Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí
Augusto Monterroso
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Cuando amablemente mi colega Guillermo Pereyra me invitó a participar en esta mesa redonda, acepté de inmediato. Sin embargo, al cabo de pocas horas comencé a sentir una angustia profunda. ¿Cómo hablar acerca de Venezuela? ¿Cómo hacerlo hoy, aquí? ¿Qué decir, siendo que no tengo el saber filosófico, histórico o político que la ocasión amerita? Quizá, como ha propuesto Cristina Rivera Garza respecto de las incongruencias, inequidades y brutalidades del poder en el México de Calderón, o como dijera Diamela Eltit décadas atrás a propósito del Chile de la dictadura, solo puedo hablar hoy aquí y acerca de Venezuela desde mi más íntima experiencia del dolor —un dolor acumulado durante más de 20 años de vejaciones, persecuciones, encarcelamientos, torturas, insultos, segregación, ruina, desigualdad y estrangulamiento económico, que la atrocidad de la reciente intervención militar de Donald Trump, del pasado 3 de enero de 2026, en Venezuela, así como el jolgorio irracional y hasta vergonzoso de una parte considerable de mis compatriotas, no ha hecho más que intensificar. Y es como si, de pronto, todo ese dolor pasara por la certeza de que Venezuela vive ahora un eslabón más en su caída ininterrumpida hacia la autodestrucción. Ella es, pues, el resultado monstruoso de una serie demasiado larga de derechos mancillados, transgredidos y suspendidos; de expectativas defraudadas; de decisiones políticas distópicas; de un estado de excepción eterno; de explotación laboral; de empobrecimiento extremo, hambre y comercio migratorio, que responde a todo un despliegue de fuerzas voraces, nacionales e internacionales, ejercidas sobre el cuerpo social venezolano, tan irritado como enceguecido de furia, intoxicado y saturado —inclementemente dividido y sometido desde hace más de 20 años—. Porque hace mucho que en Venezuela lo que priva es la lógica del amigo y el enemigo político, con la subsecuente máquina de guerra que esa lógica supone; y ello impone como única respuesta la urgencia de sobrevivir —también del lado de quienes hoy son poderosos, que buscan a toda costa tener, y/o hacerse con, el poder precisamente para continuar con vida.
Por supuesto, no puedo compartir entre nosotros hoy aquí el regocijo que siente esa parte numerosa de venezolanos y venezolanas; aunque no negaré que me produjo cierta satisfacción ver a Maduro y a Cilia esposados y tratados como los criminales que son. Por otra parte, respeto —aun cuando no sin dificultad— el deseo de esa enorme mayoría que identifica en lo sucedido la esperada grieta desde la cual acceder a un futuro distinto para ese país. No obstante, como en otros momentos de una historia ya demasiado larga, me espanta la sensación de lo irremediable. Porque lo que está en juego en este nuevo episodio de la novela nacional macabra que ha involucrado a la totalidad del planeta es un serio e irresoluble enfrentamiento entre dos fuerzas en pugna, que encarnan una diferencia fundamental acerca del destino de la nación —y que están resteadas en la lucha.
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Curiosamente, y sin que se comprenda del todo lo que eso significa, el enfrentamiento en Venezuela entre un múltiple sintetizado en dos —es decir, toda una colectividad heterogénea reducida al dos (bandos) de la polarización entre oficialistas y opositores como máquina de guerra y forma de gobierno— involucra, en efecto, problemas de raza y de clase. Pero los trasciende —o los contiene, si se quiere— bajo el manto, para nada irrelevante, de las fantasías que cada grupo atesora como su más preciado bien. Para algunos venezolanos —y ello posiblemente explique la tendencia de Venezuela a convertirse en un “caso”, es decir, a representar lo indecidible— lo que está en juego, independientemente del petróleo, el agua, los preciosos y codiciados recursos minerales de la Amazonía en un mundo que agoniza, de los nuevos reordenamientos geopolíticos del presente y de los peligros que amenazan al mundo con el resurgimiento de los fascismos de diversa índole, son la “Libertad” (de elegir) y la “Justicia” (por venir). Para otros, acorralados, se trata de su subsistencia. Y ello involucra la firme (in)consciencia de unos y de otros respecto de la confrontación nefasta que pulsa en el funcionamiento mismo del chavismo desde su emergencia en la escena política nacional: una confrontación que inicialmente dirimió sus alternativas de gobierno en contra del modelo neoliberal y desarrollista de Carlos Andrés Pérez, que regía el ideario de la nación en la así llamada IV República, y a favor del neopopulismo nacionalista de la izquierda moderada que reunió a numerosos países latinoamericanos en esa suerte de nuevo panamericanismo que fue la “Marea rosa”. Algo permanece de aquella tensión estructural, por supuesto distorsionada por las bizarras prácticas de gobierno y las delirantes arremetidas de la oposición: lo real de dos deseos irreconciliables. Para algunos, moradores de la esperanza, el capitalismo más salvaje representa el Bien absoluto, como única y verdadera garantía de la democracia; para otros, a estas alturas más cínicos y literales —habrá que admitir que con Chávez se murió el discurso: los fundamentos del proceso, sus fábulas tentadoras y sus argumentos pertinentes—, se trata de sostener una alianza entre el dinero y las armas que permita otro tipo de repartición de las riquezas —puede que hasta legítima—.
Lo demás sería especular alrededor de algunos detalles, como quien debe acercarse mucho a la imagen para poder reconocer en ella cuando menos algún trazo de sentido: 1) una peligrosa división interna en las filas del chavismo —gobiernan ahora los hermanos Rodríguez, junto a Diosdado Cabello y Padrino López, a las órdenes de Trump, el mafioso mayor de la “Humanidad” en el presente—; 2) la captura/humillación del antihéroe nacional Maduro como ofrenda del “Tanos” contemporáneo y como extraído de una película de Marvel, de semblante obscenamente ridículo y puño de acero, Trump, a su séquito de admiradores —“pan y circo para los reaccionarios del mundo”—; 3) la demostración de una fuerza excesiva y excedida, capaz de apropiarse de lo que quiere —y a toda costa—.
Estos detalles podrían componerse y recomponerse en una ficción distinta cada vez; pero ninguna de ellas podría desconocer que algo del orden de lo pesadillesco sitúa el episodio reciente del bombardeo a Venezuela en una serie de sucesivas catástrofes que se han ido produciendo desde uno y otro extremo de la confrontación a través de los años —como encerrados todos, los de dentro y los de fuera del país, en un loop siniestro: “amanecerá y seguiremos viendo (lo que siempre ha estado allí)”.



