La cuestión de la cultura como un dominio transversal a los hechos económicos, políticos y sociales puede ejemplificarse con el lenguaje, acerca del cual un señor llamado Iósif Stalin sostuvo que no pertenece ni a la infraestructura ni a la superestructura. En El marxismo y los problemas de la lingüística, argumentó que el lenguaje no puede ser pensado en sentido estricto como parte de ninguna de ellas, pues no está ligado directamente a una base económica determinada ni surge o desaparece con el reemplazo de una formación social por otra. A diferencia de la superestructura —el derecho, la política, la ideología—, el lenguaje no expresa intereses de clase específicos ni se transforma de manera abrupta con las revoluciones, sino que funciona como un medio de comunicación común a toda la sociedad, atravesando las clases y sobreviviendo a cambios históricos profundos. De ahí su relativa estabilidad: su estructura gramatical básica y su léxico fundamental se conservan y se transforman gradualmente, en la medida en que responden a necesidades permanentes de la vida social —la comunicación, el intercambio, la cooperación— y no a la lógica inmediata de la producción ni a la dominación ideológica de una clase sobre otra.
No deja de ser irónico que esta reflexión haya sido ensayada precisamente por el camarada Stalin. Desde una perspectiva psicoanalítica, el lenguaje —y la discursividad, como su apropiación social— es el elemento mismo en el que se articulan el poder (entendido como la fuerza y la eficacia del nombrar), el saber (entendido como todo aquello que decirse sobre los nombres) y la subjetividad (cuya vida se juega en el anhelo de acceder al más allá que ninguna nominación alcanza del todo a aprehender). Si bien, como observaba el Gran Líder, el lenguaje posee una estabilidad histórica relativa, la heterogeneidad de sus pliegues internos da lugar a una multiplicidad de modalidades de poder, de saber y de subjetividad, cuya disputa permanente es, precisamente, la disputa cultural.
Preguntemos, entonces: ¿en torno a qué gira hoy, centralmente, esa disputa cultural? Como siempre, acaso la referencia paterna. Pero desde la instalación del capitalismo, el cariz de esta disputa es particular. La caída de la figura del monarca y el advenimiento del sujeto burgués puede pensarse a la luz de Tótem y tabú de Freud, cuyo mito de origen propone el asesinato del Padre primordial (o su decapitación) como condición para el surgimiento de una sociedad de hermanos regulada por la ley, como sucedáneo de ese padre todopoderoso. Quedan así delineados dos grandes órdenes imaginarios del poder: el régimen absoluto del Padre primordial y el régimen relativo de los hermanos, que procuran atenerse a la ley en un intento por autorregularse.En esta sociedad fraterna, acaso la pregunta decisiva ronda el vacío dejado por la muerte del padre y la constante tentación de colmarlo nuevamente.
Aquí, de nuevo, la figura de Stalin condensa toda la trama de tensiones. Como el líder socialista que fue, habría debido suscribir la escena post burguesa de la muerte del monarca, a modo de afirmación del vacío dejado atrás por el Padre absoluto. Sin embargo, el culto a su personalidad y el sangriento ejercicio de su tiranía lo sitúan paradójicamente en el lugar del padre primordial restituido.
Desde las revoluciones burguesas y la llamada muerte de Dios, la gran pregunta ha sido la de los lazos sociales —y de las formas del poder, el saber y la subjetividad— que pueden surgir una vez caído ese padre. Desde entonces, una y otra vez, asistimos a intentos alternantes por elaborar el duelo por ese padre muerto o por delirar fervorosamente su retorno. Imposible no pensar aquí en los supremacismos y en los populismos de diverso cuño que se organizan en torno a la figura del caudillo como padre redivivo.
De donde la urgencia de sostener espacios bien abiertos en los que todo lo anterior pueda ser pensado y en que el duelo por la ausencia de ese mítico padre perdido pueda, efectivamente, elaborarse, con el fin de vencer la permanente tentación de la regresión autoritaria y estar en posibilidades de vivir afirmativamente la incertidumbre conllevada por esa ausencia y construir lazos sociales en que el poder, el saber y la subjetividad puedan florecer en el elemento mismo de lo incalculable.



