Expediente

Adultos mayores: el desgarro de la red de contención

Los ancianos de Pueblo Seco —Poble Sec, en catalán—, un barrio de clase trabajadora de Barcelona, los de la generación que sobrevivió a la hambruna posterior a la Guerra Civil española, nacieron vulnerables.

Atraídos al corazón de la España industrial hace una generación, ya jubilados dependían de las comidas gratis que los centros sociales del barrio dispensaban. Muchos recibieron cuidado médico de la clínica local, cuyos doctores y enfermeras realizaban visitas a domicilio. Los trabajadores sociales les proveían de víveres.

Pero la pandemia de coronavirus ha intensificado su fragilidad, quitando la red de seguridad que los mantenía alimentados y saludables, exponiéndolos al riesgo diario del contagio que, saben, puede matarlos.

Durante dos semanas, un fotógrafo de Associated Press acompañó a los trabajadores sanitarios y al personal de emergencias médicas en sus visitas a los ancianos que ya no pueden salir de casa.

“Toda la miseria está saliendo a la luz”, dice la enfermera Laura Valdés después de un día entero recorriendo de arriba a abajo los pasillos angostos de Pueblo Seco para atender las incesantes llamadas de quienes viven allí.

La región autónoma de Cataluña, cuya capital es Barcelona, se encuentra solo por debajo de Madrid en la cuenta oficial de contagios y muertes en España, con cerca de 3o mil casos y más de 3 mil fallecidos.

Como sucede en la vapuleada Italia, a los ancianos de España no les han hecho pruebas de COVID-19. Tampoco están siendo admitidos en las unidades de terapia intensiva de los hospitales, donde se prioriza que los codiciados respiradores y camas sean para los pacientes más jóvenes y saludables, con mayor oportunidad de supervivencia. En España, solo el 3.4% de los pacientes de terapia intensiva supera los 80 años.

Como consecuencia, los adultos mayores de Barcelona están sufriendo en sus casas, solos y más aislados que nunca. Pocos saben con seguridad si tienen el virus, pero la amenaza de contraerlo —incluso en alguna de las visitas médicas que reciben— solo ha acentuado su ansiedad.

“Si me contagio del virus, ¿quién cuidará a mi esposa?”, pregunta José Marcos, de 89 años; mientras Laura y otras enfermeras revisan a Josefa Ribas, de 86 años, quien sufre demencia y está postrada desde hace dos años.

Antes de que el virus impactara, las enfermeras iban a la visita semanal de Josefa acompañadas por trabajadores sociales para tratar las úlceras producidas por el postramiento. Pero esos trabajadores dejaron de ir, ya sea porque ellos mismos enfermaron, porque están cumpliendo con la orden de quedarse en casa o porque están cuidando a sus seres queridos.

Temiendo al contagio, Marcos no se atreve a salir por cuenta propia a recoger el mandado que su hijo le ha dejado en la puerta. Cuenta a sus visitantes cómo sobrevivió a la hambruna que marcó a la España de posguerra, pero ahora se pregunta si sobrevivirá a esta pandemia.

Los trabajadores sanitarios que acuden a los domicilios también se sienten expuestos.

Alba Rodríguez es una enfermera pediátrica de profesión, pero cambió de área para cuidar a los ancianos confinados en sus casas. Ha tenido que ser creativa para cuidarse, confeccionando trajes de protección con las grandes bolsas amarillas de basura que ella y sus compañeras enfermeras usan encima de los uniformes.

“Somos como cebollas”, dice Alba, por las capas de ropa que usa. “Nada es suficiente para protegerse del virus”.

Las enfermeras están conscientes de que existe la posibilidad de contagiar a sus pacientes durante las visitas y toman todas las precauciones que pueden. Temiendo que los médicos visitantes puedan traer el virus a sus hogares, en ocasiones los ancianos rechazan el servicio de cuidado médico hasta que ya es demasiado tarde.

Reticente, María Pérez Gómez, de 70 años, llamó al servicio de emergencias médicas cuando comenzó a tener problemas para respirar, tos y fiebre. Cuando los médicos llegaron, rogó que le dijeran que no era un caso positivo de coronavirus, aunque ella misma ya lo sospechaba.

“Por favor déjenme en casa, no me lleven al hospital”, suplica. “Dígame, doctor, que no tengo el virus”.

Gonzalo García, de 61 años, tiene el virus y fue hospitalizado. Le dieron de alta cuando mejoró e inmediatamente volvió a casa con Gloria, su madre de 91 años que lo esperaba. Luego de unos días la situación empeoró y ha tenido que llamar al servicio de emergencias nuevamente.

“Me estoy asfixiando. Me estoy asfixiando. No puedo respirar”, le dice desde el sofá, agitado, al médico que revisa sus pulmones. Un susurro ronco es todo lo que exhala Gonzalo.

La ambulancia se lo ha llevado. Su madre se queda sola.

 

Lunes 30 de marzo de 2020. Josefa Ribas, de 86 años, postrada, mira a la enfermera Alba Rodríguez mientras su esposo, José Marcos, de 89 años, permanece de pie en su casa en Barcelona, durante el brote de coronavirus. Ribas sufre de demencia y Marcos teme por ambos si el virus entra a su hogar: “Si me contagio, ¿quién cuidará a mi esposa?”. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Miércoles 1 de abril de 2020. La enfermera Isabel Solís, de 46 años, usa un delantal hecho con bolsas de basura como protección, mientras camina por un pasillo repleto de cuadros pintados por Enrique Pastor, de 86 años, durante su visita domiciliaria en Barcelona. El cuidador de tiempo completo de Pastor ha dado positivo para el virus, dejando sola a la esposa del postrado Pastor en su cuidado, sin saber si alguno de ellos tiene COVID-19. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Martes 31 de marzo de 2020. Un doctor a domicilio examina a Felicidad, mientras su hijo, Joan, sostiene su brazo en su hogar en Barcelona. Felicidad fue sido admitida en el hospital después de sufrir un infarto, pero fue enviada a casa después de un día y desarrolló pronto síntomas respiratorios. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Lunes 30 de marzo de 2020. Gonzalo García, de 61 años, se despide de su madre de 91 años, Gloria, para marcharse hacia el hospital, luego de sufrir severos problemas respiratorios en su casa en Barcelona. García fue hospitalizado por COVID-19 pero le dieron el alta cuando mejoró, solo para empeorar días después. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Lunes 30 de marzo de 2020. La enfermera Alba Rodríguez se coloca un equipo de protección antes de visitar un paciente en el barrio de Pueblo Seco, en Barcelona. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Miércoles 1 de abril de 2020. Enrique Pastor, de 86 años, está recostado en su cama, rodeado de los cuadros que él pintó mientras espera que el doctor lo examine durante una visita médica a domicilio. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Jueves 2 de abril de 2020. Elementos religiosos decoran la habitación de Joan Olmedillo en su casa de Barcelona. Olmedillo recibe la visita de la enfermera a domicilio, Laura Valdés, durante la pandemia de coronavirus. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Miércoles 1 de abril de 2020. María Pérez Gómez, de 70 años, reacciona a la llegada a su casa de los médicos de emergencia, a quienes llamó a pesar de su reticencia luego de sufrir problemas respiratorios, tos y fiebre. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Lunes 6 de abril de 2020. Paramédicos atienden a un paciente que no tiene COVID-19 en el interior de una ambulancia del SEM (Servicio de Emergencia Médica) en Barcelona. Los equipos médicos han estado realizando trabajo extra durante la pandemia de coronavirus, revisando a pacientes que son positivos y a quienes no. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Lunes 6 de abril de 2020. Gonzalo García, de 61 años, es examinado por trabajadores de emergencia médica después de sufrir severos problemas respiratorios en su casa en Barcelona. García fue hospitalizado por COVID-19 y dado de alto luego de mejorar, solo para decaer en los últimos días. Le aterroriza que, por causa de su segunda hospitalización, su madre se quede sola nuevamente. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Jueves 2 de abril de 2020. Pepita Jove Puiggros, de 92 años, sostiene la mano de la enfermera Laura Valdés durante su visita en su casa de Barcelona. Puiggros vive sola y recibe entregas de comida de la agencia de servicio social de la ciudad tres días a la semana, pero dice que las entregas se han vuelto impredecibles durante la pandemia. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Viernes 3 de abril de 2020. Leopoldo Roman, de 85 años, descansa en su cama usando un barbijo mientras espera la visita médica del doctor. Roman, cuya pierna fue amputada años atrás, tiene que pagar por el servicio de cuidado diario de su pensión, ya que el sistema público solo provee la atención de un trabajador social por una hora diaria, durante tres días de la semana. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Martes 31 de marzo de 2020. Doctores, enfermeras y personal del equipo médico domiciliario participan en una reunión matutina en una clínica de Barcelona. Muchos adultos mayores, residentes de Pueblo Seco, dependen de la clínica para su atención médica, aún más durante la pandemia de coronavirus. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Lunes 7 de abril de 2020. Josefa Ribas, de 86 años, es atendida por la enfermera Lauda Valdés. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Martes 31 de marzo de 2020. Vicente López, de 65 años, espera sentado en su casa a ser examinado por el doctor durante una visita médica. López está en cuarentena ya que su compañero dio positivo para COVID-19 y está en el hospital. López depende de un vecino que le lleva mercadería y elementos básicos. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Lunes 6 de abril de 2020. Un hombre con problemas respiratorios en condición crítica es tratado por doctores durante una visita de emergencia en Barcelona. El hombre, eventualmente, falleció. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Lunes 6 de abril de 2020. José Marcos, de 89 años, espera en la puerta mientras las enfermeras atienden a su mujer una vez a la semana. The Associated Press/Emilio Morenatti.

Jueves 2 de abril de 2020. La enfermera a domicilio, Laura Valdés, de 55 años, sale de un departamento luego de atender a su paciente, Emilio Casas, de 86 años. Casas recibe una visita de enfermeros una vez a la semana y paga con sus recursos por la asistencia social contante, dado que no puede levantarse por cuenta propia. The Associated Press/Emilio Morenatti.