Expediente

Covid cultural en México: ante el derrumbe, la reinvención

Cuarentena. Del latín quadraginta, cuatro veces diez. Conjunto formado por cuarenta unidades. Edad de cuarenta años. Aislamiento preventivo de personas o animales por razones sanitarias o cualquier otra razón. La práctica se extiende durante la peste negra europea del siglo XIV, dado que era el plazo durante el cual la enfermedad mostraba sus síntomas. En la actualidad, la acepción se utiliza con independencia de la duración del aislamiento. La más reciente, consecuencia de la pandemia del coronavirus, Covid 19, SARS (Severe Acute Respiratory Sindrome) Cov2, comenzó a finales de 2019 y se ha diseminado por el mundo. Es verosímil que para el primer trimestre de 2021 haya vacunas, que la pandemia continúe debido a sus mutaciones, y se extienda por un lapso de tres años.

En México, la catástrofe económica y social apenas comienza. Lo que sucede a diario es la devastación. Los ciudadanos pierden sus empleos o sus negocios. El rescate que les ofrece el gobierno de la autodenominada Cuarta Transformación, 25 mil pesos, no cubre ni siquiera los sueldos de tres empleados, más la renta y gastos de operación. No habrá rescate al estilo Fobaproa, sentencia el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, cuando las afectadas son micro, medianas y pequeñas empresas, aproximadamente 75% de la actividad económica nacional, mientras beneficia a un selecto grupo de consorcios con mega contratos por asignación directa.

Mientras, los académicos advierten que son prescindibles en el proyecto de gobierno actual y anticipan más reducciones a su presupuesto, de manera destacada los de ciencias y humanidades, cuyas comunidades le dieron su voto y han pasado del desencanto a la desesperanza. Los recién egresados de universidades públicas tienen pase automático al desempleo. Los jóvenes que inician sus proyectos de vida independiente y comparten departamento rematan sus muebles para el pago de la renta y abren negocios de tacos o paletas. Los que conservan su trabajo de manera no presencial en puestos medios y altos dentro de las instituciones culturales, están a la espera de que no los degüelle un recorte más, de encontrarse contratados como capítulos 2000 y 3000.

Acerca de la comunidad cultural, acudo a las llamadas, a los whatsapps, a lo que se refleja en Facebook y algunos medios. No escasean quienes encaran enfermedades crónicas y costosas sin ingresos estables ni seguridad social y/o se ocupan de la atención de sus ancianos que experimentan el creciente deterioro de sus condiciones de salud. Las parejas que conservan sus trabajos no presenciales organizan sus horarios para acompañar a los hijos que reciben clases vía internet o por televisión. No son cuantificables los daños a la salud psicológica sin distinción de edad. Los relatos acerca de la zozobra, la soledad, el insomnio y la depresión aumentan y, en correspondencia, las expresiones de solidaridad. Nadie comparte los desencuentros y deterioros de la relación sentimental, y hacen bien en no hacerlo. La cuarentena se vuelve confinamiento, “pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente en un lugar distinto a su domicilio y bajo vigilancia de la autoridad”, y que en esta ocasión ocurre dentro del propio espacio doméstico.

Difícil saberlo con exactitud pues no hay informe estadístico acerca de la cantidad y perfil de los miembros del sector artístico y cultural, aunque se alude a que el 70% mudó hacia las actividades no presenciales, y solo el 20% obtuvo algún tipo de remuneración. El cierre de salas de cine, de los teatros y librerías no cede. Las cifras oscilan pero el pronóstico a largo plazo es que crecerán los cierres definitivos. En la primera reapertura, pues aún faltan varias idas y vueltas, apenas abrió el 14% de las salas de cine, con un 10% de asistencia. El 50% de las librerías se consideraron en riesgo y 20% no pudieron continuar con sus actividades. A los teatros se les impuso por razones sanitarias una asistencia máxima del 30% cuando la mínima es del 60%, para cubrir costos. Eventos anuales de solidez internacional, como el Festival Internacional Cervantino y la Feria del Libro de Guadalajara, se cimbran ante el embate.

Sin visión de Estado, la secretaría de Cultura es incapaz de proponer una estrategia de rescate de las industrias culturales y apenas defiende con tibieza uno de los fideicomisos en apoyo a la cinematografía —más el del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, ambos de futuro incierto—. Impotente, aplica el remedio favorito del presidente, el reparto de dinero: los “Créditos a la Palabra” de 25 mil pesos, o el “Banco de Funciones” —15 mil pesos—, a través de las secretarías de Bienestar y de Economía. El acceso al apoyo implicaría, aunque no lo garantiza, el registro en la plataforma de agentes culturales Telar, improvisada sobre la marcha, acerca de la cual el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, Coneval, consideró en una evaluación de poca utilidad.

El 75% del recorte extra al presupuesto dedicado a los gastos de operación precipita a la bisoña institución en el estancamiento. Los dos proyectos del sexenio, el programa Culturas Comunitarias y el Proyecto Cultural Chapultepec, son crónicas de fracasos anunciados. El sector cultural de la UNAM entonces emite un diagnóstico-terapia intensiva con el que intenta tomar una batuta que se le escurre con facilidad. La Asamblea por las Culturas de la Ciudad de México, el Movimiento Ciudadano por la Cultura y el Arte, MOCAM, y las organizaciones No Vivimos del Aplauso y Resistencia Artística Nacional, de representatividad y calidad a la espera de valoración, aliadas a los sindicatos culturales, buscan el debate público, que apenas trasciende.

En tanto, el titular de la Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados, el actor Sergio Meyer, lanza iniciativas poco consistentes que no llaman la atención de la comunidad. Una de ellas, ante el desamparo en el frente de la seguridad social, acerca de lo que la secretaría de Cultura ha sido omisa, es la oferta de un seguro de gastos médicos con una aseguradora privada a precios accesibles, lo cual despierta suspicacias. No obstante, el presidente de México sentencia en su matiné trasmitida en cadena nacional: nunca antes se había apoyado a la cultura como ahora.

No hacía falta pero una diputada de su organización política, María de los Ángeles Huerta del Río, en una sesión virtual de la Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados, ahonda en el desprecio gubernamental a los creadores: “nadie del sector cultural hoy se está muriendo de hambre ni es pobre”. No bastándole, compartió su opinión acerca del actor de comedia, Eugenio Derbez, quien difundió un video en apoyo a los médicos de una clínica del IMSS en Tijuana: “Ese señor de la comunidad artística y cultural de México se pone a difundir un video pedorro sobre los doctores en un hospital de Tijuana para molestar al gobierno con tonterías. No creo que debamos usar la Comisión de Cultura para pedir nada de dinero, por eso voy a votar en contra”.

La percepción se generaliza: no hay liderazgos institucionales en el sector, lo que sigue será un cataclismo conforme avance el segundo semestre de 2020, y sabremos la medida del derrumbe tan pronto se anuncie el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2021. Los miembros de la comunidad, entonces, como pueden se abren paso en la red, inician series de crónicas diarias, noticieros propios de difusión cultural, lecturas de poesía, entrevistas a sus colegas, videoclips, autorretratos, apuntes entrañables de la cotidianeidad, listas de libros, discos y obra de arte de su predilección y, naturalmente, transmisiones de sus actividades correspondientes a sus disciplinas. No es posible hacer un recuento de los alcances, los “me gusta”, “me encanta” o “me importa” apenas son referencias vagas, pero lo que sabemos a ciencia cierta es que estamos siguiéndonos, que estamos buscándonos.

Son los que establecen archipiélagos inéditos, inician lazos a nivel horizontal y en diagonal, exploran puntos de convergencia, encuentran intersecciones concretas, fundan a tientas nuevos espacios públicos. Los que hacen de la sobrevivencia un acto de compromiso con el linaje cultural de México y doblan solidarios su apuesta por la creación. Tal vez Carlos Monsiváis los llamaría una nueva variante de la sociedad civil organizada, la que encara las embestidas de aquellos bárbaros a quienes la pandemia les cayó como anillo al dedo. Pues, en México, la cultura nunca ha sido un accesorio; y a la cultura, en México, nunca se la han metido doblada. Llegó momento de repasar a nuestros clásicos, los fundadores de la vida y las instituciones culturales, que saben mucho de estas vicisitudes. Llegó el momento de apagar las luces y subir el telón. Tercera llamada, tercera: nos reinventamos.

 

 

*Gerardo Ochoa Sandy. Periodista y gestor cultural. Fue agregado cultural en la República Checa, Perú y Toronto. Es autor de La palabra dicha. Entrevistas con escritores mexicanos, de Política cultural, ¿qué hacer? y de 80 años: las batallas culturales del Fondo, entre otros. Facebook: Gerardo Ochoa Sandy. Twitter: @ochoasandy

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa