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Las Meninas de Cervantes. Sobre la presencia

 

Escribir desde la ignorancia es escribir desde un vacío, desde un no sé que se asume y que intenta seleccionar y sopesar respuestas capaces de acercarnos a los porqués de la grandeza de una obra; escribir desde la ignorancia es también un intento de lograr un equilibrio entre esa grandeza y el saber de ella, para que ni la una ni el otro se interpongan demasiado entre la obra y sus destinatarios. El acuerdo generalizado acerca de que Las meninas y el Quijote son dos obras extraordinarias y admirables contrasta con la vaguedad de las explicaciones que intentan dar razón de esa grandeza; el número notable de ediciones anotadas del Quijote y en consecuencia, el abrumador número de anotaciones contrastan con su eficacia para ayudarnos a identificar y valorar el logro cervantino. La mayoría de los comentarios de Las meninas no dejan de mencionar y repetir, de una u otra manera, a Palomino, y frecuentemente nos recuerdan que Luca Giordano consideró el cuadro de Velázquez como “la teología de la pintura”, pero pocas veces se intenta explicar o justificar este juicio.[1] Claro está que las anotaciones y los comentarios especializados nos ofrecen el sólido apoyo de la erudición, pero casi sistemáticamente evitan establecer una relación entre esa erudición y alguna consideración artística o, simplemente, con un gusto: la relación entre el saber escondido en una recóndita biblioteca y el lugar y la función de ese saber en nuestra lectura. En este sentido, trabajos como los de Roberto Calasso son excepción, no solo por su lucidez y profundidad, sino por la manera extraordinaria con la que conjuga saber y sabiduría, la manera en que pone la erudición al servicio de una reflexión que nos permite vislumbrar, en sus términos, a los dioses. Se trata de un saber generoso que no oculta sus fuentes y cuya largueza se convierte en invitación a corresponder las miradas que nos atisban desde algunos libros. Desgraciadamente los Calasso son pocos; tal vez la erudición sea por naturaleza reticente al juicio, tal vez tanto saber aleje y no deje lugar a la sabiduría y al placer, pero eso no impide que sigamos acudiendo a ella con una demanda exigente de ayuda. Si —aunque solo fuera por descansar de su encierro y atenuar su aislamiento— la erudición condescendiera a asomarse al más allá de sus rigores y al más acá de los comunes lectores, nos ayudaría no solo brindando la información que tradicionalmente esperamos de ella, sino explicando la pertinencia de esta información para nuestra lectura, dando razón de por qué el saber aumenta el placer y contribuye a la sabiduría, nos ayudaría a sobrellevar el peso de la afirmación de Gracián: “Hay mucho que saber, es poco el vivir, y no se vive si no se sabe. Hombre sin noticias, mundo a obscuras”. De esta manera la erudición podría, por ejemplo, arrimarnos el hombro para entender mejor la clase de gusto que está más o menos sobreentendido y subyace a la lectura de una obra poética del siglo XVII, a entender la clase de contento que pudo agrupar a ciertas monjas portuguesas en un “círculo de placer”, y a entender por qué Sor Juana quiso complacerlas en ese contento con unas adivinanzas.[2]

 

 

[1] Una notable excepción y ejemplo de juicio crítico es la colección de ensayos Otras Meninas, editada por Fernando Marías.

[2] Véase, en relación con este problema, Sor J. I. de la Cruz, 1994.