Asimismo, la concepción de un sujeto autónomo, racional y autosuficiente, cifrada en el imperativo ilustrado del Sapere aude, no es una idea abstracta sino la matriz teórica de la subjetividad burguesa y, más tarde, neoliberal. Esa matriz continúa vigente hoy alentando el valor meritocrático del logro personal, sostenida tanto por una economía dominada por la lógica de la competencia como por la extensión de esa misma lógica al terreno de la cultura. La creciente presencia de lo digital en la vida cotidiana profundiza este fenómeno: la construcción de una autoimagen a través de perfiles en redes sociales, el consumo en plataformas que perfilan preferencias personalizadas, y la demanda constante de validación social configuran un verdadero culto de la individualidad. Ese culto, lejos de fortalecer una autonomía real, intensifica la competencia entre individuos y refuerza la fantasía de un sujeto soberano de sí mismo.
Diversos autores han señalado que, sin embargo, esa idea de autonomía es, en gran medida, ilusoria. En el marco de una sociedad individualista como la neoliberal, los sujetos se desenvuelven sin redes de contención afectiva ni sostén colectivo, en un contexto de crisis económica permanente. Esa situación produce frustración y desamparo, condiciones que —lejos de ser un dato neutro— constituyen el caldo de cultivo para la adhesión a liderazgos autoritarios. Incluso en el terreno digital, donde parecería que la individuación alcanza su forma más plena a través de la construcción de una imagen personal única, lo que en realidad se despliega son formas de universalidad: la particularidad de cada perfil es, paradójicamente, la manifestación de un patrón general impuesto por el propio medio.
Es en este punto donde la tradición de la teoría crítica —y, en particular, el pensamiento de Max Horkheimer— da cuenta de su actualidad. La Escuela de Frankfurt ofreció, desde su origen, herramientas para comprender los vínculos paradójicos que permiten que los movimientos autoritarios obtengan apoyo popular. Esta reflexión no es meramente psicológica ni meramente política, sino que articula ambos registros: en la medida en que las personas constituyen el ámbito político, la configuración que ese ámbito adquiere depende íntimamente de la forma subjetiva que lo constituye. Para los filósofos de la primera generación frankfurtiana, la forma subjetiva más proclive a sostener el autoritarismo era, precisamente, la del sujeto autónomo, racional y autosuficiente heredado de la tradición kantiana. Esta hipótesis atraviesa trabajos como Estudios sobre autoridad y familia, y Dialéctica de la Ilustración. En este último, la figura de Odiseo funciona como una primera teorización —y una primera crítica— de la subjetividad entendida en términos de autonomía.
A la vez que observaban la crisis de la subjetividad moderna y su relación con el autoritarismo, los filósofos de la primera generación de la Escuela de Frankfurt leyeron con mucha agudeza la absorción del poder político por parte de grandes poderes económicos. La conocida teoría de los racquets de Max Horkheimer, elaborada en el marco del ascenso del nacionalsocialismo, permite comprender el vínculo estructural entre economía y autoritarismo político. Según esta teoría, el propio principio económico que organiza la dominación social —las relaciones sociales fundadas en el capital— conduce a que el poder político de una nación termine en manos de grupos económicos. El desarrollo histórico del capitalismo produce, así, oligarquías, monopolios y una creciente concentración de capital, de modo que son esos grupos quienes administran de hecho el Estado. Si se actualiza esta idea a la situación presente, es posible sostener que esos mismos grupos económicos han extendido su poder más allá de las fronteras nacionales, al tiempo que asistimos al resurgimiento de nuevas formas de autoritarismo estatal. Lejos de tratarse de dos procesos independientes o contradictorios, la confluencia actual entre un poder económico desterritorializado y el renovado autoritarismo de los Estados-nación puede leerse como la instancia más reciente del mismo desarrollo histórico que Horkheimer identificó en la primera mitad del siglo XX. La noción de sujeto autónomo —y la crítica que Horkheimer dirige a esa noción— retiene, en consecuencia, toda su vigencia: permite advertir que la crisis política contemporánea no es un accidente coyuntural, sino la manifestación actual de una lógica de dominación instrumental que atraviesa tanto la constitución subjetiva como la organización económica y estatal.
Finalmente, si la crisis del presente es también caracterizada como crisis ambiental y planetaria, la filosofía de Max Horkheimer invita a pensar que tal dimensión resulta inescindible de la forma que en la modernidad y en las distintas reconfiguraciones de la economía capitalista ha adquirido la relación del ser humano con la naturaleza—tanto con aquella que lo rodea y que concibe como externa, como con su propia constitución como ser natural.
Existe incluso una lectura extendida entre varios intérpretes de la obra de Horkheimer, según la cual en su producción teórica se produce, a lo largo de los años, un desplazamiento desde el abordaje de problemas de índole social hacia el tema de la relación con la naturaleza. Según estas lecturas, en su atención hacia el sometimiento de la naturaleza extra-humana, Horkheimer se aleja del análisis de las relaciones sociales de dominio y produce una visión homogeneizadora de la sociedad, de manera que al explicar mediante la misma noción de razón instrumental tanto el vínculo con la naturaleza como el vínculo entre los humanos y con la propia subjetividad, Horkheimer terminaría borrando los contrastes entre cultura y naturaleza. Desde esta perspectiva, el interés de Horkheimer por los animales y por la naturaleza sería, en el mejor de los casos, una distracción respecto de los problemas propiamente sociales, y en el peor, una simplificación que empobrece la comprensión de la dominación social.
Frente a esta lectura, es posible sostener —y esto es lo que me interesa rescatar en este seminario— que la preocupación de Horkheimer por la naturaleza no constituye un desvío respecto de lo social, sino una profundización de su comprensión de la dominación. El propio Horkheimer entiende que el sometimiento de la naturaleza extra-humana no es un problema abstracto o meramente ecológico, sino el resultado directo de la misma forma social que produce las relaciones de dominio entre los seres humanos. Ya en uno de sus aforismos de juventud, reunidos en Dämmerung, describe la estructura social como una serie de niveles superpuestos de dominación —desde los grandes grupos de poder capitalistas hasta los trabajadores desempleados, pasando por el aparato de explotación colonial— para concluir que la base última sobre la que descansa toda esa estructura es el sufrimiento que la humanidad inflige a los seres vivientes no humanos. La explotación colonial y la explotación animal no son, en este esquema, fenómenos yuxtapuestos, sino que comparten una misma raíz en el sometimiento de la naturaleza a manos de la razón instrumental. En la tematización de la relación con la naturaleza extrahumana puede verse que Horkheimer entiende al sometimiento de los animales como estructuralmente análogo al trabajo esclavo: en ambos casos, un mismo dispositivo de razón instrumental impone comportamientos antinaturales para sostener una forma social injusta. Asimismo, la humillación animal cumple una función ideológica en tanto permite volver más tolerable la humillación humana. La crisis ambiental, en esta clave, no puede escindirse de la crisis social: es, precisamente, uno de sus rostros más elocuentes, porque revela con particular crudeza hasta qué punto la lógica instrumental que organiza la sociedad capitalista se extiende del dominio sobre los hombres al dominio sobre la naturaleza extra-humana.
Esta idea, por lo demás, no es exclusiva de los fragmentos tempranos de Horkheimer: en la obra escrita junto con Adorno, ambos autores sostienen expresamente que la dominación de la naturaleza y la dominación interhumana están unidas, y que el sometimiento de la naturaleza tiene consecuencias que no se limitan a la naturaleza interior humana, sino que también profundizan la explotación propia de la sociedad de clases. Puede decirse, entonces, que Horkheimer no abandona el interés por las relaciones sociales de dominio al ocuparse de la naturaleza extra-humana: por el contrario, encuentra allí una de sus manifestaciones más nítidas, en la medida en que la relación instrumental con los animales y con la naturaleza pone de relieve, sin atenuantes, la lógica de sometimiento que también organiza las relaciones entre los seres humanos.
Sobre este trasfondo, la crisis ambiental no solo es efecto de la forma social vigente, sino que también plantea nuevos desafíos para lo social, en la medida en que exige repensar las categorías con las que se piensa la alteridad y la relación con lo otro. En medio de una expansión de la instrumentalidad con alcances aparentemente totalitarios, la reflexión crítica requiere de la sensibilidad para dejarse afectar por aquello que se resiste a ser subsumido por esa forma de la razón imperante.





