Expediente

Una Solaria: verde y azul

¿Cómo puedo amar la grandeza del mundo si no puedo amar el tamaño de mi naturaleza?

Clarice Lispector

 

Solaria era un mundo de individuos aislados que habían renunciado a la tribu. La primera sensación que sentí fue de encierro y de ausencia de vacío: “No puedo dejar la Tierra —pensé—, pero ya era tarde. La Tierra superpoblada, inestable… en cien años llegaremos a ser un peligro y los demás planetas no soportarán nuestra supervivencia”. Algo así, dijo el protagonista de El sol desnudo (The Naked Sun), novela de Isaac Asimov publicada por la editorial Cocuyo hace años en Cuba.

No he sido una asidua lectora de la ciencia ficción, pero estos días de encierro que se han convertido en meses, he retomado aquellas películas que veíamos como catástrofes improbables y lecturas que, como esta —que un amigo me recordó durante una conversación telefónica, enviándome el audio libro después—, giran alrededor de temas que se han convertido en realidad. Es muy difícil aceptar ese realismo de la narración, pero lo que nos pareció en otro tiempo parte de nuestras “fantasías” a través del mismo, se ha convertido en acontecimientos que ahora, nos rigen.

En Solaria no existe la policía y no existe el delito, no obstante, ocurre un asesinato, por eso buscan —detective y robots—, quién fue el culpable: los robots tienen leyes que les impiden matar y los terrícolas, bueno, los terrícolas ya sabemos lo que hacen. Pero, desde sus primeros capítulos, sentimos cómo se estrechan las mallas en torno a sus habitantes cuando ya no se comunican entre sí, haciendo visualizaciones sin contacto físico —que en el siglo 47 donde acontece la historia—, nos hacen pensar en lo que vendrá para nosotros también. Mientras que el protagonista —que ha viajado al planeta para desentrañar aquel crimen— se pregunta: ¿cómo dominar la incomunicación y el pánico? ¿Cómo dominaremos la incomunicación y el pánico? —me pregunto—.

Él se pasea en su estancia —como paseo yo por la salita (como si fuera una nave), mirando los cambios de una primavera arrancada de cuajo, aunque la lluvia no deja de caer golpeando los cristales—. Pero, a diferencia de los dieciocho capítulos de una novela envejecida que nos trae un mensaje de futuridad, mi visualización no termina con esas páginas que escucho leídas por una voz mecánica. La visualización, se hace cada vez más intensa, y aunque no hay robots que cuiden de mí —como cuidaban de Baley durante su viaje a través de los subterráneos—, dentro de unos pocos años, así será. Porque, como bien dice Asimov: “[…] el descubrimiento hacia los robots es una enfermedad humana”. Y añado: las enfermedades humanas se convierten pronto en necesidades.

II

El campo visual se ha estrechado. No veo a los vecinos que parecerían jugar a los escondidos, y las bicicletas apoyadas en las paredes del edificio han quedado: “como criaturas mecánicas convertidas en chatarra” —robotizadas—, sin sus niños. Todos pasan rápido sin dejarme la posibilidad de observarlos desde la ventana. Nos saludamos si acaso, a la distancia, y las palabras se quedan en la garganta sin lanzarse. El aislamiento es total. Pero no empezó con la pandemia, no. Empezó, mucho antes, al convertirnos en seres virtuales: en robots de una pantalla.

Por eso, siento algo raro ante la palabra: libertad. O comencé a sentir una cosa diferente cuando abría cajas con fotos, álbumes, ponía viejos discos, y otro campo visual aparecía en medio de esa nada exterior, petrificada. Sobrevivió, la música —“de las estelas, y de las esferas”—, que había perdido: los conciertos, y los instrumentales, los tarareaba. Canciones de muchos años atrás, regresaron. Libros que ya había olvidado —como este—, formaron parte de una hilera nueva detrás de la cama. Aunque, mentalmente cansada con las piernas pesando por la falta de caminatas, cuando me lavo las manos para atacar al virus —tanto como Baley en su rumbo hacia Solaria— logro ver, la diferencia con aquellas criaturas de metal que lo acompañaron: aún, yo puedo restregar las mías, y sentir mi naturaleza humana en peligro.

A través de libros de historia y geografía que habían quedado en los anaqueles, busqué en los mapas: desiertos y mares; fondos marinos, basureros; ciudades con guerras y epidemias, aunque muchas se me escaparon: ¡eran tantas! Coloqué más piedras sobre una mesita conformando un círculo —alrededor, los millones de años que esas piedras esperaron para llegar hasta mí— y obtuve, una detención del tiempo que me permitiera, reencontrarme con las imágenes con las que había convivido, y pensar en aquellas con las que aún quisiera convivir: ver, oler, oír, y detener en el imaginario alguna vez; algún tiempo.

Desclasifiqué cosas en las que antes no me había fijado: como la cera y otros materiales opacados por la plasticidad y ligereza de la actualidad —a través de la relectura de Falenas y Fasmas de Georges Didi-Huberman; observé detalles en las pinturas de los catálogos que ya nunca abría, rozando con la yema sus texturas de oro en polvo—. Leí otra vez, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, y me sentí como ella acorralada en un mundo desconocido a través del espejo. Rostros y nombres de actores olvidados en las puestas, regresaban, porque el presente había adquirido otra escala de satisfacciones cuya dimensión, era todavía un misterio. Por eso, me alegró la retrospectiva que hice donde películas polacas, francesas, italianas, rusas, húngaras, volvieron: Bergman, Kurosawa, Wajda, Tarkovsky, Zsábo, Oliveira, Herzog…

En lugar de seguir como un caballo desbocado, asustada con los relámpagos del wifi en las madrugadas, conectándome con personas desconocidas en Facebook, sufriendo insomnio recurrente sin mirar más que al ordenador como un recluta de la pantalla, volteé la cabeza, y cambié la velocidad de mis pasos dentro de la casa. En verdad empecé a ser más lenta, muchísimo más lenta, a reconfortarme con los verdes cambiantes de las hojas de la enredadera que veía hacia el patio que no es un jardín —hasta inventar que lo fuera por miedo de no saber qué era tenerlo—, con mariposas anaranjadas sobrevolando esa flor cuyo reflejo se da solo un momento en mayo y después, nunca más; creyendo que la salvaría antes de que el verano la malograra luego, al ponerla en un vaso de cristal frente a la foto de mi madre —muerta en plena pandemia, de vejez—, lejos: en otra ciudad a donde no pude llegar.

Sé que no podré sustituir la peligrosa velocidad del afuera, bajando unas escaleras amarillas para regar plantas fustigadas por la arena del desierto que llega de la película: El cielo protector. O que tendré la visibilidad suficiente detrás de las cortinas para ver —no a los vecinos—, sino a Emily Dikinson, recogiendo hojas secas donde escribía poemas. No sé bien, si los recursos que acumulé durante la vida que elegí, serán suficientes para resistir, día tras día, el encierro y el duelo. Pero, puse pausa —en ese lugar que las cosas inminentes habían dejado en el olvido—, lo que otro amigo llama: “el retrovisor” para vencer el miedo: no hacen falta zapatos si no podemos caminar un mar o un desierto, solo hace falta que tengamos necesidad del mar y del desierto.

III

En medio del desierto de Atacama, tuve un ataque de pánico, cuando no podía sostenerme entre las elevadas dunas. Vi una salina, y la mirada fue hasta aquel brillo de sal polvoriento que me sostuvo, bajo un cielo “comparado con el cual, todos los demás cielos parecen intentos fallidos” —dice Paul Bowles en “Bautismo de soledad”—: es “una sensación única y no tiene nada que ver con la sensación de soledad, porque esto presupone una memoria”. Y solo cuando desaparece la memoria, en aquel silencio, reaparecen con la verdadera soledad: madre, hijos, amigos, amantes, olas, arenas, y frases como esta.

Tampoco por ninguna parte estaba el mar, y era la única añoranza que tenía: ver y oler, el mar. No hay costa cerca ni siquiera un charco que me permita distinguir aquel aire salobre que traen las olas, que se nos pega al cuerpo con un sudor salobre también, al verlo desembocar entre las bocacalles: grisáceo, bravío, recalcitrante, o lleno de una “frescura azul” —como decía ella cada vez que la llevaba al mar—.

Intenté, entonces, flotar —como intento flotar cada vez que puedo, y darme un baño de esperanza—, aunque parezca cursi. Antes, cuando lo tenía, apenas me percataba de su presencia, porque estaba al doblar de una esquina al alcance de los ojos. Penetré entonces en aquel de Santa Fe a donde mi madre se bañaba entre las algas. Luego, al cayito de Cojímar, a donde mi padre me llevaba cuando era niña y donde casi me ahogo el día de mi octavo cumpleaños; a la playa de “El Chivo”, a donde me llevó aquel muchacho en su bicicleta para besarme: la última vez que me besaron. Y sopesé aquellos mares donde los reales, serían solo intentos fallidos de mares, sin la calidad de tantos otros mares en mí.

La escritura es eso: un rastreador de mares y desiertos. De lugares donde nuestra vulnerabilidad queda expuesta, y donde los enigmas sobre la naturaleza humana tratan de sopesar la realidad contra el tamaño con el que cada uno sea capaz de amar —y armar—, la suya. “Lo poco que sé no alcanza para comprender la vida —dice Clarice Lispector en “Descubrimientos”— entonces, la explicación está en lo que desconozco y que tengo la esperanza de llegar a conocer un poco más, porque el sentimiento de belleza es nuestro eslabón con el infinito. El infinito es un llegar a ser… nuestra vida es solo un modo del infinito”.

Por la ventana, donde no dejo de mirar la enredadera con sus pepitas lechosas caer sobre la yerba recalentada por la misma luz de esos atardeceres donde infancia y vejez intercambian sus puestos, apareció una franja de mar como el de Solaria: verde y azul, y detrás, un desierto, tan rojo como aquel de la película que vi mucho antes de estar en él. Todo el infinito estaba superponiendo planos, tragándose la realidad, y acorralándome. Lo demás, había dejado de existir por el momento, y ya no era imprescindible: fabricaría una vez más, lo indispensable para hacer sitio a otros recovecos. Porque viajé desde el verde metálico de una nave hasta el azul tratando de saber si “¿azul era un color en sí, o una cuestión de distancia? ¿O una cuestión de gran nostalgia? Lo inalcanzable es siempre azul —me dijo— y el azul, bastaba al mundo desde algún lugar” —supuse—, donde estaba ella, esperándome.

Miami, Estados Unidos

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa