Expediente

Pandemia: desconfinando la normalidad

La pandemia nos confinó al encierro, enfrentándonos a duras situaciones de enfermedad y muerte. Una crisis sanitaria de alcance global, con resultados negativos para la salud de muchos, para la economía y la vida de todas las personas.

Desde que se declaró la pandemia se han oído diversas voces, lo que me ha hecho dudar sobre la pertinencia de sumar la mía. Sin embargo, hay cosas que inquietan y me invitan a decir algo (¿más?). Me interpela la pregunta sobre cómo sobrevivir, más que a la enfermedad, al delta que crean el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo que, en estas circunstancias, recrudecen su opresión.

 

Salir de la caverna

Una de las primeras percepciones de malestar generado por la pandemia fue la alteración de la “normalidad”, lo que creó angustias todo tipo de glosas y especulaciones. Ahora que comienzan gradualmente las medidas de desconfinamiento, las aspiraciones están puestas en el regreso a esa normalidad o, como la llaman los políticos, “la nueva normalidad”.

La pandemia ha recrudecido una patología que no tiene que ver con el COVID-19, sino con la que, muy acertadamente, Jean Oury llamó “normopatía”. Se trata de una especie de patología en torno a la falsa imagen de normalidad y la exigencia de que todo se ajuste a un modelo que coincide con el dictado de la estructura capitalista/colonialista/patriarcal. La “normalidad” compartida por todos no existe, ni nueva ni vieja; es un aparato más de control y regulación social, y no un hecho.

La retirada de la “normalidad” que provocó la pandemia incitó los discursos sobre “el día después”, cómo volveremos a ser “normales”, cómo habremos cambiado o, incluso, vaticinar un cambio hacia una sociedad autoconsciente, fraguada en una comunidad más sostenible, ecológica o igualitaria.

La puesta entre paréntesis de la normalidad nos proyectó a una esfera New Age de meditación, yoga, amasado de leudado lento y autoevaluación, como si eso fuera capaz de generar un estado de conciencia clarificador de aquella habitual “normalidad”: contaminación, ruidos, falta de dedicación al cultivo personal y a las relaciones personales, etcétera.

Esa esfera recuerda a una imagen clave de Platón, como si el confinamiento nos hubiera convertido en sus personajes de la alegoría de la caverna, encerrados en una cueva oscura viendo los reflejos del afuera. El mantra no para de repetirse: ahora que hemos percibido la penumbra, seremos capaces de ver la luz y la verdad al salir de la caverna, soltando las cadenas que nos anclaban a una imagen distorsionada por la opacidad.

Estas lecturas de desvelamiento han venido acompañadas por vaticinios del fin del capitalismo, el resquebrajamiento de sus andamios individualistas y el resurgimiento de unos supuestos lazos de solidaridad. Todo ello se estimula con los aplausos desde los balcones, los conciertos vecinales y hasta discursos políticos, que borran el hecho de que la sociedad es desigual, está dividida y que se hace todo lo posible por que así sea y continúe siendo.

La ley del más fuerte sigue imperando dentro y fuera de la caverna, y en las colas de los supermercados la gente está más preocupada porque se agote la levadura para hacer pan casero antes que el sistema planetario neoliberal.

 

Todo el pueblo, pero las mujeres más

Pandemia es un término griego que, literalmente, quiere decir: todo el pueblo. Pero “todo” es muy distinto a “igual”. Aunque la pandemia se desarrolla a escala global y nos recuerda que nuestros cuerpos pertenecen a una misma especie, se contagian e infectan mutuamente, también quedan al descubierto la desigualdad y la vulnerabilidad de ciertos estamentos sociales, de género, clases, edad, color, etcétera.[1] La pandemia, más allá de alejarnos de la normalidad, nos distancia de “los otros”, ampliando la brecha entre quienes caen al menor desequilibrio y quienes resisten o salen fortalecidos por la situación.

Los virus, las enfermedades, forman parte de la vida. Lo que la pandemia pone de manifiesto no es su inestabilidad (demasiado idiota quien no la tenga presente) sino cómo la fragilidad causada por la desigualdad, por pequeña que sea, es azuzada por la confederación nefasta entre capitalismo, colonialismo y patriarcado que esquilman la vida.

Los datos que acaba de publicar la OMS[2] son elocuentes: siete de cada diez profesionales del sector social y de salud, son mujeres y perciben un salario 28% menor al de sus pares masculinos. Como si fuera poco, las trabajadoras sanitarias y cuidadoras desarrollan sus labores en condiciones de precariedad y, en muchos casos, sin los insumos básicos para garantizar la protección mínima contra el virus.

A pesar de que los datos demuestren el papel decisivo de las mujeres, el COVID-19 se ha gestionado en muchos países de acuerdo al dictamen de la normopatía del patriarcado. Perú o Panamá, por ejemplo, establecieron sus restricciones de circulación mediante criterios en base al sexo.[3]

El dimorfismo sexual, la llamada «diferencia natural», es usado como índice de separación y marcación social, cuya pátina de “normalidad” muestra el mecanismo bien aceitado del heteropatriarcado. La diferencia por sexo en el tratamiento de la pandemia facilita la vigilancia: solo tienes que mirar cómo es alguien para confirmar quién es, quién puede y quién no. En esta lógica patriarcal de las normas de género, se excluye además a las personas no binarias, relegándolas a un no lugar.

Violencia y coerción de género en un contexto de vulnerabilidad, son aun más graves. Siglos de lucha de por medio, la segregación de hombres y mujeres sigue pareciendo natural, de la misma manera que el desequilibrio en la división sexual del trabajo o en la economía de los cuidados.

Precisamente en el espacio de los cuidados que recae en las mujeres, clave durante la enfermedad, se vuelve a hacer evidente el patriarcado. Por otra parte, el cierre de los servicios de salud reproductiva y aborto, el aumento de la violencia de género, la mutilación genital[4] o el ignorar las agendas LGTI+, son parte de la pandemia del capitalismo patriarcal, más que de la del COVID.

“Todo el pueblo”, pero en la lógica del patriarcado, nunca con los mismos derechos… Por eso la pandemia afecta tres veces a las mujeres, y no por la condición del virus sino por cuidar a las personas, por la violencia de género y por la desigualdad económica. La justicia de género, escarnecida por la mentalidad higienista y la lógica de segregación, queda al descubierto ante la más mínima alteración.

 

Biopolítica de la normalidad

 

La crisis que estamos experimentando es biopolítica. La pandemia, como las premisas del capitalismo global, no distingue insignias ni nacionalidades: obliga a todos.

Mientras el capital y la economía se mueven, acumulan y deslocalizan, tú te quedas en casa, incrementando el deseo de “normalidad” para ir a comprar a las tiendas, pasear por centros comerciales, etcétera. El consumo asociado al deseo y al placer… Biopolítica en estado puro: una forma de producir la vida y controlar el cuerpo.

Como señalaron Guattari y Deleuze: la trilogía capitalismo, colonialismo y patriarcado se sostiene sobre una axiomática con una base de premisas no comprobadas: crecimiento ilimitado y acumulación del capital; la inferioridad de “los otros/as” (subdesarrollados, obreros/as), entre otras. Todo el pueblo como soporte del movimiento del capital, pero, al igual que con la enfermedad, solo una parte sobrevive. La otra parte no cuenta ni para la pobreza, porque ya vive la miseria de la precariedad.

Precisamente Michel Foucault, quien dio notoriedad a la idea de biopolítica, analizó las técnicas de poder a través de la enfermedad. En Vigilar y castigar, el autor reflexionaba sobre el paso del modelo de la enfermedad de la lepra —centrado en la exclusión (la reclusión de leprosos)— a un nuevo modelo que se ha convertido en una de las claves de esa trilogía patriarcado, capitalismo, colonialismo: la peste.

El modelo policial de la peste, desarrollado en los siglos XVII y XVIII, requiere de la disciplina del cuerpo, lo encorseta hasta tal punto que termina deseando la normalidad. A diferencia de la lepra, que busca incorporar los cuerpos a una mecánica de subjetivación, la peste funciona a través de la mirada reprobatoria. Foucault señalaba cómo, por ejemplo, la burguesía desactivaba los supuestos comportamientos promiscuos de la masa mediante la moral de la ascesis disciplinaria, bajo un modelo militar.

La peste crea una estructura de biopoder que se extendió más allá de la enfermedad, controlando territorios, incorporando a la población enferma dentro de un espacio recortado. Como en la gestión de la pandemia. La ciudad se repliega dividiendo su territorio, para fijar a cada individuo en un lugar, vigilar sus movimientos (unos para los hombres, otros para las mujeres y si eres trans… no tenemos un lugar para ti).

La peste es mezcla, contagio, y necesita de la disciplina para hacer valer el poder de dominio de la vida. Organización militar y médica en un solo combo, para sitiar los cuerpos y empujarlos hacia el estándar de la normalidad. El capitalismo neoliberal, el colonialismo y el patriarcado, miran con malos ojos las sombras de la caverna y todo debe pasar a plena luz, para su control y normalización.

Técnicas disciplinarias, despliegue militar, repetidas metáforas bélicas y de hostilidad, se crearon con la peste y se repiten con esta pandemia, pero la guerra hace siglos que se juega sobre unos cuerpos no enfermos, sino despotenciados. Precarización de la vida desde el aspecto laboral, afectivo, de género y social, que no son consecuencia de la pandemia.

Los titulares de la prensa se afanan en decir que cuando el coronavirus remita y se establezca la “nueva normalidad”, ya se habrá cebado con el mercado laboral. La pandemia irá más allá de nuestra salud física y resistirá la crisis económica, pero de lo que no se habla es que lo que mata es la normalidad.

La cuestión no es cuándo se encontrará la vacuna contra el COVID-19 o si desarrollaremos anticuerpos, sino cómo resistir críticamente al confinamiento al que nos subyuga la “normalidad”. Poner los cuerpos en la trinchera y en disposición de hostilidad no hace más que remarcar la fortaleza del tridente neoliberal (basado en el individuo), colonialista (basado en la frontera y los límites hacia la otredad) y patriarcal (basado en el control del cuerpo del otro). El peligro es la normalidad y sus dispositivos.

La pandemia dejará más personas pobres, violentadas y segregadas que muertas. Este saldo habla a las claras del núcleo del asunto: la vuelta a la normalidad es el problema. ¿Dónde nos apostamos para defendernos? ¿En nuestros propios cuerpos vulnerables a la enfermedad?

 

 

[1] Por ejemplo, en Estados Unidos la comunidad negra sufre más las consecuencias (económicas, de salud y precariedad) que la blanca. En ciudades como Chicago la brecha es alarmante: los negros representan el 30% de la población pero sufren el 70% de los fallecimientos por la pandemia.

[2]https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/311314/WHO-HIS-HWF-Gender-WP1-2019.1-eng.pdf?ua=1 Fecha de consulta: 30 de abril 2020.

[3] https://ensegundos.com.pa/2020/04/04/aumenta-numero-de-retenidos-durante-cuarentena-en-panama/ Fecha de consulta: 30 de abril 2020.

[4] https://www.unfpa.org/es