Escrituras

El trazo del agua

En el presente texto, Juan Pablo Anaya busca desbordar el relato del asesinato de su padre. Lo hace a través de la exploración de la historia material del lugar en que sucedió. Su escritura cavila sobre el duelo al llevar su memoria personal hacia registros sociales, políticos y tecnocientíficos. El agua, como otros motivos del relato, abre a un nuevo porvenir, que entraña una reinvención de su narración, al quedar iluminada por otra luz.

“Cuando el agua se mueve, el cosmos interviene; el agua recibe la fuerza de los planetas y las estrellas, la transmite al suelo y a todas las criaturas”, dice el cineasta Patricio Guzmán en El botón de nácar. El videoensayo se refiere principalmente a las mareas de la Patagonia, pero esa transmisión de fuerzas está presente —aunque a veces de manera casi imperceptible— no solo en los mares, sino también en los ríos, lagos y lagunas. En México, como en muchos otros países, estas fuerzas han sido canalizadas mediante presas y movilizadas por medio de sistemas de bombeo. Los cauces naturales se han vuelto sistemas hídricos que surten a las concentraciones urbanas (o bien se han vuelto el lugar donde los desechos de las urbes desembocan). El caso más llamativo en este país es el sistema Lerma-Cutzamala. En él, el agua hace un recorrido de 334 kilómetros que comienza en las presas de Michoacán y termina en el Estado y la Ciudad de México. El sistema transporta 480 millones de litros al año, suministra 19 mil litros por segundo al valle de México y, además, bombea el agua desde una altura de 1,700 metros hasta los 2,702 metros sobre el nivel del mar, empleando en un día la cantidad de energía eléctrica equivalente a la que consume la ciudad de Puebla. La fuerza que ejercen las estrellas, los planetas y la luna termina por ser desviada, bombeada, potabilizada, entubada, utilizada y drenada. Dice Guzmán: “El agua es un mediador entre las fuerzas del cosmos y nosotros”, pero ¿qué se añade entonces a estas fuerzas cuando son reconducidas y procesadas para su uso?

 

De camino hacia su muerte, mi papá hizo un viaje que terminó a unos pasos de uno de los lugares por los que entra el agua a la Ciudad de México. De la zona –al norte– en la que vivíamos, se dirigió a la segunda sección del Bosque de Chapultepec, donde se encuentra precisamente la entrada del sistema de aguas Lerma-Cutzamala. A la salida de la Cafetería del Lago, en la segunda sección, lo mataron. Era el 20 de noviembre de 1987. Ese día, por la tarde, en busca de quién lo acompañara a la Cafetería para preguntar por los costos de un festejo que celebraría la asociación de ingenieros de la UNAM, mi papá se dirigió desde la calle de Arroyo Nuevo a las oficinas del Décimo Distrito del PRI, del que también era miembro. Antes de hacer este primer traslado, le pidió a mi hermana que lo acompañara. Ella prefirió quedarse en casa. Las oficinas del PRI estaban en Avenida Ticomán, a unas cuantas cuadras del Río de los Remedios. Al parecer, dos personas que trabajaban ahí, Rebeca y María de Jesús, fueron con él. Tal como lo indica la “AVERIGUACION PREVIA: 11a/5432/987” abierta “por el delito de HOMICIDIO”, al final de su viaje su cuerpo terminó tendido “sobre el prado” de la «Segunda Seccion [sic] del Bosque de Chapultepec», cerca del “crusero [sic] de la vía del ferrocarril escénico (…) a setenta metros de la Cafeteria [sic] del Parque, por el lado derecho”, y a “14 metros del Lago Menor”. A unos cincuenta metros de ese lugar, hay un conjunto arquitectónico llamado Cárcamo de Dolores que da la bienvenida y celebra la llegada del líquido vital: ahí se recibe, almacena y distribuye el caudal del sistema hidrológico.

 

El viaje del agua, antes de llegar al Cárcamo de Dolores, comienza en las Presas de Tuxpan, del Bosque y Colorines, en Michoacán. En el camino se le integra la Presa de Ixtapan del Oro, del Estado de México. El flujo llega a una primera planta de bombeo, en Valle de Bravo, y se encuentra con el caudal que viene de la Presa con el mismo nombre. A continuación, pasa tres plantas de bombeo más, estas suben el agua hasta la zona donde se integra el líquido de la Presa de Chilesco y Villa Victoria, para así llegar a la planta potabilizadora Los Berros. Ahí, para desinfectar el “agua cruda”, se le agrega cloro y sulfato de aluminio. Este último, a la manera de un imán, atrae los sólidos en suspensión y los sedimenta para que puedan ser extraídos mediante distintos procesos de filtrado.

El agua limpia es entubada y en una quinta estación de bombeo, en la misma planta Los Berros, se añade el caudal que proviene del sistema Lerma y se sube el líquido a 2,750 metros sobre el nivel del mar, en la llamada Torre de Oscilación No. 5. Con la elevación adquirida, el agua comienza su descenso hacia el valle de México, localizado 250 metros por debajo del nivel al que fue elevada, y atraviesa un túnel de 78 kilómetros al interior de la Sierra de las Cruces hasta llegar a los tanques de depósito ubicados en Chapultepec.

El sistema Lerma-Cutzamala surte el 25% del agua que se consume en el valle de México. Se considera que el 30% del agua potable que produce se pierde en fugas. Ese porcentaje equivale a la cantidad de líquido que aporta el sistema Lerma al total que llega a la Ciudad de México. Algunas fugas son producidas por el desgaste mismo de las tuberías, el movimiento y la dinámica de los suelos; otras son producto de tomas ilegales en la ciudad, las cuales surten a desarrollos inmobiliarios recientes.[1]

 

A los siete años vi por última vez a mi papá. Él estaba recién bañado. Al parecer, se había levantado hacía unas dos horas. Fue el mismo viernes 20 de noviembre de 1987. Después de vestirse y de pedirle a mi mamá que lo peinara y de desayunar, ambos me llevaron a la escuela, de donde salió el camión que me llevó de campamento. Ese mismo viernes por la tarde lo asesinaron. El sábado velaron el cuerpo. El domingo lo enterraron. Cuando regresé —el domingo por la noche— él ya no existía. En realidad, no recuerdo nada de aquel viernes en el que murió. No tengo esa última imagen. La reconstruyo a partir del relato de mi mamá.

Hay varias escenas, sin embargo, donde sí recuerdo su presencia. Casi todas son, creo, de cuando tenía entre seis y siete años. En algunas de ellas el agua está presente. Una tienda de neumáticos. Brincaba en un charco con mis tenis nuevos. No le aceptaron la garantía de las llantas de su coche. Llegó por la espalda y me prendió en el aire. Con semejante nalgada fui a dar al suelo, a las afueras del charco, donde aquel calzado de plástico ya no corría peligro de dañarse. Otra es en una alberca. Esas vacaciones nos acompañó mi prima Lulú, quien es un año más grande que yo. Era un chapoteadero muy grande. Parte del agua que lo llenaba subía al segundo piso de una fuente empotrada en una pared. Tenía la forma de un cáliz. El agua brotaba de la parte superior. La gravedad la traía con fuerza de vuelta a la alberca. En mi recuerdo, la fuente tiene casi dos metros. Era posible llegar a su parte alta mediante un andador. Jugábamos en la cascada que se producía. Unos niños más grandes llegaron y se sentaron arriba, en el borbotón. En cuanto se marcharon decidimos ir a donde brotaba el chorro. Nos sentamos en la orilla y metimos los pies. La fuerza con la que salía el agua nos fue arrastrando hacia adentro. Terminamos por sentarnos en su interior mientras nos sujetábamos de un barandal. Intenté ponerme de pie, me resbalé. Mi prima me dio la mano, con la otra se sujetaba de un barrote. La corriente era fuerte, estaba a punto de caer, hasta que llegó mi papá, nos agarró de los brazos y nos sacó de ese embrollo. El último recuerdo es en la playa. De nuevo iba Lulú. Mientras jugábamos en la orilla, me tomó de la mano y me dijo que camináramos hacia las rocas, al final de la bahía, en donde el agua de las olas se pulverizaba al chocar con las piedras. Emprendimos el viaje. Una media hora después, cuando veníamos de regreso, mi papá nos encontró. Venía apresurado. “¿Dónde estaban?”, preguntó a unos metros de distancia. “Fuimos a las piedras”, respondimos. Cuando estuvo cerca nos sujetó, para que no nos moviéramos, mientras nos daba a cada uno un buen manazo. Tengo memoria de estas dos últimas escenas gracias a Lulú, quien también las recuerda.

 

El Cárcamo de Dolores está compuesto por cuatro tanques de almacenamiento de 50 mil litros, la llamada fuente de Tláloc, en un patio de entrada donde el dios trae en las manos un conjunto de mazorcas, y un edificio en cuyo interior se aloja el mural El agua en la evolución de la especie.[2] Tanto la fuente como la pintura son de Diego Rivera. La pintura decora el estanque o cárcamo que recibió el líquido durante varios años. En el suelo por el que entraba el agua potable, Rivera retrató la teoría del origen de la vida de Aleksandr Oparin. Inaugurada en 1951, cuando se concluyó la primera etapa de la construcción del sistema Lerma, esta sección del mural fue diseñada para verse a través del agua. Justo ahí, siguiendo a Oparin, se observa un proceso que va desde la primera célula hasta llegar a los seres humanos, pasando por protozoarios y anfibios, entre otros. En los muros laterales aparecen las dos razas, la mongoloide y la negroide, las cuales —según la pintura— conformaron el origen mestizo del ser humano. En la pared del estanque que se observa al entrar al edificio, donde algún día resonó la llegada del caudal, se encuentran retratados los obreros e ingenieros que diseñaron y construyeron el sistema hídrico. Estos mismos obreros, en otra sección de los laterales, dan el vital líquido a las poblaciones de la Ciudad de México. Mirando desde la pared del fondo, hacia la entrada del recinto arquitectónico, en el muro que queda por encima de la llegada del cauce, pueden verse pintadas dos grandes manos cuyos dedos forman un cuenco que entrega el líquido. El mural sugiere que alguien nos da el agua. Pero, ¿de quién son esas manos?

En la pintura no hay ningún cuerpo o rostro al cual puedan pertenecer. Solo si levantamos un poco la vista veremos fuera del recinto el rostro de Tláloc sobresalir de la fuente o esculto-pintura, como la llamó Rivera. Desde esta perspectiva, las manos son las del dios de la lluvia que mira hacia el interior del edificio desde el exterior del recinto. Tanto la mirada de Tláloc como el lugar en donde sitúa sus manos coincide con la llegada de la tubería al cárcamo. Las manos que entregan el agua son también, en parte, las de los trabajadores que construyeron el sistema Lerma, a quienes está dedicada la obra. Pero aquellas son además las manos de la tecnociencia, la cual, a cada segundo hace posible tanto el recorrido del agua desde las presas de Michoacán, como su elevación y potabilización. Retomando el lema del Instituto Politécnico Nacional, que seguramente formó a buena parte de los ingenieros que retrata el mural y que construyeron el sistema hídrico, esas manos son las de la técnica al servicio de la patria. En este sentido, también son las manos del Estado mexicano construyendo obras que distribuyen los bienes públicos —como el agua— a los habitantes de la Ciudad de México.

En su texto “Arquitectura y muralismo”, a sus casi cincuenta años, Diego Rivera se refirió al proyecto del Cárcamo de Dolores como “la ocasión más interesante de trabajo hasta ahora en mi vida”. Una de las razones para su entusiasmo era la realización de una “edificación absolutamente social y popular”.[3] Su pintura celebra un proyecto que solucionaría la falta de agua dulce en la ciudad y muestra a todas las clases sociales gozando del agua. Algunas privilegiadas la utilizan para nadar, otras para beber o para regar su milpa. Aquel mural en el Cárcamo de Dolores es también conocido con el título El agua, origen de la vida.[4] En 1951, al acarrear el agua mediante la tecnociencia de los ingenieros y entregarla a los habitantes del valle de México, las manos del Estado mexicano se presentan como aquellas que, a la manera de Tláloc, reparten el líquido vital que hace posible la vida de los organismos y, dentro de ella, la vida humana. Aquella que se alimenta del maíz que el dios en la fuente de entrada trae en sus manos. Paradójicamente, el Estado mexicano aparece también como aquel que, al desplazar el agua de una zona a otra, da el líquido a las formas de vida urbanas en detrimento de los campesinos.

Un caso palpable de esto último son las comunidades del Alto Lerma, en el Estado de México. Las presas y los ductos pasan junto a los terrenos, pero el acceso a este bien entubado no fue previsto para los lugareños. Ahí, las sequías de 1969 y 1970 fueron el inicio de una lucha que llega hasta nuestros días. Entre otras acciones, su demanda de acceso al agua los llevó, en 1973, a desactivar el sistema de bombeo de la presa Antonio Alzate, así como a varias ocupaciones simbólicas de la planta potabilizadora Los Berros. En la última, llevada a cabo en febrero de 2005, el Ejército de Mujeres Zapatistas en Defensa del Agua colocó “30 escaleras a lo largo de la barda perimetral de la Planta Los Berros como vías para ingresar a esta”. Mientras las mujeres llamaron la atención de los medios, y “el ejército y la Policía Federal Preventiva custodiaban la planta potabilizadora (…), un grupo de 15 hombres del Frente Mazahua mostró a los periodistas la operación del cierre de válvulas” en otro punto clave del Sistema Cutzamala, en las instalaciones ubicadas en el municipio Donato Guerra. “Durante cinco minutos cerraron el flujo del caudal para demostrar la vulnerabilidad del sistema”[5] y dar fuerza a su exigencia.

 

Hace ya casi dos años que empecé a investigar sobre lo sucedido aquel viernes en que murió mi papá. Platiqué con mi mamá y mis hermanos acerca de lo que sabían del suceso. Leí después con detenimiento la “AVERIGUACION PREVIA: 11a/5432/987” abierta “por el delito de HOMICIDIO”. Mi papá murió en un asalto a las afueras de la “Cafetería del Lago, en la segunda sección de Chapultepec”. Según lo narra Rebeca en la Averiguación, cuando iban hacia el auto, dos jóvenes de no más de diecisiete años se dirigieron hacia ellos. Uno caminó hacia el lado izquierdo, el otro los abordó y les dijo: “arrojen todas sus pertenencias al suelo o se los va a cargar la chingada”. La causa de su muerte fueron cuatro heridas de bala: una en el muslo, otra en el costado derecho y dos en la parte alta del brazo de ese mismo lado. Fue el asaltante que avanzó por el lado izquierdo el que le disparó. La razón por la que jaló el gatillo en repetidas ocasiones, en un simple asalto, es la que me resulta hasta la fecha difícil de esclarecer.

Mi papá siempre llevaba en la bolsa del saco una pistola calibre 25. Tanto en el relato de mi mamá como en la versión de mis hermanos, él se resiste, saca su arma y dispara a los asaltantes. En ese momento le tiran de vuelta y lo matan. Antes de leer la Averiguación, le pregunté a mis hermanos por su versión del asunto. Mi hermano —el mayor de la familia— pensaba que el lugar de los hechos era el interior de la cafetería y que mi papá intentó evitar el asalto al recinto y a los comensales. Mi hermana —la de en medio— sabía que el lugar de los hechos era a las afueras del restaurante, pero estaba convencida de que mi papá había alcanzado a herir a uno de los asaltantes. Contrasté estas versiones con lo que relata Rebeca en la Averiguación. Ella nunca cuenta que mi papá haya sacado un arma, mucho menos que la hubiera disparado. En la escena del crimen, sin embargo, aparecen seis casquillos de una pistola calibre 45 y cuatro de una pistola 25. Por la cantidad de balas que entraron al cuerpo de mi papá es probable que los cuatro tiros calibre 25 hayan salido de su arma. Si acaso disparó, hasta ahora no tengo ninguna evidencia de que él haya sido quien lo hizo primero.

 

El Cárcamo de Dolores es un ejemplo destacado de integración plástica. En el sitio, no solo la escultura —en la fuente de la entrada— dialoga con la pintura —en el mural—, sino que también lo hace la arquitectura, la cual permite la articulación del conjunto. El Cárcamo, sin embargo, parece ir más lejos. No solo integra un discurso científico y social a la obra, sino que vuelve al agua parte de la composición para generar lo que Richard Wagner llamó una obra de arte total.[6] Vistas a través del agua, las representaciones del origen de la vida en el mural de Rivera adquirían una movilidad peculiar. A su vez, el cauce del sistema Lerma resonaba al interior del edificio del arquitecto Ricardo Rivas, dándole una sonoridad vital al conjunto.

La hazaña de pintar un mural debajo del agua fue propuesta a Rivera por el mismo arquitecto Rivas. A diferencia de David Alfaro Siqueiros —otro muralista, quien solía experimentar con distintos pigmentos industriales—, Rivera prefería los pigmentos naturales. Rivas lo convenció de utilizar la pintura DKS-92 de poliestireno, la cual supuestamente resistiría al caudal. El IPN hizo estudios y le garantizó a Rivera que la pintura duraría al menos treinta años. Fue entonces que el pintor se decidió a realizar un mural que estuviera, aunque sea parcialmente, sumergido en el agua y que se contemplara precisamente a través de ella.

 

 

La pintura, sin embargo, no resistió. Al parecer, desde 1957 comenzó a desvanecerse. Los habitantes del entonces llamado Distrito Federal lavaron los trastes, se bañaron y bebieron los restos de la pintura.

Aunque el mural se continuó deslavando, ese mismo año se cerró el acceso al edificio y a la pintura de Rivera. El sistema Lerma-Cutzamala siguió llegando por varios años al Cárcamo, pero la obra de arte total fracasó. El caudal del agua había transformado ese conjunto. En un breve documental para la televisión, encontré una supuesta imagen de cómo se llegó a ver el mural deslavado y el agua con restos de pintura.[7] Debido al blanco y negro de la imagen original, supongo que las aguas con poliestireno de distintos colores se oscurecen en la foto. Para volver legible la narrativa visual que busca mostrar el agua entintada, también es posible que la imagen haya sido manipulada para oscurecer el color del agua.

 

 

A pesar de su artificio —o quizá gracias a él— no dejo de ver en esta imagen de 1957 un presagio del problema de la contaminación de los ríos, a punto de suceder en México, tras la canalización del desagüe y los deshechos industriales hacia ellos en los años porvenir. Fue hasta 1992 que, finalmente, el INBA intervino para restaurar el mural y el cauce se desvió hacia la parte lateral del Cárcamo para que el agua no deslavara más la pintura.

 

Según me contó mi mamá, la copia de la Averiguación previa que ella tenía en su archivero es solo uno de los documentos que conforman la Averiguación completa en torno al asesinato de mi papá. Aquella que se abrió cuando el cuerpo estuvo en el anfiteatro de la Delegación Miguel Hidalgo, lugar donde fue identificado. He inscrito dos oficios solicitando al Ministerio Público de esa dependencia —la misma donde a mi mamá le mostraron el resto de la investigación— que se me permita leer la Averiguación entera, incluidos los cauces que tomó, la descripción detallada del lugar de los hechos, sus marcas, los estudios de balística y los resultados precisos del SEMEFO. Además de conocer el desenlace de las investigaciones, busco saber si había huellas de algún otro cuerpo herido en el lugar y de qué calibre exactamente era el arma que hirió el cuerpo de mi papá.

El primer oficio donde solicité tener acceso a la investigación no fue aprobado porque alguien en el ministerio público copió mal el número de la Averiguación previa que refería mi solicitud. Según me respondieron, no se había encontrado ningún archivo con ese número. Noté el error. Respondí señalando el problema. Adjunté una copia de la copia que yo tengo, indicando el número para solicitar de nuevo que se me permitiera leer el archivo. Hace unas semanas recibí la respuesta a mi segunda solicitud. Al parecer, conocer la totalidad de la Averiguación será difícil. A pesar de que anexé la copia, volvieron a decirme que no se había encontrado el archivo y me pidieron más evidencias para realizar la búsqueda.

 

Conocí el Cárcamo de Dolores gracias a Gabriela. Cuando empecé a leer con detenimiento la Averiguación, le pedí que me acompañara a identificar el lugar de los hechos. Fuimos a desayunar al hoy llamado Restaurante del Lago. Cuando terminamos de comer, recorrimos el lugar para ubicar las coordenadas. Por una de las aceras, en una de las salidas del restaurante, llegamos al “crusero [sic] de la vía del ferrocarril escénico”. Hoy en día el tren de la segunda sección no está en funcionamiento; sin embargo pude identificar el lugar, no solo por las vías, sino también por el señalamiento que indica el cruce y por los dos brazos metálicos o plumas que anteriormente regulaban tanto el paso de los autos como la avanzada del trenecito. Identificamos el sitio y tomamos algunas fotos. Gaby me invitó a ver un mural de Rivera que estaba cerca. Tenía que regresar a trabajar, pero ella me tomó del brazo, caminó por esa misma acera y le preguntó a los vigilantes del parque por el lugar. Pronto llegamos a una fuente con una escultura en lo que después me enteré era el Cárcamo de Dolores.

Gaby, quien estudia el cambio climático, me dijo que en el Cárcamo está parte de la historia del agua en la Ciudad de México. Mi atención en el sitio se centró, no obstante, en el retrato de los ingenieros que planean el sistema hídrico. Todos son hombres, como si no hubiera lugar para las mujeres en la subjetividad obrera que trabajaba en las obras del Estado. Los ingenieros aparecen congregados alrededor de un plano cuadriculado en donde apenas se ven los primeros trazos. Varios de ellos señalan hacia esa superficie, sugiriendo quizás alguna solución para lo que se estaría proyectando. El futuro parece abierto a sus ideas y a sus propuestas de mejora. Los personajes me hicieron pensar en ciertos rasgos de mi papá, en cómo varias personas de su trabajo, en la hoy extinta “Compañía de Luz y Fuerza”, lo recuerdan como “el Ingeniero”. Ahí, a cargo del área de “Control”, mediante un sistema computarizado, mi papá vigilaba que no hubieran problemas de funcionamiento o incendios en la subestaciones de la red eléctrica.

 

Escribí buena parte de estas líneas el último fin de semana de octubre de 2018, cuando se cerró el sistema Lerma-Cutzamala para realizar trabajos de mantenimiento. Ese mismo fin de semana hice un viaje con Mayra. Fuimos de Tijuana a Los Ángeles, pasando por la ciudad de San Diego. En el camino me enteré de que en toda esa zona, desde hace cuatro años, la lluvia se ha vuelto escasa a causa del cambio climático. En esos días la sequía propició incendios masivos en varias partes de California y Tijuana. Cruzamos la frontera. Queríamos hacer el recorrido por la carretera panorámica que avanza a un lado del mar de California, pero cuando llegamos a San Diego estaba cerrada debido a los incendios en Malibú. Tomamos otra ruta. Ya en Los Ángeles, Mayra me convenció de visitar el Observatorio Griffith, ubicado en la zona sur de la montaña Hollywood. Entramos a la última función del planetario. Cuando salimos a ver la ciudad desde las alturas, en los últimos momentos de la puesta del sol, una nube gris, proveniente de los incendios de Malibú, volvía espeso el aire. Llegó pronto la noche. A través del humo, las luces de la ciudad se deformaban de manera inhóspita.

 

El edificio del Cárcamo de Dolores en el cual está el mural de Rivera fue planteado por el arquitecto Rivas como un templo para fomentar un nuevo culto, el del agua. El elemento sagrado de esta iglesia despintó y diluyó la narrativa tecnocientífica con la que se le quería definir y enmarcar. Hubiera preferido que no se restaurara el mural para así conservar el testimonio de su fracaso ante el caudal del agua, el cual —siguiendo la propuesta del mural mismo— es el caudal de la vida. Ese mural despintado, en el que el líquido había dejado su trazo pudo haber sido el objeto de culto de esa iglesia por venir. Su epifanía.

El agua en que se bañó mi papá el último día de su vida había pasado por ese templo. No solo traía consigo la fuerza de las mareas producidas por la luna y el sol, tenía también una buena dosis de cloro y tal vez algún resto de sulfato de aluminio. La aceleración del caudal que cayó sobre su cuerpo provenía de la altura de la regadera, pero también de la presión del flujo proveniente de motores y bombas. En esas gotas quizá había restos de la pintura de poliuretano DKS-92. El chorro de esa mañana acarreaba la técnica y la ciencia de la época, revestida del discurso nacionalista en el que se había formado. En esos días el líquido era ya un bien en disputa entre distintas formas de vida, y el mural de Rivera no se había restaurado. Ahí, el agua había dejado su trazo. Con él había desdibujado los planos de los ingenieros, sus rostros y el nacionalismo que les daba sentido. Los posibles devotos tenían un templo disponible con un mural borrado. El testimonio de la fuerza de adherencia de las moléculas en ese cuerpo líquido.

 

 

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[1] Tanto las cifras de las fugas como el señalamiento de las tomas ilegales fueron tomadas de “El agua en la Ciudad de México: la crisis ecológica del mañana” de Alejandro de Coss, publicado en la revista electrónica Horizontal (última consulta 15/01/2019): https://horizontal.mx/el-agua-en-la-ciudad-de-mexico-la-crisis-ecologica-del-manana/

[2] Título tomado del Inventario del muralismo mexicano de Orlando S. Suárez, México, UNAM, 1972, p. 280.

[3] En Textos de arte, compilación de Xavier Moyssén, México: El Colegio Nacional, 1996, p. 196.

[4] Véase la página de Wikipedia del Cárcamo para notar el uso de este título: https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1rcamo_de_Dolores

[5] “Los afectados y sus formas de representación” en ¿Guerra por el agua en el valle de México?, de Manuel Perló Cohen y Arsenio Ernesto González, México: UNAM, 2005. Para más detalles sobre el conflicto en el Alto Lerma por el agua véase Cirelli, Claudia, La transferencia de agua: el impacto en las comunidades origen del recurso. El caso de San Felipe y Santiago, Estado de México, Tesis de Maestría en Antropología Social, Universidad Iberoamericana, México, 1997.

[6] Sigo aquí en parte la lectura de Otto Cazares en la reseña transmitida en el programa “Ciudad con alma de piedra” en Ciudad TV 21.2, en 2017 (última consulta 15/01/2019): https://www.youtube.com/watch?v=KMcWq_h2w0c

[7] El video del que tomé las imágenes se titula “El agua no llega más al Cárcamo de Dolores” de la Revista Nueva Era, 2012 (última consulta 16/01/2019): https://www.youtube.com/watch?v=k2vD5mhBGCg&t=102s