Expediente

Cuarentena, o cómo el encierro hizo mejorar la relación con mis padres

 

 I

Una vez más, tuve que acompañar a mi padre a comprar su medicamento.

Con su cubrebocas puesto, él estaba sentado esperándome en el vestíbulo del centro de salud. Tan pronto como me acerqué, el doctor levantó un termómetro para tomarme la temperatura. En cuanto comprobó que estaba normal, escribió algo en un papel, lo estampó y dijo: “Lleva esto al comité del pueblo para que también lo sellen”. Tomé el papel que resultó ser un certificado: “Paciente: Deng tal y tal (el nombre de mi padre), varón, 69 años de edad, residente de barrio tal y tal, en pueblo tal y tal, temperatura 36.5℃ Antecedentes: 10 años de historial de diabetes. Sugerencia: acudir al centro de salud del pueblo tal y tal para una nueva valoración. Acompañante: Deng Anqing, hijo, varón, 36 años, residente de barrio tal y tal, en pueblo tal y tal, temperatura 36.2℃”. Seguía la firma del doctor, la fecha y el sello del centro de salud. Mi padre y yo llevamos el certificado al edificio de al lado donde se ubicaba el comité del pueblo. Después de explicar la situación, el jefe del pueblo añadió otra frase al final: “Deng Anqing, individuo no sujeto a cuarentena. Condición verificada, autorizado el paso”. Luego añadió el sello del comité.

Regresé a casa para buscar nuestro triciclo eléctrico. Luego de recoger a mi padre del centro de salud, tomamos la carretera hacia el pueblo. Después de que Huanggang fuera cerrado el día 24 de enero, mi pueblo natal Wuxue —una localidad a nivel de condado bajo la jurisdicción de Huanggang— también cerró. Todo el transporte público cesó. Luego, el 31 de enero, el uso de vehículos motorizados y eléctricos también fue restringido. Sin un certificado expedido por el comité de la localidad, no podía conducir nuestro triciclo eléctrico hasta la ciudad. Ya era la tercera vez que ayudaba a mi padre a comprar medicinas porque el hospital sólo le dispensaba la cantidad suficiente para una semana. Durante las dos últimas visitas encontramos todo tipo de obstáculos, por eso esperaba que las cosas fueran más fáciles esta vez. Necesitábamos insulina humana isófana que mi padre tenía que inyectarse a diario. Si el tratamiento se interrumpía por demasiado tiempo, eso resultaría en altos niveles de azúcar en la sangre y síntomas como náuseas, vómitos, somnolencia, pérdida de apetito, etc. Ante semejantes consecuencias, no nos atrevíamos a descuidarlo ni por un momento.

El viaje por la carretera fue rápido y sin ningún obstáculo. No había otro vehículo a la vista. Se habían bloqueado los embarcaderos que daban acceso a los pueblos ribereños. Cada uno patrullaba sus caminos con sus propios funcionarios, que se distinguían por las insignias en las mangas. A lo largo de la carretera, entre los árboles se habían colocado lonas con mensajes oficiales que prohibían las reuniones y los juegos de azar. Media hora después llegamos a la entrada del pueblo donde un camión bloqueaba el paso, dejando sólo el espacio suficiente para que pasara un coche a la vez. Al lado habían puesto una tienda donde estaban sentadas varias personas encargadas de controlar los vehículos que pasaban. Les mostré el certificado. Nos hicieron señas para que pasáramos. Era la primera vez que iba a la ciudad en los cuarenta y tantos días desde que regresé de Beijing a mi pueblo natal. Las puertas de todos los edificios a ambos lados de la carretera parecían selladas. Cuando giramos por el camino principal del condado, nos encontramos con otro retén. Una vez más mostré el certificado. Le echaron un vistazo y nos dejaron pasar.

El hospital local también estaba en alarma de combate: en la entrada había cinco personas cubiertas de pies a cabeza por trajes de protección personal. Mi padre y yo nos dirigimos primero hacia la mesa de registro a la izquierda donde nos tomaron la temperatura para averiguar que era normal. Mi padre entró para comprar su medicamento. Intenté seguirlo, pero me detuvieron.

—Consigue un poco más, así nos ahorramos otro viaje—, grité tras él. Mi padre asintió con la cabeza y se dirigió por el pasillo hacia el interior. Bien conocía el camino. El personal me dijo:

—No puedes comprar todo lo que quieras. La cantidad es fija—. Fue entonces cuando entendí por qué cada vez la insulina duraba sólo una semana. Un rato después, mi padre salió con la receta en mano y me pidió que entrara a pagar. Después de asegurarse de que mi temperatura era normal, el personal me dejó entrar.

Mientras yo pagaba, mi padre miró el precio y jadeó:

—¿Cómo es que es tan caro? ¡Nunca pago tanto en la farmacia!

—Bueno, estos son los precios del hospital—, dijo el cajero.

Mi padre estaba a punto de decir algo, pero lo corté:

—No es tanto, papá, no te preocupes por eso.

En ese momento, la gente alrededor ya se estaba volteando a mirarnos y me sentí avergonzado. Pagué la cuenta, recogí el medicamento y salimos. Mi padre me preguntó cuánto había pagado. Le dije que 158 yuanes.

—No está tan mal—, asintió con la cabeza. —Ahorramos más de 20 yuanes—. Puse en marcha el triciclo. Sentado en el asiento de atrás, mi padre añadió: —Sabes, en realidad no es demasiado caro, el seguro médico cubriría parte del gasto, ¿verdad?

Ahora yo asentí con la cabeza. Sabía que él enfatizaba el reembolso porque se sentía muy mal por gastar mi dinero.

 

II

 

El camino a casa estaba tan absolutamente desierto como antes.

            —Nunca en mi vida he visto algo así—, comentó mi padre entre suspiros.

            —Y no está claro cuándo terminará el encierro—, respondí. Mi padre se rió.

            —¿Ya quieres volver a tu trabajo en Beijing, ¿verdad?

            —Puedo conectarme y hacer mis cosas desde casa. Mi trabajo en realidad no se ha visto afectado.

            —Eso es bueno—. Después de una pausa, añadió: —Nunca antes te habías quedado tanto tiempo con nosotros. Temo que después ya no habrá otra oportunidad como esta.

            —¿Ya estás harto de mí? —, dije en broma. Me dio una palmadita en la espalda.

            —Cómo crees. ¡No podría estar más feliz de tenerte por tanto tiempo! Ya llevas un rato aquí, ¿estarás aburrido? El campo no es como la ciudad, aquí no hay nada interesante.

            —Tampoco yo podría ser más feliz—, dije.

No era una mentira. Al pensarlo bien, antes sólo me regresaba para el Año Nuevo chino y podía quedarme apenas una o dos semanas antes de regresar deprisa a Beijing. Era como un huésped, ni siquiera me molestaba por sacar mi ropa de la maleta y ponerla en el guardarropa porque de todas formas me iría muy pronto. En esos pocos días siempre había muchas visitas familiares que hacer, muchos amigos que ver y compañeros de clase con los que pasar el rato, así que pasaba muy poco tiempo con mis padres. Este año es diferente. Desde que dejé Beijing el 19 de enero, he estado en casa durante más de cuarenta días.

Me preguntaba si me arrepentía de haber vuelto. Después de todo, ya sabía del virus antes de irme. Como muchos de mis amigos, sin duda podría haber cancelado el viaje para quedarme en Beijing. En ese momento, la epidemia no había estallado a gran escala y las cosas parecían relativamente seguras. Incluso estando de regreso, podía haberme ido; muchos aprovecharon la oportunidad de escapar de la provincia de Hubei en las pocas horas de la noche anterior a su cierre. Un buen amigo mío hizo justo eso. Antes de irse, a propósito me preguntó si quería irme con él. Rechacé su ofrecimiento. Jamás podría abandonar a mis padres y huir por mi cuenta. Me alegraba de no haberme ido, pues si no estuviera para ayudar con cosas como la compra de medicinas, mi padre habría pasado tiempos muy difíciles.

Aún llevaba el permiso de tránsito en el bolsillo, aun así en los retenes en la carretera ya no me lo volvieron a pedir. De repente recordé algo que decía el documento: “Paciente: Deng tal y tal (el nombre de mi padre), varón, 69 años de edad…”. Me dio un vuelco el corazón: mi padre estaba por cumplir setenta y ni cuenta me había dado. No es que no supiera su edad, sólo que apenas ahora al regresar a casa me percaté de cuánto había envejecido. Como resultado de su enfermedad crónica había perdido demasiado peso y se veía muy demacrado. Caminaba con pasos temblorosos y a menudo se quedaba dormido mientras veía la televisión. El tiempo no perdona a nadie, también mi padre iba envejeciendo. En realidad me quedaba muy poco tiempo para poder estar a su lado.

 

III

 

A decir verdad, antes me molestaba mucho con mi padre. Creo que la razón principal era que nos parecemos demasiado. Es como mirarse en el espejo y ver sólo aquellas partes del cuerpo que uno odia. Cualquiera que nos veía juntos decía que éramos muy parecidos. Yo era como una versión más joven de mi padre. Mi madre juraba que con respecto al carácter éramos como salidos del mismo molde; me regañaba: “No seas como tu padre, primero piensa antes de decir algo”. Tomemos por ejemplo la escena que acababa de ocurrir en el hospital y la vociferante manera en que mi padre se había quejado del costo de su medicamento; su reacción hizo que resurgiera mi fastidio habitual. La verdad es que no sabe disimular sus sentimientos, es tan ingenuo y pueril, incluso un tanto frágil, y a la vez muy impulsivo y sensible. Pensando en mí de joven, pude ver con claridad todos y cada uno de los rasgos que había heredado de él: un temperamento infantil, bondadoso, pero bastante egocéntrico y marcado por la falta de empatía hacia los demás.

La manera en que hizo tanto alboroto por el alto precio del medicamento me hizo recordar algo que había sucedido muchos años atrás. Una vez que estaba en Ejin, en la parte occidental de Mongolia Interior, mi padre me llamó por teléfono y me preguntó qué estaba haciendo. Contesté que estaba en Mongolia Interior; estaba a punto de añadir que estaba de viaje cuando me preguntó ansioso: “¿Tu unidad de trabajo está cubriendo tus gastos?”. Tomé esa frase como una advertencia y mi respuesta fue: “Sí, me reembolsarán todo cuando regrese”. Escuché un suspiro de alivio. “Está bien, entonces”. Varias llamadas después me volvió a preguntar: “¿Ya te devolvieron el dinero?”, “Sí, claro”, contesté. Un mes más tarde, de repente lo mencionó de nuevo, “Y qué pasó con ese dinero de cuando fuiste a Mongolia Interior…”, “Ya me lo reembolsaron. Pagaron todo”, afirmé. Apenas entonces se calmó por fin.

Mi padre tenía tanto miedo de ser pobre, que no se atrevía a malgastar ni una moneda. Cada centavo tenía que ser usado para un fin práctico. Para mí, viajar era una experiencia sumamente importante. Sin embargo, era imposible compartir con mi padre la alegría y la satisfacción que me traían los viajes. Él no podía entenderme. Intenté tantas veces platicar de eso con él, pero siempre fue muy intransigente: “No debes desperdiciar tu dinero en viajes, ¿qué tanto hay que ver? Viajar no te pagará las cuentas”. Desde entonces, ya no volví a hablarle de mi vida.

Hubo un efecto secundario de las preocupaciones de mi padre: sentía una culpa extraña incluso cuando estaba gastando mi propio dinero. Pensaba que podía dar todo aquello que gastaba en el viaje a mis padres para comprar comida o podía pagarles un examen médico exhaustivo… En pocas palabras, gastar dinero en mí mismo me hacía sentir como un egoísta que sólo piensa en su propio disfrute. Una buena comida me hacía pensar que mis padres nunca habían probado algo así en toda su vida, mientras que yo estaba incluso harto de ella. Esa culpa era como un pozo sin fondo, imposible de llenar.

Esta sensación se intensificaba durante el Año Nuevo chino. Cada vez que regresaba a casa para las celebraciones, compraba a mis padres más ropa nueva, les daba dinero, veía la televisión y charlaba con ellos… Todo esto aliviaba un poco mi angustia, pero cuando me iba, no pasaba ni un día y aquella profunda sensación de culpabilidad brotaba de nuevo. El tiempo que pasaba con ellos era tan corto, y la separación tan larga. Estando en Beijing, después de cada llamada que hacía a mis padres inevitablemente me invadía un dolor agudo. Hablábamos de cosas muy ordinarias: la comidas, el clima, el día de pago… La distancia entre nosotros era demasiado grande. Ellos consideraban que yo trabajaba demasiado, yo sentía que ellos tenían muchas dificultades. Sin embargo, no podíamos confesarnos esas cosas, sólo nos decíamos que estábamos muy bien. Durante las pausas de nuestras conversaciones triviales podía percibir sus preocupaciones y miedo.

 

IV

 

Después de llegar a casa, estacioné y luego ayudé a mi padre a llegar a la cama en el cuarto delantero para que pudiera descansar. Mi madre vino a preguntar dónde habíamos estado. Le conté del drama del medicamento. Ella lanzó una mirada hacia mi padre: —¿Acaso no puedes comprarlo tú mismo? ¿Tienes que arrastrar a Qing’er para que lo haga por ti?—. Mi padre sonrió:

—¿A quién pido que me acompañe, si no a mi hijo? —. Mi madre hizo un puchero:

—Lo único que quieres es que tu hijo pague por ti. Crees que no sé lo que estás tramando—. Mi padre se rió de nuevo.

—Si no puedo contar con mi propio hijo, ¿con quién más puedo contar?

—No cuesta casi nada, mamá, no te preocupes por eso—, intervine. Mi madre dijo:

—Esos diez mil que enviaste, no los ha tocado todavía, aun así quiere que gastes más dinero.

—Ese dinero está guardado en caso de que uno de nosotros de repente se ponga muy grave, es nuestro fondo de emergencia—, explicó mi padre.

Desde hace algunos años, enviaba dinero a casa para cubrir los gastos diarios y médicos de mis padres. Debido a sus prolongados problemas de salud, mi padre no tenía la capacidad de ganar dinero, y mi madre hacía algunos trabajos esporádicos aquí y allá para complementar los ingresos del hogar: a veces cortaba la hierba a lo largo del terraplén, a veces iba a la fábrica de cemento con mi tía y juntas mezclaban cemento con agua, a veces ayudaba en el astillero a raspar pintura. Una vez calculé los gastos para mi madre: los mil yuanes que ganaban vendiendo semillas de sésamo que sacaban de su pedacito de tierra y todo el dinero que mi madre ganaba con sus trabajos ocasionales sumaban un poco más de diez mil. Ése era su ingreso anual. Después de deducir las facturas médicas de mi padre, no les quedaba nada. En realidad sólo podían vivir del dinero que les enviaba.

Tampoco es que nunca me haya quejado. Cuando estaba en Beijing, cada vez que oía la voz de mi padre por el teléfono diciendo “Tengo algo que quiero hablar contigo…”, una palabra saltaba de inmediato a mi mente: dinero. Mi padre sacaba el tema de las deudas que tenían, me pedía que les enviara decenas de miles de yuanes. Más tarde venía el turno de mi madre de “hablar conmigo”. Me contaba que no tenían ingresos, que no les quedaba dinero para comprar regalos para amigos y familiares y que todo su dinero se destinaba a pagar las deudas… Así que les enviaba unos cuantos miles de yuanes más. Sentía como todo lo que había ganado y ahorrado con mi propio trabajo se desvanecía como humo en el aire en el momento en que recibía una llamada de casa. Era una sensación nefasta. No sabía cuándo acabaría todo eso.

Mis padres no podían ganar dinero y el negocio de mi hermano mayor había quebrado. Todos tenían la voluntad de generar un ingreso y no la capacidad, ¿qué podían hacer? Yo comprendía perfectamente su situación y era el único que podía ayudarles a salir de ella. Fui la primera persona a la que llamaron. ¿Por qué yo?, me preguntaba. Luché con el sentimiento de haber sufrido una injusticia. No podía decírselo a mi familia. Era obvio que los atormentaba la culpa y estaban muy angustiados. Cada vez que hablábamos por teléfono, decían con mucha cautela: “Pero si no tienes suficiente dinero…”. Tampoco podía quedarme con los brazos cruzados y verlos hundirse. Por muy molesto o renuente que me sintiera, no era más que una oleada de malestar instintivo. Al fin y al cabo, todavía les envío dinero; claro, sin decir lo que siento de verdad. Son frágiles e indefensos, no tengo la opción de no cuidarlos.

Fue apenas durante esta pandemia —al acompañar a mi padre por vez primera a comprar medicamentos— cuando por fin se disipó toda mi amargura reprimida. El 7 de febrero se le acabó la insulina. No había manera de entrar a la ciudad, así que fuimos en bicicleta hasta el municipio. A mitad de la carretera llegamos a un retén. El triciclo eléctrico no podía pasar, dijeron. Mi padre me hizo esperarle en el vehículo, mientras atravesaba el resto del camino al municipio, solo y a pie, para ir por su medicina. Esperé casi tres horas antes de verlo arrastrando los pies por el caminito que corría a lo largo del terraplén del río Yangtsé. Tan pronto como vi su andar lento y sus pasos débiles, supe que no había tenido éxito en la compra del medicamento. Luchaba por recobrar el aliento mientras subía la pendiente. Sus pies se hundían en el barro, sus piernas se doblaban y apenas lo sostenían. Me adelanté para apoyarlo. En su camisa había manchas húmedas bajo las axilas. Le pregunté cómo le había ido. Sacudió la cabeza:

—Todas las farmacias están cerradas. Llamé por teléfono y nadie respondió. No hay nadie en las calles, sólo altavoces por todas partes que gritan sin parar de que hagamos frente a la pandemia.

Nunca olvidaría la imagen de mi padre caminando hacia mí. Me poseyó una sensación de dolor que me acompañó durante mucho tiempo. Fue entonces cuando cobré profunda consciencia de que mi padre y mi madre envejecían mucho más rápido de lo que imaginaba. Se habían vuelto más frágiles y vulnerables de lo que creía posible. Durante las semanas que conviví con ellos, pasé de ser un “huésped” que sólo se quedaba unos días a ser una persona que realmente vivía con sus padres. En el pasado, nunca me tomaba muy en serio las cosas que me decían por teléfono. Si les hacía falta dinero, se lo daba; mejor que lo tuvieran en sus manos y resolvieran lo que necesitaban. Pero semejante actitud es en realidad puro egoísmo que le impide a uno tener empatía con sus propios padres. Estando lejos en Beijing, me quedaba indiferente ante sus preocupaciones sobre la vejez, las enfermedades, las relaciones humanas y lo que pasaba en el mundo. Ahora todo era diferente. Porque ya vi los pasos inseguros de mi padre, vi los talones heridos de mi madre, vi la expresión de complicidad en sus rostros cuando se trataba de gastar un par de yuanes más…

Durante mi estadía, nunca me hablaron de sus penurias; siguieron con sus vidas con esa actitud de “no molestemos a nuestro hijo”, pero aquello que había visto ya estaba impreso en mi mente. No sentí que mi resentimiento pasado estuviera fuera de lugar, sólo que mientras cada una de las dos partes estaba ocupada viviendo su propia vida, ninguna era consciente de la verdadera situación de la otra. A eso se sumaban todas aquellas emociones enredadas. Para evitar herirse mutuamente, ambas partes habíamos optado por la paciencia y el silencio como la mejor postura. Debido al encierro, tuve que quedarme en mi casa natal. El tiempo compartido nos dio a mis padres y a mí la oportunidad de entendernos a fondo, también de profundizar nuestro vínculo emocional.

 

V

 

Esa noche, mi padre se fue a la cama muy temprano. Yo estaba en el piso de arriba leyendo. Como de costumbre, mi madre subió a charlar. De repente se me ocurrió mostrarle el video de uno de mis programas. Pensé que ella debía saber algo sobre mi vida. Era la primera vez que veía un video mío. Cuando terminó, mi madre se rió:

—Pensaba que no eras un buen orador. Ahora veo que no está mal, de hecho, te expresas bastante bien—. Yo también me reí:

—Ya ves, no tienes que preocuparte. Aunque esté lejos, me las arreglo muy bien. Nunca supiste de qué trabajo, ahora pudiste ver el lugar donde vivo y las cosas que hago—. Mi madre asintió con la cabeza:

—Ser madre es así. Siempre me preocupo por ti, de una forma o de otra.

—He escrito muchos ensayos sobre ti—, continué. —¿Quieres oír uno?

Mi madre dijo que sí. Era algo que nunca me había atrevido a mencionar; me daba pena. Mi madre no había ido a la escuela o aprendido a leer, así que seguramente nunca había leído nada de lo que yo escribía. Ésta parecía ser mi oportunidad. Me senté a su lado, puse mi brazo alrededor de ella y puse en la computadora “De viaje junto con mi madre”, un reportaje grabado por un presentador profesional y basado en un ensayo mío escrito hace tiempo sobre aquella vez que la había llevado al médico en la ciudad de Jiujiang.

Mi madre vestía su nueva chamarra acolchada con flores estampadas. Escuchaba absorta, con los ojos entrecerrados. De repente dijo:

—Sí, ése fue el año del SARS, estuviste encerrado en la universidad durante todo un mes. Tu tía y yo recorrimos un camino muy, muy largo para traerte cosas. No creí que te acordaras.

—Lo recuerdo muy claramente—, dije. —Estábamos a los dos lados de la puerta principal, yo de este lado y tú del otro, y me pasaste cosas.

Cuando la grabación terminó, mi madre sonrió. Me di cuenta que estaba feliz, pero no sabía cómo expresarlo. En ese momento quise tantearla y dije:

—Podría de plano quedarme aquí, sabes.

—¿Cómo crees?—, objetó mi madre. —Tu vida está en Beijing. Además tu trabajo va bien y estás feliz. Por supuesto que debes volver a Beijing.

De hecho, había pensado en la posibilidad de mudarme de vuelta a casa. Cuanto más tiempo pasaba allí, más quería quedarme al lado de mis padres. En el pasado acostumbraba andar por todos lados; ahora sólo quería acompañarlos un rato más. ¿Pero qué tan largo podría quedarme? ¿Qué trabajo encontraría en mi pueblo natal? ¿Podría mantener a mis padres y a mí tan sólo con la escritura? ¿Qué sería de mis amigos y todo aquello que me gustaba de la ciudad? Si me quedara lejos de todo eso, ¿sería capaz de adaptarme? No tenía la respuesta y nadie podía dármela, sólo podía hacer lo que me dictaba el corazón. De todas formas, no me arrepentía de haber vuelto a casa. Al fin y al cabo, era muy probable que no volviera a suceder en mi vida. Debía atesorar este momento.

Charlamos un rato más, luego mi madre se levantó y dijo: “Se hace tarde, ya tienes que dormir”. Dije que estaba bien. Mi madre dio unos pasos, se volteó y me miró con una sonrisa:

—¿Oyes a tu padre roncar?—. Escuché atentamente y ahí estaba.

—Incluso él está dormido, tú también deberías dormir.

Dije que estaba bien otra vez. Mi madre salió. Mientras bajaba lento por las escaleras, escuché todos y cada uno de sus pasos.

 

 

 

Beijing, China

Traducción del chino de Radina Dimitrova

 

 

* Este ensayo de Deng Anqing aparece en el sitio web de literatura china traducida Paper Republic. Chinese Literature in Translation, traducido al inglés como un trabajo colectivo durante el workshop “Give-it-a-Go Translators”: https://paper-republic.org/pubs/read/growing-closer-to-my-parents-during-quarantine/  (21.5.2020).

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa