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Sobre la belleza moteada de Gerard Manley Hopkins como un poema contra la perfección, por un futuro no eugenésico

Alabadas sean las cosas con manchas en el contexto del venidero XL coloquio de 17, Instituto «Contra la perfección. Por un futuro no eugenésico.»

Si -para parafrasear la presentación del coloquio en la web de 17- la eugenesia actualmente se manifiesta en las campañas de esterilización para las personas con discapacidad, en la crueldad de algunos hospitales psiquiátricos y en el encarcelamiento de los migrantes, es porque califica lo disparejo como mancha: busca un mundo libre de manchas, libre de imperfección. Es higiénica hasta el crimen y el delirio.

Por eso celebremos el poema de Gerard Manley Hopkins, Pied Beauty (Belleza moteada), con mi propia traducción al español. Aquí las manchas no solo son tolerables, son un signo y un rostro de la belleza misma en sus maravillosas imperfecciones. La mancha, el percibido error, el desorden, la deficiencia y el defecto con frecuencia son la marca de nuestra exuberancia, celebran la singularidad de quien la tiene, colorida, plural, irrepetible.

No importa si hablamos de las truchas con lunares rosados que nadan contra la corriente, de las nubes que motean el cielo, o de las alas salpicadas de un pájaro cantor. En la mancha Hopkins reconoce la osadía y la genialidad con todos sus poderes expresivos.

Solo lo que insiste en una condición momificada está libre de manchas. Lo que vive se mancha, aprende sobre la marcha a través del error, el acierto y ese espacio de creatividad que no puede catalogarse desde un pensamiento puramente dual. Que viva, como dice el poeta, lo extraño y lo inconstante, lo original y lo contrario. Lo que se arruga y se mancha ha sido atravesado por las virtudes de la experiencia.

La experiencia, tanto en la vida como en el arte, se produce a través de los contrastes y las tensiones que a su vez posibilitan de pronto una sorprendente complicidad paradójica. Mancha porque rompe la ilusión de la uniformidad y la homogeneidad. Surge la velocidad lenta, la agria dulzura y la lucidez opaca. Las contradicciones y sus desafíos, en lugar de ser un signo de anormalidad, amplían el espectro sensorial y el sentido de nuestras ideas. Arar la tierra de nuestras ideas o nuestros entornos implica  fisurar, apuntalar, remover, motear, romper con la ilusión de la uniformidad.

Si bien el poema, desde el contexto religioso de su época y cultura, se refiere a Dios como un padre y figura masculina, Gerard Manley Hopkins, al amar a otro hombre de manera erótica, representaba un desafío para la ideología eugenésica y sus intentos de control sobre los cuerpos y la intimidad. Dios, sin embargo, más que una figura paternal, es en el poema una fuerza y potencia que no se altera ante las alteraciones; es decir, es incluso algo adentro de nosotros que sobrevive las modas y los comportamientos aceptables del momento para engendrar y darle voz a la creatividad en sus variadísimas, moteadas y dispares formas.