Expediente

Nada será mejor

La prensa me entera de que el confinamiento impuesto a todos por la pandemia de coronavirus les suministra a ciertos escritores un tiempo precioso para leer y escribir. Los envidio. Pero deseo aclarar: mi envidia no se debe a los muchos libros que unos cuantos confinados leen, por más que yo deplore el perpetuo déficit de mis lecturas, ni en modo alguno a la cantidad de páginas que escriben, porque me contento con escribir las que pueda y cuando puedo. Lo verdaderamente envidiable para mí de esos ufanos colegas es que sin la menor duda cuentan con una o varias personas, no importa si hombres o por lo general mujeres, que les mantienen la casa limpia y ordenada, les lavan y planchan la ropa, les hacen el súper y les dan de comer.

A mí el confinamiento me quita el tiempo. Aunque tengo el invaluable privilegio de poder confinarme, no soy tan privilegiado como para que otros, harto menos favorecidos por la suerte o por la historia o por la organización de la sociedad, se encarguen todos los días y a todas horas de brindarme toda clase de servicios. Sin incluir el trabajo de editor que desempeño a distancia, buena parte de mis jornadas laborales se me va en poner la mesa y lavar los trastes, vaciar los basureros metódicamente y sacar la basura, cargar con ropa la lavadora y descargarla, ir al súper y acomodar las compras en la alacena y en el armario, recibir y guardar las frutas y verduras que me traen del tianguis, ir a la farmacia o pedir los medicamentos a domicilio, buscar cervezas en las tiendas de la Colonia del Valle, conseguir vino bueno y barato en City Market, comprar la comida y la arena de los gatos, hacer ejercicios cardiovasculares y, cada vez con mayor frecuencia, divagar. Las horas restantes, siempre escasas, siempre sujetas a inoportunas interrupciones, las empleo en leer y, si las circunstancias son propicias, escribir.

La prensa y la indiscreción de internet me enteran también de que muchos escritores lamentan que la pandemia de coronavirus nos haya distanciado o incluso enemistado con el prójimo, el otro o como lo llamen: que, con cubrebocas y más aún sin él, todos en los espacios públicos seamos potenciales focos de contagio y merecedores, por ello, de constante recelo, suspicacia o temor. Los entiendo. Pero debo aclarar: sospecho que, además de encandilarse con las lucubraciones al vapor de los filósofos europeos de moda, esos nostálgicos de la fraternidad ciudadana olvidan o idealizan lo que era lidiar con el prójimo o el otro en el México anterior al imperio de la Covid.

Que yo recuerde, antes de la contingencia sanitaria los pobladores de la Ciudad de México no corríamos a abrazarnos cada vez que nos topábamos en la calle, el súper, la farmacia, el tianguis, un centro comercial, el cine o un restorán. Si éramos conocidos o debíamos cambiar unas palabras, nos saludábamos con la traicionera cortesía mexicana. Luego seguíamos adelante con nuestras vidas respectivas, sin confiar demasiado en los demás. Yo, por lo menos, fomentaba con respecto a la gente desconocida cierta cautela aconsejable en un país azotado por el crimen. Soy peatón radical y hago la mayor parte de mis trayectos urbanos a pie. Al salir de mi casa transito por la calle desde hace años en estado de alerta. No digo que cualquier transeúnte sea para mí un posible asaltante, ni cualquier automovilista un posible secuestrador. Pero el prójimo o el otro no me parecen todos mis hermanos amorosos. Y a los que ahora me encuentro en mis breves andanzas por la Del Valle, sobre todo a quienes no usan cubrebocas o lo usan mal, no los considero amigables.

Mi experiencia más traumática en la era de la Covid no tiene que ver, sin embargo, con el empleo del tiempo ni con el comportamiento de mis conciudadanos. El lunes 8 de junio mi esposa tenía tanto dolor inusitado en el vientre que su médico la mandó a hacerse una tomografía. Esa misma noche la operaron de emergencia para salvarla de una rareza llamada, hoy lo sabemos de memoria, intususcepción intestinal. Podía deberse a un tumor canceroso. Podía provocarle una peritonitis. Podía condenarla, después de la cirugía, a usar una bolsa externa para las heces. Por fortuna, nada de lo que pudo salir mal salió, y todo lo que pudo salir bien salió bien. Salvo que el cirujano le extirpó varios centímetros de colon, incluyendo al ciego y a la válvula iliocecal, y ella estuvo seis días y cinco noches internada en un hospital durante el peor momento de la peor crisis sanitaria en los últimos cien años.

Yo la acompañé, por supuesto, aunque lo que viví en esa semana no se compara con lo que ella padeció. De golpe, pasó del confinamiento benigno de nuestro dúplex, con salidas cotidianas a las calles próximas de la Del Valle, al confinamiento estricto de su cuarto de hospital. Además, como todos los enfermos y convalecientes, quedó confinada en los caprichos de su propio cuerpo. El piso tercero de la torre de habitaciones se convirtió para ella en el cosmos. Al segundo día, siempre con cubrebocas, salió a caminar por los pasillos. Al quinto día estableció el récord de ocho vueltas continuas al piso, andando con un camillero que empujaba el árbol metálico móvil de donde pendían los medicamentos. Aunque el hospital estaba en teoría libre de Covid, nunca en la práctica dejamos de sabernos expuestos al contagio. Decenas de enfermeras provistas de caretas y cubrebocas, pero procedentes de rumbos ignotos de la ciudad, entraban día y noche en el cuarto. Cientos de personas venidas de quién sabía dónde, con cubrebocas y no todas con caretas, pululaban a mi alrededor durante el desayuno y la comida en la cafetería, o en los pasillos y el estacionamiento cuando iba a caminar. Alguna vez pensé: así será el mundo por lo pronto. Y mi esposa y yo, por fin desconfinados del hospital, experimentamos el regreso al confinamiento consabido de nuestra casa como una exultante liberación.

La prensa y el impudor de internet me enteran de que hay quien cree que la pandemia de coronavirus es una respuesta de la naturaleza a los muchos agravios que le infligen la codicia y la incuria de la humanidad, y que apenas se descubra la vacuna, si se descubre, tendremos una ocasión única, quizá la última, de enmendar nuestra conducta antiecológica individual y colectiva. No me sorprende esa creencia. Y aclaro por qué: no es la primera vez que un mal contagioso amenaza con destruir o mermar irremediablemente una civilización, y las víctimas de tales catástrofes propenden a interpretarlas como un castigo divino por los pecados de los hombres y las mujeres, sólo para volver a pecar en cuanto amaina el peligro. Así sucedió con la llamada Plaga Justiniana, que diezmó la población de Constantinopla en 542. Y así ha sucedido desde entonces, una y otra vez. La historia abunda en ejemplos de la infinita capacidad del ser humano para no escarmentar con la experiencia, lo mismo la ajena que la propia.

Una prueba de que no poca gente sensata ha querido que la “nueva normalidad” posterior a una epidemia se asemeje a la antigua normalidad se encuentra, por default, en varios hitos de la literatura moderna. Ni Ulises (1922) ni los tomos finales de En busca del tiempo perdido (1919-1927) ni los libros de madurez que Kafka publicó o dejó inéditos y truncos entre 1919 y su muerte en 1924 se refieren, hasta donde alcanza mi saber, a la gripe española que mató entre 20 y 50 millones de personas en 1918 y 1919. Tampoco la mientan las Elegías de Duino (1923) o La tierra baldía (1922) o La suave patria (1921). Que hoy sintamos la obligación o la necesidad o meras ganas de escribir sobre la pandemia de coronavirus no significa, en absoluto, que sea el único tema válido para la narrativa y la poesía de aquí en adelante. Ni mucho menos garantiza que al obedecer a esa urgencia crearemos obras maestras, o al menos obras legibles. Nadie es dueño del futuro, y tanto la calidad moral de los muchos que sobrevivirán a la Covid-19 como la calidad estética de las narraciones y poemas que unos cuantos escribirán sobre esta época quedan por definirse. Con el razonado pesimismo de los escépticos, temo que nada será mejor de lo que fue hasta principios del aciago 2020.

 

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa