Expediente

Guayaquil, ciudad insepulta

Confieso que nunca creí en las primeras noticias de diciembre, y hasta febrero pensaba en las teorías de la conspiración, mientras David, mi marido, me leía informes o noticias de Wuhan, Italia o España.

Pero el primer gran apagón en el corazón apareció con un estremecimiento en todo el cuerpo, la noticia de la llegada del Covid-19 a Ecuador, y a Guayaquil especialmente, arribó un domingo con máscara de miedo.

Desde ese día estuve pegada a las noticias, pensé en mi madre y sus problemas cardíacos, en mi padre y su usual melancolía, el pavor en mí hacía su fiesta, pero los días más duros aún no comenzaban.

Seguí atenta a las noticias, en las largas noches de insomnio armé en mi cabeza una novela, intenté escribirla al día siguiente, redacté una página pero fue imposible continuar, la angustia fue cada vez más grande y terminaba marzo con sus primeros quince días de encierro en medio del teletrabajo: capacitaciones, nuevas plataformas de enseñanza, reglamentos, estatutos, lineamientos, Zoom, Moodle, YouTube, links, vuelan cada noche entre mis pesadillas cibernéticas.

Llegó abril y apareció el terror. Fuimos noticia en el mundo, los muertos en Guayaquil pululaban en las calles, gente muriendo por centenares en sus casas porque los hospitales no se daban abasto, decían. El periodismo informal, y los ciudadanos con teléfono en mano, documentaron y denunciaban al mundo lo que los medios tradicionales y estatales callaban.

Cementerios, funerarias o crematorios fueron insuficientes, tampoco hubo médicos para levantar informes mortuorios. Los amigos compartían mensajes y videos de súplicas, denuncia y angustia de los deudos. La memoria de mi teléfono ha colapsado unas cinco veces por lo menos.

Los insepultos estuvieron tres, cinco y hasta siete días en las casas, y muchos tuvieron que sacar sus muertos a la vereda, a la esquina, al solar vacío, el terror por el contagio, la pestilencia y descomposición no dejó alternativa.

 

Hay noticias inverosímiles como los ataúdes de cartón donados por la escasez de los de madera, me indigno y horrorizo. La insensibilidad, la indolencia y el poco raciocinio bailan al son de la banda de la boda pelucona en Samborondón, donde los millonarios llegados de Europa, se contagiaron y repartieron en masa el virus.

 

Amigos, conocidos y familiares se me empezaron a morir, mi hermana en Nueva York empeoró, la desesperación me ahogaba (me sigue ahogando) sigo leyendo los medios digitales; una valiente y joven periodista Gelitza Robles, investiga y publica: “más de setecientos muertos en dos días según las estadísticas de defunción del registro civil”. Esto no es solo alarmante, es desolador. “Hoy no quiero salir de la cama”, digo, mientras me arropo y acurruco totalmente.

“Quizás nunca sepamos cuántas personas han muerto en Guayaquil”, pienso en voz alta, y vuelvo a Camus y La Peste, leo libros y poemas dispersos, El siglo de las luces, Anna Ajmátova, María Auxiliadora Álvarez, no encuentro concentración pero esta frase del argelino me ha golpeado: “Es en el momento de la desdicha que nos habituamos a la verdad, es decir, al silencio”.

Ahora se suma al drama de los insepultos en Guayaquil, la desaparición de los cadáveres, hay un hilo en las redes sociales donde se cuelgan las denuncias, muchos son los que revelan el viacrucis de no encontrar a padres, madres, abuelos, hermanos en hospitales, morgues y crematorios. Los más estoicos entran a los contenedores o salas donde han apilado las bolsas plásticas con los muertos en descomposición. Muchos aún siguen buscando. Mi hermana me dice que a su amigo “el gordo” lo siguen buscando desde hace quince días por morgues y hospitales.

Me levanto, hago yoga, cocino, limpio, lavo la loza y la ropa, siempre con David; riego las plantas y a veces barro las hojas del árbol de mango, pienso un poema largo como la levedad de ellas y su fragilidad de tiempo. Guardo la mascarilla, me baño y continúo con el teletrabajo en jornadas interminables.

He sentido dolores de cabeza y tos apabullante en las dos últimas semanas, no se si tengo “el bicho” como dicen mis amigas “adoradoras”, pero he tomado todas las infusiones y aplicado remedios caseros tan diversos como inverosímiles, mis hermanas y Paulita se preocupan y me llaman sin cesar. He llorado mucho, me he derrumbado y sentido desesperanza, David me abraza fuerte y me dice palabras de aliento, algo o todo funciona.

El 2 de abril, Rodrigo agonizaba, durante una semana recorrió clínicas y hospitales con asfixiante tos, ninguno quiso recibirlo, “no hay cama” dijeron casi al unísono, sus 82 años eran prácticamente una condena. El mismo día salí como loca a buscarle un suero con vitaminas al centro, todas las distribuidoras farmacéuticas tenían colas interminables, pero no importaba. Entregué el suero y la siguiente odisea fue conseguir quien se lo aplicara; sin embargo, no fue suficiente, a las 23.00 del mismo día y sin ninguna asistencia médica, moría Rodrigo, el poeta, mi maestro, mi mentor, mi amigo y cómplice de avatares literarias.

El sábado y domingo que siguieron fueron de silencio absoluto, me escribieron y llamaron varios escritores que sabían de mi amistad y enorme afecto por él. Me pidieron que grabara algunos de sus poemas para un homenaje virtual, dije que sí, pero no pude hacerlo sino hasta después de varios días.

 

“Guayaquil, el epicentro de la pandemia”, “Guayaquil, la Wuhan ecuatoriana”, “Cuerpos en las calles de Guayaquil, en medio de la ineficacia e indolencia de sus autoridades”, “Guayaquil, la ciudad más golpeada de América Latina”. Han sido algunos de los titulares en medios internacionales, somos noticia en el mundo, sí, sí, pero noticia de horror y vergüenza, pienso.

Los videos, artículos, mensajes comentarios, memes de insultos a los políticos me siguen llegando por centenares, también mensajes cariñosos y asustados de amigos escritores de distintos países, he tomado la decisión de ver los imprescindibles en la noche, en el día, en medio del teletrabajo, solo los mensajes laborales.

Un poema largo se gesta en mi cabeza, pero tengo miedo de escribirlo, solo sé que se llamaría: “Guayaquil, ciudad de insepultos”.

 

 

Guayaquil, Ecuador

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa