay quizá, sin embargo, un “químico” árbol de Diana no sólo para el conocimiento de la sensibilidad o el entendimiento, sino también para explicar y ampliar ambos campos y sus fronteras. Las cuales, por una per antiphrasin de la bautizada razón pura y de su alborotada metafísica del indiferentismo dominante (¡aquella vieja madre del caos y de la noche en todas las ciencias de las costumbres, de la religión y de la jurisprudencia!), ha sido hecha tan oscura, sin sentido y vacíos desiertos, que debe renacer desde la aurora de la cercana y prometida transformación e ilustración del rocío de un puro lenguaje natural.

No obstante, sin esperar la visita de un nuevo Lucifer venido desde lo alto, y sin que yo profane la higuera de la gran diosa Diana, la serpiente nutrida en nuestro pecho por el lenguaje popular y ordinario nos ofrece la imagen más bella y refleja la reunión hipostática de las naturalezas sensibles e inteligibles y el común intercambio idiomático de sus fuerzas, los secretos sintéticos de las formas correspondientes y contradictorias a priori y a posteriori, junto con la transubstanciación de condiciones y subsunciones subjetivas en atributos y predicados objetivos por medio de la cópula de una palabra fuerte y de un ripio, para disminuir el aburrimiento y llenar el espacio vacío con un “galimatías” que se repite con frecuencia per thesin y anthitesin.

¡Oh, dadme la fuerza de un Demóstenes y en triple energía para la elocuencia, o la mímica todavía por venir, sin el pandero tintineante y elogioso de una lengua angélica! De este modo, abriré los ojos al lector para hacerle ver, quizás, ejércitos de intuiciones que suben de la fortaleza del intelecto puro, y ejércitos de conceptos que descienden al profundo abismo de la sensibilidad más palpable por una escalera que ningún durmiente puede soñar, y el baile de Mahanaim o dos ejércitos de razón —la crónica secreta y escandalosa de un concubinato y violación—, y la teogonía entera de todas las formas gigantescas y heroicas de Sulamith y Musa, en la mitología de la luz y la oscuridad, hasta el juego de los aspectos de una vieja Baubo consigo misma —inaudita specie solaminis, como dice san Ambrosio—, y de una nueva virgen inmaculada que, sin embargo, no puede ser aquella Madre de Dios por quien la toma san Anselmo.

Las palabras tienen, por tanto, un poder estético y lógico. Como objetos visibles y audibles, pertenecen con sus elementos a la sensibilidad y a la intuición, pero por la forma de su empleo y significado pertenecen al mundo intelectual y de los conceptos. Por consiguiente, las palabras son tanto intuiciones puras y empíricas como también conceptos puros y empíricos. Empíricos porque a través de ellos tiene lugar la sensación de la vista y del oído; puros en cuanto que su significado no viene determinado por nada de lo que pertenece a esas sensaciones. Las palabras, como objetos indeterminados de intuiciones empíricas, se llaman de acuerdo con el texto original de la razón pura, apariciones estéticas. Consiguientemente, según la eterna letanía del paralelismo antitético, las palabras, como objetos indeterminados de conceptos empíricos, son apariciones críticas, fantasmas, no-palabras, y sólo por medio de su empleo y del significado con el que se utilizan se convierten en objetos determinados por el intelecto. Este significado y su determinación nacen, como es sabido por todos, de la conexión de un signo verbal —arbitrario e indiferente a priori, pero necesario a posteriori e imprescindible— con la intuición del objeto mismo, y por este vinculo repetido, el mismo concepto, por medio tanto del signo verbal como de la intuición, es transmitido y queda impreso e incorporado al intelecto.

¿Es posible, ahora, se pregunta, por un lado, el idealismo, a partir de la mera intuición de una palabra, encontrar el concepto que corresponde a la misma? ¿Es posible a partir de la materia de la palabra “razón” (Vernunft), de sus ocho letras y dos sílabas, es posible, partiendo de la forma que determina el orden de estas letras y silabas, obtener cualquier cosa perteneciente al concepto que corresponde a la palabra “razón”? Aquí responde la crítica manteniendo al mismo nivel los dos platos de la balanza. En verdad, en algunos idiomas hay más o menos palabras con las que mediante un proceso de análisis y síntesis en nuevas formas de las letras y sílabas se pueden producir logogrifos, charadas francesas y adivinanzas chistosas. Pero entonces se obtienen nuevas intuiciones y aparecen nuevas palabras, que coinciden tan poco con el concepto de la palabra dada como las diversas intuiciones.

¿Es posible, además, pregunta el idealismo, por otro lado, deducir del intelecto la intuición empírica de una palabra?

¿Es posible partir del concepto de razón y encontrar la materia de su nombre, esto es, las ocho letras y las dos sílabas que son en alemán o en cualquier otro idioma? Aquí, uno de los dos platos de la balanza de la Crítica señala a un “no” decisivo. Pero, ¿no debería ser posible deducir del concepto la forma de su intuición empírica en la palabra, a través de la cual una de las dos sílabas sea una a priori y la otra a posteriori, o que las ocho letras ordenadas del modo determinado sean intuidas? Aquí, el Homero de la razón pura ronca un “sí” tan fuerte como el que Juan y Margarita pronuncian delante del altar; probablemente porque ha soñado que ha descubierto ya la hasta ahora buscada escritura universal de un lenguaje filosófico.

Ahora bien, esta última posibilidad, la de obtener la forma de una intuición empírica sin objeto ni signos de la misma, a partir de la característica pura y vacía de nuestro sentimiento (Gemuet) externo e interno, es precisamente el Δός μοἰ ποὓ στῶ y el Πρῶτου φεῦδος, la verdadera piedra angular del idealismo crítico y de un edificio de torres y palcos de la razón pura. Los materiales, dados o recogidos, pertenecen a los bosques categoriales e ideales, a los arsenales peripatéticos y académicos. El análisis no es nada más que un corte a la moda, igual que la síntesis no es sino la costura de un zapatero o de un sastre de oficio. Eso que la filosofía trascendental mategrabolise,[2] yo, para ventaja del débil lector, lo he interpretado aplicándolo al sacramento del lenguaje, a la letra de sus elementos, al espíritu de su empleo, y dejo a cualquiera el abrir el puño cerrado extendiéndolo a mano abierta.

Quizá no obstante, un idealismo semejante es todo el muro divisorio entre el judaísmo y el paganismo. El judío tenía la palabra y los signos; el pagano, la razón y su sabiduría. (La consecuencia fue una μεταβασιζ ειζ αλλο γενοζ, de la cual lo más noble está implantado en la pequeña Solgatha).

 

* En J. B, Erhard, J. G. Hamann, J. G. Herder, I. Kant et al., ¿Qué es Ilustración?, A. Maestre y J. Romagosa (trads.), Técnos, Madrid, 1999, pp. 36-44. Este texto se publicó originalmente en 1784.

 

[1] D. Hume, A Treatise of Human Nature: Being an Attempt to Introduce the Experimental Method of Reasoning into Moral Subjects, vol. I, Londres, 1739, p. 38. Esta primerísima obra maestra, en lo que se me alcanza, del famoso D. Hume, dicen que ha sido traducida en francés, pero todavía no como su última obra en alemán. Desgraciadamente, también han sido interrumpidas las traducciones de las obras filosóficas del inteligentísimo Berkeley. La primera parte ya apareció en 1781, en Leipzig, y sólo contiene las conversaciones entre Hylas y Filonus, que ya estaban contenidas en la colección de Eschebach de los idealistas (Rosstock, 1756).

[2] Vocablo procedente de Rabelais, recreado por Hamann irónicamente.