Expediente

Casandra, #YoTeCreo

1. ¿Qué está pasando? Todas las amigas con quienes hablo coinciden en que estos días son distintos de los que habíamos vivido hasta ahora. Décadas en este mundo, experiencias, aprendizajes, pero nunca estuvimos frente a algo así. No tenemos idea de qué sigue, pero inmensos cambios suceden en este mismo instante, mientras escribo, mientras lees.

El presente sucede en tantas formas, en tantos lugares, en tantos idiomas. Como nunca antes, es inabarcable. Y veloz.

Todavía no podemos imaginar las repercusiones de la epidemia de COVID19 en la economía, en la política, en la vida cotidiana. Ante esta cascada de noticias y experiencias, el pasado es un refugio, por lo menos me da la sensación de volver a lo conocido. Una pausa frente a la precipitación del presente. Al mismo tiempo, este me reta a ver el día de hoy con la mayor limpidez: actuar y pensar como se necesita hoy, no como en otros momentos. Tal vez mirar hacia el pasado es una pausa necesaria. Tomo aire. Me doy chance de recordar.

 

2. Mi memoria regresa a la historia de Casandra, que tenía el don de ver el futuro pero estaba condenada a que nadie le creyera. No solo predijo la caída de Troya, la ciudad donde vivía, sino su propio asesinato. Cada paso la llevaba a un futuro horrible, conocido, pero no podía caminar en otra dirección. Es la sibila de lo siniestro: recorre una ruta más espantosa porque es familiar.

Cuántas veces, en los últimos años, he sentido que este mundo se dirige al desastre. Puedo enlazar este momento con muchos recuerdos y solo voy a nombrar los más recientes: desde los incendios en los bosques de Australia hasta los feminicidios que no dejan de aumentar. Momentos cuando sentí: no podemos seguir así. Ya no más. No puede ser.

Y al día siguiente de las acciones más esforzadas, de logros que marcan el calendario como la masiva manifestación feminista del 8 de marzo, volver a leer las noticias, enterarme de otro feminicidio, comprobar que —pese a todo— el rumbo no cambia.

Pensar, como Casandra: un paso más.

 

3. Este esbozo de historia personal no significa nada frente al virus. La pandemia ignora las trayectorias individuales: todas estamos expuestas. Todas podemos contagiar a otras.

No importa nada haber visto con cierta lucidez o haber evadido, tratar de actuar bien o cerrar los ojos, buscar soluciones o perseverar en los problemas que me benefician. Aunque la enfermedad empezó a propagarse entre gente que tenía dinero para viajar y disfrutar de vacaciones caras, la división entre ricas y pobres está empezando a borrarse también, a medida que el contagio avanza hacia todas partes.

¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría, pues con callado pie todo lo igualas!, como dice hoy mismo Quevedo, apenas separado de mí por unos instantes de googleo; pero Judith Butler le contesta que la enfermedad va a diferenciar a quienes merecen atención y duelo de quienes no: los cuerpos que no importan. Ya las noticias informan que en Nueva York han muerto más afroamericanas y latinas que blancas. De todas maneras, ningún grupo, nadie, está a salvo. Es imposible predecir quién se va a contagiar y quién llegará a ser inmune: a lo más que se puede llegar es a porcentajes, cifras, gráficas.

 

4. COVID19 es un nombre actual, técnico, que da a este virus un aire contemporáneo. Pero la peste es un azote que acompaña a las humanas desde que tenemos memoria. Pienso en Edipo, jurando que librará a Tebas de la epidemia; en Cuitláhuac, contagiado de las pústulas mortales traídas por las españolas hasta Tenochtitlan, en tantas ciudades prehispánicas abandonadas para huir de algo así. Tal vez por eso el miedo que siento en el aire no se disipa con mis esmeradas precauciones: lavo varias veces las verduras, caliento el pan, desinfecto las envolturas y las saco de mi casa, me lavo las manos, pero no me quito el miedo. He oído hablar de la plaga desde hace mucho: mi intento de mirarla en el presente me obliga a sentir ese horror antiguo que me parece casi instintivo.

 

5. Casandra me recuerda a James Cole, el protagonista de 12 Monkeys, un personaje que quiere escapar de una pesadilla recurrente, que ha soñado desde niño. La película narra su esfuerzo por comprenderla, pues ese sueño esconde información sobre la pandemia que terminó con la civilización. Ni siquiera es un esfuerzo voluntario, pues lo domina cuando duerme y la escena vuelve a suceder frente a sus ojos.

Cole vive en un tiempo distópico, que puede ser presente o futuro: abre los ojos en una sociedad carcelaria, gobernada por un grupo de dictadoras científicas que observan y registran todas sus reacciones, como si Terry Gilliam hubiera sabido en 1995 cómo sería nuestra era, cómo viviríamos atadas a redes sociales dirigidas por una tecnología que aprovecha el COVID19 para avanzar en el control que ejerce también sobre ti, que lees esto en la pantalla de tu teléfono. Tal vez Gillliam solo miraba a su alrededor, describía con exactitud su presente, la ruta establecida por donde avanza Casandra.

Cole procura desviarse. La película afirma que no es posible alterar lo que ya sucedió, pero quien comprenda el pasado podrá avanzar hacia un futuro distinto, cruzando el peligroso umbral del presente. Está acompañado por una psiquiatra que guía su exploración de la memoria, una recopilación de fragmentos del pasado que podría ser interminable: cada recuerdo se vuelve inestable y elástico y así altera cada identidad, cada conclusión. El pasado es un ámbito al que se puede viajar, y el recuerdo tiene poder transformador. Contra el final inexorable ya establecido, el enredo de tramas y subtramas, errores y correcciones, mantiene la incertidumbre, la voluntad de escapar. Esta película no es una línea, sino un laberinto donde son posibles revueltas, espirales, salidas, huidas que serían inverosímiles si siguiéramos pensando como se debe pensar, constreñidas por la lógica que encadena a Casandra. El pasaje hacia el futuro nos obliga a rescatar también a las muertas, las olvidadas, a descubrir pasados alternativos que reviertan muchas derrotas y conduzcan a otras ¿ventanas? ¿puertas? ¿pistas? ¿pasadizos? Este umbral es una oportunidad de cambiar y un desafío a imaginar futuros hasta ahora negados.

 

6. Quizá quienes atacaron durante tanto tiempo al lenguaje incluyente tienen razón. Es latoso poner todes o todxs o tod@s o todas y todos. Existe la opción de usar el plural femenino, como hago en este texto. Tal vez te molestó, pero pensaste que era un error y seguiste. O ni siquiera te diste cuenta. Aquí, mientras sigues leyendo, este asterisco quiere recordar que el equilibrio patriarcal descansa también en el idioma, en su manera de uniformarnos y dar por hecho quiénes somos, a qué nos afiliamos. Seguramente Casandra también intentó decir las cosas de otra manera para desafiar la normalidad.

 

7. La maldición de Casandra tiene una historia muy actual: el don de adivinar el futuro le fue concedido por Apolo, que buscaba una aventura sexual con ella. Cuando se negó, el dios la condenó a que nadie creyera sus palabras. Cuántas mujeres, hoy, hemos vivido el drama de denunciar acoso, violación o cualquier otra violencia machista, solo para recibir burlas, incredulidad, desprestigio. Las palabras que nadie quería creerle a la adivina eran radiografías del poder patriarcal, visiones críticas, la decisión de no obedecer a dios ni someterse a su dominio. Por eso hay una lucha feminista para rescatar a Casandra y a sus herederas: yo sí te creo. Y por eso es importante imaginar versiones diferentes de su historia: al avanzar hacia el palacio donde iban a matarla, Casandra pudo mirar la luna. Muy lejos de ahí, en otro continente y en otro tiempo, la diosa de la luna era despedazada y arrojada desde una pirámide que simbolizaba el poder de los guerreros. Pero Casandra vio que la luna regresaría siempre. Entera, redonda y llena, es la diosa del cambio.

 

8. En las escenas más hermosas de 12 Monkeys hay monas descolgándose por las columnas de un edificio, leonas bajando escaleras, jirafas atravesando un puente al galope: la explotación de los animales llega a su fin.

En estos días, las redes están llenas de imágenes parecidas: alces paseando por las playas de Oregon, pájaras que ya no necesitan desgañitarse porque las ciudades se han vuelto más silenciosas, cóndores vigilando a las perras que se asoman por las ventanas de un departamento en Chile, pandas que por fin pueden aparearse después de años de cautiverio, osas polares retozando en las flores de una pradera canadiense. Quizás algunas de estas imágenes son falsas o están alteradas, pero quienes las transmitimos sentimos esa vieja tristeza: los animales se están extinguiendo, han sido acorralados y expulsados para hacer estacionamientos, centros comerciales, trenes. La más dolorosa de esas escenas viajó por las redes hace pocos años: una orangutana enfrentándose a la máquina que destruye su selva.

Entre los discursos que circulan hoy está la exigencia de cambiar radicalmente la relación de las sociedades capitalistas, urbanas y modernizadas con la naturaleza. Esta versión surge también de bocas de mujeres: la joven Casandra llamada Greta Thunberg se encuentra con otras, afrodescendientes, mujeres de pueblos originarios, feministas, en el marco de luchas que incluyen también a hombres vinculados con ellas. De todo lo que han dicho, quizá lo más actual es la certeza de que el mundo natural sigue vivo y aguarda la oportunidad de fortalecerse, pero no podrá hacerlo sin una decidida acción humana para garantizarlo. Un cambio de dirección que nos permita cruzar el umbral hacia un futuro capaz de comprender lo humano como parte de un mundo natural complejo, afectada por la depredación de la que no podemos salvarnos solas.