Expediente

El horizonte deshabitado

Para quienes hemos estado en condiciones de ponerlo en práctica —es decir: para el cognitariado—, el confinamiento nos ha obligado a confrontar nuestra concepción del habitar. Es el inicio de una posible reflexión de amplio alcance que tendría que ocuparnos en los próximos años. En la relación con el entorno empiezan a disolverse las distinciones entre el aquí y el allá. El afuera en el que tenían lugar las actividades laborales y sociales hoy ha sido integrado al espacio doméstico, obligándonos a entender la vivienda ya no únicamente como territorio íntimo o familiar (por no decir “seguro”), sino también como célula productiva, abierta a los otros a través de ventanas digitales. No es más que la constatación de un cambio que ocurrió durante este siglo, posibilitado por los dispositivos móviles conectados en red: el mundo es una gigantesca oficina, una fábrica.

Será el tiempo para pensar desde Esferas (1998-2004), la obra monumental de Peter Sloterdijk:

Lo que en el lenguaje de algunos filósofos modernos se llamó estar-en-el-mundo significa para la existencia humana, primero y sobre todo: ser-en-esferas. Si los seres humanos están ahí, están en principio en espacios que se han abierto para ellos porque ellos les han dado forma, contenido, extensión y duración relativa al habitarlos. Pero, dado que las esferas constituyen el producto originario de la convivencia humana […], esos lugares atmosférico-simbólicos de los seres humanos dependen de su renovación constante.

Comencemos a preguntarnos, ante un futuro en el que el confinamiento podría convertirse en una práctica recurrente, el efecto que tendrá sobre los espacios que habitamos. La filosofía se ha ocupado durante siglos del problema del tiempo, y he aquí que lo que prima en las últimas semanas es la intensificación de nuestra experiencia del espacio doméstico, de la microesfera donde nos resguardamos, así sea ilusoriamente.

Si el tiempo ha quedado en suspenso como paradójica consecuencia de la marcha acelerada y sin dirección de los ritmos productivos e informativos, ¿qué ocurre con el espacio en tiempos de abolición de las distancias, de instantaneidad comunicativa y virtualización de la presencia? No solamente ha habido una pérdida de espesor óptico, sino un achatamiento generalizado de los relieves sensibles que hacían del mundo una geografía cartografiable, legible, que permitía al sujeto determinar su situación. Esa tendencia tal vez comience a revertirse: hemos redescubierto que un rincón con plantas y flores nos regala el solaz que no éramos capaces de encontrar en toda la ciudad.

A la pandemia del coronavirus sucederá una pandemia depresiva. Y para entenderlo —pero también para tratar de encontrar una salida— será útil (re)leer La pasión según G. H. (1964), la obra maestra de Clarice Lispector. En ese opúsculo narrativo sobre el desalejamiento (para usar el término heideggeriano) una escultora, concentrada en el impiadoso examen de sí misma, dice algo que nos interpela en estos momentos: “Era lo inmediato. Por primera vez en mi vida se trataba plenamente del ahora. Esta era la mayor brutalidad que había sufrido jamás”. El horizonte súbitamente deshabitado. ¿Será que se nos han acabado las excusas y, sin certezas sobre el futuro, nos pondremos a buscar nuestro lugar? La novela de Lispector registra el desencanto con el interiorismo moderno, y el inevitable proceso de desapropiación que le sigue. “Todo aquí es la réplica elegante, irónica y graciosa de una vida que nunca ha existido en parte alguna: mi casa es una creación puramente artística”. Es una conclusión que recuerda al Benjamin de “Experiencia y pobreza” (1933), cuando habla de las habitaciones burguesas en las que “el intérieur obliga a su habitante a aceptar el máximo de costumbres, las cuales hacen justicia más al intérieur que a su habitante”. La mujer sabe que la configuración de su vivienda ha sido determinada por su clase, y que esa determinación la gobierna de maneras profundas. (¿Se estará gestando una revolución de los interiores, ahora mismo?).

Ante una cucaracha, representación de lo inmundo, lo animal, lo inhumano, G. H. perseguirá la despersonalización, especie de punto de partida para otorgar nuevas coordenadas a su existencia, liberada de las condicionantes del hábito. Es un movimiento paralelo: la búsqueda de lo neutro (el concepto clave de La pasión según G. H.), de aquello que se desmarca de lo subjetivo, de los significados preestablecidos, es también la aspiración a acceder a un lenguaje que no participe de lo consabido, un lenguaje inhóspito. “Seremos inhumanos como la más alta conquista del hombre”, hace decir Lispector a su personaje, menos atenta a su identidad (al quién) que a su situación (el dónde). La escultora constituirá así, mediante la ingesta de la sustancia blancuzca que sale de la cucaracha aplastada, un primer ámbito de existencia, signado por la apertura radical al mundo. Pero este no conforma aún una esfera; su pasibilidad, representada en la novela con la perspectiva de salir a bailar por la noche, proviene del entendimiento de que el ser-en es un ser-con (Mitsein), nunca una mónada. La primera esfera será siempre la del nosotros, y G. H. no dejará de mencionar los amores perdidos, el amor por venir.

La dignidad del habitar, en el sentido del merecimiento, está en el centro de una de las grandes problemáticas contemporáneas: la crisis medioambiental del antropoceno (capitaloceno tiende a ser un término más preciso, no obstante). “Elaborar una nueva cosmovisión significa ocuparse del modo en que los humanos experimentan su lugar en el mundo”, escribe Timothy Morton. Los contornos de ese lugar se han vuelto borrosos, en la medida en que, como quiere el pensamiento ecológico, hemos terminado por sabernos parte de su constitución. En Ecology Without Nature (2007) Morton compara nuestra situación con la de un detective noir, cuando “terminamos dándonos cuenta de que estamos implicados”. De nuevo: el estar aquí (en el confinamiento) parece ayudar a que el allá (la “naturaleza”) se regenere, pero la distinción es artificial: el aquí y el allá son el mismo lugar.

Lo que terminará reconfigurándose, si esta “excepción” deja de serlo, luego de que hemos eliminado las barreras naturales que nos protegían de la proliferación de los virus —gracias a la ganadería intensiva—, no es solo nuestra concepción del habitar sino el sentido mismo de la domesticidad. Es una nueva relación con el espacio, pero sobre todo con las funciones que le dan forma, con los objetos, los alimentos, las superficies, los materiales. Volvemos a pensar cuánta casa necesitamos, si el mobiliario y los elementos decorativos nos ayudan a hacer propio el lugar, si la disposición es suficientemente flexible para que una zona pueda albergar trabajo, ejercicio, ocio. La cuestión es que habitar no es un hecho microesférico: ¿abandonaremos el espacio social, la construcción del común? Una vez que reinventemos los interiores, ¿sabremos transformar el orden social, oponernos al sistema cuya lógica terminó sacándonos de la calle para mantenernos recluidos, muertos de miedo?

 

Ciudad de México, México

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa