Expediente

¡No hay vuelta atrás!

La crisis actual no es una crisis sanitaria, es una crisis humana y social que pone en evidencia el hecho de que el sistema global no está diseñado para permitir que la mayoría de la población alcance una vida digna y acorde a las aspiraciones de bienestar y desarrollo que los pueblos demandan. Se abre la brecha entonces entre seres humanos que cumplen los requerimientos de inclusión y quienes no cumplen los patrones que el sistema designa. Esta situación decanta en grietas profundas entre las personas y se instala entre ellas la discriminación.

Otra variable de la crisis se relaciona con el riesgo que sufre nuestra biosfera, comprometida por un ritmo de explotación de recursos insaciable. Esta dimensión del problema no solo atañe a la relación con el ambiente, es también la evidencia de una crisis ética. Es claro que a los grupos que concentran el poder político y económico a escala mundial no les interesa dejar nada para el futuro y, por tanto, instalan una lucha generacional donde el legado para las nuevas generaciones no es otro que un mundo devastado.

Este escenario de contradicciones innegables no lo ha desatado la pandemia. Lo que hace el virus es impedir que se pueda seguir poniendo la basura debajo de la alfombra. Sin embargo, no todo es desesperanza. También existen indicios de que es posible levantar banderas de cambio. En efecto, asistimos a una oportunidad histórica para promover desde diferentes áreas del quehacer humano el encuentro de gente valiosa, que de forma sincera y transparente busque trabajar por el bien común global, y así, sentar las bases para el nacimiento de una Nación Humana Universal.

Lo anterior se constata en diversas experiencias locales, ampliamente diseminadas alrededor del globo, que se levantan por sobre el statu quo de deshumanización instalado, demostrando que otro mundo es posible.

Para aquellos acostumbrados a degradar a la gente buena se trata de iniciativas de grupos de idealistas e ingenuos. Contrariamente a estas críticas, el trabajo que estos grupos impulsan es fundamental porque resquebrajan la aparente  solidez de ese statu quo que dice que los seres humanos somos violentos por naturaleza, aquel para el cual el capital está primero que las personas, que cree que la diversidad es un problema, que los derechos humanos son un fastidio, que la injusta relación entre hombres y mujeres es lo que debe ser porque alguna fuerza sobrehumana así lo decidió, que enfatiza la existencia de un único dios verdadero que no es otro que el que esa persona profesa, que niega al ateo tener la posibilidad de ejercer su espiritualidad, que no entiende que la diversidad sexo-genérica llegó para quedarse porque siempre estuvo ahí —cuestionando una supuesta naturaleza humana binaria que no ve más que lo biológico—, aquel que solo reconoce libertad al otro en la medida que sus intereses no se vean afectados.

El hoy, indiscutiblemente, nos pone contra la espada y la pared. El cambio deja de ser una opción para convertirse en una condición de sostenibilidad de la humanidad. Requerimos transformar el papel que tiene el Estado en la provisión de servicios de salud, educación, vivienda. En la transformación de los acuerdos vinculantes sobre cómo las naciones generan y redistribuyen la riqueza. Debemos impulsar cambios para garantizar sistemas de representación y participación que deriven en políticas públicas centradas en la vida.

Paralelamente, requerimos una transformación de nuestro sector privado para convocarlo a ser un actor importante en la construcción del bien común, incluyendo una ética empresarial que supere visiones rentistas de corto plazo y  centradas en ganancias y rendimientos depredadores del medio social y natural, para reemplazarlas por esfuerzos de generación de riqueza que abren las puertas del futuro a la población en su conjunto.

La crisis de hoy es la oportunidad para un nuevo contrato social global. Esta vez no se trata de entregar el poder al Estado, concebido como el Gran Leviatán para obtener de este la paz y la seguridad. Se trata de un pacto que nos lleve a establecer prioridades y principios, a definir los resultados y la forma en que medimos los impactos de aquello que denominamos desarrollo para poner la vida humana en el centro de toda propuesta de acción.

¡No hay vuelta atrás! Volver sería una miopía terrible. Sería poner el reloj en cuenta regresiva para esperar desastres aun más terribles.

Creo firmemente en la necesidad impostergable de impulsar un cambio profundo en la escala de valores asociado a un tipo de ética que reza así: “Nada por encima del Ser Humano ni ningún Ser Humano por debajo de otro”. Actuar en correspondencia con lo anterior significa apostar a un cambio profundo en la escala de valores para, a partir de esto, crear una institucionalidad que luche por la superación de la simple formalidad de igualdad de derechos ante la ley, para avanzar hacia un mundo de iguales oportunidades para todos.

En medio de tanta incertidumbre desatada por la pandemia en relación con el futuro, creo que la vida puede y debe encontrar significado. Por ello, es necesario combatir toda forma de nihilismo, cosificación o explotación cuya consecuencia es el vaciamiento de sentidos de vida de las personas. Una vida vaciada de significado tiende a llenarse de violencia interna y frustración; y a partir de allí, una cadena de actos incoherentes tiende a desprenderse y desplegar sus tentáculos por el mundo. Por esa razón, creo que un papel importante de los constructores de cambio social —que en ocasiones no es tan claramente identificado— es fomentar en otros seres humanos capacidades orientadas a la evolución y el desarrollo integral de las personas, lo cual debe instrumentarse a través de sistemas de educación integral, formal y no formal orientados a educar para la vida.

El ser humano tiene derecho a superar su dolor y sufrimiento y a llenar su vida de substancia, coherencia y felicidad. Si algo produce la pandemia eso es dolor y sufrimiento. Entonces, si queremos enfrentar la crisis actual no podemos descuidar los elementos humanos de la misma, y es por ello que no basta con atender la economía o la salud física. Hay que mirar la integralidad de las personas, incluyendo su conciencia de sí, sus planes de vida, su capacidad de resiliencia individual, sus aspectos relacionales.

¿Es posible trabajar para elevar la consciencia humana individual y ponerla al servicio de una sociedad sin egoísmos ni opresión?

Es la interrogante que interpela a nuestra época.