Expediente

Biopolítica, pandemia y después…

Cuando en febrero pasado leí a Giorgio Agamben, me convencí de la “invención de una epidemia” que traía consigo la excusa para instalar por doquier el “estado de excepción” como una estrategia perfecta para llevar adelante una suerte de globalización del control social. Sin embargo, la velocidad con la que se desarrollaron los acontecimientos que todos conocemos pronto me hizo ver (como a muchos) que algo nuevo, distinto a todo lo conocido, estaba empezando a suceder, y que no era el producto de una fase avanzada de las tradicionales estrategias de control social sino más bien algo que las desbordaba. En pocos días, el texto de Agamben pasó de resultarme iluminador a ser una predicción objetivamente aniquilada por los sucesos cotidianos.

Hubo quienes se resistieron a desestimar por completo ese planteo, sosteniéndolo a través del vericueto del redescubrimiento de la biopolítica, noción que Foucault exploró desde 1974 para abordar el control de la conciencia o la ideología sobre los individuos, pero también “en el cuerpo y con el cuerpo” a través de cuidados “mecanismos en el dominio de los cálculos explícitos” que se ciernen sobre la vida biológica. Es que efectivamente, hace algunos años, el “estado de excepción” de Agamben tuvo el mérito de completar esa línea de pensamiento al tematizar las condiciones de posibilidad que hacían viable esa forma de ejercicio del poder sobre los cuerpos de la que nos habla la biopolítica.

Reconociendo los aportes de una noción que no ha dejado de abrir caminos en la interpretación de las sociedades modernas, quisiera señalar aquí mi convicción de que la situación actual obliga a repensar las teorías conocidas o por lo menos ajustarlas a la realidad para no traicionarlas. Si la biopolítica gestó desde Foucault un campo de exploraciones de variado signo —que sin embargo compartieron en su fundamento una matriz disruptiva—, algo distinto se vislumbra en las reflexiones gestadas sobre el avance del Covid-19. En efecto, el texto con el que inauguró Agamben una saga de lecturas biopolíticas de esta pandemia, habilitó lo que podría entenderse como un ejercicio autodestructivo de esa matriz, algo que quedó claro cuando otro intelectual, el coreano-alemán Byung-Chul Han, explicó cuál era el motivo del éxito de los países asiáticos en el combate de la pandemia y cuál el del fracaso de los europeos. Byung-Chul Han destacó una extraña forma de autocomplacencia europea por la supremacía ética que privilegió el respeto por las libertades sobre el ejercicio de prácticas autoritarias como las llevadas a cabo en China. Desde esta perspectiva, en la libertad, o la vulneración a ella, reside la mayor amenaza al “mundo libre”, situada, más que la pandemia, en un modo de combatirla que supone instalar el “estado de excepción”. Así, la libertad de mercado, que desde este enfoque no puede ser limitada en Europa, apela a la complementaria contracara que le provee la biopolítica de Agamben.

Otras lecturas biopolíticas de los últimos días parecieron reforzar un falso dilema consistente en recrear una suerte de “fin de la historia” donde solo hay lugar para un “pensamiento único”, porque demandar en Occidente cambios que supusieran una mayor presencia del Estado en la sociedad significaría validar una inaceptable forma de control social.

En este sentido, podría pensarse que, para ser un instrumento liberador de las sociedades, la biopolítica foucaultiana debería antes liberarse así misma de la voluntad de complacer una falsa idea de libertad. Quizá las preguntas más interesantes a formular desde su matriz constitutiva pasen menos por las (obvias) indagaciones acerca de cuánto se parecen nuestras cuarentenas actuales a la ciudad “en estado de peste” de Vigilar y castigar o al “estado de excepción”, y más sobre las causas del desastre o las condiciones materiales que favorecieron su propagación, los contagios y las muertes. En esto último reside el gran problema biopolítico y del control social al que debemos volver la mirada con más interés que a los parecidos que se encuentren entre las cuarentenas del siglo XVIII y las actuales. Precisamente en el desmantelamiento de los sistemas públicos de salud —motivado por un avance irrefrenable de la concentración del capital financiero global que, cuanto menos desde 2008, ha arrinconado a los Estados— es donde hay mucha biopolítica que analizar. Fundamentalmente porque esa avanzada se llevó adelante sobre la base de que había demasiados trabajadores en el sistema de salud público dedicados a atender vidas “poco dignas” de ser vividas, tal como eran consideradas las de aquellos que no podían acceder a un sistema de salud privado. Y, a la vez, esas acciones tuvieron como discurso legitimador el de la invocación a la libertad, lo que unificó a grandes especuladores con el ciudadano común, a quien se trató de convencer de que era partícipe de la defensa de los mismos intereses.

Mal que le pese a Byung-Chul Han, Europa no llegó a la situación actual por respetar las libertades sino por subordinarlas al dominio casi exclusivo de la esfera privada. Así, con la pandemia se recrea una cruzada ancestral que opone la libertad al fantasma del autoritarismo, por más que la propagación de la pandemia tenga mucho más que ver con no desconstruir el sentido que adoptó la libertad como sinónimo del enriquecimiento de muy pocos a expensas del padecimiento de grandes mayorías.

Antes que habernos convertido en pasivos acatadores de medidas de control social (que habrán conseguido evitar tragedias mayores) el peligro que se cierne sobre el día después de esta pandemia es el de volver a suponer que toda intervención del Estado es una inaceptable forma de “excepción”. Porque esto último solo favorecerá la reproducción de las condiciones para que la libertad reclamada siga siendo el gran negocio del capital concentrado.

Después de todo, lo que descubrimos en la actual cuarentena, y que no estaba en las descripciones que hizo Foucault sobre las llevadas a cabo en el siglo XVIII, es que se instalaron ciertas condiciones igualitarias para el cumplimiento de normas a las que los ricos jamás creyeron tener que verse sometidos. De ahí que, quienes interpretan sus pesares proyectan el día después con la expectativa de que tras esta insólita interrupción del devenir lógico de las cosas (la tragedia en este punto puede equipararse al éxtasis de la fiesta), todo vuelva a su lugar. Cómo decía Serrat:

 

Vuelve el pobre a su pobreza

Vuelve el rico a su riqueza

Y el señor cura a sus misas…

 

Deberemos preguntarnos entonces ¿los enfoques sobre la biopolítica nos servirán para naturalizar la vuelta a esa normalidad o, por el contrario, serán una herramienta para contribuir desde el pensamiento crítico a evitarla?

 

La Plata, 30 de marzo de 2020