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No todos estamos en el mismo barco, pero estamos en la misma tormenta

La primera vez que se difundieron noticias sobre una “nueva enfermedad viral” no le presté, en realidad, mucha atención. Tenía muy poco que ver conmigo, pensaba, mientras me preparaba para un viaje largamente planeado a Estados Unidos. Cuando hablaba sobre eso con alguien era para decir que el covid 19 permanecería en Asia, como el SRAG (síndrome respiratorio agudo grave) y otras enfermedades virales que no habían cruzado las fronteras. Era “su problema”, pensaba, después de todo, nosotros hemos tenido nuestra propia ración de enfermedades infecciosas: ébola, virus de Marburgo, zika, etcétera.

Pasé tres semanas en Estados Unidos oyendo apenas a medias cómo la enfermedad se propagaba. No fue sino hasta a principios de marzo de 2020, cuando estaba a punto de regresar a Uganda, que me di cuenta de la gravedad del problema. Los reportes noticiosos sobre países europeos que luchaban contra un inesperado aumento de casos y las historias sobre confinamientos inminentes me cruzaron encaminada en lo mejor de mi vida. Como nuestra comunidad global interconectada, el coronavirus había extendido su red a través del globo. Unos pocos días antes de mi vuelo de regreso a Uganda, supe que Estados Unidos había pasado a formar parte de la lista de países en la categoría 1.

Al llegar a Entebbe seríamos separados de los viajeros que no provenían de países de categoría 1, para pasar por revisión médica. Cuando caminamos en fila hacia la sala de llegadas, después del largo vuelo trasatlántico, me formé en la cola zigzagueante de pasajeros que esperaban medio asustados a que las pistolas termómetro apuntadas hacia ellos hicieran ruido. Los aparatos de aire acondicionado estaban apagados por lo que hacía calor en el área y había un fuerte olor de viajantes trasatlánticos que habían cruzado varias zonas horarias. Cuando llegó mi turno, mi temperatura era normal y se me dijo que me sometiera a una cuarentena autoimpuesta por catorce días.

Durante esos catorce días se me volvió evidente que para mucha gente cuarentena autoimpuesta significa autoaislamiento (en el sentido del término más cercano a ser un paria). Los amigos y otras personas que, cada vez que regresaba de un viaje, tenían el hábito de llamarme para ver si estaba bien, no se comunicaron esta vez. Sin embargo, el silencio me dio tiempo para reflexionar.

Pensé en mis bendiciones. Estaba agradecida por la oportunidad de haber viajado y reconectado con viejos amigos y por el regalo de las nuevas conexiones.

Fui capaz de apreciar mi casa. Me había mudado a ella sólo dos semanas antes del viaje, tiempo en el que me iba a las 5:45, a lo mucho, y regresaba no antes de las 7:00 pm. Estaba agradecida con Dios por las bendiciones de no tener que preocuparme sobre un casero o una renta y por el don del tiempo y el espacio que tenía para enfocarme en cosas que me ayudarían a crecer personalmente.

Una de las cosas en las que aprendí a enfocarme fue mi salud física, así como a escuchar a mi cuerpo. Mi cuerpo me dijo que estaba cansado. Estaba agotado y esta pausa era una oportunidad para recuperarme. Había estado sin parar por cinco años en un trabajo de tiempo completo, desarrollando simultáneamente una empresa. Esta fue la primera vez que pude dar un paso atrás y descansar sin sentirme culpable por no hacer nada.

Mi cuerpo, agradecido por el descanso, por la curación, me recompensó haciéndome más productiva. Pude terminar el primer borrador de un proyecto de libro en que había estado trabajando y que había abandonado por un año por prioridades en disputa y por no tener suficiente tiempo en el día. Lo mandé a un editor: alguien con quien, desde hacía tiempo, había formado una relación de confianza para que llevara a cabo una inmersión profunda y una cirugía mayor en el manuscrito antes de mandarlo al cliente para su revisión.

Ya habiendo desahogado lo del libro, comencé a enfocarme en cómo dar mis clases de escritura cara a cara, ahora de forma remota, durante el confinamiento ya para entonces obligatorio. Estaba ansiosa. Hice investigaciones buscando un modelo que hiciera la clase tan interesante y cercana como la experiencia cara a cara y, con ese propósito, me inscribí a dos seminarios en línea dados por expertos que se han dedicado a la enseñanza en línea por años. Con el santo grial en la mano, estaré dando mis primeras clases en línea al final del mes.

Sin embargo, no sólo he aprendido a dar clases de escritura en línea, sino que también me he inscrito a dos clases de escritura durante este periodo. Siempre había querido tomar más clases de escritura, pero nunca había tenido la oportunidad de hacerlo. Me imaginé que si el universo estaba en pausa era la oportunidad que necesitaba —como todos los demás—, tiempo para recargarme, reflexionar y aprender algo nuevo o dominar áreas de especialización. Y más importante todavía: a nuestro propio paso y no al paso de todos los demás.

Varios de los instructores de las clases de escritura son conferencistas bien establecidos, muy buscados, quienes quizás nunca han tenido tiempo de dar clases entre sus conferencias y otros compromisos. Tenían una habilidad que podían diversificar para seguir ganando dinero, trabajando desde su casa. De esto aprendí que uno necesita diversificar sus fuentes de ingreso.

También hay una necesidad de diversificar inversiones. Uno debe hacer un balance de los gastos y estar seguro de tener inversiones que uno pueda cancelar fácilmente. Lo que veíamos como verdad está ahora en duda. Por ejemplo, lo que todos creíamos que era una inversión segura, las rentas, ahora es un riesgo porque el gobierno ha llamado a los caseros a no cobrar renta. Debemos repensar nuestras inversiones. Estamos viviendo en tiempos precarios y debemos innovar para sobrevivir.

Finalmente, es importante darnos cuenta de que quizás estemos enfrentando la misma tormenta, pero no todos estamos en el mismo barco. No podemos evitar que el mundo esté pasando por una pandemia, pero podemos escoger ser amables los unos con los otros. Saber si estamos bien unos y otros. Hacernos presentes. Ayudar cuando sea necesario sin convertirlo en un espectáculo. Apoyar las iniciativas de otros. Rezar unos por otros. Y cuando salgamos ilesos de esto, que sigamos adelante con las lecciones aprendidas.

 

Traducción del inglés de Germán Martínez Martínez

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa