Expediente

Por qué no puedo leer o cómo me miro por dentro

Estoy triste y estoy solo. Tengo tres novelas de Édouard Louis a mi lado, en la cama (también mis lentes y el control de la televisión, que casi no prendo más que para ver esas ya extrañas conferencias vespertinas de salud). Solo he podido abrir y comenzar a leer Historia de la violencia. Avancé hasta el tercer capítulo y ya no pude (o ya no quise) leer más. Me aterró la voz autobiográfica del narrador, su susurro, el dolor contenido pero vertido de alguna forma en la historia, en sus titubeos, pausas. Pienso en esa historia como algo lejano a mi vida, ajeno, pero no es así. Pienso entonces en cómo la literatura ha modelado mi vida, la ha deformado, me ha afectado (el verbo “pensar” es un término que ya no quiero utilizar, pero veo que lo he empleado en dos ocasiones ya). Es quizás entonces en ese pequeño atisbo de lucidez cuando ya no quiero leer y cierro el libro; no quiero que la literatura me recuerde quién soy, dónde estoy y acaso apuntalar hacia dónde voy. Volteo a ver los otros dos títulos: Quién mató a mi padre y Para acabar con Eddy Bellegueule. Tengo ese deseo insano adquirido en mi paso por la licenciatura en Letras de quererlos abrir y devorar, pero no puedo (qué extraño, las dos novelas parecen ser tan mías…). Ayer tuve la primera sesión telefónica con mi terapeuta y le comenté estos puntos que francamente me preocupan. ¿Por qué no puedo leer? ¿Por qué tengo tanto miedo? Algunos amigos tienen historias de éxito durante este encierro: leen, reflexionan, escriben, comparten; no los envidio, solo trato de comprender de dónde procede mi parálisis y hasta cuándo voy a dejar de castigarme, hasta cuándo voy a dejar de tener miedo. Es algo difícil de calcular, pero ayer, durante la terapia, se removieron tantas cosas de mi vida que comprendí que ese miedo, ese dolor, esa tristeza, no se van a ir. Aquí están esos tres fantasmas, en la cama, acompañándome mientras escribo estas líneas que son ya una forma de desparalizarme. Supongo que no solo me pasa a mí y que en este discurrir de la escritura nos podemos encontrar, escuchar, susurrar, uno, varios. La escritura también salva.

 

Ciudad de México, 7 de abril de 2020