Expediente

La poética del ostracismo

Cuánto tiempo ha pasado

El reloj en la muñeca fue una de las primeras cosas que perdió sentido, justo cuando había decidido volver a usarlo. Estuve años sin hora, llegué tarde a todo. Nunca trabajé en oficinas. La puntualidad, salvo en el teatro, me parecía un signo de domesticación, de obediencia. El celular salvó al resto de mi despiste. Mensajes, alarmas, eran modos sencillos de traerme a tierra.

Pero hace un par de años me supo mal depender de esa cosa con memoria ajena. Mejor volver al círculo del tiempo, al compás mecánico de mi reloj pulsera. Mi teléfono celular se había devorado un montón de objetos: las cartas, los buzones, la cámara de fotos, el despertador. Abrevió necesidades y se adueñó de las imágenes, la conversación, los diarios. Un ícono enano contiene el mapa de la ciudad, aquel otro el banco, este el correo. La tecnología se comió el mundo. Impuso su propia velocidad, comprimiendo y sintetizando. Solo quedaba yo por afuera de su hambre: ahora soy una cara en la pantalla de los demás, el trabajo es inmaterial, el dinero no existe y estoy confinada.

Pero de los avances tecno, es sabido, no se regresa. Si se desconoce la herramienta, el saber se vuelve manco.

En los primeros días de marzo busqué la palabra antivirus, para ver qué medicinas se indicaban en caso de síntomas, y solo encontré “protege tu privacidad en línea”, “antivirus gratis para PC, para Android”. Nada para seres humanos.

 

 

El cuerpo sin circulación 

Este mal que elimina el gusto y el olfato nos necesita solo para mirar o ser mirados. Nos ha prohibido el tacto, el más físico de los sentidos. Lo único que se puede tocar, previa desinfección, son superficies frías. Pantallas y teclados.

Que los Estados, en su afán por evitar contagios, organicen la circulación, recluyan el deseo, nos destierren del afuera, nos obliga a contentarnos con nosotros mismos. Pero qué significa eso. ¿Conectarse con la respiración? ¿Leer junto a un fuego hipotético? O, simplemente, seguir consumiendo desde casa, si se tiene cómo.

Negado el territorio de lo ajeno, el sistema de signos que es un cuerpo, un grupo, aislada y sin ciudad, siento que soy teledirigida. El único asunto que ocurre es la pandemia. Si la escribo en minúscula es a propósito. Por letal y caprichosa, su propagación se parece demasiado a una campaña publicitaria. Es un virus narcisista al que le gusta ser mencionado.

Hasta qué punto somos esclavos de lo que producimos. El miedo es un producto. Si no lo tenés, te lo llevan a tu casa. No quiero que me devore. Cómo le escapo.

 

 

Distopía sin presupuesto

El imaginario colectivo había ensayado en el siglo XX desastres climáticos, escasez de alimento, invasiones de todo tipo. Estéticas de lo extremo, de lo monstruoso, a gran escala. Lo superlativo, a la manera cinematográfica, con efectos especiales y miles de extras, era la representación del mal.

Y de pronto este virus, imposible sustraerse de los troyanos, se organiza de un modo minimalista y, a pesar de su manifestación mundial, de un modo plano. Solo te exige que no salgas, que te autoexcluyas. No hay que abandonar las ciudades, como en las novelas de Ballard. Es un virus que trabaja con lo siniestro: el monstruo es uno, hay que guardarse.

Entonces el mundo, reducido a vos, depende de tus condiciones habitacionales previas. Tu mundo puede tener piscina o ser un monoambiente. Tu mundo puede sostenerse con delivery o con una provisión escasa de fideos. Tu mundo puede contener a un feminicida o puede ser una cueva encantadora. Tu mundo es tu problema. Cada domicilio, una sucursal. El capitalismo ha logrado su fantasía más húmeda. Control total sin inversión, costo cero. No vengan a los hospitales, no vayan a la escuela, la calle no es un lugar. El que sale es un enfermo en potencia.

Cada época sufre en la medida de sus posibilidades poéticas. Este mal es dócil si ya habías iniciado tu retirada del mundo tangible: buena conexión, trabajo en red, tarjeta. Afición por la lectura, la cocina, el yoga o la distancia. Si no, qué pena contigo. Ya lo anotó Nicolas Bourriaud en su Estética relacional hace más de una década: “Se inventan herramientas de comunicación para limpiar las calles de las ciudades de toda la escoria relacional y empobrecer los vínculos de vecindario”.

 

 

La teoría de la ostra

Yo. Una palabra excluyente. Cuántas ficciones en primera persona ha disparado esta pandemia. Aún no sabemos. Pero qué podemos esperar. Si la literatura se alimenta de excepciones, la raíz común promete poco. Cuántos diarios del encierro se están escribiendo mientras anoto esta frase. Para quién. Qué originalidad encontraremos en la lectura de una experiencia idéntica a la nuestra. Tal vez, el interés resida en el nosotros. Una gran texto pixelado, un molusco de mil cabezas. La bitácora reiterada de la burguesía tendrá pantuflas, rabietas, desorden alimenticio, cansancio, un barrido y un fregado. Angustia. Del resto, nada. Si estás adentro, pero afuera del consumo, no estás en ningún lado.

Una ostra cerrada es un misterio, un concepto “falto de imágenes” diría Bachelard. Sin embargo, no hubo jamás una enfermedad, una crisis, tan expuesta. Cada cual fotografía su disgusto y su barbijo a juego. El primer paseo, el sol en el balconcito. “Las evasiones más dinámicas se efectúan a partir del ser comprimido”, anotó Bachelard en La poética del espacio, y también “los lobos enconchados son más crueles que los errantes”.

El paisaje doméstico se transmite en vivo y en directo. Media humanidad conectada, qué hacer con el deseo no saciado. ¿Participar o retroceder?

El llamado a frenar las guerras de un organismo internacional hace unos días me pareció un gesto patafísico: dejemos de matar porque estamos muriendo. La confusión y la información contaminada, la cibertontería, revoluciones con un dedo, sustituyen la epopeya de las pandemias del pasado.

En estos días no aflojé con las lecturas oscuras, textos fantásticos o surrealistas, poesía, y le dedico lo justo a la transmisión de lo real. Leo y escribo hasta cualquier hora liberada del sueño o de los compromisos anteriores. Mi única obligación son los talleres virtuales, que ya había iniciado antes del virus.

Hay quienes piden volver a la normalidad, como si la norma fuera un estado. Me digo que no. Que si de algo sirve esta suspensión es para poner en duda los hábitos. El modo en que pensamos el cuerpo, la conciencia, lo otro, al otro. Lo desconocido está afuera o adentro. El mundo de lo predecible terminó. ¿Hay que lamentarlo?

 

 

Cuánto tiempo ha pasado, bis

Salgo de casa con el bozal puesto. Abrieron el vivero. Al llegar, encuentro a otras mujeres con la cara cubierta. Hemos salido a buscar algo más que comida. Miro las plantas de interior. Siempre me parecieron excesivamente frágiles, insulsas. Tengo un jardín que parece una selva, pero adentro de casa ni un plantín, solo libros y cuadros. Decido esquivar las flores de los Alpes, las prímulas, los pensamientos. Compro dos seres de interior, de nombre difícil, y vuelvo a casa. Dilato el paso en la vereda, así el sol del otoño me toca un poco el cuello. Al llegar, me quito los borcegos, el tapaboca, y me dispongo a trasplantar a las criaturas, en silencio.

Más tarde, mientras mi pareja lee, me encierro a escribir sobre el encierro, a pedido. Pierdo nuevamente la noción del tiempo. Mando mensaje a mis hijas, que viven en Praga. ¿Están para leer un texto? Enseguida una me contesta: “No, má. Son las doce de la noche”.

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa