Expediente

Todo es según el cristal con que se mira

1.

Doceavo día de encierro: releo Los persas de Esquilo, novelas policiacas de Simenon y A la sombra de las muchachas en flor de Proust: combinación explosiva.

En la radio anuncian que “Seis monjas carmelitas rompieron su clausura para instalarse en un asilo de ancianos en el pueblo italiano de Castel del Monte y atender a los enfermos”.

Me asomo a la ventana para contemplar el vacío en este nuevo día eterno de cuarentena, el número trece, abajo dos pajaritos, un autobús repleto de gente, dos taxis con su conductor, una moto en la que va montada una pareja vestida de negro con casco y barbijo, tres bicicletas y algunos transeúntes desbalagados, una anciana con delantal y trenzas caminando en medio de la calle.

Me baño muy lentamente con agua muy caliente, me seco con una toalla recién lavada, me pongo crema cuidando de esparcirla por todo el cuerpo, me visto con ropa de calle, aretes y un collar, abrocho el reloj en la muñeca izquierda, dos anillos en mis dedos deformados por la artrosis, escojo un par de zapatos de entre los muchos que he acumulado a lo largo de los años y me digo a medida que los calzo: tantos zapatos para tan pocos pies, me rehago el rostro, delineo mis cejas con un lápiz café oscuro, me pongo pintura en los labios (rouge baiser) y sombra gris claro en los ojos para que cuando me mire en el espejo no me repela mi imagen.

En España ya van cerca de diez mil fallecidos.

Regreso a mis labores, son las diez de la mañana, a esta hora siempre escribo. Me siento frente a la computadora y empiezo a redactar este texto.

Sigo mirando a diario por la ventana: cinco coches, ni siquiera pájaros, tampoco ardillas: antes abundaban, solo una mariposa, solita, amarilla, pequeña.

Me lavo por nonágesima vez las manos con abundante espuma, empieza a agrietárseme la piel.

Hago mis treinta minutos ¿diarios? de ejercicio; camino de un lado a otro por la terraza y pongo música de Liszt y Bach, la oigo intermitente mientras entro y salgo de la pieza para completar el tiempo de caminata y releer luego Los persas de Esquilo.

En el templo de San Caralampio en Comitán se organizó una procesión para atajar la epidemia.

Me interrumpen de repente, abajo, afuera, y protegida por mi balcón enrejado como si fuera monja de clausura, me vienen a visitar Inés y Mario. Guardan la sana y conveniente distancia. Mario lleva una máscara de diseñador. Inés, una máscara normal y anteojos oscuros. Me traen de regalo, dicen, una hogaza de pan, dicen (me gusta la palabra hogaza para designar una barra de pan, una baguette recién horneada). Correspondo, corto un humilde ramito de flores cortadas en mi jardín y se los doy.

Me impresiona la importancia que Esquilo le otorga al suntuoso ropaje que Jerjes desgarra y hace jirones, al reconocer que ha sido derrotado en la batalla de Salamina.

La expresión de un duelo, patrimonio de la tragedia, estaba prohibida en el Ágora.

Dicen que en Guayaquil, Ecuador, se han multiplicado los cuerpos de quienes mueren por el coronavirus, yacen desparramados sus cuerpos por las calles, y sus familiares esperan durante horas enteras a que se recojan sus cadáveres: hasta hoy, 2 de abril, se contaban noventa y ocho fallecidos en todo el país.

Me consuela recordar que, después de la bomba atómica, en Hiroshima nació una flor.

 

 

2.

Dos médicos chinos, sobrevivientes de Covid-19, han mostrado un cambio en la coloración de su piel, tras haber estado resguardados en un hospital central de Wuhan, mientras que varios doctores avisan que algunos de los pacientes infectados tienden a desarrollar coágulos sanguíneos que amenazan el corazón y los pulmones: recobrarse quizá no signifique inmunidad.

“Apago el respirador y ayudo a los pacientes a morir en paz”, cuenta una enfermera de cuidados intensivos.

Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud, señaló que en México existe una sobre oferta de alimentos industrializados de muy bajo nivel nutricional y alto valor calórico. La obesidad y la diabetes “pesan” sobre los mexicanos y los hace más vulnerables al Covid-19:

Hay quien dice que lo que más miedo provoca de los efectos de la pandemia es lo fácil que la gente renuncia a la libertad.

Para poder brindar atención a una mayor cantidad de personas contagiadas por el #coronavirus #COVID19, y previendo la saturación de instituciones de atención médica, se habilitó un hospital temporal en el CentroCitiBanamex, en la CDMX.

“Negocio a cualquier precio”: el miedo a quedarse sin trabajo es lo que empuja a setenta mil empleados de Ricardo B Salinas, el segundo hombre más rico de México, a acudir a sus puestos.

Un amigo me dice que echarle al virus la culpa de lo que está pasando es como echarle la culpa al uranio de que Truman haya lanzado la bomba atómica sobre Hiroshima.

Una filtración masiva de datos ha dado pie a una teoría conspirativa que vincula al magnate Bill Gates con el origen del Covid-19.

De “lo tenemos controlado” a “habrá muchos muertos”: la cuarentena mental de  Donald Trump.

Richard Baldwin, profesor de economía internacional en Ginebra, explica cómo se puede aplanar la curva de contagio y la curva de recesión económica para mitigar los efectos devastadores de la pandemia.

La cuarentena, en cambio, minimiza las cazas furtivas y el comercio ilegal de animales, las playas de Tailandia amanecen repletas de huevos de tortugas, reaparecen las abejas y los lobos grises en vías de extinción, mientras que en la India puede contemplarse de nuevo el Himalaya y los mares de Acapulco recobran su color azul, por las calles de una ciudad de Colombia se han visto monos aulladores y cocodrilos en las calles de Oaxaca, al tiempo de que algunos científicos aseguran que los océanos se recobrarán en los próximos treinta años.

Entre tantas historias de animales salvajes que incursionan en las ciudades desiertas del confinamiento, de pronto hay cuatro tigres y tres leones infectados de coronavirus en un zoológico.

En la cuarentena todos pensamos escribir una nueva obra maestra para aplanar la curva y a mí, de tanto lavarme las manos, ya me sangran.

La OMS advirtió que el mundo está lejos de controlar el coronavirus y que este permanecerá vigente durante largo tiempo.

Durante el encierro leo a Esquilo.

Una noticia me llama la atención: nuevos estudios comprueban que los pájaros capaces de cambiar sus conductas tienen mucho menos probabilidades de extinguirse que los reacios a los cambios.

Ya lo había dicho Proust: el amor es como un virus.

 

 

3.

¿Qué se puede decir o hacer en el encierro que no se repita todos los días en las redes sociales y en las conversaciones diarias? ¿Decir que me asomé a la ventana y vi dos pajaritos y un coche? ¿Que me lavé los dientes tres veces en la mañana y una en la noche; que subo y bajo de manera incesante las escaleras o camino, por lo menos media hora diariamente, alrededor de mi mesa para mantenerme en forma y regular mis movimientos intestinales; que me visto como si fuera a salir a una fiesta y me pongo aretes y me reconstruyo la cara, sobre todo mis canosas cejas; que estoy leyendo mucha literatura de contagio o de confinamiento o destrucción (Casanova, Defoe, Bellatin, Sebald, Poe, Perec, Camus, Justo Sierra, Gamboa, Calderón, Henry Dana, Melville, sor Juana y la monja de Ágreda, Emily Dickinson…)? O ¿decir que el encierro te permite reencontrarte contigo mismo; que no releo El amor en los tiempos del cólera, pero recuerdo que mi padre, cuando querría decir algo fuerte, como una maldición, gritaba jolera, que en ruso significa cólera; que cuando estudiaba en la preparatoria número 1 (la única que había entonces en la Ciudad de México), mi maestro de literatura universal, don Erasmo Castellanos Quinto, hombre de estatura mediana y larguísima barba blanca, hombros ensanchados por las hombreras rellenas de guata que usaba para parecerse a Ayax, el héroe griego de la Ilíada al que más admiraba, explicaba la epopeya y me llamaba Ifigenia, la jovencita sacrificada en el altar de los dioses para que pudiese continuar la guerra de Troya, y que ahora revivo al releer Agamenón, la tragedia de Esquilo, mientras comparto un colectivo sobre tragedia griega, organizado por el escritor argentino Pablo Maurette; que no se sabe aún cuáles efectos definitivos tendrá el Covid-19; decir que si la inmunidad de rebaño, que si perder la humanidad para conseguir la inmunidad colectiva produciría asimismo otra realidad, la de una ambigua salvación, carecer del albedrío y de la conciencia? ¿Que si las vacunas están a punto de encontrarse, que no, que en realidad se han descubierto anticuerpos y que las vacunas se llaman así porque su nombre proviene de la palabra vaca; que los mataderos hoy en Chicago, y en México, y en muchas otras ciudades se parecen a los que describía Justo Sierra a principios del siglo XX, en su viaje por los Estados Unidos; que en un motín en una cárcel de El Salvador hubo una matanza y un miembro de una de las pandillas enemigas le abrió la cabeza a otro de los presos con una piedra y le comenzó a comer los sesos en medio del pasillo y que, horas más tarde, los charcos de sangre todavía salpicaban los pasillos de la prisión; que las cárceles son lugares de confinamiento y de contagio; que el presidente Bukele trata a los maras como si fuesen ganado; que en Turquía las autoridades encontraron en un aeropuerto un cargo ilegal de setenta y nueve mil máscaras quirúrgicas dentro de fundas de almohadas; que el insólito agujero de ozono en el Ártico comienza a cerrarse debido a las condiciones meteorológicas; que todos y todas somos genios fallidos; que el debate nacional es un juego de ping pong; que por más agua que le echo a mi narciso, no se apaga su fuego; que el superlativo y el maniqueísmo son las solas formas (furias: corrige el corrector) para debatir la situación actual del país y del mundo; que ha surgido otra pandemia con consecuencias nefastas: el zoomismo, además de la pandemia de desapariciones de niños, niñas y jóvenes; que la violencia intrafamiliar ha crecido exponencialmente durante el encierro; que el cuerpo se vuelve holograma; que me asomo y repito: espejito, espejito, para ver si ya no me sale la cara de madrastra; que una familia de impresores en Sri Lanka tuvo una idea conciliadora, revolucionaria, inédita y ecológica: elaborar papel con los excrementos de elefante y de paso tender un puente en el eterno conflicto entre agricultores y paquidermos por la tierra; que las parejas fratricidas abundan en los mitos y la tragedia griega, y que todo se queda en familia; que gracias a un estricto y temprano confinamiento, Grecia ha logrado que el número de muertes sea increíblemente bajo, cosa que también ha sucedido en Islandia, Finlandia y Nueva Zelanda, donde quienes gobiernan son mujeres; que Brasil se perfila como el próximo epicentro mundial de la pandemia, que ahora está en los Estados Unidos; que en este texto he reiterado la estrategia narrativa que me sirvió para escribir mi libro Y por mirarlo todo, nada veía, y que, finalmente, por ahora, en Wuhan y Corea del Sur, en España, ha habido nuevos brotes de Covid-19 desde que se trató de volver a la “normalidad”?

 

 

Ciudad de México, México

 

 

 

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa