Expediente

Vuelvo a las calles

Después de tres meses de confinamiento salí por primera vez a la calle. “Vuelvo a las calles” habría dicho mi maestro Mario Rivero. Estaba encerrado desde el 12 de marzo, cuando regresé de un breve viaje a los Estados Unidos. El día anterior a mi retorno estuve en la casa y en la tumba de Emily Dickinson en Amherst (Massachusetts). Era curioso que mi último día en la vieja realidad lo pasara en la casa de la poeta que se llamó voluntariamente al aislamiento y la clausura en los últimos 20 años de su vida. Por eso no es casual que su poesía me haya acompañado de una forma tan intensa durante estos meses: “En esta corta Vida que dura apenas una hora / cuánto —cuán poco— depende de nosotros /”. Aquellos días en Estados Unidos estuvieron llenos de poesía e inquietud por las declaratorias de emergencia en cada lugar por el que pasaba. Fueron días felices, pocos, pero intensos, en compañía de Fernando y Nieves. Fuimos a ver a Charles Simic y a Robert Pinsky, ambos poetas laureados del congreso norteamericano. Visitamos, además, las tumbas de Longfellow, Amy Lowell, Elizabeth Bishop y la casa de Mark Twain. Vimos manuscritos de Percy Shelley en la biblioteca de la Universidad de Harvard y comimos pastas carbonaras y cannolis en el barrio italiano de Boston. Fueron mis últimos días en aquel mundo de abrazos y presencialidades.

 

Es cierto: los poemas de aquellos poetas visitados y revisitados volvieron a salvarme a deshoras de la angustia y la incertidumbre. A mi regreso a Bogotá empezaba la estación de la extrañeza y las paranoias donde el miedo se instalaba a habitar los diferentes lugares de la casa y de la vida. El mundo anterior era imperfecto e impredecible pero su inmediata lejanía poco a poco se convertía con rapidez en una suma de recuerdos y nostalgias. Los primeros días de la cuarentena eran bastante confusos (mucho más que estos días de hoy). El tiempo parecía tener unos nuevos compases y revoluciones. Todo se hacía más lento y nebuloso. ¿Pero acaso ese no es el estado ideal para la poesía? Mark Strand nos recordaba que frente a la velocidad de nuestras vidas “un poema trabaja en la dirección opuesta. Pide lentitud, nos obliga a saborear cada palabra. Es en la poesía donde se siente de manera más palpable el poder del lenguaje. Pero en una cultura que alienta la lectura rápida, al igual que las comidas preparadas, las cápsulas informativas y demás formas abreviadas de ingestión, ¿quién quiere algo que promueva la lentitud?”. Era, sin duda, la llegada inevitable e irreversible de la lentitud y de una época que nos muestra el verdadero rostro de la miseria humana. Un virus llegaba para quedarse indefinidamente entre nosotros y para revelar lo que en verdad somos. Un microbio no solo nos dejaba una pandemia, sino que evidenciaba una peste más letal y antigua que es la de la soledad, la tristeza, el egoísmo y la rabia.

 

Salí a la calle después de tres meses. Los primeros síntomas de esta nueva época son el insomnio, sí, y también las fiebres y la tos, pero el insomnio se convirtió en el indicio exacto de que algo no marcha bien como si el cuerpo entendiera que los relojes y calendarios están en otra sintonía diferente a la de los días que corren. Recordaba entonces la peste del insomnio en Cien años de soledad y su desenlace en el olvido. Solo temía olvidar las cosas bellas de aquella temporada que había sido mi vida con sus luces y sombras, de la que llevaba pocas semanas de distancia pero que ya parecía hacer parte de un pasado irreversible. El miedo y el clima de la duermevela acomoda los minutos a sus antojos y veía lejanos los instantes de los encuentros y las risas. Era entonces abril, el abril más pálido y silencioso que había vivido. “Abril es el mes más cruel: / engendra lilas de la tierra muerta, mezcla / recuerdos y anhelos, despierta / inertes raíces con lluvias primaverales”. Así empieza uno de los libros fundamentales del siglo XX: La Tierra baldía de T. S. Eliot, libro que nos anticipa el horror y la soledad de la Modernidad. De igual forma, Joaquín Sabina nos recuerda insistentemente en el bafle “Quién me ha robado el mes de abril” y Simón & Garfunkel nos dicen “April come she will”. El cantautor cubano Silvio Rodríguez nos rememora “Mucho más / allá de mi ventana / las nubes de la mañana / son una flor / que le ha nacido a un tren / un reloj se transforma en cangrejo / y la capa de un viejo da / con una tempestad de comején” en su canción Como esperando abril, título que me recuerda un conmovedor poema de Juan Felipe Robledo que lleva el mismo título: “Sumergido en el tiempo, olvidado / de todo lo que fuera / la terrible discordia entre el hombre y la saciedad, / el hombre se acodó en la barra. / Había descubierto el poder / de la distante belleza, la que se detiene y no gira. / Y aquello que era disminución / se hacía retorno, / espera jubilosa de otro abril, completo, rotundo, / sin temores”. Eran las palabras que mejor definían la bruma que nos dejaba el mes de abril de este año, que con el paso de los días pareciera ser el año que no fue y el paréntesis de nuestro tránsito por la vida.

Este nuevo ciclo y la vida diferente y desconocida que empezamos a vivir en este encierro tiene un nombre: Zoom. El signo y el símbolo de una era que comienza con la pandemia. La “video vida” se instala en nuestras rutinas y cotidianidades para siempre de una manera invasiva y arrolladora. Así, la época de las pantallas y los pixeles que anticiparon escritores y directores de cine cuando nos mostraban un siglo XXI rodeados de televisores y tecnología ya está entre nosotros, los habitantes de la distopía y un nuevo apocalipsis. La pandemia nos puso a vivir en estas nuevas criptas con nuestros nombres. Ahora celebramos fiestas, hacemos reuniones, matrimonios y funerales por Zoom. Al igual que en la vida real, en esta “video vida” mostramos el rostro o lo ocultamos cuando queremos. Silenciamos o activamos los micrófonos según la necesidad del momento. Las palabras cobran otros sentidos y significados en las plataformas y los afectos se transforman en inéditos códigos de expresión. Bradbury, Orwell y Huxley entre tantos otros lo anticiparon. Es la clarividencia de la poesía y la literatura. Cuando los futuros arqueólogos escarben en las ruinas de este siglo sabrán, a lo mejor, que sobrevivimos gracias a Zoom y que los profetas de este cambio cultural y social fueron aquellos escritores de un siglo anterior. Estudiarán con detalle las páginas donde aparecen las pantallas de Fahrenheit 451 que cubren las paredes de la sala y donde los personajes pueden hablar directamente con el espectador y aquellas pequeñas radios en forma de caracol que estaban en las orejas de la gente permanentemente. Justo ahora cuando estaban desapareciendo las palabras reemplazadas por emoticones llegan los megabytes para transformar nuestro lenguaje y volvernos a acercar resignificando las palabras mismas. Zoom es desde ya el visor de este periodo y el lente por donde miramos el presente y el porvenir, los deseos y los sueños. Es nuestro puerto de partida y de llegada a todos los puntos cardinales de la vida.

 

Salí después de tres meses. Un poco más de cien días, suficientes para darme cuenta de que todo había cambiado. Salí del encierro a ver unas calles donde la gente se mira con desconfianza y mucho asco. Otros pasan con total indiferencia e irresponsabilidad. Ambas sensaciones derrumbaban de tajo mi esperanza en que de todo esto nacería un hombre nuevo, más empático y solidario. Pero todo parece indicar que no será así y que seguiremos siendo igual que antes, solo que con más miedo y asco. Era peor. El nuevo mundo parece la eterna cuarentena de los cuadros de Edward Hopper, la soledad de sus habitantes, el silencio de sus calles y esa forma diferente de reinventar la luz sobre las cosas. Tenemos hoy esas miradas y esos gestos de los personajes de Hopper y quizás mucho de sus soledades y hastíos.

 

Entre las tantas películas que he visto durante estos meses repetí la saga de Volver al futuro. Otra forma de entender la distopía de nuestro ahora. Marty McFly viaja al 21 de octubre del 2015 y se encuentra con muchas certezas de los mitos tecnológicos de hoy:  ve a su yo del futuro en reuniones simultáneas a través de varias pantallas en un televisor plano mientras hacen una Pizza Hut por microondas. La película se anticipó a la edad de los hologramas, las videollamadas, la apertura de puertas con huellas dactilares, los drones y las tabletas. Su regreso a 1985 se ve alterado por una paradoja y regresa a un pasado alterno que bien parece un viaje a nuestra realidad actual donde el temible y ostentoso Biff Tannen gobierna a su antojo un mundo suburbial en el que reina el caos, la injusticia y la miseria. Viendo otra vez la película pensé en la posibilidad de que existiera un doctor Emmett L. Brown y un DeLorean que permitiera viajar en el tiempo para corregir los errores en esas líneas del destino. Quizás tan solo la posibilidad de rectificar y reorientar el rumbo del presente y jugar un azar ulterior.

 

Ahora caen estatuas y monumentos y vemos a diario las estadísticas de contagios y muertes en el mundo. Algo parece no detenerse. Comprobamos el afán de muchos por regresar a los centros comerciales y los gimnasios. José Saramago, en La caverna, ya nos había recordado que los centros comerciales son los templos de la actualidad y evocaba a la señora que pidió, en su última voluntad, que sus cenizas fueran esparcidas en un centro comercial. Allí la gente distrae su vacío mientras se adaptan a la incertidumbre. Se sienten seguros y se refugian en el consumo. Pareciera que entre todos estuviéramos escribiendo el guion de las fechas adversas. Ahora con tapabocas y máscaras salimos a la calle. Usamos gel antibacterial y nos lavamos las manos, como Poncio Pilatos, también para expiar las culpas de tantos siglos de descuido de nuestro planeta, de nuestra casa común.

 

Salí después de tres meses y no me quedaron ganas de volver a hacerlo. Estoy más seguro que nunca que el mundo será peor. El último confinamiento universal fue el Arca de Noé y el mundo no fue mejor de lo que estaba antes del diluvio. Ahora será un tiempo de primeras veces, me recuerda la cantautora Marta Gómez. Ella misma ha compuesto una canción que se ha ido convirtiendo en una banda sonora de esta fase de la historia: “Se tomó un soplo la vida / Y en el aire se respira / Que este instante es nuestra única certeza dice la canción Emergencia”. ¿Quién será la primera persona que veré y abrazaré cuando todo pase?, ¿con quién tomaré el primer café?, ¿a dónde será el primer viaje?

 

Por ahora el virus nos acosa y se mete por todas partes. Es una pesadilla que nos revela el lado oculto del silencio y nos llena de tristezas e intensas incertidumbres. Somos un edificio de luces encendidas donde estamos todos y nos encontramos. Cada pequeña ventana del Zoom es el lugar donde vemos al mundo pasar. Mi abuela lo hacía todos los días desde la ventana de su casa. Era su cita puntual con la contemplación. Miraba pasar la gente y seguro imaginaba alguna historia para cada transeúnte. Ahora nosotros observamos todo desde nuestras ventanas pixeladas. Es la forma de estar y no estar en este tiempo, queriendo descubrir al otro lado de la pantalla un gesto o una señal que descifre el miedo o el asombro de este momento y esta lenta catástrofe de todos.

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa