Con el presente encuentro abrimos formalmente la temporada festiva por nuestros veinticinco años, que celebraremos de enero de 2026 a enero de 2027. Todo lo que haremos en este periodo se enmarca en este aniversario. Este es nuestro cuadragésimo coloquio. Hemos convocado tantos coloquios como generaciones han ingresado a nuestro posgrado.
No se trata, este, de cualquier aniversario, ni la nuestra de cualquier época. No recuerdo ningún coloquio previo en el que los vientos tormentosos hayan sido tan intensos como hoy —y miren que, a lo largo del tiempo, hemos atravesado temporadas críticas, la pandemia incluida—. A la vez, llegamos a este momento con el gusto y la tranquilidad de contar con una infraestructura significativa para hacer frente al temporal. Y no solo para la comunidad que somos hoy, sino también para la comunidad histórica del Instituto y para otros a quienes hacemos extensiva esta invitación, dentro y fuera de México, con el fin de articular lo que parece más importante: salvaguardar la salud y la vida en colectividad. No con la idea de pensar todos lo mismo, sino, por el contrario, para asegurar las condiciones que permitan alojar los debates, las diferencias y los enfrentamientos de un modo que pueda resultar fecundo, en lugar de contribuir a la creciente erosión de los lazos sociales.
Hace seis meses vivimos un ejercicio desafiante —a la postre muy satisfactorio— con el coloquio El claroscuro en que nacen los monstruos. Pensar el presente, el más convencionalmente político de cuantos hayamos convocado hasta entonces. Recuerdo asimismo otro encuentro, en 2017, que no casualmente se titulaba Trompos a la uña. Tiempos, desafíos, aparejos, en el que desarrollamos una reflexión sobre las agendas de la derecha autoritaria a partir de un documento que de nueva cuenta recomiendo revisar: el manifiesto del noruego Anders Breivik, quien masacró a sesenta y nueve jóvenes laboristas en la isla de Utøya, tras haber ultimado a otras seis personas en un atentado en Oslo, todo con el fin de llamar la atención sobre su texto. Ese documento, accesible en línea, fue tristemente dado a conocer de manera muy exitosa: unas quinientas páginas integradas por un furibundo pastiche en el que sorprende hallar una pléyade de autores leídos en nuestro posgrado, caracterizados como enemigos. Se trata de una vociferación fascista en clave cultural, no ya biologicista.
Aunque hoy parezcan muchos más, fue ya hace nueve años que nos detuvimos a revisar esos postulados. Tristemente, la secuencia de estos cuarenta coloquios también ha servido para anticipar escenarios que luego han terminado de materializarse, a veces de manera aún más dramática de lo que imaginábamos. Por eso quisiera subrayar el hecho de que hoy contemos con esta infraestructura cuyo corazón es la colectividad misma: nuestra Caravana, como la llamamos. Es importante cobrar conciencia de lo que ello significa: los recursos que conlleva, las posibilidades que implica y la enorme relevancia de contar unos con otros, así como con la plataforma que hemos logrado madurar conjuntamente a lo largo de tantos años.
Vamos a hablar un poco más acerca de los futuros enseguida, con Mario Luis Fuentes, egresado doctoral nuestro, cuya presencia signa un momento importante en la vinculación con el Colegio de San Ildefonso y, más ampliamente, con la Universidad Nacional Autónoma de México, así como la Secretaría de Cultura federal y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, las otras instancias mandantes de este Colegio. Entramos en convenio con el Colegio de San Ildefonso como resultado del coloquio anterior. El acuerdo tiene por eje el impulso del nuevo Taller de Futuros, que hemos fundado conjuntamente, a la par de la Cátedra Octavio Paz. Pensamiento Crítico y Poesía, y el PatioLab, también de la UNAM. Hoy el futuro no es una certeza, sino una gran pregunta. No es la primera vez que este se presenta como amenaza: hay una larga historia de futuros distópicos. Incluso podría decirse que cada época tiene el suyo; la nuestra no es la excepción. El futuro no es solo el tiempo por venir, sino también su horizonte imaginario. Hablamos aquí, por ejemplo, de las expectativas de futuro entre los jóvenes. Cabe preguntarse qué es una vida sin horizonte de futuro y qué implica, para quienes buscamos acompañar esas preguntas, reabrir críticamente dichos horizontes. Viene a mi mente el documental de Andrea Gentile de los años ochenta sobre los punks en la Ciudad de México, titulado La neta, no hay futuro. Esa frase nos ronda hoy de múltiples maneras.
El momento que vivimos en 17 está acompañado por lo que llamo el maletín de los veinticinco años, que nos ha asistido para acercarnos a otras instancias y abrir nuevos diálogos. Así, además del Colegio de San Ildefonso, entramos en convenio con la Universidad Iberoamericana, a través de su Departamento de Filosofía, lo que abre una interacción amplia con otros espacios universitarios jesuitas dentro y fuera del país. Menciono también otras tres relaciones.
Una con el Colegio Nacional, nuestro vecino en el Centro de la Ciudad, fundado en 1943, donde convergen algunas de las voces más relevantes de las humanidades, las artes y las ciencias en México. Esperamos trabajar con ellos para dar visibilidad a temas que hemos cultivado durante años y que no siempre han tenido la presencia pública que merecen. Ellos también se mostraron interesados en un acuerdo con una institución como la nuestra, por la vitalidad y la experiencia que podemos aportar como iniciativa independiente.
En el plano internacional, destaco un par de alianzas importantes. La primera, con la Universidad Nacional de Río Negro, en Argentina, donde trabajaremos una propuesta para profundizar en el campo de la teoría crítica. Argentina ha sido, desde muestro inicio, un país con el que mantenemos relaciones cercanas. Allí colaboramos con Ángeles Smart, egresada nuestra y profesora-investigadora en esa universidad. La segunda, con la Universidad de Guelph, en Canadá, cerca de Toronto. Es un vínculo que crece de manera muy robusta. Muchos de ustedes participaron en el coloquio Máquina productora de silencio. La improvisación en y más allá de la música y las artes, convocado conjuntamente con ellos y con la Fonoteca Nacional, en el marco de un programa de colaboración de varios años. Hay entusiasmo y confianza mutua; esperamos seguir fortaleciendo este lazo.
Todos estos son horizontes de oportunidad para los integrantes de nuestra Caravana.
Vivimos pasmados por las noticias cotidianas, pero quiero transmitir la solidez que nos brinda nuestra trayectoria. Consideren al Instituto como un punto de apoyo en múltiples sentidos: en su trabajo intelectual, pero también como medio social e institucional capaz de abrir nuevos caminos.
Seguimos trabajando en el Ensamble, entendido como una alianza social y económica cuyo punto de partida es la Caravana. El Ensamble se ha dividido en dos vertientes: una pensada en nuestros términos más cercanos y otra que dialoga con un lenguaje más convencional. Esta segunda está a cargo de Jorge Alonso Estrada.
Publicaremos próximamente un primer dossier sobre la experiencia del Instituto, con materiales de archivo que trazan una historia intelectual de más de veinticinco años e incluyen textos de varios de ustedes.
Tenemos planes para abrir nuevos programas de posgrado en los próximos años.
En tiempos recientes se ha perfilado un giro reflexivo acerca de 17, su naturaleza y su modus operandi. El giro al que me refiero consiste en comprender que la de 17 es una concepción móvil, transversal y exportable. Nuestra propuesta es que las universidades, como red, asuman una ética y una epistemología de lo incalculable, justo lo que desde hace veinticinco años trabajamos en 17. Si el conjunto de los actores sociales está obsesionado con el cálculo, las universidades pueden y deben ocuparse de lo incalculable. Bien puede pensarse, incluso, que de no hacerlo desaparecerá lo que aún queda de ellas. Hoy, cuando el cálculo se ha expandido bajo la égida de lo digital, lo incalculable se vuelve más importante que nunca. Las universidades han de articular una gran red socrática. Propongo entonces pensar la posuniversidad no como una institución delimitada, sino como una concepción viajera, capaz de circular entre universidades.
Intercalo en este punto, no sin ironía, un anuncio. A partir de este año la Dirección del Instituto se transforma en una Rectoría. Es un cambio necesario, ya que cuando hablamos con otras instituciones, digamos, escalafonariamente, nuestro organigrama no se corresponde con el de otras instancias. Además, tras de veinticinco años, es lo que corresponde. Sin mayor ceremonia, les comunico el hecho como una medida meramente administrativa. Les hago la mención al hablarles de las paradojas que entraña la relación entre la institución y lo incalculable.
Aprovecho esta mención para expresar mi profundo agradecimiento a todo el equipo de 17: al equipo actual; a Rodrigo Ponce, productor general de este coloquio; a Ana Paola Asali, al frente de Comunicación, cuyo papel ha sido esencial; a las y los coordinadores de nuestras Unidades; al equipo administrativo. También quiero agradecer de corazón a todos los equipos históricos de 17, por todo lo que han contribuido para hacer posibles estos veinticinco años.
Sumo también el apunte de que hoy 17, Radio entra en una nueva etapa. Agradezco y reconozco a Gabriela Olivo de Alba por el trabajo sostenido al frente de la emisora en los últimos años. Tras cerrar su ciclo doctoral, entrega la estafeta a Miguel Ángel Quemain, asimismo doctorante nuestro, con una larga trayectoria como escritor, editor y comunicador, y actualmente ancla del noticiario Primer Movimiento de Radio UNAM.
En este inicio de nuestro vigésimo quinto aniversario puedo decirlo con claridad: durante estos años, siempre he considerado a 17 como una experiencia piloto. Hoy esa etapa ha terminado. Ahora se trata de hacer, con lo aprendido durante todo este tiempo, lo que cada quien aquí busque y necesite. Y también lo que podamos hacer por este mundo nuestro.
A partir de la reflexión acerca del presente, y tomando en cuenta los motivos y orientaciones de nuestras diferentes alianzas institucionales, nuestro actual programa de trabajo queda orientado por cuatro grandes ejes temáticos: la genealogía de la actualidad; nuestro dispositivo y vocación posuniversitaria; el del porvenir; y las alianzas sociales y económicas impulsada por nosotros.
Dado el tenor de nuestro quehacer, quizás en el centro de él yace la figura misma de lo institucional, en el más generoso de los sentidos, cuyo punto de partida es la marca instituida que da lugar a la escritura. Hoy más que nunca, la institucionalidad figura como la gran protagonista de nuestros afanes.



