Expediente

Pandemia, género y machismo en México

Donde los demás ven ideales, yo solo veo lo que es humano, demasiado humano.

Friedrich Nietzsche

 

La pandemia vino a subrayar y recrudecer la grave situación de machismo, violencia y feminicidios que se ha normalizado de forma fehaciente en las dos últimas décadas en México. El 8 de marzo las mujeres mexicanas nos unimos en una marcha mundial por el reconocimiento de nuestros derechos y el resultado fue sorprendente: nunca en la historia de las marchas feministas se había visto una movilización igual: miles de mujeres participaron en diversos estados de la República mexicana y con mayor contundencia en la Ciudad de México.

Un par de semanas atrás, un colectivo de feministas mexicanas había hecho un llamado a todas las mujeres de este país a ausentarse de toda actividad cotidiana, acción que se denominó: “Un día sin nosotras: el nueve ninguna se mueve”. Así, el 9 de marzo (once días antes de que iniciara el confinamiento ordenado por el gobierno) una gran mayoría de mujeres se ausentaron de sus actividades laborales, domésticas, escolares, profesionales, etcétera. El objetivo era visibilizarnos invisibilizándonos. Para este gobierno (como lo fue para sus antecesores), para muchos hombres y para una gran parte de la sociedad, las mujeres no tienen valor: se las cosifica, y lo mismo se las puede agredir que violarlas, torturarlas, emplearlas para pornografía sádica y matarlas, deshaciéndose de ellas en basureros de forma humillante, como se tira algo que es de uso y desecho. El 9 de marzo debíamos señalarle  a esa sociedad, a esos hombres y a este gobierno que si nosotras no existiéramos el país tampoco sería lo que es.

Nuestras luchas feministas en México exigen al gobierno acciones contundentes  para reconocer y garantizar nuestros derechos y nuestra seguridad, para frenar el incremento alarmante de feminicidios que ocurren diariamente en nuestro país (para esa fecha, 9 de marzo, se contabilizaban 9 mujeres por día), detener el aumento de violaciones y violencias de todo tipo, la pederastia, la desaparición de mujeres y niñas. Nuestras movilizaciones, sobre todo las de los últimos siete meses, comenzaron a tener efectos en las autoridades: con acciones titubeantes, aunque mínimas por parte del gobierno local, vimos que comenzábamos a crear un precedente; apenas unos pasos, pero avanzábamos. Esta alegría duró pocos días pues con la pandemia —y el confinamiento decretado a partir del 20 de marzo por las autoridades— nuestro movimiento se frenó en marchas aunque no en acciones, y se ha opacado ante otra emergencia internacional que sí es reconocida por todos. Peor aún: el problema se ha incrementado.

Si bien la pandemia no discrimina, sí afecta con más evidencia a gente de determinada edad, y de forma simultánea causa daños colaterales en otras poblaciones que ya de por sí viven en condiciones vulnerables. En México, el confinamiento ha hecho que niñas (y también niños), mujeres adolescentes y jóvenes, mujeres adultas y de la tercera edad, padezcan la obligación del encierro con su(s) agresor(es): pareja, novio, esposo, hermano(s), hijo(s), padre, tío(s) o abuelo. Las recomendaciones que vemos frecuentemente en los medios, seguidas en importancia a las de la contingencia sanitaria, orientan a mujeres que sufren violencia en este confinamiento. Cada 23 segundos alguna mujer pide auxilio a las líneas de emergencia y apoyo; los feminicidios aumentaron a 10 casos por día, de modo que en promedio una mujer es asesinada cada dos horas y media.

En días recientes, el blog Por una infancia sin dolor refirió el caso de Jazmín, una niña de 6 años que había escuchado en las noticias sobre las personas muertas  en México por una enfermedad; preguntó a su mamá qué pasaría si a ella le ocurría eso y ella le explicó que se enfermaría y estaría en un hospital. La respuesta de Jazmín impactó a su madre cuando la niña expresó: “Entonces me quiero contagiar, así me voy de casa”. Su mamá le explicó: “pero no podrías verme, y tampoco a tu papá. No podrías estar con tu familia”. Jazmín agregó: “Al menos el tío Lucas ya no me obligaría a jugar, a tocarnos el cuerpo”. ¡Qué irónica es la realidad en este país: siendo mujer, si sales a la calle hay un virus amenazando con matarte; y si buscas resguardo y seguridad en casa, hay otro virus llamado machismo que también te daña o te mata!

He leído análisis sobre esta pandemia y sus efectos para la humanidad una vez que concluya —reflexiones a las que muchas veces no puedo dejar de llamar “ilusiones”— desde diversas disciplinas. Varias son las miradas que aseguran —y otras apelan a que así sea— que esta pandemia nos cambiará de manera positiva como humanidad, que nos llevará a actos solidarios, que dejaremos el estado de individualización al que nos fuimos entregando con el fluir de la tecnología y la globalización y crearemos lazos sociales, de cuidado, respeto y responsabilidad con la otredad —entendida como la humanidad, la flora, la fauna y el planeta  como concepto integral—. Desafortunadamente me considero la gran pesimista de las optimistas: la pandemia ha sacado lo mejor de la humanidad, sí, pero también lo peor. Y en este país, la vileza que ya gestaban algunos no se detendrá ante la  amenaza de una posible muerte; al contrario, quizá le(s) sea favorable.

Es precisamente ese machismo el que en México coadyuva a esparcir la pandemia. No son pocos los hombres en este país que manifiestan no creer en la existencia del Covid-19, ni son menos lo que ostentan ingenuidad al considerar que la salud está amparada por un acto de valentía: el ser “muy macho”. El contagio dependerá del calado de su masculinidad y hombría. Hombres que en plena contingencia sanitaria desfilan sobre la avenida Tlalpan, en la Ciudad de México, solicitando servicios a las trabajadoras sexuales. ¿Acaso el SARS-CoV-2 resucitará el prejuicio que se tenía en los primeros años del VIH, cuando estos “hombres valientes” sentenciaban: “¡Eso solo les pasa a los putos!”?

 

Ciudad de México, 29 de abril de 2020