Expediente

Extraerse del confinamiento por medio del deseo

La acción: agarrar a los bebés gato, minúsculas bolas de pelo, cloroformizarlos, encerrarlos en una bolsa, ahogarlos, matarlos. Todos nosotros, los seres humanos, lo hacemos, lo hemos hecho siempre; es una de las acciones inmemoriales.

Quiero que aprendamos a decir: a las niñas también. El cuerpecito caliente y muy liso, muy suave, los hermosos ojos apenas abiertos, los deditos minúsculos, la boca. Por centenares de miles. En el mundo contemporáneo, sin que se diga nada, las madres, que son obligadas, forzadas, esperan con terror el momento en que nacerá su hijo, en el que sabrán si es niño o niña, si tendrán que matarlo. Imaginémonos lo que es. No es el siglo II. Es ahora. Ahora.

Debe hacerla pedazos desde lo alto de un mueble o con una piedra, darle veneno, ahogarla, atravesarla con un cuchillo, o bien, por compasión, un doctor aceptará inyectarla, quemará el cuerpo. El vientre de la madre se desinflamará. Todo el mundo lo sabrá. La madre habrá hecho lo que se le habrá exigido: matar a su hija al nacer, la hija con la que acaba de compartir nueve meses, que sintió moverse en su vientre día y noche, porque es del género femenino. Como ella. Imaginémonos la más terrible perversión: obligar al género femenino a matar lo femenino. Algunos me han dicho que es como cuando los nazis obligaron a los judíos a asesinar a otros judíos, ese extremo de la perversión. ¿Por qué no lo hacen los mismos hombres puesto que ellos lo exigen? ¿Para no ensuciarse las manos?

La madre habrá hecho lo que se le ha exigido, matar a su hija porque es una niña. Como se asesina a los gatos bebés. Nadie dirá nada. Lo más común es que no haya ni tumba ni plegarias. No se aplicará ninguna ley. Las bebés niña no pertenecen a la ley humana. Las bebés niñas pertenecen a la misma ley que los bebé gato, la ley de las familias, interna. Vemos lo que queremos. Las casamos si queremos. Les cortamos el clítoris. Las vendemos. Las sometemos al incesto. Es un recurso inagotable. Siempre lo ha sido.

Cuando le pregunté en la aldea del Alto Egipto ese invierno de 2018, pensé que me diría que no. Tenía mi lista de preguntas sobre las principales violencias que se ejercen a las niñas a lo largo del mundo. Estaban el feticidio, el infanticidio, las mutilaciones sexuales, los matrimonios infantiles, la violación, el incesto, la prostitución forzada, el tráfico, el asesinato llamado “por honor”. Yo las nombraba y ella tenía que decirme si sucedían en donde vivía, en las aldeas, en la muy hermosa región del Nilo, de las falúas, de las palmeras, de las casas de barro, de las islas. Era una de esas mujeres jóvenes, de cualquier sitio, pobres, en la indigencia, que quieren que en el futuro el mundo cambie, que lo dicen, que lo sacuden. Con una carcajada, dijo: “¡Y un día entendí que las niñas también son inteligentes! Muy inteligentes”.

Durante la segunda pregunta de mi lista: “¿Se practica el infanticidio?”, pensé que diría que no, pero dijo: “Sí, obviamente”. Así, como si nada, como si todo el mundo lo supiera. Lo recibí como un golpe. Le pregunté: “¿Cómo hacen las madres?”. Me cuesta trabajo imaginármelo. Me explicó. Ella lo sabía. Es un saber que disponía, sobre el mundo, el estado del mundo contemporáneo. Me dijo que si se rehusaban, esas pobre mujeres eran expulsadas de sus casas, repudiadas, que a veces los doctores aceptaban inyectarlas, pero que no siempre.

Eso me causó un impacto en el cerebro. Entonces aproveché una invitación a Marruecos unas semanas después para tomar el autobús, subir al Gran Atlas que es muy secreto, muy bello, glacial, en enero de 2019, las familias muy pobres, las niñas casadas a los trece años sin saber nada, violadas todas las noches. Me senté frente a la joven mujer de la minúscula aldea rural como lo hice frente a la del Alto Egipto. Tenía mi lista de preguntas. Llegué a “infanticidio” con un poco de aprehensión, y menos certezas. No la miré mientras le preguntaba. No me atrevía. Me dijo: “sí”. Odié el lugar que ocupaba, hacer esa pregunta, escuchar su respuesta. El tener que saberlo. El tener, a mi vez, ese saber. Comprender en ese instante a lo que, de ahí en adelante, estaría obligada. Por ese saber.

Bajé de ahí arriba muy enferma. Duró semanas. Tenía frío día y noche. Glacial. Nada me calentaba.

Esas mujeres me lo habían compartido para que yo, a mi vez, hiciera algo. Reuní esos saberes. Las niñas asesinadas al nacer en India, Bangladesh, Pakistán, China, Marruecos, Egipto y, por lo tanto, en Argelia, Túnez, Yemen, Libia, África negra, América Latina.

Ese Deseo de muerte.

Esas cifras que nunca se asocian a las del feminicidio, ausentes en todas las estadísticas como si se pudiera asesinar a centenas de miles de niñas sin que pase nada.

Esas niñas que nunca serían consideradas, por derecho propio, como parte de la humanidad completa y entera y de sus leyes.

Esas niñas que se dejan con vida saben de lo que escaparon, encuentran ahí irremediablemente el defecto que las constituirá, las hará callarse, bajar la mirada, obedecer, someterse.

Esos chicos aprenderán con ello, sin que tenga que ver con ese supremacismo puesto entre sus muslos, absurdo, que los divide en dos, que los separa también, irremediablemente.

Esos adultos, la ONU, la Unesco, la Unicef, los gobiernos, los calla.

¡Chitón y punto en boca!

Ni una palabra sobre el asesinato de las niñas. Nada.

¿Por qué?

Entonces me dije que vamos a cambiar eso. No podemos dejar que continúe. Es por esto que se los digo. Para que el saber se amplifique. Que hagamos lo que haga falta para que se extienda. Crear lo que haga falta para que las madres puedan decirlo. Decir no, también. No, no quiero.

Un hombre, en Pakistán, deja unas cunas en las calles para que las madres no maten a sus hijas, de lo contrario encontraremos demasiados cuerpecititos femeninos en los basureros.

Vamos a cambiar eso ahora. Ahora es cuando hay que hacerlo. Es dañino por doquier. Las niñas, confinadas de entre las confinadas.

Vamos a cambiar eso.

Tampoco hay que enseñarles a ser deseables, a hacerse desear.

Precisamente hay que enseñarles lo que es desear, ser deseosa. Ellas también. Y no solo en lo sexual, desde luego.

La diferencia fundamental entre ser deseable y deseosa y que no se le enseña a las niñas.

Eso es lo que vamos a hacer.

Decirles a las niñas: “Dejemos el aprende a ser deseable o muere”.

Decirles a las niñas: “Aprende a desear”. Eso se aprende. A decirlo. A hacerlo. A ponerlo en práctica. Con nuestro apoyo. Nuestro acompañamiento.

 

 

Nancy, Francia

Traducción del francés de Adriana Romero-Nieto

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa