En tu carta mencionaste que el libro lleva consigo la marca de la extemporación. Complemento esa lectura con el señalamiento de otra marca: la del exilio. Me refiero al que vivieron sus autores y muchas otras personas en la década de 1930, así como al del modo de pensar que hasta ese entonces habían ensayado. No deja de sorprenderme que, ya en 1944 –año en el que se publica por primera vez este libro bajo el título de Fragmentos filosóficos con apenas 500 ejemplares fotocopiados que tardaron más de diez años en agotarse–, los autores transformaron el horizonte de la teoría crítica que hasta entonces promovió el Instituto de Investigación Social. Este, inspirado en las formulaciones de Horkheimer, era el de la emancipación social en su conjunto, a través de la realización filosófica en su práctica. Dicha postura –lo sabemos hoy por las ediciones epistolares y de obras completas de ambos autores– Adorno la tomaba con sospecha debido a la carga, quizá demasiado positiva, en el supuesto de la realización filosófica. No fue hasta llegar a Nueva York y seguir el catastrófico curso de la guerra que la apuesta a ese proyecto cambió, entre otras rutas, hacia la problematización de la experiencia y de la concepción de la historia por vía negativa. Esto es: una lectura atenta a las maneras en que la civilización, para afirmarse, tiende a dominar la alteridad a través de la razón y, así, rechazar, negar y olvidar sus límites y faltas que la constituyen. Lo que leí recientemente en DI fue el riesgo de expresar una lectura acerca de la saturación y excesos por parte de la razón en su ciframiento histórico, respecto de los que la civilización misma es presa sin por ello ser reducida a ello. La civilización, así planteada, al no ser Una, está acechada por el fantasma de la Unidad. En retrospectiva, DI es el ciframiento de la bisagra entre una teoría crítica de la sociedad y un pensamiento de la negatividad. Desde luego, no es que este cambio no pueda leerse en otros textos, ya sean anteriores o posteriores. Lo que me parece interesante es cómo se dio en DI.
Me demoraré en dos palabras que usaste para calificar la escritura y el estudio que dieron lugar a DI: «paciencia» y «precisión». Como personas afectadas por la disputa de la atención, sabemos que la paciencia agoniza en nuestra experiencia cotidiana. Mucho se dice y se escribe acerca del aceleracionismo, el daño cognitivo que promueve el consumo problemático de las redes, etcétera. Desde que leí tu envío ha pasado más de un mes y, a decir verdad, me hizo leer de nuevo DI y, sobre todo, la historia intelectual que la posibilitó. Tu carta me hizo tomarme tiempo para leerla y pensarla. Sin duda, un efecto del libro que nos convoca es el de solicitar al lector que sea paciente –en más de un sentido–. Al respecto, me interesa la temporalidad de la preparación y de la circulación de este libro. El proceso fue oscuro y estuvo condicionado por una serie de pérdidas que los autores y la sociedad padecieron y, quizá, no han dejado de padecer.
En 1942, Horkheimer y Adorno vivían en Los Ángeles. Solían reunirse a trabajar por la tarde junto con Gretel Adorno, que hacía de editora de los dictados y discusiones. Estas jornadas estaban atravesadas por la agudización de las deportaciones y los exterminios en Europa Central, la propagación del antisemitismo en países democráticos y la expansión del estalinismo en la Unión Soviética. Asimismo, el sostenimiento económico de ambos pensadores pasaba por la solicitud de proyectos y la redacción de memorándums para instituciones como el American Jewish Committee y el State Department. No olvidemos que Benjamin había muerto hacía dos años. Este acontecimiento había puesto en marcha un esfuerzo editorial mayúsculo para publicar las tesis de la historia que Arendt entregó a Adorno en 1941, junto con ensayos de él mismo y de Horkheimer. Entre estos compromisos y un estado de ánimo dañado por los horrores de la Guerra, marcaron la primera edición de DI.
Siniestras resonancias las que hoy nos toca vivir, ¿no crees? No solo por la Guerra expandida, cuya emergencia se vuelve difícil y necesaria rastrear considerando una lectura de larga duración. También por el daño anímico, subjetivo y corporal que ha dejado en nuestro contexto una serie de catástrofes asociadas al narcotráfico, el tráfico de personas, los infernales pasajes migratorios, por mencionar tan solo algunas. ¿Qué implica escuchar, leer, escribir y pensar en esta «triunfal calamidad»? Desde luego hay muchas maneras de responder esta pregunta. Definitivamente, revolcarse en el estado caído de las explicaciones y compensaciones ilusorias propias de almas bellas sería un error, así como una filiación a las hordas que aún rezan, claman y se resignan a los ídolos de la Modernidad. No olvidemos que ya en el “Prólogo” de la edición de 1944 y 1947 de DI sus autores confesaron su excedente de fe a la conciencia de aquellos días. Y, aún así, la resignación no fue una opción. Que en el “Prólogo” de 1969 hayan escrito que DI, debido a historicidad, era un libro y una documentación sin por ello ser tan solo eso, te da la razón, Ricardo, en cuanto a la extemporalización de la que proviene.
Entre otros efectos, leer DI me lleva a atender cuidadosamente el sometimiento del lenguaje del que nos hacen gozar las redes sociales. Eficacia, claridad, rentabilidad y positividad son algunos elementos que asfixian la posibilidad de una escritura negativa. Esto es, la exploración de un desapego de la naturalidad de la lengua y un desprendimiento de la coherencia de los sentidos dados para llevar a las palabras decir aquello que no dicen, como es el caso de DI, el de Raymond Rousel, el grupo Oulipo, Pizarnik, Pessoa… Al respecto, DI se vacía y se llena, una y otra vez, acercándose a aquello que designa y a su materialidad lingüística hasta confundirlas. No está demás leer este pasaje del prólogo de 1944:
«Mientras el individuo desaparece frente al aparato al que sirve, este le provee mejor que nunca. En una situación injusta la importancia y la ductilidad de las masas crecen con los bienes que se les otorga. La elevación, materialmente importante y socialmente miserable, del nivel de vida de los que están abajo se refleja en la hipócrita difusión del espíritu. Siendo su verdadero interés la negación de la cosificación, el espíritu se desvanece cuando se consolida como un bien cultural y es distribuido con fines de consumo. El alud de informaciones minuciosas y de diversiones domesticadas corrompe y entontece al mismo tiempo».
Este pasaje, además de poner en situación lo que quiero decir, plantea otra de tus inquietudes –que a su vez son las de muchos– acerca de la historia de la técnica. El smartphone, la IA y la modalidad de consumo insaciable, adquieren una posición de amo. Uno que, por cierto, no conoce la piedad, a diferencia de su semejante medieval. Esta ‘nueva’ figura del amo comparte un régimen con el medieval –tal como sugirió en una charla Andrés Luna Jímenez– con personajes como los líderes de la ultraderecha internacional. Esta extraordinaria mezcla tiende a erradicar lo que hasta hace poco distinguiamos como intelectuales y, con ellos, la complejización del pensamiento. Por cada reproducción de una certeza promovida en una conversación o un reel, desfallece la posibilidad de hacer una pregunta. El dominio de la atención es, sin duda, una situación a atender, en caso de no caer en la pobre y celebrada experiencia presentista. La pertinencia de este intercambio epistolar, me parece, es la de sostener una correspondencia que socialice nuestros ensayos acerca de lo que implica responder a la pregunta que hice arriba a propósito de la crítica.
Antes de despedirme, querido amigo, no quiero dejar de compartirte este pasaje también de 1944: «Así como la prohibición ha abierto siempre el camino al producto más nocivo, del mismo modo la censura de la imaginación teórica abre camino a la locura política». La reciprocidad entre censura de imaginación teórica y la locura política, además de dominar el contexto actual, considero que impulsa la pregunta por las historias de experiencias de escucha y proliferación de imaginación teórica. El siglo XII europeo me parece un pre-texto que solicita un tratamiento cuidadoso debido a la conformación de las figuras de las beguinas, el goliardo y el trovador, que compartieron caminos con los cruzados. Un caso a estudiar, me parece, entre muchos otros, en relación a la cita que te comparto.
Como has leído hasta ahora, de la DI me concentré en los prólogos. Me interesa adentrarme al primer capítulo y, sobre todo, a la importancia de la lectura que hicieron sus autores de Novum organum (1620) de Francis Bacon. En especial, por los incómodos y tan sospechosos encantos que ofrece higienización de la cultura actual en su forma eugenésica y, también, bajo el signo de la mental health –mental hell podríamos decir–.
Dejo hasta aquí, no sin antes mencionar que, durante este tiempo, no he dejado de pensar en el caso Habermas (1929-2026) del que vale la pena escribir.
Hasta pronto.
Andrés Gordillo.
P.D. Te invito a escuchar esta emisión de radio que hicimos en 2024 en La gallina ciega con la querida Stephanie Graf acerca de los 80 años de DI. Seguro saldrán cosas interesantes: https://soundcloud.com/user-737202851/a-80-anos-de-la-dialectica-de-la-ilustracion-de-max-horkheimer-y-theodor-w-adorno





