Expediente

Potencias de actuar confinado en India

Para tejer relaciones creativas a través de —y gracias a— la distancia, de una casa a otra, durante el confinamiento por el Covid-19, Trimukhi Platform (India) ha invitado a 37 artistas y escritore.a.s a trabajar junto.a.s en la composición de diez “cápsulas poéticas” y luego de ocho “video-poemas“. La dinámica ha sido simple y concreta: invite usted a un.a escritor.a encerrado.a en casa en algún lugar, ya sea en una ciudad o en una comunidad rural, a editar un texto poético; luego trabaje con actores y actrices, editores o editoras también encerrado.a.s en casa, en otro país, otro continente, en una lectura precisa del texto; luego envíe las grabaciones (en inglés, francés, bengalí, español o árabe) a un.a artista sonoro.a, también encerrado.a en casa, tal vez en otro continente, para que componga una pieza ruidosa o musical. Haga que toda.o.s interactúen compartiendo una diversidad de ideas y una multiplicidad de sugerencias. Finalmente, una vez lista, suba la pista a SoundCloud. Después repita la operación para realizar secuencias de video arte, involucrando a escultore.a.s, pintore.a.s, bailarine.a.s, actore.a.s y fotógrafo.a.s que aún estén encerrado.a.s en casa, que sea en Europa, Asia y/o en las Américas. Tome todas las imágenes que sean necesarias. Después de este arduo labor colectivo, suba las ocho obras audio-visuales a Instagram, YouTube, Facebook y, tanto con los ojos como con el oído, disfrute la serie desde su teléfono celular. En fin, ¡alégrese de estar en cuarentena!

 

(presentación de #HomemadeJoy en http://trimukhiplatform.org/esp/homemadejoy/)

 

 

Hay que empezar derrumbando lugares comunes. En India —el país donde radico desde 2008—, la cuarentena no implica forzosamente acercarse al infierno. Uno puede o bien tomar el confinamiento como una horrible calamidad o, bien, partiendo del carácter bastante inusual del dispositivo, buscar qué otras dinámicas vivas surgen de ahí. Eso dicho —ante todo para llamar la atención de la lectora o del lector—, lo cierto es que, a primera vista, muchos serían los puntos a favor de la primera actitud —la que consiste en deprimir—.

El encierro comienza un domingo, el 22 de marzo de 2020. Oficialmente se trata de un intento puntual, una especie de experimentación sin consecuencia. Anunciado el viernes, a los colegas indígenas con quienes estaba trabajando en Calcuta apenas les da tiempo de alcanzar el día sábado uno de los últimos trenes y regresar a su comunidad, ubicada a 220 kilómetros de la ciudad. Hubieran tenido que viajar más lejos, no hubieran encontrado cómo. Además, el lunes 23 por la mañana, el gobierno informa que este ensayo general se convierte, ahora sí, en cuarentena real y eso a partir de las seis de la tarde…

Ahí se ha hablado ampliamente de la terrible suerte que han corrido los “migrantes internos”, es decir los trabajadores del sector informal que llegan a las ciudades desde otro Estado del país y se emplean por unos meses cada año (cuando, en el pueblo, ni es temporada de siembra ni de cosecha) como albañiles, criadas, cocineros, hacedores de té, vendedores de cigarrillos, choferes de rickshaw o de taxi, etcétera.[1] Pese a la cuarentena, y a las distancias que cubrir (cientos de kilómetros), miles y miles de estos trabajadores —familias enteras a veces— intentaron regresar caminando, muchos sufriendo los asaltos y las vejaciones de la policía, varios muriendo de hambre o del paso de un tráiler que, en la autopista, de noche, los aplastaba, o bien de un tren de mercancía sobre una vía aparentemente desierta.

Pero, si bien es relevante para varias de las ciudades del subcontinente, este análisis lo es mucho menos cuando se trata del campo, donde residen los dos tercios de la población. En la comunidad indígena santal de Borotalpada, donde nuestra organización tiene su centro cultural, el confinamiento se ha convertido en un cálido y disfrutable momento. Como todos los aldeanos están presentes, pues no tienen posibilidad de emplearse afuera, y, por lo mismo, el dinero es un tema cancelado, cada uno tiene tiempo de ayudar, de forma gratuita, a sus vecinos, uno tras otro, a ampliar o reconstruir su casa. Ahí la cuarentena se vuelve la ocasión de reactivar una práctica ancestral de los indígenas santal, la del intercambio de días de trabajo de familia a familia.

Es decir, tampoco es absurdo intentar vislumbrar en esta cuarentena posibilidades creativas —posibilidades otras, concretadas de otra forma, y que, sin este dispositivo, no tendrían la ocasión de ver la luz—.

En cuanto inicia el confinamiento en Calcuta, me interrogo: ¿Qué logras hacer, no pese al dispositivo que te obliga a quedarte en casa, sino gracias a él? En realidad me lo pregunto enfocando no tanto un “yo” sino un “nosotros”: ¿Qué nosotros podemos tejer que no se tejería sin la cuarentena? Y de ahí: ¿Qué podemos nosotros levantar que no levantaríamos si no estuviéramos así? Para contestar, tenía dos opciones: hacerlo como filósofo o, bien, como artista. Escogí la segunda opción.

Me tardé cuatro días en eso, cuatro días durante los cuales el primer movimiento consistió, aprovechando el espacio que la situación dejaba vacío, en compartir arte —pues formo parte de los que creen que experimentar de manera sensible una obra de arte de calidad ayuda en sentirse vivo y por ende en repensar su entorno—. Pero en vez del tradicional documental que solemos poner en línea en este periodo del año recopilando momentos de la Noche de teatro recién ocurrida, optamos por difundir en versión integral una pieza de videoarte (Deserted) y otra de arte sonoro (Alinja Sadé). Correspondían más a lo que uno como vidente y oyente alcanzaría apreciar directamente en la web: obras que desde su casa uno lograría disfrutar plenamente sólo con bocinas y pantalla, sean las de su computadora o de su teléfono celular.

Enviadas las newsletters en inglés, francés y español, colocados los posts en Facebook, Twitter, YouTube e Instagram, ¿qué hacer después?, ¿cómo jugar realmente con lo que está pasando, compartiendo no piezas producidas recientemente sino fabricadas ahora, durante y desde el confinamiento? Y ¿cómo hacerlo entre varios? Por cierto, somos un equipo. El comité de Trimukhi Platform cuenta este año con ocho artistas: seis (una actriz, dos bailarines, un artista visual, un artista sonoro y un fotógrafo-videasta) confinados en Borotalpada y dos (mi compañera, productora de arte, y yo, director de escena) en Calcuta. Los ocho estamos listos para hacer algo y, de preferencia, algo que nunca hubiéramos hecho antes. Pero, ¿de qué manera involucrar a otros? Pues, dado el contexto peculiar en el que nos encontramos, emprender una aventura artística en casa, aunque fuera con el apoyo de un colectivo de personas cercanas, activas, inventivas y competentes, no basta: hace falta que otros, otros otros, lejanos, manifiesten a su vez un firme deseo de participar. La misma cuarentena llama y requiere eso: ponerse en relación desde lejos, tejer vínculos a través de la distancia; lo contrario a padecer el aislamiento y el distanciamiento. Algo de una “solidaridad obligatoria” (Philippe Ollé-Laprune) se percibe en los vientos que soplan estos días, un llamado que, si se oye y atiende, sin duda brindará alegría.

Dado que tener un “proyecto” implica tener una meta preestablecida, lo que no permite que haya colectivo, no ideé “proyecto” alguno, sino que probé poner en marcha una dinámica que despertara flujos de intensidad. Lo hice tanteando. Tenía guardadas grabaciones de una lecturas realizadas con el poeta estadunidense Charles Bernstein. Traté de añadirles sonidos y ritmos. El primer esbozo no era gran cosa… Sin embargo lo envié a Charles, preguntándole si estaría de acuerdo en que se difundiera una pieza de arte sonoro de esta naturaleza y estilo, con su texto. Era el 26 o el 27 de marzo. Era de noche en Calcuta, de madrugada en Brooklyn. Una hora y diecisiete minutos después, llegaba la respuesta: “sí”. Charles se subía al barco, estaba con nosotros en esta aventura. Fue este “sí” el que dio la fuerza suficiente para arrancar.

Envié correos electrónicos y mensajes a artistas sonoros, escritores, actores, editores, bailarines, escultores, pintores confinados en Asia, Europa y las Américas. Los invitaba, pero insistiendo en que se trataba de un juego, al menos en tres aspectos: se jugaba sólo si se quería jugar (nadie tenía porqué sentirse obligado a participar, ni yo decepcionado si alguien no respondía), se jugaba con la condición de disfrutar el juego mismo (se insistió desde el inicio en la importancia de la alegría) y únicamente mientras el jugador estaba en cuarentena (cuando empezó el desconfinamiento en Roma, Matthieu Mével, que allí radica, no podía participar más, mientras Maïa Nicolas, en Boston, o Abhirupa Haldar, en Calcuta, continuaban grabando y rodando).

Era un juego y también era una labor artística, con lo que eso implica de exigencias, de intentos fallidos, de tiempos perdidos. Nos ha tocado grabar docenas de lecturas del mismo párrafo con diferentes lectores en diferentes países y diferentes zonas horarias, discutiendo y explorando opciones, volviendo a grabarlos para que hubiera de donde escoger cuando iniciara la composición sonora. O era el artista sonoro quien lo pedía. Lo mismo ocurrió cuando editamos los videos: se requerían más tomas, distintas secuencias, unas maneras diferentes de estar frente a la cámara o sencillamente otros ángulos. Es que, mientras trabajábamos, habíamos descubierto que unas texturas y ritmos de voces funcionaban con un cierto tipo de escritura y no con otros, una calidad de presencias en la imagen con una composición sonora pero no con otras, sin que fuera posible predecir nada de antemano: siempre había que ir probando. Se enviaban esbozos de composición que comentábamos casi de inmediato entre varios, desde distintos continentes, día y noche revueltos, amanecía aquí cuando oscurecía allá —o viceversa— y enseguida, sin irse a dormir ni a desayunar, unos y otros volvían a su composición, sus grabaciones, sus tomas.

Recortamos textos por lo mismo. El escuchar tal línea —una experiencia distinta a la de leerla— restaba contundencia a la escucha de las otras líneas. Estaba además la dimensión meramente sonora, musical ya que se leían los textos en inglés, francés, bengalí, árabe o español y el oyente no iba a entender todos los idiomas.[2] Por lo mismo todavía, renunciamos a publicar capsulas poéticas y video-poemas: carecían de consistencia y singularidad. Son series, por ende cada composición, si bien se disfruta cuando se toma por separado, se aprecia aún más cuando se aprehende dentro del conjunto. La singularidad de cada pieza sale enriquecida por la multiplicidad que caracteriza el ensamble. Transitar por la serie de cápsulas poéticas o por la de los video-poemas, escuchar o verla de la primera a la última secuencia, es emprender un viaje por un mundo de diversidades.

Diversidades que son también las de los artistas participantes: diversidad de procedencias (Nueva York en Estados Unidos/Borotalpada en India; una ciudad-monstruo como la de México/un pueblecito tranquilo y campestre como el de Rocallaura en Cataluña), diversidad de edades (un poeta de setenta años/un bailarín de diecisiete), diversidad de ocupaciones (un profesor emérito de una universidad famosa/una bachillera de una preparatoria olvidada, un artista sonoro/un campesino), diversidad de prácticas cotidianas (una ingeniera en informática hiperconectada/un músico improvisador feliz de quedarse lejos de computadoras y medios “sociales”). La dinámica permitió que se tejieran relaciones entre estas diferencias dentro de —y gracias a— la distancia. Tuvimos, el escritor bengalí Amit Chaudhuri, el artista sonoro mexicano Andrés Solís y un servidor, conversaciones vía Zoom y WhatsApp para descubrir juntos cuál sería la forma más eficaz artísticamente hablando de agenciar sonidos, ritmos y voces en la sexta cápsula. Amit y Andrés terminaron intercambiando grabaciones y ediciones un minuto tras otro hasta conseguir una versión plenamente satisfactoria. Un frenesí tal nunca hubiera ocurrido sin la cuarentena[3].

Vincular un artista con otro ayudó, además, a que todos sintieran que ninguna de las etapas del proceso tenía más importancia que otra. Al comienzo no faltó alguno que otro “Autor” o “Músico” o incluso “Actor” (que este leyera o hiciera alguna acción ante la cámara) que supusiera que su aportación era el punto central alrededor del cual todo se organizaba jerárquicamente. En Trimukhi Platform lo sabemos, porque así operamos desde hace doce años, pero ahí fue sano que los que todavía no tenían idea de ello, lo descubrieran y lo practicaran a su vez: la verticalidad no sirve; todo está a la par, dispuesto horizontalmente y ofrecido al oyente-vidente tal y como se ofrecen al comensal guisos dispuestos en un amplio plato para que los saboree.

Ya lo dije: no había un plan que le antecediera. El juego se construyó jugándose. Por ejemplo, la posibilidad de una continuación videastica que valiera la pena, en un formato que aún nunca habíamos usado, el IGTV (que se presta para ser visto desde el teléfono celular) apareció en el camino. Otro ejemplo, muchas de las invitaciones a participar, se lanzaron, por mí o por otros, de poquito a poquito, a medida que llegaban las intuiciones, como eco a lo ya hecho juntos y en respuesta lo que este ya hecho demandaba para extender y enriquecerse.

Me gusta decir que el gesto artístico consiste, hoy en día, en agenciar diferencias, en combinar elementos distintos. Pasa cuando, en la comunidad indígena de Borotalpada, con todo el equipo de Trimukhi Platform, ensayamos un nuevo espectáculo o cuando discutimos en detalle el programa de una Noche de teatro. Pasa ahora con las series de capsulas poéticas y de video-poemas: son combinaciones de elementos diferentes que a su vez son combinaciones de elementos diferentes.

El término “elemento” tiene el gran mérito de ser vago. Designa tanto un lago como una mesa (en La Vida en el agua), los actores que están en él (el lago) y encima de ella (la mesa), los movimientos que ellos (los actores) ejecutan —correr o verterse agua sobre la cabeza (en Essay on Seasonal Variation in Santhal Society)—, una vaca que atraviesa el patio de un casa de adobe, la fachada de esa o una proyección de video sobre ella (en Homemade Theatre), una serie de palabras que uno escucha sin necesariamente comprenderlas (en Bachchader Experimentum) o el ritmo de unas percusiones y campanas (en Monsoon Night Dream). La noción de elemento tiene esta ventaja, diría Bruno Latour (y hubieran dicho Deleuze y Guattari e incluso Spinoza) que permite respetar y sentir las “potencias de actuar” [en francés: les puissances d’agir]; “potencias de actuar” que operan, de manera distinta sin duda, pero que sí operan en cada una de estas entidades: que se trate de la grava en una cantera de piedra roja, de picos y palillos (en Cooking Stone), de unos árboles, del brillo de la luna o de una bombilla cubierta con un placa de zinc colocada en una recipiente de barro o bien de una bailarina que cae repentinamente al suelo (en At the Begining of Spring War Was Over).

Estas ocho semanas de intensa labor entre 37 personas confinadas en tres continentes diferentes, ocho países, doce ciudades y cinco pueblos rurales[i] me hicieron comprender que sería interesante hablar de haceres. Juntos combinamos haceres, agenciamos el hacer sonidos (musicalizares o sonorizares) con el hacer las voces (hablares) con el hacer las escrituras (esribires) con el hacer las imágenes (rodares y montares). De hecho, si diríamos que hacer arte tiene que ver con hacer con haceres, estaríamos muy cerca de la etimología de la palabra “poesía” —poiesis derivando del griego antiguo ποιεῖν [poieîn], que significa “hacer”—. Habría quizás que insistir sobre la gran diversidad de estos haceres y sobre la imperiosa necesidad de que haya esta gran diversidad.

Descubrir esto, experimentarlo con tanta intensidad fue, para mí, una bocanada de encanto. Tan lindo como para esperar que haya más seguido fallas y quiebres en la “normalidad” de nuestro mundo enfermo…

Y ahora, estimada lectora, estimado lector… si quiere usted deleitar sus oídos y alegrar sus ojos con un puro producto del confinamiento, déle click a http://trimukhiplatform.org/esp/homemadejoy/

 

Calcuta, India

 

 

 

[1] Véase: Arundhati Roy, “La pandemia es un portal”, La Jornada, 13 de abril 2020, <https://www.jornada.com.mx/ultimas/mundo/2020/04/13/la-pandemia-es-un-portal-9285.html>.

[2] Por ejemplo, el poema del palestino Tarik Hamadan está originalmente escrito en árabe. Aunque, salvo el mismo Tarik, ninguno de nosotros entiende el idioma, integramos una lectura en árabe. Lo que importa no es transmitir un mensaje sino crear una plataforma desde la cual, a través de una diversidad de palabras, idiomas, texturas vocales, sonidos y ritmos, el oyente tenga una experiencia artística más rica : una experiencia que lo lleve a algo más profundo en términos tanto de sensación como de pensamiento.

[3] Están confinados en India, Calcuta: Sukla Bar, Amit Chaudhuri, un servidor, Abhirupa Haldar, Koyel Karmakar, Anjum Katyal, Shreya Mallick, Swastika Mukherjee; Borotalpada: Sumita Besra, Dhananjoy Hansda, Joba Hansda, Ramjit Hansda, Sukul Hansda, Surojmoni Hansda; confinados en Francia, París: Joseph Danan; Burdeos: Pierre Katuszewski; Estrasburgo: Philippe Manoury; Trappes: Nicolas Sanhes; Merhes; Jacques Di Donato; Lamativie: Émilie Leconte; confinados en Canadá, Montreal: Gabrielle Couillard, Chantal Dumas, André Éric Létourneau; Dorval: Mario Gauthier; Saint Alphone Rodriguez: Michel Desrochers; confinados en Estados Unidos, Nueva York: Charles Bernstein, Antoine Jockey; Boston: Maïa Nicolas; confinados en la Ciudad de México: Sandra Milena Gomez, Jean-Luc Lacarrière, Philippe Ollé-Laprune, Andrés Solís; Guadalajara: Luis Vicente de Aguinaga; Valle de Bravo: Rogelio Sosa; confinada en España, Rocallaura: Yazel Parra Nahmens; confinado en Italia, Roma: Matthieu Mével; confinada en Bélgica, Bruselas: Ikue Nakagawa. En los video-poemas 2 y 10, se sumaron también una paloma blanca y un artiodáctilo con pezuña hendida.

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa