Expediente

La bitácora de la ansiedad

¿Te has percatado de lo difícil que ha sido asimilar dos meses en los cuales ya nadie espera el viernes?, ¿ni tampoco teme de los lunes para comenzar de nuevo? Los días corren sin frenos, sin miedo a estrellarse. Estamos viviendo en una rueda de hámster y la cruda verdad es no saber cuándo acaba; sin embargo, todo tiene un ciclo y todo termina.

Mientras la rueda gira estoy en estado vegetal y me quedo viendo el tumbado con mosaicos viejos sin poder levantarme, lo cual tampoco pretendo hacer porque no encuentro propósito alguno para poner el pie derecho fuera del colchón. En estado vegetal decidí quedarme en la cama paralizada por las pocas ganas de no salir de ella, no he muerto pero levantarse ahora tampoco es en gran parte necesario.

Nos pesa el cuerpo y todo lo que contiene, la carrera de la ansiedad consta en probarte el tiempo que sea necesario para hacerte sentir miserable sin que te agites —mientras tu corazón solito bombea más sangre de la que debería—, con ella no se compite a la par porque ya se anticipó por partida doble sin llegar a sentir la noche caer mientras tu mente divaga por los senderos de la desesperación debido al panorama de terror de aquel inquilino.

Miro el tumbado y me pierdo, comienzo recapitulando el gran contexto de las pesadillas que me levantaban en horas de la madrugada en donde mis creencias sobre tener dos espejos uno frente del otro hacen que cada vez sean ciertas. ¿Te has visto en un espejo de noche, a oscuras?

Llevaba días hablando con dos amigos muy cercanos, la costumbre de vernos el rostro a través de una pantalla se tornó monótono. Las charlas giraban con base en nuestras actividades diarias dentro de esta película de terror denominada pandemia desde la quincena de marzo, beber de vez en cuando, hablar de lo que quizás era una vida sexualmente activa pero truncada por un encierro; sin embargo, no entendía la aparición del dolor en el pecho, y el mismo se volvió frecuente. Veía números y dolían, las noticias dolían, los cadáveres dolían y no conformes olían en son de protesta por estar al pie de la puerta de sus domicilios, y el silencio de sus voces apagadas por un virus gritaba más mucho más que la ministra cantando las cifras cual partida de bingo de los domingos.

No lograba comprender dicho dolor, no lo sabía y jamás llegué a imaginar que tendría visitas; y la verdad es que es de esas visitas que llegan justo cuando tu estado de ánimo determinaba que determinaba que te quedarías en pantis y camisón. Se volvía frecuente, se volvía intensa e incómoda; no me gustaba su nombre ni tampoco su pronóstico debido a la vulnerabilidad de los seres humanos. Este era el primer huésped de esta pandemia, la ansiedad.

Cada noche caía en un sueño profundo y llegué a no diferenciar la vida del día y de la noche, mi cabeza se posaba cual mujer dolida en el hombro de aquel varón que no la quería, pero aquí no se trataba de quien te quería o no, sino de cómo no claudicar ni menos desarrollar una auto claustrofobia debido a un huésped mal educado, trasatlántico y, para no alargar más la situación: mortal.

En ciertos momentos me encuentro atada, cual perro a un poste. La cadena del cuello me ahorca, me quita aire y no respiro. Tengo las letras atoradas en la garganta, ese famoso nudo se ha hecho más fuerte, resistente y grueso.

Vivo en una covacha sencilla donde tengo justamente lo necesario para estar encerrada hasta que se dictamine el fin de la pandemia y salir con la seguridad de que al tocar un pasamanos o abrazar a algún gran amigo nos convertiremos en bombas nucleares por separado. Pero ahora lo somos, sí. Desde el mismo instante en que nos invadieron nos encerraron como a animales en zoológicos, como a perros en perreras, como a un pez en la red a punto de saltar seco y sin aire a la embarcación.

No sabía lo que venía por delante de nosotros hasta que terminamos todos dentro de un cubo de seis lados y estos ya con una abertura integrada para respirar. ¿El virus entraría por la ventana? ¿Será segura esa ventana? ¿Nos invadirá así como a todos los miles de cuerpos putrefactos de los contenedores de ciertos hospitales de la ciudad?

Los diarios reventaban con titulares alarmantes uno tras otro, no se leía uno y ya estaban las ediciones futuras listas, corrían con sus patitas cortas e inundaban la web hasta el punto de enfermar a la gente, asustar a las mujeres y confundir a los niños con vacaciones extendidas; el poder de la palabra causaba muertes fulminando a ancianos, hipertensos, diabéticos, entre otros. Sus partidas de defunción no marcaban otra cosa que no sea Covid, cuando realmente la preocupación se atascó en sus válvulas cardiacas. En serio, qué entrometida eres donde no te llaman, ansiedad.

Uno suponía que la palabra pandemia era de aquellas que se habían quedado atoradas en las tráqueas de las personas de los siglos pasados, o quizá se habían perdido entre los escombros de la sociedad del siglo XIX. Ahora, esta ocupa el primer lugar dentro de nuestra nueva realidad.

¿Nueva? ¿Nueva de qué? Confinada me he dado a la idea de que el infierno no viene después de morir, quizás ya vivimos dentro de él reflejado como una nueva dimensión paralela en donde nos encontramos preparando recetas de cocina, hemos armado quizás un gimnasio en casa y seguimos tutoriales así como los nueve infiernos de Dante, aquí los niveles se jugaban con base en las cifras; de seiscientos en seiscientos, por cada cifra de muertos elevada al sistema del registro civil las personas no encontrábamos más que poner en marcha el plan de contingencia del autoconocimiento, más otros activaron el de la ignorancia ya que esto recaería en la lista de los “inventos del gobierno”, o solo era una gripe más.

El confinamiento no es más que caer en cuenta de que convivir contigo mismo ha sido la peor de las etapas, porque si a nadie le gustaba como éramos antes de esto, nosotros mismos hemos ido desempolvando aquel demonio que cargábamos con nosotros. Mientras veía la tarde caer sobre mis córneas, me ponía algo escéptica sobre las actividades que pude haber realizado durante este tiempo tan largo.

La limpieza de mi espacio personal me demandaba actividades que antes, por falta de minutos en el reloj durante los días que tenía totalmente ocupados, no lograba hacer. Me encontraba con novedades que no recordaba y más con terribles episodios del pasado.

Cuando limpias lo que haces realmente es desempolvar los malos episodios de tu vida pasada y supongo que ese es el castigo que el coronavirus nos impone al estar encerrados.

Todos estamos dentro de la lucha incansable de no convertirnos en un cadáver más dentro de un contenedor frío y maloliente; nadie quiere convertirse en el paciente sin atención ni cama de un sistema hospitalario que se cae a pedazos por falta de espacio, organización y sin planes de contingencia donde la palabra pandemia nos golpeó como a roedores dentro de un balde de plástico.

Cada noche me iba a dormir con un malestar en el pecho sin saber qué podía suceder con cada uno de nosotros, y sentía angustia, no dormía pensando si mi molestia en el pecho se trataba de algún malestar o si acaso al día siguiente amanecería sin aliento por la falta de aire que los sentimientos de ansiedad me quitaban. El número se elevaba de tal manera que el gobierno no tenía más sacos en donde esconder las mentiras y el número real de las cifras; tanto la angustia como las cifras crecían, y me estaba ahogando. Las noticias aquí no eran ni siguen siendo alentadoras, es más, si ustedes se preguntan una cifra y no logran encontrarla nosotros tampoco.

Seguía sin dormir, con un número enterrado en la garganta, en la tráquea y no se digería, no pasaba ni con agua. Mis dolencias se presentaban una tras otra, no me quejaba por no causar preocupación aquí en casa ya que dicho dolor era imaginario así como la sensación de presentarlo sin motivo alguno, pero sentir a la muerte respirándote en la nuca no era nada que hubiera podido palpar antes de todo este desastre.

Ya morirse no era novedad, pero el dolor de las personas que han perdido a los suyos se refleja en el vacío de las calles, la falta de transportes y vehículos rodando por los alrededores, en el “lo siento, pero todas las camas están ocupadas”, “no hay respiradores, ni tampoco oxígeno”; en la cantidad de médicos que se han ido y en lo abarrotados que están los cementerios porque ya no cabe ni un alfiler para enterrar un cadáver. Guayaquil se habían convertido en el Chernóbil del coronavirus en Sudamérica, somos el ejemplo de lo que los gobiernos no deben poner en marcha ante la presencia de un huésped que no posee invitación alguna.

Puedo decirte con toda certeza que… ¡has sido totalmente descarado! Dejaste las calles por las que caminaba con frecuencia vacías, encerraste a las personas y a familias enteras a subsistir de la poca miseria y la convertiste en absoluta; en cambio a otras les da igual porque el resort del cual gozaban a miles de kilómetros de distancia era algo similar al que se presenciaba en sus casas. Encerraste a millones que por un momento supusieron que duraría unos días y fueron meses, le quitaste la ilusión de triunfo y prosperidad a la población que levanta a este país y te paseaste conchudo por el Malecón 2000 disfrutando de la brisa del Río Guayas.

Vivo en una ciudad que duerme poco y aun así sigue soñando despierta. Vamos ya tres temporadas de esta serie que no le gustó a nadie desde el primer capítulo y que esperamos sea la última, porque decir que mi ciudad se dio por vencida ante este fenómeno sería relatar un cuento vago así como lo hizo Dante Reyes vendiendo la torre del reloj municipal a europeos ingenuos.

Estamos encerrados hace ya tres meses, en los que mi ansiedad se está convirtiendo en un parásito que ya formó colonias y consumió todo de mí, sin dejarme nada. Solo escombros.

En China un roedor viejo era perseguido por un gato joven dentro de un laboratorio abandonado y por error han botado el frasco con la etiqueta Covid-19, todos estamos condenados. Aquí la pandemia era contenida como los globos llenos de agua, nadie fue responsable de hacerla caer. Lamentablemente no soportó y explotó.

La pandemia vino para quedarse.

 

Guayaquil, Ecuador

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa