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Testigo anticipado. Crónicas perdidas desde los umbrales del tiempo

En seguida un fragmento de Testigo anticipado. Crónicas perdidas desde los umbrales del tiempo, ficción especulativa de Bernardo González-Aréchiga (UANL, 2026), presentada el sábado 5 de septiembre de 2026 en el Centro de Cultura Digital de la Ciudad de México, en el marco de la 2a Feria del Libro Pensamiento Crítico. La mesa fue moderada por Martín Levenson, Coordinador del Taller de Futuros del Colegio de San Ildefonso. Los presentadores fueron Elena Fernández del Valle y el autor. En seguida también los escritos de ambos.

La historia de Fahima

En mi investigación pasé días de enojo y tristeza: estaba inmerso en imágenes de destrucción y agobiado con la idea de la pérdida de la tecnología. Encontré que las visitas a la fortaleza de Ait Ben Hadu y la vista de los juegos de los niños y el caminar al margen del río Ounila eran fuentes potentes de consuelo. Fue ahí en donde Nasl Thabit me presentó a Fahima. Ella era descendiente de Rachid Abdelkader, un hombre cuya familia había vivido por tres generaciones en Europa antes de haber sido “regresado” a Mozambique en las fatídicas redadas del siglo XXII.

Fahima era una mujer sólida con una mirada tan firme como compasiva. En su ADN luchaban las historias de esos expulsados y las cicatrices de impotencia, rabia, sublimación y perdón de sus ancestros. Fahima resguardaba los manuscritos en alemán y los archivos electrónicos compilados por su bisabuelo Rachid Abdelkader. Me mostró un facsímil con sus notas y sus últimos textos escritos con torpeza en árabe. Me recordaron las amarguras y esperanzas que tantas personas habían vivido durante el siglo XXI.

Me dio acceso a todos esos archivos, pero me dijo que era mejor que escuchara la historia de su bisabuelo de sus labios; la lectura de esos textos estoicos dejaba fuera dimensiones que fueron entendidas muchos años después.

Rachid Abdelkader era un ingeniero que fue expulsado de Europa. Recibió instrucciones claras sobre su ruta de salida. Le implantaron un potente transmisor satelital que transmitía ondas de radio, para seguir sus pasos con la misma tecnología que usan los biólogos para monitorear las rutas de las aves migratorias. Podían monitorear su posición, signos vitales y cargadores hormonales para determinar si se había vuelto agresivo e incontrolable. Un segundo implante, sólidamente anclado en su fémur tenía una carga explosiva capaz de matarlo con una activación automática si regresaba a la ciudad, si no lograba alejarse por lo menos 40 kilómetros cada día o si era dominado por el odio.

Alejarse era un reto. El camino que le fue asignado estaba lleno de cadáveres y de carroñeros. La mayor preocupación era llegar al puerto para subir a una lancha que iniciara su navegación —sin dilación— rumbo a las costas del norte de África. Muchos no lo lograban y sus restos infectaban la ciudad.

El siguiente desafío era que la embarcación avanzara a un ritmo adecuado y que ninguno de sus compañeros de viaje explotara generando una reacción en cadena. El mar Mediterráneo se había convertido en un reguero humeante de carcasas flotantes semidestruidas e inmundas, que finalmente eran hundidas por misiles. Las notas de Rachid Abdelkader describen esas explosiones como inhumaciones clandestinas. En ese momento entendió la grandeza de la vida.

Al llegar a las costas de África se sintió seguro, aunque vivió el resto de su vida con los dos implantes y tuvo noticias de la explosión espontánea de algunos expulsados. Adoptó la costumbre de andar, trabajar y dormir siempre en espacios abiertos y lejos de otras personas. Los primeros años vivió prácticamente como esclavo en minas clandestinas. Logró escapar y se sumó a un grupo de nómadas hasta que llegó a la Nueva Fez y contribuyó a construir la biblioteca de la ciudad.

Se dedicó a escribir a mano y luego a integrar archivos electrónicos con sus historias. Recuperó las memorias digitales de cientos de libros técnicos que había inyectado en su cuerpo antes de su salida y que habían pasado inadvertidas. Ese desplante lo pudo haber llevado a la muerte. Sus conocimientos técnicos le permitieron hacker repositorios y descargar millones de libros de repositorios lejanos. Se le reconoce como un donador importante de la Nueva Fez.

Ya en la vejez conoció a su esposa. Pudieron dejar óvulos y esperma de los que nació el abuelo de Fahima 50 años después. La ciudad había crecido y recuperaba a sus fundadores. Esa generación de abuelos terminó de construir la ciudad. Vivieron precariamente y entendieron lo que significa la palabra supervivencia. La rabia sigue viva, matizada por la dignidad que evita emular a los opresores.

Fahima me tomaba de la mano y cada una de sus palabras era un consuelo. Aunque no lo recuerdo, creo que lloré durante cuatro días seguidos. Al terminar la historia de Rachid Abdelkader me contó con orgullo de sus tres nietos.

—Las estelas de vida dominan a la muerte; pero si eso no ocurre llega el silencio, que es otra forma de descanso.

Al terminar las pláticas en los cafés de la ciudad exterior, caminábamos juntos por el desierto. Me impresionó la rapidez y la firmeza de sus pasos a sus más de 90 años. Su hablar musical y su conversación me dieron el consuelo que necesitaba. Al despedirnos me dijo:

—La vida sigue y se trabaja siempre con lo que se tiene. La queja y la venganza son el refugio del débil.