Expediente

La pequeña fortaleza

A punto de iniciar el desconfinamiento puedo declarar que mi casa ha sido debidamente reforzada con trancas de fierro en todas sus puertas y ventanas. Diseñamos el nuevo sistema de seguridad sobre todo para cuando dejemos la casa sola, pero incluso ahora que estamos siempre adentro preferimos cerrar bien. Ha terminado el tiempo en que dormíamos tranquilos con los canceles del patio abiertos y apenas unos mosquiteros para detener a los bichos.

No son menos de diez llaves las que ahora usamos para cerrar la casa, además de que debemos colocar las trancas de fierro que pedimos demasiado pesadas por error. Lo hacemos juntos, mi marido y yo. Nos dan menos ganas de salir por la pereza de asegurar cada puerta y ventana, lo cual viene bien a las instrucciones sanitarias de permanecer aislados el mayor tiempo posible. Algunos incluso dicen que durante otro año, y hasta dos. No tenemos cosas de mucho valor, pero son nuestras. En el muro de colindancia, el vecino colocó una malla metálica con púas que vuelven loco a mi esposo porque lo remiten a un reclusorio. Nuestras trancas, al menos, dice él, son armónicas con nuestras puertas de herrería tradicional. Como hemos pasado por momentos de mucha tensión, prefiero no comentar que a mí me recuerdan a un calabozo, uno que estaba dibujado en un libro que tuve de niña.

Por mi descripción de las trancas podría pensarse que vivimos en una casa grande, pero no es así. Es una sola planta con dos piezas, una cocina relativamente cómoda y un patio donde cultivamos unas hierbas de olor. El problema es que cada estancia tiene una puerta al patio y una o dos ventanas. Nos turnamos para vigilar al herrero y a su ayudante durante los tres días enteros que se dedicaron a martillar y soldar. Les pedí que apagaran su música de cumbia pero aún así pensé que me desquiciaría el ruido de las perforadoras. La noche de la primera jornada de fortificación tuvimos una disputa por la limpieza. El polvo fino de la obra se había colado hasta los cuartos y había depositado una capa fina casi transparente sobre los objetos: los floreros, la vajilla, los libros, las lámparas, los cuadros y el piso, como si viviéramos en un lugar muy viejo y abandonado. Mi marido se mostró inflexible, aunque no hubiese razón alguna para desempolvar la casa entera puesto que los herreros volverían a la mañana siguiente. Fue por los trapos, llenó dos cubetas con agua y jabón y no estuvo satisfecho hasta que salimos al patio mientras se secaban los pisos. Dormí en el sofá, lo cual es mi manera de protestar.

Cuando observo nuestra casa pequeña y solitaria, me sorprende la cantidad de gente que ha pasado por aquí en las últimas semanas. Ha sido pisoteada de muy diversas formas. Antes que los herreros, hubo unos ladrones y unos policías. Nos hubiera gustado recibir a los delincuentes como se debe, a pistolazos, pero aprovecharon el único momento de este confinamiento en que salimos cada quien por su lado a atender unos asuntos urgentes. En la empresa donde trabajaba mi esposo, corría el rumor de que el dueño iba a despedir a la mitad del personal al cobijo de la pandemia. Él, que es tímido en público, estaba por tomar la palabra enardecido por la injusticia, cuando recibió la llamada de un vecino que le informó que había quince individuos uniformados sobre nuestra azotea. Tardó varios minutos en comprender que se trataba de la culminación de una historia fantástica donde la policía mexicana había atrapado a unos ladrones.

Alertados por un lavacoches que seguía viniendo todos los días aun si habían desaparecido los clientes, los cuerpos policiacos arribaron en tan solo cinco minutos a bordo de veinte patrullas y rodearon la manzana. No había tráfico, ni un solo auto, las aceras estaba vacías. Los vecinos asustados abrieron sus puertas y escaleras para que los policías pudieran dar alcance a los ladrones que huían por los techos y azoteas. Fueron sometidos, esposados y golpeados, y luego arrastrados hasta las patrullas donde les pusieron un tapabocas.

Lo que siguió fue un brusco descenso a la realidad. El problema, le explicó a mi marido el policía más elocuente, con su tapabocas azul bajo la barbilla, era que los ladrones no habían robado nada a falta de tiempo. Aún se veían en el patio los picos y barretas con los que destruyeron nuestras puertas y que abandonaron en la huida. Al calor del atropello e intimidado por los delincuentes que lo miraban desde las patrullas, mi marido aceptó participar en una fabricación de pruebas. Aconsejado por el policía, tranquilamente plantado junto a nuestras macetas de ruda y romero, entregó mi bicicleta que estaba en el patio como el objeto del delito para que los ladrones fuesen procesados. De camino al ministerio público tuvo tiempo de arrepentirse de aquella elección pues era imposible que los ladrones huyeran por los techos a bordo de una Benotto.

En la sala de espera donde estuvo largas horas sentado, mi marido comenzó a sentir miedo. Las sillas estaban atornilladas al piso y una de cada dos vedada con cintas de plástico que decían “precaución” para evitar que la gente tomara asientos contiguos y se contagiara del coronavirus. Los tapabocas eran obligatorios en el aire viciado, y aunque a nosotros nos asustan más los hombres que las enfermedades, la escena era inquietante. Al poco rato se le arrimó un señor que se presentó como el abogado particular de los ladrones. Vestía con un traje caro y su discurso era elaborado, impecable, aterrador. Mi marido mantuvo a raya al individuo con el argumento de la distancia sanitaria e incluso pidió ayuda a un policía para que este abogado de ladrones respetara los dos metros. Eso lo obligaba a hablar en voz alta y era un obvio impedimento para cualesquiera que fueran sus intenciones, de negociación o amenaza. A mí me prohibió alcanzarlo en la comisaría porque ni los ladrones ni los policías ni el abogado debían identificarme como su mujer. En cuestiones de seguridad, suelo tragarme mis nociones de la igualdad de género, porque es un argumento que siempre pierdo y me entristece. Nunca he aprendido a discutir, se me quedan atrapadas las palabras en el pecho, como si alguien o algo colocara ahí también unas trancas.

Fui a esperar el retorno de mi marido a la banqueta. No debíamos tocar nada antes de la llegada de los peritos y no había adónde ir, los cafés y los sitios públicos estaban cerrados por cuarentena. Tuve por compañía a tres policías de guardia que jugaban a ser buenos e íntegros, y estaban henchidos de orgullo por haber atrapado a los ladrones. Por un lado, yo no quería tener nada que ver con ellos, pero, por el otro, ya habían estado en mi azotea, luego en mi patio y muy probablemente se habían asomado a mi cocina y también a la cama donde duermo. Convenía ser amable con estos policías que me conocían más de lo que debían y me podían hacer daño. A medida que se asentaban los hechos, me abrumó mi vulnerabilidad, como si mi casa fuera una extensión de mi cuerpo y las puertas rotas una especie violación. Escuché de sus bocas cómo hacían mejor su trabajo ahora que la gente estaba guardada en su casa y no estorbaba, pero pronto se cansaron de hablarme. Contra las indicaciones sanitarias se mantenían codo con codo, en un muégano móvil pero indisoluble, pasándose cosas de comer o cigarros, empujándose a manotazos, incontinentes como cachorros.

No ahondaré en los tortuosos caminos de la justicia en México, baste saber que una semana más tarde los ladrones ya estaban libres y que seguramente nos odiaban. Dicen que los riesgos de contagio aumentan bajo techo, así que convocamos una junta de vecinos en el patio. Los doce representantes de cada hogar llegaron con el equipamiento sanitario de rigor, pero pronto se quitaron caretas y tapabocas y aceptaron un vaso con refresco de nuestras manos. Fue un evento desangelado como siempre lo son estos actos de contrición tras un robo escandaloso donde nos damos cuenta de que nadie está al pendiente de nadie. Nos animamos un poco cuando cada vecino aportó su testimonio y pudimos reconstruir con más detalle y horror aquel evento ominoso que nos rozó a todos de tan cerca, que podía haber acabado mal y nos ponía la piel de gallina.

“Esto se va a poner peor”, dijo uno de los vecinos. Estábamos de acuerdo, aun si el asalto a casa habitación no databa de la pandemia y era algo más viejo que el mundo. No existe negocio más probado ni antiguo que el despojo a la casa de junto, el pueblo de junto o el país de junto. Sin embargo, sentíamos que la pandemia era un evento bisagra que abría la puerta a más problemas y violencia de la que estábamos acostumbrados, que de por sí era mucha si pensamos que hacía apenas un año asesinaron a un hombre afuera de su domicilio en nuestra calle. La casa recién había sido comprada por este personaje con quien nadie tuvo tiempo de conversar. Por una rendija de la puerta del garaje —acordonado desde entonces con las cintas de plástico amarillas típicas de la policía—, aun se alcanza a ver un colchón despanzurrado, manchado de algo que parece sangre.

Con el refresco en mano y el cubrebocas bajo el mentón, los vecinos opinaban que se venía una época inédita de hambre e inseguridad. Uno que nació en el barrio nos contó con nostalgia el tiempo en que se usaban bardas casi simbólicas para separar las casas de la banqueta. Cuando por fin los vecinos se marcharon, no pude evitar mirarles bien las manos para asegurarme de que no se llevaran nada. Mi marido los acompañó hasta la calle y aseguró tras ellos las dos cerraduras y los tres candados. Cuando volvió a la cocina con la charola de vasos sucios me anunció que era mi turno de lavarlos. Era verdad, pero era tarde y eso podía esperar al día siguiente. Las instrucciones de mi marido me fastidian, dice lo que debo hacer en ocasiones apenas unos segundos antes de que yo lo haga por mí misma: “Apaga el agua”. “Cierra tu bolsa”. “Desconecta la lavadora”. “Quítate la piyama porque vienen los herreros”. “Dale una propina al repartidor del súper”. En este paréntesis que no son vacaciones sino encierro y tiempo perdido en un espacio en el que antes cabíamos mejor, me causaba rabia este adelantamiento a mis acciones. Pero no sé cómo decirlo. Rompí un vaso a propósito para que entendiera que estaba muy cansada y que hubiera sido mejor esperar la mañana.

Cuando hablé de la cantidad de personas que pasaron por mi casa justo en la época en que el gobierno pedía un aislamiento radical, no solo me refería a los ladrones, los policías y los peritos —que llegaron a la media noche cuando ya habíamos desacatado la orden de no tocar las puertas—, ni únicamente a los doce vecinos y los herreros. Vinieron también los cerrajeros para cambiar las chapas, luego un experto en seguridad que nos cotizó unas cámaras que al final no nos convencieron, una amiga de mi esposo que insistió en traernos un pastel de plátano recién horneado y a la primera provocación se quitó los guantes para tomarse una cerveza con nosotros y, finalmente, el albañil, un muchacho regordete con cara de niño que rehízo las paredes tras la instalación de las trancas. Debo decir que ninguna de estas personas me pareció excesivamente escrupulosa con las medidas higiénicas, como si nadie se las creyera de verdad. Durante uno de mis turnos para vigilarlo, y aunque yo no dijera nada, el albañil me relató cómo se defendían de los contagios en su barrio de Atizapán de Zaragoza, donde no hubo enfermos ni muertos hasta que el gobierno les mandó el virus. Él mismo sacó su pistola, pero no me quedó claro si la usó, el día en que los vecinos asesinaron a tres personas del gobierno que pasaban por la calle, a plena luz del sol, disfrazados de médicos. Aparentemente, traían consigo unos botecitos con un líquido traslúcido.

Con albañil en casa, el único conato de pelea entre mi marido y yo fue porque no respeté la sana distancia al momento de darle agua o recoger su vaso. Me da cierto gusto que aunque nos enojemos, ninguno de los dos pueda irse de aquí, pues la colocación de las trancas nos necesita a ambos. Yo cada vez empleo menos el recurso de dormirme en el sofá cuando deseo manifestar mi desacuerdo porque este acto me priva de la televisión, que con todo su blablá nos ayuda a quedarnos dormidos y a no escuchar los ruidos sospechosos de la noche.

En el mundo comienza el desconfinamiento. En la pantalla han pasado imágenes de los disturbios y saqueos en Estados Unidos porque un policía blanco asesinó a un hombre de color. También en México han comenzado los desmanes y una muy rufa represión policiaca. No sabemos si nos dan más miedo los que destruyen o los que salvaguardan el orden. Hemos puesto balas en las pistolas que nos heredaron nuestros abuelos y cuyo uso nos parecía datar de la Revolución mexicana. Una señora de las noticias dijo que la recesión económica será del tamaño de aquella época convulsa de hace un siglo que nadie de nosotros pensaba revivir en carne propia. Tendremos que volver a salir a ganar dinero en cuanto reabran nuestras oficinas, e incluso si no abren. Por lo pronto, dormimos con las trancas puestas en nuestra pequeña fortaleza, con nuestras armas de cada lado de la cama, listos para defendernos y sobrevivir a lo que viene después de la pandemia. Solo necesitamos limar un poco las asperezas entre nosotros para estar realmente tranquilos y aspirar de nuevo a la felicidad.

 

 

Ciudad de México, México

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa