Blog de la Caravana

Certificado en Teoría Crítica: ese espacio de vacilación

En seguida el testimonio de la autora de su experiencia en, y tras, el Certificado en Teoría Crítica de 17, Instituto de Estudios Críticos. 

 

Mi formación en la carrera de Filosofía en la Universidad La Salle me preparó para la abstracción, pero 17, Instituto me empujó hacia lo situado, lo encarnado y lo político.

El choque entre mi impulso especulativo y la demanda de contextualización que plantea la Teoría crítica representa una tensión que reconfiguró mi relación con los textos que leímos. La Teoría crítica opera desestabilizando; mi experiencia no fue sólo la de aprender conceptos, sino la de quedar en una posición inestable como tal. Cuestionar nuestros hábitos de lectura, mis automatismos interpretativos, la reproducción de formas de aprendizaje y autoridad… Carezco de palabras para poder describir en su plenitud mi experiencia en este curso, pero creo que justo eso es un síntoma de que el dispositivo funcionó: me movió del discurso seguro hacia una zona en la que la enunciación debe reconstruirse.

La experiencia de este Certificado me encontró con la Teoría crítica mediada por la pantalla. Eso introdujo un desfase; la tradición de Frankfurt, Butler, Haraway y Spivak, exigen una comunidad de lectura, pero el espacio mediado por la pantalla nos aísla, apartándonos del ritual físico del aula. Este desplazamiento representa un punto en el cual se transforma el proceso crítico. La filosofía solía enseñarse en jardines en la Antigua Grecia; los peripatéticos habitaban su aprendizaje por medio de la corporeidad del movimiento. El método de Sócrates incluía el diálogo y el cuestionamiento, así como la fraternización con los estudiantes.

El contraste resulta más que intrigante—el programa está dedicado a las tradiciones críticas del siglo XX y XXI, filosóficas, pero realizado íntegramente en línea, a modo de epístola, donde la lectura y participación pueden resultar a veces complicadas por el tiempo que se debe pasar frente a la pantalla leyendo. Esta condición instauró desde el inicio una tensión entre la promesa de pensamiento situado y la distancia telemática que definió mi participación. Ese desfase no fue un obstáculo meramente técnico; se volvió la escena misma de mi relación con la teoría y con mi lugar de enunciación dentro del curso.

La Teoría crítica —desde la Escuela de Frankfurt hasta los desarrollos feministas, decoloniales y posestructuralistas más contemporáneos— exige una comunidad interpretativa activa. Reclama una lectura que no se practique a solas, sino en un espacio donde la discusión se vuelva parte del método. Sin embargo, como persona con TDAH que carece de las capacidades ejecutivas necesarias para sacar todo el provecho de los entornos digitales, mi participación en los foros fue difícil.

Pero esa misma dificultad, más que terminar en un fallo, finalmente adquirió un valor interpretativo: mostró la dificultad de situarse en un entorno donde la palabra circula sin cuerpo, sin gesto y sin el ritmo que permite construir un “nosotros” crítico en tiempo real. La modalidad digital produjo una especie de suspensión del lugar de habla; una desposesión discursiva que condicionó mi relación con los textos. En lugar de una experiencia colectiva visible, lo que emergió fue una forma de lectura más introspectiva, incluso fragmentaria. El carácter telemático del curso intensificó el contraste entre la densidad conceptual de los materiales y la fugacidad de las interacciones en línea.

Mientras los textos insistían en la importancia de reconocer la propia posición histórica, política y afectiva, mi participación reducida puso en evidencia una contradicción: ¿cómo situarse críticamente cuando el medio de intercambio diluye aquello que vuelve situado a un sujeto? La Teoría crítica demanda declarar desde dónde se habla; la virtualidad, en cambio, desplaza y desestabiliza ese lugar.

Este conflicto no impidió el trabajo intelectual; lo reconfiguró. En vez de asumir la participación mínima como una falta, la entendí como un síntoma de algo que la propia Teoría crítica describe: la dificultad de constituirse como sujeto hablante dentro de estructuras que invisibilizan o neutralizan la enunciación. El espacio digital no es políticamente neutro. Funciona con sus propias lógicas de visibilidad, anonimato y dispersión, y esas lógicas afectaron la manera en que accedí a los textos. Leer a autores que enfatizan la encarnación del pensamiento, la historicidad de la experiencia y la politicidad del lenguaje desde un entorno que opera por desmaterialización produjo una fricción que se volvió un objeto de análisis.

Participar en la asignatura “Fundamentos Críticos” de 17, Instituto implicó ingresar a un territorio donde la teoría se encuentra con las urgencias del presente. El curso no sólo ofreció un archivo conceptual; evidenció por qué la Teoría crítica sigue siendo una herramienta necesaria para comprender un mundo saturado de crisis políticas, tecnológicas, ambientales y epistémicas. Mi experiencia estuvo marcada por esa constatación: leer críticamente hoy no es un gesto académico, sino una forma de orientación en un paisaje donde los sistemas de poder se han vuelto cada vez más opacos y más integrados a la vida cotidiana.

La tradición crítica de Frankfurt, los feminismos, los estudios decoloniales y los planteamientos contemporáneos sobre tecnología y subjetividad convergen en una intuición común: las formas de dominación ya no operan únicamente por imposición externa, sino a través de los deseos, los afectos, los lenguajes y las estructuras simbólicas que habitamos. El Certificado puso en juego esta idea de manera insistente. En un contexto digital donde la información se confunde con conocimiento y la visibilidad con autoridad, la Teoría crítica funciona como un desacelerador: obliga a detenerse, a examinar la procedencia de los conceptos, a preguntarse qué fuerzas sostienen lo que hoy damos por obvio.

Mi formación previa en filosofía acentuó esta tensión. Estoy habituada a trabajar en el nivel abstracto, a desplazarme entre conceptos. El Certificado, en cambio, insistía en articular la lectura con el contexto, la vida cotidiana, los dispositivos de poder que atraviesan la subjetividad. Ese cambio de eje abrió una grieta productiva: mostró hasta qué punto la abstracción puede convertirse en refugio, y cómo la Teoría crítica exige renunciar a ese refugio para asumir las implicaciones políticas del pensamiento. La dificultad para participar no fue simple reticencia; fue un síntoma de ese desplazamiento metodológico.

Con el avance del curso, esta incomodidad adquirió un estatuto metodológico. Lejos de ser un error por corregir, se convirtió en parte del proceso. La Teoría crítica no propone estabilidad interpretativa; propone desmontar los automatismos, tensionar los marcos de lectura, cuestionar la autoridad interna que uno cree poseer frente a los textos. La incomodidad, entonces, no fue un efecto colateral del formato digital, sino una instancia del método mismo: un espacio donde el pensamiento se vio obligado a reconsiderar su punto de partida.

La experiencia en 17 no puede resumirse en la adopción de un corpus teórico ni en la participación visible en un aula virtual. Fue, más bien, una reconfiguración del lugar desde donde leo y pienso. La modalidad en línea radicalizó un problema inherente a la Teoría crítica: la necesidad de situar la enunciación incluso cuando las condiciones materiales parecieran borrarla. El curso no produjo respuestas cerradas; dejó abiertas preguntas sobre el modo en que hablo, sobre las estructuras que condicionan esa habla y sobre la posibilidad de construir una práctica crítica en un entorno donde el cuerpo se vuelve imagen y la voz se vuelve texto.

Permanece en mí después del Certificado una herida epistémica más que un repertorio de autores: la conciencia de que pensar críticamente implica revisar constantemente las condiciones que hacen posible —o imposibilitan— la propia palabra. Mi experiencia, silenciosa en lo externo, fue intensa en ese punto: enseñó que la crítica no se agota en el debate visible, sino que actúa también en las zonas donde la enunciación vacila. Ese espacio de vacilación es, para mí, el verdadero efecto formativo del programa.