Expediente

Vista desde una ventana

Nunca había convivido tan de cerca con alguien: juntos, cada instante, las veinticuatro horas diarias, sesenta días sin tregua en una habitación que —sin contar el baño— no tenía ni treinta metros cuadrados. Hasta el 21 de enero de 2020 cuando mi esposa y yo fuimos a Hubei a pasar el Año Nuevo chino con su familia. Justo entonces estalló la epidemia del Covid-19. De arriba llegaron órdenes de cerrar las ciudades, y nosotros también fuimos enclaustrados inmediatamente en nuestra habitación de hotel.

En el budismo se habla de los ocho sufrimientos, uno de los cuales es precisamente el ser forzado a coexistir con aquellos que uno desprecia o detesta. Mi impresión es que solo el resultado de la convivencia determina si en realidad se trata de esta clase de martirio. Incontables peligros se esconden en el confinamiento junto con alguien —en particular con un ser cercano y querido— en un espacio muy reducido durante largo tiempo. Por lo regular, cuando las parejas pelean uno puede salir azotando la puerta o decir educadamente: “Quiero estar solo, dame un rato de paz”. Pero el encierro no ofrece ninguna posibilidad para esto. Frente a la puerta de nuestro cuarto había guardias con brazaletes rojos, y aunque uno rompiera la ventana para huir, tendría que jugársela y saltar desde el octavo piso. Mantener cierta distancia espiritual, así como límites emocionales, es muy importante en una relación. Durante los sesenta días de nuestro confinamiento mi esposa y yo nos comportamos con inusual sensatez, autocontrol y consideración sin precedentes. Fue realmente admirable, juntos constituimos un verdadero ejemplo de armonía conyugal según los más altos estándares de la tradición china o, como reza el proverbio, “nos respetamos mutuamente al igual que soldados”. Lo que es más, de improviso nuestra relación se tiñó de una complicidad amistosa, como si fuéramos compañeros de celda.

Afortunadamente, nuestra habitación tenía una ventana que daba al sur y ocupaba casi toda la pared. No era posible abrirla por completo, sin embargo proporcionaba una vista magnífica. Al otro lado de la ventana se encontraba la entrada principal del hotel, delante de ella pasaba la autopista y más allá había obras en construcción y tierras de cultivo. Todavía más lejos alcanzaban a divisarse fábricas y conjuntos residenciales y, en el horizonte, una fila de montañas distantes. Era un paisaje completamente vacío, no había ni personas, ni coches, ni siquiera un soplo de viento. Los únicos a la vista eran algunos perros callejeros que recorrían la carretera, contoneándose jactanciosos como si fueran sus dueños. En una ocasión vi a dos granjeros trabajando en un campo muy lejano. Me llené de asombro y admiración, como si fueran pobladores antiguos o seres inmortales y no tuvieran que acatar en absoluto las restricciones que nos mantenían encerrados a todos los demás.

Yo no era el único que día a día observaba aquel paisaje desierto. Cada ciudad, condado y pueblo ofrecía ese mismo panorama: un desierto absoluto sin una sola alma a la vista. ¡Qué prístina la infinita blancura de la Tierra! Quizás eso mismo se veía a través de cada ventana en el país entero. Las fotos y los videos en internet confirmaban la situación: un macro vacío sin precedentes, el vivo ejemplo de la Estrategia del fuerte vacío de Zhuge Liang.[1] Efectivamente, las medidas tomadas a propósito habían convertido al país en un terreno baldío. Pero, ¿acaso podía intimidarme el implacable virus fantasma que arrasaba con todo allá afuera?

Para mí, las cosas más difíciles de sobrellevar fueron dos. Primero, no podía fumar, ya que el espacio era limitado y además manteníamos la ventilación apagada para evitar que el virus se propagara. Segundo, no podía escribir. No tenía el humor adecuado para hacerlo. Así, de un golpe me quedé relegado de mis dos adicciones más grandes. Pasaba los días navegando sin rumbo en mi celular o comiendo al azar alguna que otra cosa de los platillos que nos mandaban tres veces al día a la puerta. Nos tomaban la temperatura cada mañana y cada tarde. Supuestamente, si durante catorce días consecutivos esta permanecía normal, aquello era una prueba de buena salud. Pero pasaron tres quincenas y todavía no dejaban de tomarnos la temperatura. Aunque era totalmente absurdo, mi esposa y yo apreciamos esa atención. Tener ciertos patrones establecidos nos ayudaba a sobrellevar con calma la nueva rutina. A medida que pasaban los días, nuestro sentido del tiempo se fue alterando, aunque era difícil decir si este transcurría más rápido o más lento. Por un lado, pasaba más rápido porque cada día se acababa en un abrir y cerrar de ojos, sin que sucediera nada nuevo o relevante. Por el otro, también se ralentizaba porque esperábamos y esperábamos, pero el imprevisible día en que nuestro encierro llegaría a su fin seguía escapándose. ¿Cuándo terminaría la espera tortuosa? La celeridad tenía un comienzo y un término, la lentitud se arrastraba sin principio ni final a la vista.

Un día, mi esposa notó que los campos de canola al otro lado de la ventana habían florecido. Era cierto, una  inmensidad dorada deslumbraba los ojos. El invierno ya se había convertido en primavera. Pasó otro día y, mientras meditaba en la noche, oí el zumbido de un mosquito. No puede ser, pensé, debe ser una mosca. Pero a la mañana siguiente mi esposa se quejó que no había podido dormir bien y que los mosquitos la estuvieron picando durante toda la noche. Había llegado marzo, y con él, los mosquitos. Acto seguido vendrían las oleadas de moscas, abejas y demás bichitos. Los dos no matamos seres vivos, y aunque no era cosa fácil atrapar cada insecto y soltarlo por la ventana, afortunadamente teníamos tiempo de sobra para dedicarlo a los rescates.

Abajo, en la entrada del hotel, además de los guardias de seguridad uniformados, aparecían esporádicamente peatones, algunos incluso se paseaban despreocupados sin cubrebocas. Inevitablemente nos sentíamos agraviados. ¿Acaso no conocían las reglas? ¿Con qué derecho? ¿Tenían un permiso de tránsito? En cierto momento me di cuenta de que el encierro había deformado mi forma de pensar. Cada persona tiene el derecho natural de caminar por el mundo libremente. Y al contrario, es el encarcelamiento arbitrario que viola el principio básico de humanidad.

Cuando pensé en esto, el sudor brotó incontenible como lluvia.

 

 

Noche en el área de epidemia

En el área de epidemia, de noche vi un perro

que volcó los botes de basura

y siguió corriendo por un camino recto:

imperturbable, a un ritmo bien acompasado,

engreído como si fuera el rey del mundo…

Parecía un recorte de viento gris,

aceleró sobre la autopista libre para él solo.

Nos sentimos solos porque no hay otros

que nos acompañen,

y en la soledad de él

no había hombre ni perro que lo acompañara.

Si no hay otros, sentimos una alegría

que en el caso del perro es ciertamente doble.

Gris era el viento, y las estrellas tan brillantes.

 

28 de enero de 2020

 

Otra especie

El terror ha dominado a cada persona aquí.

Antes de morir dejamos las avenidas desiertas.

Miramos desde de las ventanas, pero

nadie se percata que estamos detrás del vidrio.

Desde casas y cavernas, todos y cada uno

estamos viendo un mundo desolado

hundimos las miradas en el insondable vacío

de un pozo gigantesco.

Encima de él, un poco más allá,

en medio de la vegetación resplandeciente,

dos campesinos están trabajando la tierra.

Como seres inmortales u hombres de épocas antiguas.

 

4 de febrero de 2020

 

Nanjing, China

Traducción del chino de Radina Dimitrova

 

 

“Comedia y patetismo se entremezclan en el relato de Han Dong sobre su calvario de  sesenta días de confinamiento durante el encierro de la provincia china de Hubei. Y estén al pendiente del leve piquete al final de la historia”: con esta breve introducción de Nicky Harman, el ensayo de Han Dong se publica en su traducción al inglés en la página de Paper Republic. Chinese Literature in Translation (https://paper-republic.org/pubs/read/view-from-a-window/ 16 de enero de 2020). Los poemas fueron otorgados por el mismo autor especialmente para Bitácora del encierro y para su traducción del chino al español.

[1] Zhuge Liang (181-234), célebre estratega militar del Reino Shu-Han durante el período Tres Reinos (220-280) quien ayudó a ganar la batalla del Acantilado Rojo. Según una de las anécdotas más famosas, en otro enfrentamiento Zhuge Liang engañó al enemigo con la siguiente estrategia: dejó abiertas las puertas del fuerte, fingiendo que estaba vacío, y con una actitud desafiante se sentó en el muro a tocar la cítara. El enemigo se quedó desconcertado, sospechó una trampa y prefirió retirarse en lugar de atacar.

 

La Bitácora del encierro es un proyecto de la UAM Cuajimalpa