Expediente

Resistir

Cuando un cadáver es roído por los gusanos, ya no nos importa el cadáver. Estamos obnubilados por los gusanos.

Sin embargo, no sirve de nada.

En la terrible historia de esta pandemia real que incendió el mundo y puso de rodillas las esperanzas de un mundo mejor, observamos mucho a los gusanos. Al mismo tiempo, eso nos hizo olvidarnos de las guerras, las masacres de los hombres y de la naturaleza, la contaminación, la corrupción.

Al mirar los gusanos nos asustamos.

Hay dos clases de miedo:

. el miedo cara a cara. Estoy frente a un enemigo que tiene un puñal y tengo un arma de fuego. Lo veo, se le da bien ser un monstruo, cubierto con una máscara o una armadura o una piel de león, lo veo. ¿Quién atacará primero? ¿Quién vencerá? Es el miedo al enfrentamiento.

Es humano.

. el miedo pánico. Estoy en un bosque. No veo a nadie pero escucho ruidos de follaje, murmullos, crujidos. ¿Cuál es el enemigo? ¿De qué color es? ¿Cuál es su nombre? No tengo ni idea de su fuerza.

Es inhumano.

Este segundo miedo es el que vivimos y según los sabios y los “informados” es el que vamos a vivir por mucho tiempo.

Este miedo nos agarra de las tripas, asfixia en todos los sentidos del término. Y, sobre todo, nos impide pensar, es decir, ser.

Es un miedo del que hay que desconfiar porque acompaña al mal e incluso puede superarlo.

Hay que razonarlo. Es decir, “levantarlo”.

Por un lado, existe el miedo “normal”, el que está cara a cara con la muerte (puñal y pistola). Por el otro, el miedo “anormal”, enfermizo, atroz. Ciego.

Es el que Luis XIV, el rey Sol, tuvo la genial idea de inocular en el siglo XVIII en Francia. Versalles no podía dejar que todos los días aumentaran, más amenazantes, la cantidad y la fuerza de los protestantes en las Cevenas. Entonces, el Palacio Real decía que había que desconfiar, protegerse de un Lobo que diezmaba los rebaños y se comía a los habitantes. El pueblo no tenía que matarlo. ¡Eso era asunto de los soldados Dragones y del Gran Jefe de Loberos!

Sin duda, un lobo hambriento merodeaba, existía, como de costumbre y desde tiempos inmemoriales. No era más grande, ni menos feroz sino aquel del que se conocían más o menos el tamaño, casi el peso y el poder. Alguien, algunos lo habían visto.

Ahora sabemos que esta Bestia era una herramienta política genial para aterrorizar a la población.

Hoy en día el coronavirus efectivamente existe. Es mucho más terrible que el lobo, que escuchamos y que vemos. Las instituciones, los especialistas, los sabios, el pueblo… lo confrontan, pero el pánico, la psicosis, el miedo que se instalan y perduran son de otra naturaleza, lo desvían y lo desnaturalizan.

Hoy en día la epidemia provoca una masacre y un amasijo de escombros, pero su imagen es una ficción.

¿Hasta cuándo vamos a usar el cubrebocas? ¿Hasta cuándo vamos a poder besarnos?

Esta pandemia se va a instalar por mucho tiempo, tal vez para siempre. Para protegernos del sida usamos un preservativo, cuando haya un riesgo de reincidencia del coronavirus, nos pondremos cubrebocas. Tomemos nota.

Pero hay que deshacerse del infantilismo. La cooperación, la solidaridad no tienen nada que ver con la caridad ni con la asistencia. Sabemos lavarnos las manos o si no, es una falta de educación. ¿Quién de entre nosotros, cuando nos invitan a casa de unos amigos, no pregunta dónde está el baño para lavarse las manos antes de pasar a la mesa? Si no lo hacemos es porque somos irresponsables o porque, sin duda alguna, tenemos las manos limpias. Hasta cuándo nos van a obligar a cambiar y lavar todos los días nuestra ropa porque nos lo machacan… etcétera.

La solidaridad y la cooperación obviamente valen para los que no tienen agua, para los y las que nunca han podido o aprendido a lavarse las manos y que nunca han escuchado hablar de un virus.

Quién nos explicará que en estos días vemos en la televisión grandes mítines políticos, grandes manifestaciones por tal o cual causa, tanto exteriores como interiores cuando los espacios culturales siguen cerrados. Algunos podrían abrirse con la condición de que respeten algunas reglas de higiene y de distanciamiento.

El distanciamiento social, esta terminología nos asusta. Si bien hay algo que no puede funcionar a “distancia” es lo social. La Rēs publica es algo de la ciudad, es decir, deseemos el bien social. ¿Y ahora nos explican que esa res debería poner distancia entre los ciudadanos?

¿Este distanciamiento que nadie encontró eficaz —lo es, en efecto, por un tiempo— debería erigirse como Ley cada vez que se esté en peligro?

Gilles Deleuze escribía: “la producción deseosa no es otra cosa más que la producción social”. Dicho de otra forma este “distanciamiento” impuesto a la larga entra en contradicción con el deseo y asfixia la producción.

Sabemos que ciertos regímenes políticos mantienen a la población en sus casas con el pretexto de que el virus enemigo está en vela y puede morder. ¿Qué arma sociopolítica se adapta mejor y es más imparable?

¿Sacaremos algo positivo de esta pandemia que nadie duda en llamar genocidio, lo cual nos parece incorrecto a menos que podamos probar que un grupo deliberadamente decidió exterminar a millones de individuos?

Los Estados Unidos y los grandes países industrializados (veamos las decisiones inmediatas y valientes de Alemania) van a recuperarse más o menos rápido de este terrible sismo.

Los que no van recuperarse son aquellos a los que el neoliberalismo, desde hace mucho tiempo, consagró a la miseria e incluso al oprobio. Aquellos a los que la guerra llama la carne de cañón.

A este respecto, para retomar nuestra imagen del miedo en el bosque, esta epidemia no tiene nada que ver con la guerra. No estamos en guerra. No vemos y no podremos ver el enemigo. Nosotros, no veremos nada. No somos ciegos. Algunos querrían que lo fuéramos definitivamente.

Creer que este periodo puede llevarnos a un mundo nuevo como por un movimiento de varita mágica es una mentira y una sandez.

Nos basta con mirar durante estos días la prensa europea y norteamericana, los discursos de los grandes empresarios que trabajan acumulando riquezas para ser todavía más fuertes y ricos.

El desempleo aumenta y el voluntariado florece.

Lo único que puede precisamente evitarnos la guerra es la gobernanza controlada por el ciudadano.

Este virus, esta Bestia invisible, impalpable, este tiempo de encierro y de reflexión puede ayudarnos, por así decirlo, a construir ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, campo por campo, empresa por empresa, escuela por escuela, casa por casa, la práctica de esa gobernanza.

Para este fin, Gilles Deleuze y Félix Guattari, quienes no conocieron el coronavirus, dicen que definitivamente hay que forjar “una nueva imagen del pensamiento”.

Una tarea colosal, pero apasionante.

“¡INDIGNAOS!”, escribió Stéphane Hessel…

Hessel fue un gran miembro de la resistencia.

 

Resistamos.

 

 

La Habana, Cuba

Traducción del francés de Adriana Romero-Nieto

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa