Expediente

La Pandemia

Hechos de luz y de silencio se paraban en lo alto de los edificios para contemplar el mundo.

―La ciudad nunca había estado tan quieta… —dijo el ser que parecía una mujer, con sus cabellos revoloteando al viento.

Abajo, las tiendas todas cerradas, uno que otro carro circulaba por la avenida, antes desbordada por la ensordecedora algarabía de los automóviles y los hombres. Algunas personas iban de prisa, las máscaras volvían de repente los rostros inhumanos, sin expresión, a no ser por las miradas afligidas.

―Creo que lo logramos —dijo aquel que parecía un hombre.

―Pero el precio es demasiado alto ¿no te parece? Yo nunca estuve de acuerdo —dijo “ella”.

―No tuvimos elección. No podíamos dejarlo como estaba —contestó “él” con frialdad.

—¿No habría sido mejor dejarlos que se destruyeran por sí mismos? —murmuró “ella”.

―¿Y podíamos ignorar esa responsabilidad? Teníamos que hacer algo. ¿O íbamos a dejar que extinguiesen la vida en ese planeta?

El argumento no la conmovió. “Ella” mostró un semblante atormentado.

―No dejarán de ser como eran por causa de una pandemia, ya verás.

Todo volverá a ser como antes, no dejarán de consumir desenfrenadamente, de destruir ríos y bosques… Ese tiempo interrumpido no impedirá las guerras, los conflictos, el odio. Todo volverá a ser como antes.

Él movió la cabeza: ―Puede ser.

 

Me detuve en aquel punto. Aún no había decidido si mis personajes eran ángeles preocupados por el destino de los hombres, o extraterrestres sobrevivientes de la hecatombe de un planeta parecido al nuestro, lugar común que se repite tanto en filmes de ciencia ficción como en las revistas de superhéroes. Mejor, tal vez, ángeles que veían el mundo en blanco y negro, como en Der Himmel über Berlin, el filme de Wim Wenders. Seres etéreos que rondaban nuestros caminos, intentando traernos algún aliento en nuestros momentos de soledad o desesperación. A pesar de sus poderes, impotentes ante el dolor y el aniquilamiento.

La idea, difícil y tortuosa, era la de que el virus habría sido implantado a propósito por seres que deseaban provocar una interrupción en nuestras búsquedas, una fisura en nuestras conciencias, instaurando un nuevo tiempo… ¿Pero esos seres del bien serían capaces de matar para alcanzar su objetivo? Algo no se redondeaba aún, yo requería pensar un poco más en el guion.

Me levanté apresuradamente y el café se derramó sobre la mesa. Quité la computadora para que no se mojara y, balbuceando palabrotas, busqué un trapo para limpiar el líquido que escurría hacia la duela. Estaba tomando demasiado café y no podía dormir. Quería escribir, pero pasaba horas mirando la pantalla vacía. Las paredes del departamento me comprimían, como si se estuvieran moviendo para encontrarse con mi cuerpo. Había vuelto a fumar y contemplaba largamente, desde la ventana, las calles vacías, sintiendo que aquellas lentas inhalaciones me corroían por dentro.

Cuando terminé de limpiar el café decidí salir para distraerme un poco. Cuando todo comenzó hacía listas de compras para que las entregaran a mi puerta. Ahora ya no soportaba más. Requería de un poco de aire. El movimiento del carrito del supermercado no me tranquilizó. Yo rondaba entre las filas de productos, que compraba ansiosa, a veces para aventarlos por ahí, sin llegar a consumirlos. Usaba un guante de plástico para tomar las latas y paquetes y digitar los números al pasar la tarjeta de crédito. Y aquella ausencia de tacto limitaba mi distancia con las cosas. Yo dejaba de sentir poco a poco. Hablaba con algunos amigos por internet, viendo sus rostros, lo que me proporcionaba algún calor humano. Pero en poco tiempo las conversaciones se hicieron más raras. No teníamos novedades para contarnos unos a los otros, veíamos de nuevo películas ya vistas, presenciábamos lives en internet de cuando en cuando, pero aquel frenesí de lives no era suficiente para sosegar el vacío.

Me estacioné frente a mi edificio, pasé algunos minutos dentro del automóvil, sin valor para bajar. Entonces decidí que iría a ver a mi madre, confinada en la pequeña ciudad vecina con una de sus hermanas. La carretera era larga y sinuosa, viajé durante algunas horas. El carro se desplazaba como si yo no estuviera conduciendo. El asfalto se deslizaba, adormeciendo mis sentidos. Mi respiración empañaba el vidrio y me parecía más profunda, como si me faltara el aire. Más de una vez me había despertado tosiendo asustada en la noche, con la seguridad de que había adquirido aquella enfermedad terrible.

Fue como si entrara en una ciudad fantasma. Las iglesias cerradas, los árboles solitarios en las plazas que habían sido tan acogedoras. Antes, los chicos corrían alegres por ahí volando sus papalotes. Finalmente vi algunas personas en la calle con máscaras en el rostro. Era como un filme futurista, en el que el mundo había sido tomado súbitamente por gases letales venidos de no se sabe dónde.

Toqué a la puerta, pero no podía entrar. Ella se acercó sonriendo a la ventana. Yo tampoco me atrevía a tomar sus manos y abrazarla como deseaba. Mantuve una distancia que consideré segura para ella, sin querer ponerla en riesgo de ninguna manera.

A sus 84 años mi madre era una de las personas más dinámicas de la pequeña ciudad, participaba activamente en todos los eventos, recorría instituciones como el asilo de ancianos y el orfanato, siempre con una ayuda y una palabra amiga a todos los necesitados. Ahora estaba obligada a quedarse en casa, rezando y viendo telenovelas.

Me recibió con cariño y perplejidad: ―Hija, despierto en la mañana y me pregunto si esto está sucediendo. Parece una pesadilla. Quiero despertar, pero no es un sueño. Desafortunadamente no es un sueño…

Yo la miro, consternada, y me pregunto cuándo se disipará esa pesada nube que está sobre todos nosotros.

Ella me pregunta sorprendiéndome: ―¿No vas a escribir sobre esto?

Respondo sonriendo:

―Ya estoy escribiendo, mamá. Adivinaste. Pero es un tema muy difícil, ¿no? ¿A quién podría interesarle? Tal vez las personas prefieren leer libros que las hagan olvidar lo que está sucediendo.

Mi madre comenta, con el temor en los ojos:

―¡Hasta las misas! Incluso las misas fueron canceladas. Yo nunca vi eso antes, nunca… ¡En los momentos más difíciles de la historia, las personas podían por lo menos reunirse para rezar!

Le cuento que estoy leyendo un libro sobre una ciudad que fue aislada por la peste causada por las ratas.

―Peste bubónica…, murmura ella.

―Sí, se llama La Peste, es una novela escrita por Albert Camus.

Le cuento entonces que la ciudad de Orán, en Argelia, barrida por las arenas candentes del desierto, es el escenario de ese drama que se parece tanto a lo que estamos viviendo. En una noche de luna llena, el médico que lucha contra la peste y su mejor amigo, Tarrou, conversan sobre el absurdo de la pena de muerte en aquel mundo en que una enfermedad segaba tantas vidas inocentes. Después nadan en el mar nocturno como si se estuvieran despidiendo. De hecho, poco después, Tarrou, que trabajaba como voluntario para atender a los enfermos, muere al contraer la peste. Mi madre, que dedicó su vida a ayudar a los otros, se da cuenta de la humanidad latente en ese relato.

Le cuento que un amigo está acopiando donaciones, alimentos y ropa, para auxiliar a las personas que están sufriendo con la pandemia: prostitutas, drogadictos, personas sin techo o que viven en zonas marginales. Me doy cuenta que pasa por sus ojos la idea de que yo tal vez me debiera unir a esas redes de solidaridad. Esas actividades altruistas tal vez pudieran aplacar la tristeza que me asalta el pecho y me quita el sueño. Pero ella no dice nada, porque teme, más que todo, por mi salud.

Me digo a mí misma que esas acciones son solamente una forma de paliar nuestro sentimiento de culpa por las enfermedades del mundo. Son gotas en el océano y apenas nos impiden realmente practicar la resistencia y promover revoluciones. Pero sé que ese pensamiento es tan sólo un pretexto para cruzar los brazos y mantenerme en mi cómodo egoísmo. Una forma más de indiferencia, ese lavado de manos que la televisión no para de incentivar y que practico todos los días religiosamente. Lavarme las manos delante de toda la miseria, del dolor y el sufrimiento.

Mi madre me mira con ternura. Nos quedamos un poco en silencio, recordando las facciones de nuestro rostro, una de la otra. Me quiero demorar en sus ojos, retardar la inminente despedida. Temo lo que sucederá.

Le explico que el libro de Camus fue considerado una alegoría sobre el Nazismo, que él había sufrido como uno de los miembros de la Resistencia francesa. Algunos de sus compañeros, historiadores como Mark Bloch, fueron fusilados en la época.

Ahora vivimos la amenaza del neofascismo, que en Brasil llevó al poder a un gobierno que intenta de todas las maneras destruir el medio ambiente, la cultura y los derechos de los trabajadores, para favorecer a los grandes capitalistas, los bancos, los militares, el agronegocio. “¡Salgan a las calles, la economía no puede detenerse!”, gritan. Ellos son las ratas.

En la pandemia, los cuerpos de los que antes eran invisibles se amontonan en las calles, revelando con elocuencia nuestras diferencias. Un abismo entre los seres humanos.

Mi madre presenció tantas revueltas políticas y económicas en ese país absurdo…  En el momento en que una calamidad está dispuesta a alcanzarnos, no merece estar a la deriva, en esa nao de execrables insensatos. Vuelvo a mi departamento. En la pantalla de la computadora, mi ángel toma el rostro de ella. Así me parece más fácil continuar escribiendo.

 

 

Traducción de Eduardo Langagne

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa