Expediente

Diario de una cuarentena de un discapacitado con ansiedad

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Es 14 de marzo, y antes de que comenzara el estallido de muertos en las calles, salía con total tranquilidad, ahora resulta ser que soy parte de un grupo al que llaman “vulnerables”, pues ahora dieron la alerta de que no podemos salir ni ancianos ni discapacitados; todos los días son los mismos desde que estoy encerrado.

Vivo alrededor de dos hospitales y era normal escuchar de repente sirenas, pero ahora es todos los días, créanme que muchas veces me siento como Ana Frank al esconderse de los que andaban matando a tanto ser inocente; he leído las noticias en las redes: dicen que el enemigo no es de carne y hueso, pero que te carcome tu ser poco a poco o terminas siendo un cadáver más, olvidado en el pavimento, en las casas o en contenedores apilados como basura para botar al incinerador.

Las aves de rapiña comienzan a rondar el cielo de la ciudad (vi alrededor de unas doce en dos semanas), de repente las cifras suben, bajan, desaparecen y reaparecen; el gobierno ya no maquilla dinero gastado, ahora maquilla muertos, en este mes sólo recibía vídeos de los muertos, de los enfermos, de los irresponsables; el apocalipsis se había apoderado de la Perla del Pacífico, como le dicen a Guayaquil.

Muchas veces en esa semana comencé a soñar cosas muy extrañas, por eso cada que me pasaban un vídeo en un grupo, yo decía que estamos entre amigos, doctores diputados o científicos que nos mandamos y nos alarmamos con todo esto; es bueno informarse pero sobreinformarse es fatal.

Hoy es Semana Santa, muchos se arrodillan en sus casas (esto me incluye a mí), dejan los ramos afuera, en sus portales, algunos están pidiendo una explicación: que si esto es un castigo celestial omnipotente de Dios o del hombre, pero desean que esto pare.

 

 

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Pasan los días, de repente aparece mi inseparable compañera de hace dos años: la ansiedad, que cada día me retumba en la cabeza, me asfixia, me dice en mi mente que tengo los síntomas, que debo estar postrado en cama, que debería dejar de salir, que me lave las manos, que me duche después de botar la basura, que tengo tos, que debo dejar de bañarme con agua fría, pero prefiero hacer algo para distraerme y no agobiarme.

Llegamos a abril, mi ciudad fue la representación internacional nefasta de lo descuidados que podemos ser, pero eso no importa porque algunos no somos parte de ese grupo al que no le interesa más que el caos, el desorden y hacer lo que les da la gana, la ola de muertos de repente bajó, todo está en calma (o será porque ya no veo muchas noticias), pero la última vez que vi una fue hace una semana y dijeron que de seiscientos muertos diarios ahora tenemos veinticinco o treinta, ya no me acuerdo.

En las noticias dicen que ayudarán a las personas pobres y discapacitadas, yo aún espero por lo menos un paquete de pañales de adulto para mí, que dizque mis padres tienen, pero en esta situación ¿de qué sirve tener una casa rentera si no tienes ingreso?

Comenzó mayo y desde hace un mes estamos con noticias de que todo el país se manejará a través de un semáforo, estamos en rojo, pero ahora todo parece normal, en la esquina de mi casa ya abrieron el negocio de comida rápida (todo el mundo viene como si hubieran pasado siglos sin probar una empanada) y comenzó el caos, gente sin guantes, gente sin mascarillas, gente puerca (sucia) que coge, bota la mascarilla y los guantes en la calle (dos días sin ser recogidos). Paso a la semana siguiente, suena el teléfono y nos avisan que debajo de mi casa una señora se desmayó (que sufre del azúcar y de la presión), es una conocida (todos esperamos que esté bien).

Todos los días son iguales aquí, allá, todo el mundo en esta ciudad dice que las cosas ya se calmaron, veo las redes sociales, escucho música, veo novelas porque ya en la televisión nacional todo es campaña: “La alcaldesa está tomando pruebas y entregando kits”, aplaudo a todos los que gestionan su labor, pero mi sector es pueblo de nadie como lo dije más arriba, todo el mundo viene y se juega una ruleta rusa invisible, mientras la gente se enferma se muere o simplemente vive sin poder salir de sus casas.

 

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Sé que esto es momentáneo.

Pero si la gente no hace caso, esta situación puede llegar a ser caótica, no me ha vuelto débil, todo lo contrario, me ha hecho madurar, recapacitar, ayudar, entender cooperar en casa, aunque muchas veces no quisiera hacer más que tirar la toalla, pero después de tanto que he vivido no hay que caer sino levantarse, estoy seguro que seremos libres como antes pero aprendiendo que aunque estuvimos sin darnos un abrazo o un beso, luego estos podrán ser eternos o al menos podremos vernos a los ojos.

 

 

Guayaquil, Ecuador

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa