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Quizás, como propone el activista Ailton Krenak en El futuro es ancestral: «…no podemos rendirnos a una narrativa de fin de mundo que nos aterra y ensombrece, porque esa narrativa sólo sirve para hacernos desistir de nuestros sueños, y dentro de nuestros sueños están las memorias de la Tierra y de nuestros ancestros». Y para ello propone el término florestanía: «un pacto socioecológico inclusivo… se abandona la lógica antropocéntrica y utilitaria de la explotación y se asume la lógica ecocéntrica de la mutualidad que implica respeto mutuo y sinergia». La florestanía amplía el círculo de la ciudadanía para otorgar derecho a la vida a miles de especies de plantas: un pacto que garantice al resto de los seres vivos espacio, agua y alimento. Darles la calidad de sujetos con derechos, no sólo de recursos naturales. Crear una gramática viva.

Reflexiones en torno al concepto de “disputa cultural”, en miras de hacer un mapa de vuelo que aterrice en el Colegio de San Ildefonso, como un espacio experimental en sí mismo y como un espacio de exposición en torno al tema “Futuros posibles” o “Futuro entre todos”, u otro título que nos entusiasme.

¿Disputa cultural o crisis civilizatoria? La cultura como modo de vida, de creación de símbolos y producción de objetos, en el sentido más clásico de la antropología, ha enfrentado, a lo largo de milenios, millares de disputas culturales, cada una fincada en un lugar y un momento histórico.

En un horizonte podemos recorrer algunas de sus crisis más memorables a nivel mundial o local: el fin de grandes civilizaciones —asirios, egipcios, persas, griegos, romanos—; el fin de dinastías chinas y de civilizaciones nómadas. Más cerca geográficamente, el fin de Tlatilco y sus diosas de la fertilidad; el de Teotihuacan, una polis pluriétnica con un posible gobierno colectivo no jerarquizado; el fin de Tenochtitlan; el inicio y fin de utopías mesiánicas y renacentistas, y su entusiasmo por la ciencia y la técnica. Más cerca en el tiempo podríamos ubicar otras mojoneras históricas que nos den pistas de las crisis y cambios: los siglos XIX y XX están cargados de disputas políticas.

El drama de este vórtice —como lo llama Martín— es que nos estamos acercando a lo que se ha llamado la Sexta extinción, lo cual nos hace pensar que quizás tampoco sea la última, pero estamos arrastrando en el antropoceno a millones de especies a su fin. ¿Podemos parar el ritmo de autodestrucción con la misma velocidad con que lo hemos venido haciendo?

Otro aspecto dramático de mirar el futuro como el fin es que el presente pierde sentido, con las fatales consecuencias tanto individuales como colectivas que ello conlleva. Por ello, a modo de pepena, reunir historias que devuelvan la esperanza, que alimenten la confianza en que se puede ganar la batalla a la devastación, se agradece y, si sumamos, quizás revirtamos el caos.

La batalla cultural es contra el necrocapitalismo y su política implícita. Quizás podamos desechar lo desechable, limpiar los ríos, reforestar los imaginarios. Y para esta epopeya hace falta reunir y articular muchas narrativas, colectivos y diversidades. Diversificar: convertir en múltiple y diverso lo que era uniforme y único.

Y quizás, como propone el activista Ailton Krenak en El futuro es ancestral: “…no podemos rendirnos a una narrativa de fin de mundo que nos aterra y ensombrece, porque esa narrativa sólo sirve para hacernos desistir de nuestros sueños, y dentro de nuestros sueños están las memorias de la Tierra y de nuestros ancestros”. Y para ello propone el término florestanía: “un pacto socioecológico inclusivo… se abandona la lógica antropocéntrica y utilitaria de la explotación y se asume la lógica ecocéntrica de la mutualidad que implica respeto mutuo y sinergia”. La florestanía amplía el círculo de la “ciudadanía” para otorgar derecho a la vida a miles de especies de plantas: un pacto que garantice al resto de los seres vivos espacio, agua y alimento. Darles la calidad de sujetos con derechos, no sólo de recursos naturales. Crear una gramática viva.

Reconocer que nuestra vida está fundamentada en las alianzas con otros organismos —microbios, hongos, plantas y animales—: nuestra propia humanidad es un universo de microorganismos que nos conforman. El reconocimiento intuitivo de nuestro vínculo con los otros seres vivos es quizás un fundamento del pensamiento de identidad de los pueblos indígenas y, a partir de esa certeza, es que se construye la llamada “economía del don”, una forma de intercambio basada en dar para recibir, que debe regir entre los seres vivos. Una economía que opera con otros códigos epistemológicos. Cuando el mundo entero es una mercancía, el ser humano termina sumido en la pobreza. Cuando es un obsequio, en constante movimiento, nos hacemos ricos.

La “disputa cultural” es contra el capital, el consumo, la uniformidad —conformidad—, los monocultivos, las formas de pensar y vivir impuestas como incuestionables: “descolonizar el inconsciente”, como propone Suely Rolnik. La idea de progreso, el trabajo, el consumo, las relaciones jerárquicas, el abuso que irradia en esta forma civilizatoria regida por el dinero y su acumulación.

Paul Lafargue —yerno de Karl Marx, nacido en Cuba— publicó en 1883 El derecho a la pereza: “Si la clase obrera… se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los Derechos del Hombre (que no son más que los derechos de la explotación capitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo (que no es más que el derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo universo…”

Nuevas narrativas, nuevas prácticas, nuevas formas de relacionarnos y, al modo zapatista, construir “una vida plena, digna y justa”, y defender el territorio que nos rodea.