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Addio

Después de oír y ver no pocas óperas llegué a la conclusión de que con harta frecuencia eran un largo espectáculo que conducía a la palabra final: addio, dicha en diferentes idiomas según el compositor. Me toca ahora decir lo mismo acerca de las vidas humanas comenzando por la mía propia.

¿Cómo decir “adiós” a una vida que se acaba? Sé que lo habitual, lo regular, lo normal, es esperar la muerte que debe ocurrir como consecuencia de una enfermedad o un accidente en un proceso de duración variable. Entiendo que se considere extraño, patológico incluso, que un ser humano se suicide en un momento determinado con plena conciencia de las razones y circunstancias de su acción. Por supuesto que, siendo quien he sido y sigo siendo, lo de “plena conciencia” es una expresión ambigua, hasta irónica, al tomar en cuenta la participación del inconsciente en todo acto y especialmente en el definitivo del pasaje de la vida a la muerte. (“El inconsciente no conoce la muerte ni cree en ella”).

En mi caso, dejo la vida bajo protesta pues la amo (Death? I’m strongly against it). Puedo decir que no soy yo quien se aparta de la vida sino que es la vida la que pérfida, obcecadamente, se aparta de mí. Vivo la situación con tranquilidad, sin angustia, sin sensación de “cansancio” o tedio. Compruebo la progresiva e irreversible declinación de mis capacidades vitales. Consulté la opinión de muchos especialistas y me sometí sin objeciones a todo tipo de pruebas para objetivar el estado de mi organismo. La acumulación de diagnósticos sobre mi condición cardiovascular, respiratoria, renal, locomotriz, neurológica, dérmica, etc. era aplastante. Encontré en mis médicos una respuesta reiterada, encaminada a darme ánimos: “Sí; sus órganos están mal pero no tiene que olvidar que, dada su edad, con más de 80 años, puede seguir viviendo aunque no haya medios para mejorar lo que está fallando”. Sigo al pie de la letra, fielmente, las prescripciones que he recibido. Mis médicos son muchos, todos excelentes, coordinados por la internista, Dra. María del Pilar Brito de quien me despido agradeciendo su amistosa atención.

No puedo sino aceptar los vere-dictos de la ciencia. Reconozco que, en muchos aspectos, mi condición es, por ahora, privilegiada: no tengo dolores ni procesos progresivos que preanuncien una fecha aproximada del momento de mi muerte. Es verdad que ese cuerpo y esa mente (permítaseme el dualismo), que estuvieron a mi servicio durante estas décadas me piden ahora que invirtamos la relación: soy yo quien debe ocuparse de ellos. Todos mis amigos se despiden de mí con la frase “Cuídate” porque saben de la precariedad de la vida a esta edad y aun más cuando conocen mis males.

“Mis amigos”: ellos. Muchos, maravillosos, afectuosos, siempre presentes, dispersos en varios países, dispuestos a auxiliarme como yo a ellos cuando se requiere. No estará ninguno junto a mí en el momento definitivo pero me encargo de hacerles llegar esta carta de despedida. También a mi familia: Clea, mi hija, heredera universal de mis bienes según el testamento firmado en Barcelona en 2020, mi hermana, mis sobrinas y su descendencia. Creo haber hecho y dejar dispuesto lo necesario para que puedan solventar las necesidades materiales según sus propios criterios y valores.

En pocas palabras, no estoy solo, no estoy “deprimido” y mucho menos melancólico. He vivido y seguiré viviendo los días hasta que esta carta, aun sin fecha, sea despachada, según la regla que me he impuesto como un mandato, especialmente después del comienzo de la pandemia en 2020: Carpe diem. Tomé muchas disposiciones para prevenir el contagio pero no dejé de viajar cuanto he podido desde entonces. He asistido a cuantas óperas, exposiciones, conciertos, cines, templos, conferencias presenciales, etc., tuve ganas y oportunidad de ir, sintiendo que era comprensible aunque poco sensata la posición de los muchos que, por todas partes, dejaban de vivir para vivir. Con frecuencia me sentí imprudente pero, a la larga, creo que tenía razón, sin negar el buen juicio de quienes optaban por la protección máxima que daba el aislamiento. Sabía que, dadas mi edad y vulnerabilidad, no podría sobrevivir a la infección aunque, dado el caso, no me importaba mucho morir según la divisa de Horacio pues ya estaba “amortizado”: nada podía reclamar a la vida, nada podía la vida reclamarme a mí.

Con pocas excepciones, desde fines del año pasado, dejé mi práctica con analizantes y supervisandos a sabiendas de que sería traumática la interrupción prevista por mí pero dejada al azar de una noticia recibida por correo desde una distancia transoceánica. En los últimos años he perdido a seres queridos, muy queridos, a la vez que reforcé los lazos con viejas y nuevas amistades.

Fueron también años en que recibí tres homenajes que agradecí y sentí, no inmerecidos pero sí inesperados, pues eran sorpresivos y sorprendentes ya que no los había buscado: el doctorado honoris causa de la Universidad de Xalapa, Veracruz (2020), la invitación para pronunciar la IL Conferencia de homenaje al fundador del psicoanálisis en Bergasse 19, en el Museo Sigmund Freud de Viena (2021)  y el ofrecimiento para escribir el texto de apertura de la sección en español del European Journal of Psychoanalysis (2022). A la generosa invitación del Museum Sigmund Freud debí renunciar en noviembre  pasado pues tenía ya las indicaciones de que mi condición física me impediría para entonces (justamente cuando escribo estas líneas, en mayo de 2022) viajar, pronunciar la conferencia y discutir su contenido hablando en lenguas que no domino; el Museo aceptó mi renuncia por motivos de salud pero mantuvo la nominación. El ensayo para el E.J.P. (“El psicoanálisis en lengua castellana”) fue escrito y está listo para ser publicado este año.

Vuelvo al tema del suicidio que tan frecuentemente se presta a diagnósticos salvajes, a interpretaciones desbocadas o descabelladas, a descalificaciones apuradas sin prestar oídos a las razones que conducen a esa determinación, a olvidar incluso los antecedentes del suicidio asistido pedido por Freud en la primera entrevista con su médico en 1928 y a recordar el consentimiento de este (Max Schur) cuando llegó el momento en que lo pidió en 1939. A olvidar también lo que pocos se atreven a manifestar, como si hubiese en ello algo vergonzante, el hecho de que Lacan se dejó morir por negligencia voluntaria una vez que él mismo se diagnosticó una enfermedad que podía curarse médicamente pero se negó a recibir cualquier tratamiento (o, tal vez, según muchos testimonios, por notar con precisión los trastornos neurológicos que acompañaban a su declinación física y mental desde 1979). Es ignorar los argumentos éticos de los muchos partidarios de la “muerte digna”, de la eutanasia y del suicidio asistido. No se trata en esos casos de un triunfo de la “pulsión de muerte”, siempre tan cómoda y a la mano para descalificar al suicida como sucede en las religiones monoteístas y en el psicoanálisis que no es un derivado de ellas. El llamado “pasaje al acto” es, en muchos casos, afirmo que también en el mío, una decisión soberana del sujeto que se opone a la muerte pasiva, consensual, esa que el mundo acepta sin chistar. Una acción frente a una impasse, no un homicidio por “vuelta contra sí mismo” sino una manifestación suprema de la pulsión de vida, de inscripción indeleble de la libertad que nada sería sin la posibilidad de decir “hasta aquí”.

¿Habrá que repetir que el organismo solo quiere apropiarse de su camino hacia la muerte, eigenes Weg zum Tod? ¿Hay que recordar el texto de 1915 cuando Freud evocaba el adagio de Vegetius: si vis pacem para bellum y lo transformaba en un lema rector, comparable al carpe diem horaciano que es: si vis vitam para mortem? (Wenn du das Leben aushalten willst, richte dich auf den Tod ein). ¿Qué otra cosa es vivir sino anticipar y apropiarse del camino hacia la muerte?

El suicidio premeditado, decidido en diálogo con otro u otros capaces de escuchar y deliberar con el sujeto que resuelve quitarse la vida sin esperar lo que el destino le depare, es un acto pleno de sentido; no el abandono ante un impulso irracional, un “pasaje al acto” como con frecuencia se le nombra en los casos trágicos.

Sabemos de las dos formas paradigmáticas de la muerte elegida: la cristiana que acaba en dolores insoportables y en una reclamación al padre (eli eli) y la socrática de quien bebe la cicuta sin amargura, sin reclamaciones, sin quejas, rodeado del círculo de amigos y discípulos. Busqué vanamente la frase en la Apología o en el Fedón de Platón pero fue el uruguayo José Enrique Rodó quien la adscribió a Sócrates: “Por quien me venza con honor en vosotros”. El del filósofo fue un suicidio forzado por la polis pero bien podía evitarlo llevando, decía, sus huesos y tendones a Megara o Beocia. Eligió su propio camino preparándose para “soportar la vida” y acabarla con serenidad (Gelassenheit).

¿En mi decisión? Diré, digo, que me he ganado el derecho a morir a mi modo, de manera incruenta, en Barcelona, la ciudad que amo por sobre cuantas he conocido, en el momento que he elegido, pudiendo haberlo anticipado o postergado, en soledad para que nadie pueda ser acusado de haber participado en una acción que, pese a recientes modificaciones legales, impide la acción directa e impone trámites burocráticos que estorban la voluntad del suicida. En 2019, en México, compré legalmente a un veterinario el fenobarbital que hoy ingiero. (Los animales pueden ser muertos (killed) por los humanos sin que ello sea delito;  los  médicos no pueden prescribir barbitúricos ni los farmacéuticos venderlos). El pequeño frasco está en mis manos desde hace mucho tiempo, tanto como bien sabía que no me precipitaría a usarlo. ¿Cuándo? No cuando se me antojase sino cuando la prueba de realidad me impusiese ciertas líneas rojas que no me permito rebasar: el no reconocimiento de lugares, gentes, y espacios, la pérdida de la facultad de gozar del arte, del conocimiento del mundo en el que vivo (política, social, económicamente), la autonomía para aprovisionarme de lo que necesito pues vivo solo; me rehúso a depender de alguien para que se ocupe de lo mío, ¡horror de los horrores!, ser trasladado a una residencia para ancianos donde esperaría pasivamente el final en medio de horarios y compañías impuestos, dolores o huesos fracturados. En los últimos meses he sufrido caídas de las que me repuse pero que llevaron al diagnóstico neurológico de parkinsonismo vascular; mi motricidad, especialmente de las manos, está muy limitada (no puedo, sin recurrir a pinzas, abrir una botella de agua); hasta ahora he podido caminar libremente pero no puedo imaginarme viajando ni siquiera en AVE a Madrid donde tan feliz me sentiría. He dado las autorizaciones necesarias para la disposición de mi cadáver y la dispersión de mis cenizas, agradeciendo a los buenos amigos que las ejecutarán sin rituales fúnebres.

¿Qué he tenido hasta el día de hoy? El goce de la vida con aceptación de los malestares de la ancianidad: he podido leer y entusiasmarme con las nuevas ideas o con el humor swiftiano de lo que escribe mi hija, sufrir la pesadilla de la historia de la que no podemos despertar, asistir a manifestaciones artísticas, disfrutar de amistades, sabores, sonidos, paisajes, visiones, películas, y, pese a todo, seguir escribiendo, no con la facundia de mis mejores años, luchando con las palabras, cometiendo infinidad de typos que obligan a interminables correcciones en lo que ahora puedo entender, desde dentro, como el late style (Edward Said), ese estilo tardío de los escritores viejos. Aun me espera una última revisión de esta carta de adiós antes de ponerle una fecha esperando que la fecha no se adelante a la firma y al send en el mail del ordenador.

Nada cabe agregar: como escribí en 1990 (Goce), el suicidio es la forma más rotunda de la a-dicción. De ahí el obligado paso a la escritura aquí rubricado con mi signatura.

 

Barcelona, 7 de septiembre 2022

Néstor A. Braunstein