Blog de la Caravana

Impedir el abandono a lo dado

La voluntad de transformar afirmativamente las condiciones de existencia que nos disponen es signo de un carácter inconforme y, a la vez, propositivo frente a la situación histórica en la que sucedemos. No obstante, este esfuerzo subjetivo es insuficiente. La transformación afirmativa no se corresponde, necesariamente, con sus intenciones ni con su realización. Depende de la interacción de diversos factores, entre ellos, una atención lo suficientemente abierta y aguda para detectar los padecimientos y las posibilidades de acción de un momento específico, así como redes experimentadas y novedosas que puedan alojar, sostener e impulsar las transformaciones. Aún con estas consideraciones, el curso de la civilización no está asegurado. La sofisticación médica y la accesibilidad de las tecnologías digitales —cuyos efectos positivos podemos reconocerlos en la sociedad—, de no estar conducidos por el bien común, perjudican, atrofian y promueven eficazmente prácticas de dominación y daño. Lo mismo sucede con la teoría crítica, las humanidades y los saberes que, idealmente, tienden a la elaboración de la herencia cultural, la reflexión y la creación de lenguas inéditas que promuevan la iteración cultural. Grados académicos, ferias culturales a pequeña y gran escala, seminarios, libros, conciertos, exposiciones y puestas en escena, al ser parte de las fuerzas productivas de la especie, están inscritas en la dinámica industrial. Esta implicación no es menor. Es el índice acerca de cómo somos efecto y objeto de los moldes, sus encadenamientos y sometimientos. De modo que un pensamiento que produzca distancia ante la inmediatez, que se desvíe del automatismo y genere extrañeza ante lo que nos han dicho que somos, solicita la espacialización de lugares, ensayos, juegos de las lenguas y rítmicas no identificadas con las normas. Pensar distinto es actuar distinto. Esto que escribo es ya un lugar común. Lo que no lo es corresponde, precisamente, a la invención de lugares que puedan ser especializados, soportes materiales donde sucedan los juegos lenguajeros –escriturales– y las convocatorias a encuentros cuya dinámica permanezca encendida debido a su no-identidad. La construcción de estas infraestructuras es necesaria si es que no nos hemos rendido a las que nos anteceden. De estos esfuerzos hay varias historias y, en cierto sentido, llevamos algo de ellas en nosotras. Un caso que, desde que leí sus publicaciones y demás marcas históricas, me ha obsesionado profundamente, debido a sus aportaciones instituyentes que materializaron una aventura crítica del pensamiento, es el de Max Horkheimer (1895-1973).

 

Una de las pasiones que me han mantenido, desde hace más de una década, en la lectura su obra es la de preguntarme y participar en proyectos instituyentes dedicados a la hospitalidad y a la puesta en circulación de aventuras significantes de los recién llegados. La invención de lugares que sean, al mismo tiempo, soportes de inscripción, elaboración y expresión singular para los arribantes, es lo que me anima a leer y releer la estela de este teórico crítico. Para los lectores que no conozcan su nombre, o lo hayan escuchado o leído por ahí, remito a la lectura de una de sus compilaciones disponibles en castellano titulada Teoría crítica[1] y a la entrada de la Stanford Encyclopedia of Philosophy.[2] Basta mencionar, por ahora, que Horkheimer dirigió el Instituto de Investigación Social durante los siguientes periodos: de 1930 a 1941 y de 1948 a 1958. Escribió, junto con Theodor W. Adorno, La dialéctica de la Ilustración (1944) y, más tarde, ya en solitario, Crítica a la razón instrumental (1947). Además de este par de libros, ahora clásicos, destaca Ocaso[3] (1933), donde reúne los apuntes y aforismos que escribió de 1926 a 1931. De los documentos antes mencionados me interesa destacar dos elementos que contienen la importancia que para Horkheimer ocupó, por un lado, la historización radical de la sociedad y, por el otro, la dimensión constitutiva de la existencia a la que apela el anhelo de lo totalmente otro. Esto es: si historizar simboliza el carácter incompleto e imposible de una sola manera de ser, el anhelo que moviliza dicha práctica va hacia lo irrepresentable, excedente a lo otro mismo de la alteridad que no es capturable y que, sin embargo, nos inquieta. Lo que está en juego es la afirmación de la existencia ante cualquier forma de dominación, en primer lugar, aquella que nos mantiene poseídos por el imaginario: el yo. La afirmación de existencia está íntimamente ligada a la comprensión de cómo operan los procesos de subjetivación que los diferentes regímenes sociales han requerido para ordenarse. Esto lo tenía muy claro Horkheimer desde la década de 1930 debido a su lectura de los textos de Freud, sus colaboraciones con Erich Fromm y, muy probablemente, por su propio análisis con Karl Landauer, quien fundó junto con otros colegas el Instituto Psicoanalítico de Frankfurt en 1929. Como podrán intuir los lectores, estamos ante un caso extraordinario de un teórico crítico que, además de identificarse como un académico e intelectual de su época, escribía aforismos y ensayos, administró por más de veinte años el instituto en el que la crítica y el psicoanálisis pusieron a prueba sus alcances en la formulación de pensamiento por vía negativa, etcétera. Son, precisamente, estas múltiples facetas de su quehacer lo que me interesa.

En agosto del año en curso (2026), junto a la querida colega Paula García Cherep, conduciremos un seminario de posgrado en 17, Instituto de Estudios Críticos titulado: “Teoría crítica para el siglo XXI: pensar la crisis con Horkheimer”.[4] Desde que me acerqué a los trabajos de Paula, gracias al repositorio de Academia.edu,[5] dejé de sentir cierta desolación en la interlocución respecto a las aportaciones de Horkheimer, de las que, por cierto, ella es especialista y, a mi parecer una de las más agudas del continente en castellano. Para mí este seminario implica honrar lo que he aprendido de la teoría crítica, así como poner en escena esfuerzos intelectuales colectivos que no ceden su deseo ante los imperativos sociales. A decir verdad, estas líneas tienen la intención expresar brevemente dónde localizo el núcleo de mi afinidad con Horkheimer y, al mismo tiempo, invitar a quienes leen estas líneas a sumarse al seminario. Sostengo que, si aún no hemos dejado de pensar, nos corresponde impedir el abandonarnos a lo ‘mismo’. Y para este impedimento requerimos procurarnos oportunidades para compartir y atender las experiencias de los otros. Paula y yo, juntos y por separado, hemos dado un paso firme con nuestra propuesta. A lo largo de las sesiones revisaremos el contexto histórico, conceptos y casos específicos en los que puede leerse y debatirse la importancia de una teoría crítica de la sociedad que tuvo lugar el siglo pasado. El interés es, desde luego, informarnos y adquirir elementos reflexivos para comprender la emergencia y la formulación de un pensamiento crítico. Aunque, para mí, la parte sustancial reside en abismarse a la pregunta de cómo, en cada una de nosotras, esa falta que nos labra puede devenir en  transformación de nuestras condiciones de existencia.

 

 

 

[1] Max Horkheimer, Teoría crítica, tr. Edgardo Albuzy y Carlos Luis, Buenos Aires, Amorrortu, 2006.

[2] https://plato.stanford.edu/entries/horkheimer/

[3] La edición de Anthropos con la traducción al castellano dejó de circular hace varias décadas. Vale la pena mencionar que, la poca recepción de Horkheimer en castellano y en otras lenguas, entre otros motivos, se debe a la falta de circulación y lectura de sus textos debido a la poca atención que ha habido por parte de traductores y editores de hacerse responsables de emprender un proyecto editorial de sus obras completas, como ya lo han hecho en Alemania. Aquí está su versión digitalizada: https://inaltera.org/inaltera/doc/Horkheimer,%20Max%20-%20Ocaso.pdf

[4] https://17instituto.org/teoria-critica-xxi-max-horkheimer/

[5] https://conicet-ar.academia.edu/PaulaGarciaCherep