Expediente

Necesitamos instituciones críticas. Manifiesto por la posuniversidad

Forjada y puesta a prueba como experiencia a lo largo de los últimos veinte años, la posuniversidad, concepto y praxis, sugiere algunas respuestas en nuestra convulsa actualidad: a los abismos enfrentados por la investigación, la enseñanza y la edición, hoy y hacia el porvenir; a la urgencia de instituciones críticas en todos los ámbitos, como contrapeso a las tendencias criminales, autoritarias y ecocidas que arrecian —y que la contingencia pone tan de manifiesto—; a la necesidad de diversificar hoy, de nuevo, los modos de la vida colectiva. Hacedora de mundos, inscriptora de futuros, la posuniversidad es giro, es ensamble, es lazo. La presente intervención fue presentada originalmente en el marco del Festival El Aleph de la Universidad Nacional Autónoma de México, el 29 de mayo, 2020, en línea.

 

 

Es un gusto participar en este festival. Muchas gracias por la invitación a mis amigos de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.

Verán que intervengo sin video. Me parece importante cuestionar la naturalidad con la que hoy nos relacionamos con el video y con la transmisión en tiempo real. Veo que muchos de mis amigos, cuando quedan en hablar por teléfono, dudan de si usar ese antiguo aparato o si se tratará más bien de echar andar un enlace en vivo.

Pero mi gesto tiene un segundo motivo porque la breve historia que les voy a comentar a continuación comienza con un fotógrafo ciego.

Eugenio Bavčar, a quien conozco desde hace veinticinco años, se ha dedicado a cultivar una obra y un pensamiento que continuamente interpelan lo visible desde la invisibilidad de su ceguera. Ha ensanchado nuestra relación con la imagen, y cuando fundé hace veinte años 17, Instituto de Estudios Críticos, tuve la certeza de que se trataba precisamente de desplegar la topología del fotógrafo ciego en un espacio institucional.

Durante estos veinte años, entonces, he profundizado en concepto y praxis en esto que he dado en llamar la posuniversidad. Se ha tratado para mí de un trabajo de campo que prolonga mi quehacer como psicoanalista en el consultorio, indagando en la naturaleza de la socialidad, tal como se la concibe psicoanalíticamente, según la enseñanza de Jacques Lacan.

Actualmente estoy en proceso de sistematizar esta experiencia y esta historia. Enumero a continuación algunas de las características de la iniciativa y de la propuesta.

Como lo destaca su nombre, la iniciativa ha estado centrada en el horizonte del pensamiento crítico. Ha transcurrido de manera autónoma, por fuera del Estado, pero no como una empresa.

Ubicado en el espacio de las organizaciones de la sociedad civil, el proyecto ha ido conjugando enlaces y vinculaciones con los tres sectores.

A lo largo del tiempo ha logrado un alcance geográfico continental y más allá, y también ha multiplicado sus lenguas, después del español vino el inglés y después el portugués.

También hemos diversificado nuestras líneas de trabajo. Actualmente trabajamos con un amplio arco que va desde las humanidades y las ciencias sociales, pasando por las artes, hasta el psicoanálisis.

Hemos integrado una cadena completa que va de la investigación a la formación a la edición, para nutrir de nuevo y provocar la investigación, según una hermosa idea clásica de la universidad como aquello que se ubica entre la biblioteca y la imprenta. Pero en todos los casos la base ha sido el retorno a los fundamentos de la lectura y de la escritura, y el cultivo de las habilidades básicas y, también, más sofisticadas, de investigación.

El proyecto ha dado lugar a una comunidad que encarna esta socialidad descrita, que se desmarca de las formas clásicas de lazo religioso o político (hay que subrayar que, en el psicoanálisis, religión y política son indistinguibles), como también se ha distanciado de los lazos clásicamente concebidos del arte e incluso del propio psicoanálisis.

En su seno, el proyecto tiene básicamente dos efectos: un efecto subjetivante, fortalecedor y relanzador del deseo en el sujeto y en su capacidad de enunciación; y un efecto instituyente, que da lugar a nuevos principios de organización, de legitimación y de ordenamiento.

Hemos trabajado con unas cinco mil personas de manera directa y con unas quince mil en segunda instancia, con una infraestructura mínima, basados (y esto es el punto al que quería llegar) en un fuerte trabajo de orden digital.

Es aquí donde mi introducción comunica con la presente coyuntura.

He prometido hablar acerca del campo educativo y particularmente universitario, posuniversitario para ser más específico. Y hoy en día ese campo está completamente tomado por el proceso y el debate de la digitalización. Se ha tratado, por supuesto, de una digitalización intempestiva, impuesta por las circunstancias y por una serie de decisiones, acertadas o no, pero en todos los casos precipitadas.

Podemos caracterizar el panorama como el de una estampida digital. Habría demasiadas cosas que decir sobre la crisis actual, sobre la pandemia en sí, sobre sus consecuencias y polémicas. Estamos claramente ante un proceso de intensificación de tendencias anteriores.

Al mismo tiempo, estamos viendo una mutación que quizá redobla y completa el paso de lo que hemos conocido como la descripción de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control, para recurrir de momento al vocabulario de Foucault y de Deleuze.

Somos testigos de la acentuación de la contradicción entre las demandas del capital y las necesidades de las personas, y estamos observando un marcado movimiento hacia la automatización de la planta productiva y también de la educación.

En una sola palabra, observamos un intenso proceso de virtualización. Es aquí donde me parece que nuestra modesta experiencia puede tener algunas cosas que decir, dada su naturaleza digital, esencialmente digital. Contra lo que pudiera suponerse, de lo que se trata es de proponer una crítica de la virtualidad y de la virtualización que suele ser entendida como la virtualización de la presencia, por ejemplo, la virtualización del salón de clase.

Desde el inicio de nuestra propia trayectoria nos mantuvimos bien lejos del término de lo  virtual y de la virtualidad, justamente porque promete y nos enreda en este malentendido de la virtualización de la presencia.

Para nosotros, estos medios digitales siempre han sido medios escriturales, si entendemos por escritura un proceso de inscripción no solamente libresco, sino capaz de abarcar todas las formas de expresión y de simbolización, incluyendo las artes vivas, la música, las imágenes, cualquier manifestación corporal en general. Todas esas serían formas de la inscripción que nos permiten justamente entender cómo los medios digitales son medios escriturales y que, de este modo, podemos acceder a una vía alternativa en su conceptualización.

No. Los medios digitales no producen virtualización sino representación, inscripción alternativa y, por lo tanto, nuevos espacios de experiencia, que no tienen por qué emular los anteriores, los que conocemos en presencia. Y este proceso de virtualización no es casual dada la naturaleza de los virus causantes de la pandemia, que enfrentamos con todas sus consecuencias. Me refiero al virus como esa forma limítrofe entre lo animado y lo inanimado, que tiene además la característica de activarse solamente en relación con los cuerpos vivos, es decir, que tiene necesariamente una existencia suplementaria que solo es en función de estos otros cuerpos.

Conceptualmente, la lógica del virus es más fuerte que la lógica de la presencia, de la presencia o de la ausencia. El virus se ubica en el límite y desde ese límite es capaz de interpelar las construcciones que marcan, binariamente, adentros y afueras. De este modo, un ser minúsculo puede mover montañas y generar enormes cambios a una escala planetaria. Desde el punto de vista, por su lado, de las instituciones y del cuerpo social, el virus nos enfrenta a la arrogancia que siempre acompaña a las edificaciones y nos enfrenta con nuestros límites, con nuestra finitud y con nuestra siempre posible caída.

Para no confundirnos, hay que tomar en cuenta que una situación pandémica o epidémica como la que estamos viviendo, ha pasado muchos, cientos, incluso muchos miles de veces a lo largo de la historia humana, y cada sociedad azotada por epidemias y pandemias ha encontrado en ellas la horma de su zapato.

Creo que para no sobredramatizar nuestra propia situación actual es necesario recurrir, de momento, más a la historia y menos a la filosofía, para no perdernos en nuestros propios términos. Lo que quiero sugerir es que lo que la historia nos enseña es que la pandemia nos enfrenta, como lo ha hecho siempre, con los límites de nuestra forma de organización social y, en algunos puntos, con algunas premisas fundamentales de nuestro ordenamiento civilizatorio.

Sin entrar en detalle, porque el tiempo no me lo permite, diré que el cuestionamiento central se ubica precisamente en el valor de la presencia, y la crisis azotará de manera inclemente a cualquier ordenamiento institucional, social o intelectual que haga de la presencia su base, su fundamento, su piedra de toque.

Creo que lo que demuestra, por ejemplo, es que es un error considerar que la presencia es el fundamento de la vida social. El fundamento de la vida social no es la presencia, sino el lenguaje, que sería condición de la producción de presencia. Ahí entonces, donde el virus y la pandemia cuestionan de manera radical la posibilidad de la presencia en todos sus sentidos, podemos abismarnos en una crisis de ideas y de prácticas, que en realidad es innecesaria. Este abismarse es innecesario porque ahí donde la presencia esté puesta en entredicho o en crisis, nos queda la circulación del lenguaje, de lo simbólico, como en este mismo momento estamos practicando.

Lo que ya sugiere que, cuando hablamos de la virtualización, hay diversas formas de orientarse en ella y de concebirla. No es para nada una sola, y para ir directamente al grano podemos distinguir y contraponer la virtualización que pone en el centro de su orientación los valores de la presencia de aquella otra concepción de la virtualización, quizás como una especie de fantasmologia, que cuestiona de entrada la presencia y, más bien, alude a los procesos de inscripción que le animan y que son primarios.

Por supuesto, quienes conozcan el trabajo de Jacques Derrida, reconocerán la naturaleza derridiana del argumento que estoy haciendo. Y extendiendo esa lógica diré que, en realidad, por lo tanto, el debate y las discusiones que tienen lugar en relación con la virtualización no son tanto entre el proceso de digitalización o del trabajo en línea versus lo presencial, sino entre las formas conceptuales y organizacionales, pedagógicas incluso, que están orientadas por lo calculable versus aquellas otras que están orientadas por lo incalculable.

En otras palabras, para recurrir al vocabulario inicial, estaríamos ante las formas de la virtualización oculocéntricas, que por ejemplo no toman en cuenta una posibilidad como la de la fotografía de ciegos, versus aquellas otras, de corte crítico y de corte, me parece, desconstructivo, que tomarían bien en cuenta esas posibilidades y harían de ese valor de la ceguera un punto de anclaje y de afirmación de lo incalculable.

Me refiero con eso al hecho de que estas segundas toman en cuenta que no todo es calculable, que no todo es computable, y que hay un margen de incertidumbre, de indecibilidad, que se mantiene a raya con respecto a cualquier proceso maquínico y, por lo tanto, a cualquier proceso o procedimiento de control.

Y aquí es donde se bifurcan dos grandes caminos posibles para la educación, para la universidad: el camino del cálculo o el camino de la afirmación de lo incalculable.

El primer caso consuena con la visión de que hoy la universidad está siendo engullida por las empresas, por las grandes corporaciones informáticas y que dentro de muy poco estaremos ante inmensos monopolios globales de educación digitalizada, controlada por enormes emporios de la comunicación y de la tecnología, con el espaldarazo de instituciones globales prestigiadas que brinden maquínicamente educación a una serie de educandos, que se ven como recipientes a los que hay que llenar con información.

A esa visión quisiera oponer la visión de la posuniversidad como la otra vía que puede ser tomada por la institución universitaria, en todos los sentidos: organizativamente pedagógicamente, éticamente.

En el primer caso estamos ante instituciones y modelos que pretenden homologar, producir de manera troquelada cuadros, bloques de formación que satisfagan las necesidades, por ejemplo, del mercado laboral.

Del lado posuniversitario, en cambio, estaremos ante el afianzamiento de la idea de la necesidad de generar espacios de singularidad y de libertad radicales en que se puedan trabajar las perspectivas más urgentes y más inquietantes para los sujetos enfrentados a esas condiciones.

La gran diferencia, a nivel pedagógico, quizás destaca a partir de la descripción de que, en el primer caso, digamos la universidad calculadora, verterá la información o los contenidos a los estudiantes de un modo que no toma en cuenta que de lo que se trata centralmente es de fortalecer y cultivar la capacidad que estos tienen para enunciar y no solamente para recibir.

La posuniversidad, pues, será ese lugar en donde lo residual a lo calculable puede regresar por sus fueros e interpelar todos los sueños, las alucinaciones de cálculo e, incluso, de cálculo total, que se caracterizan por su arrogancia y por su buen recibimiento administrativo y en términos de flujo de capital, en los entornos universitarios tecnologizados.

La importancia de lo que está en juego no puede exagerarse. La formación subjetiva pedagógica, que está de un lado y del otro, que corresponde a uno y otro esquema, son enormemente contrastantes.

Y el trasfondo político que asoma en esta discusión es también muy inquietante, dado que si la universidad virtualizada en esos términos se vuelve completamente consonante con el productivismo de los aires neofascistas contemporáneos, la posuniversidad, en cambio, se presenta como una instancia de institucionalidad crítica en donde el cuerpo social puede respirar, puede preguntarse por su propia existencia y puede generar alternativas.

Este espacio posuniversitario, que es el espacio de lo que Derrida también llamó La universidad sin condición, permite un respirador social, un espacio para respirar a nuestras anchas ahí donde se vuelve irrespirable la tendencia al monocultivo epistémico y en todos los demás sentidos, en la institución universitaria por venir.

Podría extenderme, pero el tiempo se me ha terminado.

Esta institucionalidad crítica descansa sobre la idea de un proceso de formación de capacidades de enunciación y de socialidad que no tiene enormes requerimientos en infraestructura.

De hecho, tiene un requerimiento en infraestructura muy limitado, tal como ejemplifica nuestra propia experiencia. Y si tuviese un poco más de tiempo destacaría el modo en que los distintos sectores (público, privado y social) pueden ensamblar sus fortalezas para coadyuvar a la generación y al buen sostenimiento de estos espacios sin que, por otro lado, ninguno de los tres quede en una posición hegemónica, totalizante, con respecto a los demás.

Cerraré diciendo dos cosas.

La primera es el correlato social, la comunidad que produce esta lógica posuniversitaria, que quizá debemos llamar más bien caravana que comunidad, dado el descentramiento en los liderazgos y la horizontalización a modo de red que produce entre sus nodos y sus miembros.

Lo segundo es la enorme, enorme importancia de este prototipo de colectividad, dado que la sociedad que resulte de nuestra respuesta a la pandemia actual va a ser la sociedad que también enfrente la catástrofe climática en el marco de la séptima extinción masiva, en curso.

Con eso dejo, habiendo destacado lo que, a mi modo de ver, se juega en esta diversidad de modelos posibles, en esta tendencia por lo que se ve irrefrenable a la virtualización en la actualidad.

Muchas, muchas gracias.