Escrituras

En las cercanías de Lacan

No tengo ninguna competencia específica en cuestiones teóricas de naturaleza psicoanalítica; por otra parte, durante largos años he tenido relación con la realidad psicoanalítica y psiquiátrica porque “deseaba sanar” de algunas graves molestias que me afligían. La misma lectura de obras más o menos clásicas, de Freud en adelante, me era casi impuesta por aquel tipo de ansia con la que también un enfermo “físico” tiende a investigar, a lo mejor en una revista, noticias sobre eventuales métodos de cura y palabra, siempre más actualizados. Por supuesto, siempre me había desconcertado y fascinado la conexión que en psicoanálisis existe entre cura y palabra, desde los años lejanísimos en que comencé a afrontar el argumento en el libro de Bonaventura publicado por Mondadori.[1]

En cuanto al nombre de Lacan, comencé a oírlo susurrado por psiquiatras no ortodoxos que “debía” frecuentar. Recuerdo un número de La Psychoanalyse descubierto sobre una mesa y hojeado con ansia —hacia finales de los años cincuenta—. Quizás es verdad, como ha dicho Michel David,[2] que en mí se había desarrollado un cierto inconsciente lacanismo. Vocativo es un título sin duda atribuible a algo lacaniano; tal vez lo es menos el conjunto del libro (1948-1956). La transformación de todo discurso, más aún de “todo” en mero significante, más bien en letra; la sospecha de que el yo fuese una producción gramaticalizada del imaginario, un punto de fuga y no una realidad… ¿Pero, se podía verdaderamente afirmar, decir, enunciar todo esto? ¿No habría quedado tras ello la boca irremediablemente muda? ¿No habrían hecho cortocircuito los relais cerebrales? De ningún lado me llegaban entonces efectos de verdad que no fuesen destructivos, mientras que en mí se acumulaban, como para dar al yo una especie de superconsistencia férrea, estratos siempre más malditos de angustia.

Las primeras lecturas parciales de Lacan y sobre Lacan, antes de que salieran los esperadísimos Écrits, me provocaron verdaderos traumas; por días no podía pensar en otra cosa que en aquellos fragmentos de artículos, en esas alusiones a artículos de otros, en esas impropias recapitulaciones, en esas habladurías. Eso, Lacan fue para mí un conjunto de rumeurs por muchos años: algo que debía y no debía escuchar, leer, saber. Me ponía en desconfianza la prestidigitadora y sutilísima sapiencia con que Lacan hacía entrar al interior de sus giros toda posible objeción, obstáculo, muro, alambre de espinos, opuesto o no por otros. Yo sabía demasiado sobre un cierto terreno, sobre una inmediata fuerza de malignidad en acto, de desrealización en acto (sobrecogedora angustia que tomaba consistencia incluso en los estratos mas “bajos” de la cenestesia) para poder aceptar tranquilamente las también extraordinarias ocurrencias de Lacan sobre el vacío, sus pasajes a vuelo sobre los que para mí permanecían como precipicios de cerco infernal. Temía reconocer en él la facies marmorea —o la cara dura (incluidos los alcances etimológicos del término)— de quien camina entre los monstruos con relativa seguridad o porque es él mismo un monstruo, una neoformación, o porque más simplemente tira del freno de calembours solo espectros del monstruo. De todas maneras, sentía toda la inminente necesidad del discurso lacaniano, como punto de llegada —dentro de un mundo ya casi incurable— de la misma idea de psicoanálisis, o mejor de análisis. Punto de llegada al ya previsto carácter “interminable”, a una no-terapia para no-medicina, etcétera, junto a una sustitución rapidísima de etiquetas, de pequeñas letras, sobre una nada tan trágicamente homogénea como accidentadísima en su revelación cotidiana. Y sin embargo había en el discurso lacaniano, más allá de su propensión a destruirse mediante su proceder (enunciado tras enunciado, palabras tras palabra, fonema tras fonema) una increíble gama de conexión y de supervivencia, un brotar de fragmentos de verdades precisas como flechas que daban en el blanco. Más aún, aquel discurso acababa apareciendo como dictado por una obstinación que, horadando al infinito el centro, volvía la idea misma de “centro” algo diferente y absolutamente nuevo y dislocado, arrastrando tras de sí todos los grados de psiquismo. “La instancia de la letra”, la recolocación de lo onírico y de sus enigmas, el estatuto de limbo del yo y la turbación del inconsciente vuelto lenguaje y también cargado de lo simbólico; eran todos “golpes de realidad” que no podían ser atajados.

Apareció luego siempre más macroscópica la dicotomía entre los Écrits, por una parte, y los escritos en revistas debidos a “maestros más escuela” o los Séminaires, por otra: como si se hubiesen podido producir en el mismo ámbito dos tradiciones o dos estados del saber (o des-saber) contemporáneamente: una especia de Torah versus Talmud y demás.

En los Écrits es evidente la formación de continuos equilibrios inestables pero profundamente marcados según una antigua vocación sacra y precisamente ligada a las Escrituras (con una especie de “fenomenología del espíritu” volcada sobre el fondo); parecía que se presentase la producción de un texto atestado de versos que debían entenderse como pasajes obligados de los cuales ni siquiera una iota (petite lettre) puede ser quitada (por más que tal iota sea una mutante) y a la vez se hacía sentir la apelación de las Escrituras entendidas como hecho literario, poético al fin. Literal y literario en los escritos de Lacan se imbricaban en una relación huidiza pero inequívoca como en la siempre rediseñada banda de Moebius. La letra (en fin de cuenta “científica” al darse, incidir, dirigir experiencias) sostenía la literatura y la fuga en una necesaria poiesis, como la literatura parece torcerse continuamente al sustentar la letra. Por este motivo la lectura de Lacan podía plantearse como un experimentar y un “fantasmizar” aunque dejando escaso “lugar al entendimiento” (de lo cual más tarde Lacan mismo negó la importancia). No existía entonces un “comprender”, un reading, un résumé posible a propósito de Lacan más de lo que es posible la paráfrasis de un texto literario.

En el camino del psicoanálisis, si de algún modo Freud había sido el Rimbaud, Lacan podía aparecer como un Mallarmé, pero quizás doblado por un Bossuet autoparódico. En la gran casa fourieriana del psicoanálisis, en esa abadía de Thélème, en ese Narrenschiff, si Freud era la autocomprensión de la neurosis, Lacan era la autocomprensión de la psicosis. Si el primero, más que sanar, había justificado o verbalizado “la” neurosis (suya), el segundo había incluso glorificado “la” psicosis (suya), prácticamente instalando un desfallecimiento en el lugar del ego, introduciendo consistencias de dantesco Cielo de la Luna en el punto focal de los paraísos del yo (¿Yo?). Convivían sin embargo en el interior de esta actitud las dos divergentes tendencias a una elección entre esquizofrenia y paranoia como psiquismopsicosis por privilegiar. Estaban las elecciones entre dos opuestos modos de “imaginarizar” al yo, que en su ser subvertido, inestable, mísero, dirigía por otra parte dentro de sí mismo las proyecciones de un inconsciente rico de una vida-violencia dúplice: la de soporte-cloaca de una represión originaria y la del abatido orden de lo simbólico, parecido al Aqueronte.

De todas maneras la presencia, por así decirlo, apolínea en los Écrits (si bien un Apolo excitado por las desilusiones amorosas, por las desventuras y por las burlas) debía revelar siempre más su carácter de iceberg en perpetuo derretimiento dentro de la corriente de los séminaires, del no-escrito por excelencia; en fin, del lugar donde pululaba lalangue.[3] Aunque los (así llamados) séminaires estaban destinados a precipitarse químicamente (y contradictoriamente) en texto también, dado que no habían sido nunca considerados una enseñanza acroamática, la apertura quedaba.

La elección de la esquizofrenia en lugar de la paranoia aparecía así, contra la relativa rigidez de los Écrits, como la más “natural”. Y luego la infinita deriva de las divagaciones o no, los bailes constructivos-liberatorios del calembour, las mil lógicas como carbones ardientes sobre las cuales brincar, las siniestras sonrisas o los mutismos rotos por las más imprevistas pirotecnias, el chiste y la mofa erguidos contra sí mismos y cada “todo”, el Witz, aunque algunas veces malogrado, elevado al nivel del supremo “ábrete sésamo”, el nudo que de corredizo-estrangulador podía transformarse en montón de cuerda por desarrollar en el aire para conducir la subida de un gurú hacia una copiosa nada, o los “golpes de texto” dialógicos en que se perfilaba una participación felliniana de personajes según los tipos de clowns, el Blanco y el Augusto: se trataba de elementos que tenían relación también con la otra “cosa” dionisiaca, o mucho mejor-peor, que era lalangue. Y quizás éstos eran los desechos de una gran farsa en la que Apolo, en tanto terapeuta, guía de las Musas y demás, destruía progresivamente su propio maquillaje para revelarse como Dionisos, no se sabe bien si apabullado por risotadas-sollozos a la Chaplin o si, en el último acto, crucifixus a la Nietzche. Los textos de Lacan se acercaban siempre más a los de un Borges satanizado; un Mallarmé-Woody Allen continuaba estando ahí presente pero reducido a haces de iridiscente zen.

El murmullo o el “verso” de lalangue, el fluctuar en aquel océano de tipo tanto homérico como amniótico, tal como para marcar las cercanías entre una eventual poesía y una alcantarilla (según la conocida expresión montaliana),[4] constituían como quiera que fuese campos de atención del todo abiertos y fecundos. En ellos yo encontraba otro viejo motivo mío, el de la oralidad perpetua relacionada con el mundo dialectal, que me había siempre aterrorizado y seducido, y al cual me había acercado en los años más recientes de mi escritura, aunque ese había sido siempre el de mi hablar. La deuda y el enfrentamiento con Lacan estaban entonces destinados a crecer, a ensancharse.

Y, en el gran cortejo “triunfal” del psicoanálisis, en el cual Freud se presentaba como Imperator vencedor, Lacan parecía querer introducirse siempre más en el papel del rojo duende que imitaba los movimientos del César, del Patrón, revelando de él su figura íntima, como ocurría en ese admirable rito antiguo. El que en los inicios podía también haber asumido una fría cara de doctor vampírico, mutaba y circunvolaba como un comodín, arrojando con su verborrea una infinidad de virutas, otra vez y siempre más importantes que todo el resto, y mucho más punzantes de “en-verdad-os-digo” mientras más deteriorados por ruidos de fondo y equívocos. Estas virutas a la manera de Palazzeschi del inmenso divertimento lacaniano, que es exactamente lo contrario de un divertissement, estas microletras, estas nimiedades, estas teselas de un saqueado mosaico o rompecabezas, son como talismanes capaces de orientar en ciertas prohibidas Holzwegge de la poesía, cuando ya ellos no la constituyen.

Queda, por otro lado, y en las cercanías del análisis y en las de la poesía, una nostalgia irreparable por las recetas, por las miniterapias e, incluso, por las curaciones. No obstante todo, Lacan tiene quizás algo que decirnos a propósito todavía.

Evidentemente he descuidado lo más y lo mejor de Lacan (aparte de la material imposibilidad de leer lo no publicado). De cualquier manera, creo que conviene esperar en su no-esperanza.

 

 

 

* Este texto fue publicado en Andrea Zanzotto, El (necesario) mentir 2. Prosa Selecta, edición de Giampiero Bucci en colaboración con Eduardo Montagner Anguiano, Eduardo Montagner y Giampiero Bucci (trads.), Vaso Roto, Barcelona, 2011, pp. 183-188.

 

 

[1] Enzo Boaventura, La Psicoanalisi, Mondadori, Milán, 1938. [N. del T.]

[2] Autor del libro El psicoanálisis en la cultura italiana, Boringhieri, Turín, 1966. [N. del T.]

[3] Concepto lacanianano de lalangue, referido al habla infantil. [N. del T.]

[4] Del poeta Eugenio Montale. [N. del T.]