Expediente

Utopías, entre otras expectativas de la conciencia

Texto homónimo publicado por la revista Cinetosis, Corrientes, Argentina, en octubre de 2017.

Desde la primera vez que mis padres me llevaron a un cine, tendría no más seis o siete años, desde esa era, la infancia mía, jamás hubiese imaginado que me involucraría tanto en ello, hasta mi realidad actual. Desde aquella primera vez en una sala ante una pantalla y hasta los 29 años, fui asiduamente. Desde los 15 hasta los 19 años, créanme que no exagero, llegué a ver de 300 a 400 películas anuales. Aún debo tener en algún cajón guardado los libritos donde anotaba día por día los cines por los que deambulaba y las películas que veía. Los sábados y domingos, desde el mediodía, entraba en una sala y a la salida ya sabía a qué otro cine ir, y así sucesivamente, abandonando mi última función a las 20:30 horas aproximadamente. Luego tomaba el colectivo en el centro y volvía a mi casa, mareado de hambre y de sed.

Veía absolutamente todo tipo de géneros, buenos o malos. No tenía preferidos. La cuestión pasaba por ver películas y deleitarme de una u otra forma. Una vez en la oscuridad de la sala, me perdía dentro de la pantalla bañado de imágenes, imágenes que me hacían volar como si fuera un grillo en paisajes somnolientos, sin rumbo hacia zonas incógnitas, lugares, personajes y situaciones que me hacían sentir como un alma vagabunda que deambulaba en úteros ajenos a mis orígenes.

Era el niño/adolescente más feliz del mundo, sensación que no podía comentar ni compartir con nadie por mi timidez, era asquerosamente tímido. Pero, por suerte, no hubo ningún obstáculo ante mi imaginación, que cada día estaba en búsqueda de sorpresas nuevas de la vida, hacia cosas que eran impensables para mí en aquellos tiempos, absolutamente ajeno al razonamiento y, como todos los niños del mundo, protegido por la inocencia.

Creo haber tenido suerte: nada pudo colapsar ni distraer aquella experiencia que me marcaría para siempre.

Lo más curioso de aquel entonces era que nunca me despertó ni la mínima curiosidad saber sobre los directores, ni de sus personalidades, ni siquiera cómo se rodaba una película o sí un film cumplía un rol social. Lo más concreto que me pasaba entonces era enamorarme de algunas actrices y tener a algunos actores de ídolos. Sabía que muchos de ellos eran extranjeros, pero no conocía su edad o nacionalidad. El leer sus nombres y apellidos en los afiches o en las pantallas era suficiente para mi admiración eterna por mis preferidos.

Eran otras épocas, la búsqueda o la investigación era más difícil que hoy y esas posibilidades no estaban al alcance de la mayoría de la sociedad. Yo pertenecía a esa mayoría.

Como decía, mi conocimiento de entonces era absolutamente nulo sobre el entorno del mundo del cine, por ende, no había leído ni un solo libro al respecto. No leía siquiera una crítica de alguna película en los diarios, lo que hoy me asombra mucho, ya que además de cinéfilo también era un curioso lector de libros y revistas. Desde muy joven leía sobre historia, música, filosofía y poesía (temas que hasta hoy me fascinan) y otros libros que se cruzaban con mi curiosidad. Me fascinaba con escritores que iba descubriendo a través de sus textos mágicos y maravillosos.

Esta realidad duraría hasta un domingo de noviembre de 1979, cuando por azar llegaría por primera vez a un cineclub, gracias a un amigo que era actor de teatro y que ese día tenía un ensayo justo en ese antro… Todavía me es muy difícil describir mi sensación de aquel momento, una vez dentro de esa nueva estructura. Desde los cines suntuosos hasta las salas más sencillas de los barrios, la diferencia con el cineclub era abismal. Una sala de 8×4 metros, sin sillas sino con bancos sin respaldo. Mucho movimiento en el pasillo, donde había un pequeño escritorio y una piba muy joven que atendía con mucha paciencia a los concurrentes. A pesar de mi asombro quise saciar mi curiosidad acercándome a ella, quien, entre otras cosas, me informó cómo funcionaba y me dijo que debería asociarme para acceder a las funciones del Cine Club “Buenos Ayres”, que estaba ubicado en un primer piso de la esquina de Avenida Corrientes y Ayacucho. Mi capacidad de razonamiento fue eclipsada todavía más al saber el costo de la cuota mensual. No por su valor sino por su criterio conceptual: la cuota era igual al valor de un kilo de azúcar del momento. Sí aumentaba el azúcar, ¡aumentaba la cuota del cine club!

Obviamente me asocié a ese nuevo antro donde seguir devorando películas y empecé a concurrir a las funciones, que siempre eran presentadas por unos jóvenes barbudos, alegres y con ciertos rasgos de intelectuales.

En una de esas noches, esperando la hora del film anunciado, me llamó la atención un cartelito pegado en la pared que decía “Se necesitan colaboradores para las actividades del Cine Club. Consultas: Srta. Lilia”. No tardé en acercarme a ella, quien me aclaró el asunto y así fui aceptado como colaborador en el mes de enero de 1980. Ese día fue como caer en una “arena movediza eterna” y por suerte, no pude salir de ella nunca más. De a poco y desde allí, empecé a descubrir y a tomar conciencia de lo que quería hacer en la vida, lo que me condujo a quien soy hoy.

Desde ese momento en el que me involucré con el cineclubismo, mi convivencia con el cine cambió rotundamente y se despertó en mí una enorme curiosidad hacia todo su entorno desconocido. A partir de ahí recurrí a libros, revistas y todo impreso que mencionara algo del universo de cine. Comencé a juntar  programas y recortes sobre películas, directores, actores, productores y/o cualquier persona relacionada con una película, por ejemplo, sobre un escritor cuyo libro había sido llevado a la pantalla o sobre un músico que había compuesto para un film.

A partir de entonces no pararía de archivar materiales por esta pasión (a estas alturas diría que se transformó en una enfermedad). Por este afán inconsciente logré armar un acervo patrimonial que hoy contiene:

 

**14.000 datos biográficos sobre personalidades del cine (directores, actores, etcétera)

**5.000 libros que forman una Biblioteca Especializada en Cine

**4.000 fotos y 6.000 diapositivas.

**6.000 afiches

**8.350 títulos en formato VHS

**5.300 títulos en formato DVD

**2.000 títulos en formato fílmico (en 35mm, 16mm, 9,5mm, S8mm y 8mm)

**200 aparatos y elementos de cine (proyectores, cámaras, fotómetros, empalmadoras, etcétera)

 

Pero, ¿a qué viene todo este comentario personal? ¿Cuál es la relación de mi historial con la reflexión que sigue?

En todo el mundo, desde hace varios años, se viene vaticinando “la muerte del cine”. Que las nuevas tecnologías… Que podemos ver y bajar por internet la película elegida… Que podemos ver por el celular el cine que queramos…

Entonces, ¿qué es lo que yo hice y hago ante este anuncio agorero que vaticina la muerte del cine?

Primero pienso y me pregunto: ¿no será este anuncio lo que nos quieren vender las multinacionales o los medios de comunicación, que intentan sin tregua manipular nuestros gustos, sentimientos y pensamientos?

No es que esté en contra de las nuevas tecnologías o de lo que me propone el futuro. Necesitamos tener mentes abiertas, dispuestas a las novedades. No hay que encerrarse y temer por lo que vendrá. Pero todas estas novedades innegables no nos deben imponer que abjuremos de la memoria. Usar nuestras memorias de vez en cuando sería como levantar la persiana o correr la cortina de nuestra ventana para estar conscientes del paisaje que nos rodea.

El nacimiento de algo nuevo no puede ser nunca un impedimento para recordar a alguien que se nos fue o algo que pereció. Siempre nos queda alguna huella de los que no están. De esta reflexión, una gran parte de la humanidad pareciera no estar lo suficientemente consciente.

Si pudiésemos rescatar, conservar y preservar aquellos testimonios y elementos, podríamos a salvo una buena parte del patrimonio para la posteridad.

Si queremos intentar construir algo necesario hoy, debemos abrevar en las experiencias anteriores. Es la mejor forma de consolidar nuestro futuro.

El patrimonio es algo muy importante y el Cine también es Patrimonio y es Cultura.

Mi convencimiento es vocacional. No comparto para nada esa postura de que el cine está muriendo o está por morir. Siempre y cuando haya una sola persona como uno, el cine va estar más vivo que nunca. Y por suerte creo que en el mundo abunda gente con ese espíritu.

Una de las pruebas que está más a la vista son los centenares de festivales de cine en todo el mundo como evidencia cabal de lo errado que está el vaticinio en cuestión.

Moraleja: no debemos asustarnos ante los formatos venideros. A la larga, la tecnología con sus innovaciones lejos de matar al cine, no hace más que seguir incentivando, alimentando y creando cada vez más posibilidades, para que el cine siga siendo inmortal.