Expediente

Pitfall. El rebrote

¿Por qué no se lo pregunté al cocodrilo?

No eran días fáciles. La sirena de las ambulancias era la única señal de que el enemigo silencioso no daba tregua. Por si fuera poco, apenas habían pasado las primeras semanas de la cuarentena cuando la primera tormenta tropical del año rompió la tubería de aguas negras y dejó a la vista las inmundicias que brotaban de las letrinas del vecindario. Los trabajadores de obras públicas llegaron a hacer una inspección, pero de momento no había nada que hacer. La lluvia no cesaba. Rodearon la hendidura con cintas amarillas asidas a unas ramas y se largaron.

Cuando las lluvias, días más tarde, comenzaron a moderarse, los vigilantes del residencial miraron entre la niebla pegajosa que algo se sacudía en el interior de la cárcava abierta a mitad de la calle. Se acercaron con sigilo blandiendo sus pistolas y los hachones de luz dejaron al descubierto sus ojos, quietos y vibrantes, y su hocico, amenazante, abierto en ángulo, mostrando hileras de afilados dientes.

Yo vivía en un pequeño cuadro de casas rodeado de un muro coronado con una cerca electrificada, a unas pocas cuadras del lugar donde, una vez pasó el temporal y se relajaron las medidas de confinamiento, el cocodrilo, con voz de predicador, respondía las preguntas de los vecinos. El animal no solo anticipó la fecha en que la pandemia tendría un rebrote (lo que en efecto ocurrió, con resultados catastróficos), y el mes en que se reanudarían los partidos de la liga de campeones, sino que también predijo quienes conseguirían un nuevo empleo o morirían por causa de la peste. A media tarde el saurio no atendía a nadie. Dormía entre fango y mierda. Algunos impacientes llegaron al extremo de arrojarle sus mascotas, a modo de ofrenda, algo que ahora podría considerarse monstruoso, pero hay que entender que aquellos fueron días de mucha incertidumbre.

Yo nunca fui a verlo, y ahora me arrepiento.

El día que se declaró la alerta mi mujer se encontraba en México en cosas de trabajo. La llamé en el mismo minuto para pedirle que cogiera un vuelo de regreso. No lo consiguió. Me dijo que los almacenes y los cines seguían abiertos, pero mucha gente comenzaba a encerrarse en sus casas. Por suerte, encontró un hostal barato en el centro, que incluía wifi, cama y ducha. El único inconveniente era que el servicio sanitario era compartido. Asearse en el mismo lugar donde los demás colocan sus detritos le preocupaba, pero no tenía opción.

Durante el primer mes del encierro hablábamos todas las noches. Ella, de las precauciones que tomaba cada vez que entraba al baño. Y del dinero. De mi parte, me preocupaba cuánto tiempo iba a pasar para que los taxis volvieran a circular, pues ese era mi trabajo. Ya se nos ocurrirá algo, Miguel. Ahora, lo más importante es la salud. Por nada del mundo dejes de tomarte tus pastillas, me decía.

Confiábamos en que todo se iría arreglando y ella volvería pronto a casa. A medida que pasaron las semanas fuimos perdiendo el entusiasmo. Aparte de la curva de contagios, que no paraba de subir, no teníamos mucho más que contarnos. Su cara desconsolada, con los audífonos pendiendo sobre el cuello, se volvió deprimente. Como se quejaba de que el wifi del hostal era malísimo, y estaba gastando de más comprando datos, decidimos llamarnos una o, a lo sumo, dos veces por semana.

La pequeña casa se me hizo grande. Mi rutina consistía en prepararme un plato con avena en la mañana; a media tarde prendía el Nissan y le daba acelerones para asegurar la carga de la batería. Comía cualquier cosa, a cualquier hora. Los rincones de la casa se fueron poblando de telarañas. Más que la torre de platos sucios, lo que me enfadaba era el polvo, que caía imperceptiblemente como una mancha, arruinándolo todo.

— Miguel, báñate. Rasúrate, al menos…

Yo vivía pegado al móvil, mirando las noticias. Todas malas. Nunca me imaginé que la papada me creciera con tanta rapidez. Las piernas comenzaron a hormiguearme. El tiempo que pasaba entre la hamaca y el sofá empezaba a cobrarme la factura, y… ella, en lo mismo:

— Cuídate. ¡Sube y baja las escaleras!

Cuando lograba coger señal, ella me enviaba publicaciones sobre yoga, meditación, salud alimenticia y ejercicios caseros de cardio, que no conquistaron mi atención, pero me llevaron directamente a las procelosas aguas de las páginas para adultos. Y conocí a Lili Bu.

Ella no era una de esas celebridades que cobran jugosas cantidades por desnudarse, pero la rondaban, como abejorros, veinte mil anhelantes seguidores, embrujados por su cuerpo potente y hermoso, como un mascarón de proa. Me convertí en uno de ellos. La mayoría éramos hombres, pero también abundaban chicas jugando a ser modelos, hadas madrinas del trabajo sexual y nudistas a secas.

Lili Bu tenía los brazos y el vientre cubiertos de vistosos tatuajes, como de trapecista. Usaba su pelo para esconder los cabos sonrosados que coronaban sus pechos, y con la sombra de sus muslos, esculpidos a fuerza de extenuantes rutinas, encubría el vértice de su sexo. Se retrataba en playas nudistas y en campos arbolados, entre almohadones de plumas y mullidas alfombras. Cada vez que publicaba una foto recibía decenas de mensajes que ella correspondía con un corazón verde. Su belleza, y sobre todo su desenfado (apenas usaba maquillaje, posaba con las gafas puestas y a veces sin peinarse), no solo convocaban admiradores. A los que la llamaban zorra les contestaba con una ortografía impecable: “P*ta, sí, pero no tuya”.

Como yo, y como todos, Lili Bu también intentaba ponerse a salvo de la peste. Sus fotos y videos más recientes tenían lugar en la cocina, frente al espejo del living y en la pequeña terraza de su apartamento con vista a la avenida 10 de Julio, en Santiago de Chile, con fondo de vacías torres de oficinas, perreando de una manera que yo, sentado en la taza del inodoro, con los pantalones en los tobillos, no podía dejar de mirar.

¿Que cómo supe que ella estaba en Santiago? Fácil. Para saber que vivía en Chile me bastó mirar los empaques de comida a domicilio —helado, donas, bollos, sushi, pizza— de su patrocinadores. No necesité mirar los picos nevados que rodean Santiago para adivinar que estaba en Santiago. Me fijé en los anuncios de neumáticos, gimnasios y ropa para damas que asoman en segundo plano, y ya. He contemplado desde el cielo el edificio donde vive, no en sueños, sino en Google Earth. Aunque hay cinco mil kilómetros en línea recta entre mi habitación y la suya, yo anhelaba llegar a su lado en sus horas más solitarias, cuando los teléfonos entran en modo avión, para cantarle: “Soy el loco loquito en tu sonrisa / Y doy todo porque dure una eternidad”.[1]

Mientras yo batía alas en los cielos del sur, el mundo se tornaba cada vez más surreal. Las imágenes de gente desplomándose sin vida en plena calle, como ocurrió en China al inicio de la peste, comenzaron a producirse en mi derredor. Para muchos, la imagen de un enorme pez remo avistado en el sector de Barra Salada fue una señal de mal augurio. La noticia de un bebé de facciones horrendas que nomás al salir del vientre de su madre dijo, con un acento parecido al de los habitantes del oriente del país, que lo más feo estaba por venir, convocó a una jornada nacional de oración.

Unos días después llegó Amanda, la tormenta tropical. Desde mi ventana, entre las nubes bajas, la cordillera se miraba como entre un velo de ceniza. Amanda derribó puentes, inundó poblados, sepultó personas bajo toneladas de lodo y abrió la grieta hedionda por donde brotó el cocodrilo. La noticia me produjo una enorme impresión y comencé a soñarme dentro de un juego de Atari, cogido de una liana, balanceándome sobre un foso donde un cocodrilo hambriento me miraba. Solo Lili Bu, sumergida en la tina, rodeada de velas, como una madona, conseguía que olvidara mis sinsabores. Tú no sabes lo que vales para mí, Lili Bu, le escribía. Muchos (miles, acaso) le dirían lo mismo. Y yo, como ellos, recibía agradecido el minúsculo corazón verde que ella colocaba en mi lengua, como una hostia.

La curva de contagios siguió subiendo, sin parar. Los muertos dejaron de ser un número y se convirtieron en personas conocidas. El cerco en torno a mí se iba cerrando. Por esos días anunciaron los primeros vuelos para traer a las personas que quedaron varadas en el extranjero por la cuarentena. La inminencia del retorno provocó un inesperado frenesí en mi mujer. Comenzó a llamarme a diario. Entonces, se me ocurrió salir a buscar al cocodrilo y preguntarle si, como se dice, al final del túnel existe una luz. Pero ya era tarde. Un túmulo de grava y arena era el único rastro que quedaba de la rajadura.

Unas horas antes de que abordara su avión, hablé con mi mujer. Con los ojos llorosos y los audífonos en los oídos, murmuró:

— Estás mal, Miguel.

Yo estaba mejor que nunca.

— Mírate la pinta. ¡Estás en los puros huesos…!

Le conté sobre la aparición del cocodrilo en la esquina de la casa de las señoras Bondanza.

— ¿Has tomado tus pastillas?

Ante su insistencia, no tuve más remedio. Comencé por decirle:

— Querida… He conocido a alguien.

 

San Salvador, El Salvador

 

[1] Canción de PJ Sin Suela y Jorge Drexler.

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa